Sombra vengadora (Mercenaria 7) Un plan
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Un plan

CUANDO CAYÓ LA noche, Haliná acompañó a su hermano y a los gemelos a la aldea de Borzhal.

Allí, bajo una gran carpa, el jefe, los venerables del pueblo y sus familias se reunieron para una gran comida.

Treinta guerreros se quedaron custodiando la Garganta del Viento mientras la sellaban, y el resto se apostó a las afueras de la aldea, rodeándola, listos para la batalla de ser necesario.

El jefe Jarum se había debatido entre dar la instrucción de levantar las tiendas y marchar al norte, o quedarse donde estaban. Al final, el Consejo deliberó y decidieron quedarse, aunque mandaron decir a todos los aldeanos que era necesario estar listos para salir en cualquier momento.

Si lograban cerrar el desfiladero, probablemente no tendrían que moverse de lugar. No inmediatamente, por lo menos.

Comían y bebían, algunos de los hombres se veían ya alegres por el vino. Pero ni ella, ni su hermano, ni los gemelos abusaban de la bebida. Más bien, estaban todos serios y pensativos.

Sobre todo su hermano.

Se sentía orgullosa de él. Definitivamente ya no era ese pequeño que dejó años atrás. De hecho, su hermano nunca fue un chiquillo travieso. Siempre fue melancólico, solitario y, desde pequeño, se notaba que sería muy inteligente.

Haliná lo miró de soslayo. Horladán, con el ceño levemente fruncido y la luz de las velas acrecentando las sombras de su rostro, aparentaba veinte años más.

Entendía por qué las mujeres lo codiciaban, pues era un hombre apuesto, y también comprendía por qué los hombres lo seguían, pues tenía el carácter de un líder.

Yo tenía razón. Por eso me fui de estas tierras. Porque el Khar debe ser él, no yo. Nunca yo. A mí no me seguirán los hombres a la guerra como a él. Ni siquiera estoy segura de que yo esté dispuesta a dar mi vida por mis guerreros como sé que lo haría él. Que Eluvá te proteja, hermano.

—Jefe Jarum —dijo Horladán, dejando en la mesa frente a él la copa de vino que había tomado en la mano pero apenas sorbido—. Mañana por la mañana saldré rumbo al Gran Círculo, para avisar a mi padre de todo lo que hemos visto y oído.

—¿No os queréis quedar un día más? Descansar de vuestro viaje es una buena idea.

—Ya tendremos tiempo para descansar —dijo Rajma-dín.

—En el viaje eterno —agregó Rajma-un.

El jefe asintió con la cabeza:

—Les daremos todo lo que necesitan, incluyendo nuestros mejores caballos.

—Eso será de gran ayuda —dijo Horladán—. Hay una encomienda que tengo para usted, jefe Jarum.

—Lo que digas, khar-etua-tán.

—Prepararse para la guerra. Tanto esta aldea como los campamentos de la región.

—Eso haremos, príncipe guerrero. Reclutaremos a todo hombre y mujer que esté listo para la batalla.

—El ejército enemigo es formidable, como nos hemos dado cuenta —dijo Horladán—. No sabemos cuántos monstruos tiene el ejército enemigo. Pero algo sí sabemos: quieren nuestra destrucción.

Horladán ya le había relatado al jefe y a los venerables de la aldea lo que los monstruos hicieron con los habitantes de la aldea de Thalé. Así que el sentimiento de furia y venganza latía en todos, y las noticias de lo sucedido eran ya del conocimiento de la aldea.

Haliná habló:

—No descansarán hasta destruirnos por completo y hacerse con nuestro territorio. Los rejnajis, estoy segura, están siendo también engañados por los monstruos de Ghar. Si tuviera que adivinar, diría que si llegaran a conquistarnos, los monstruos también se desharán de los rejnajis.

—Esos monstruos nos odian —dijo Rajma-dín.

—Así es —afirmó Haliná—. Se creen los legítimos herederos de las montañas.

—Ya los expulsamos una vez, en los tiempos de nuestros antepasados —dijo Jarum—. Lo haremos de nuevo.

—Así es —afirmaron varios de los presentes.

Por la entrada de la gran carpa se acercó un guerrero llamado Gerjel, capitán de los guerreros de la aldea. Se acercó al jefe Jarum y le susurró algo al oído.

—Por el Gran Creador —dijo el jefe—. Dilo en voz alta, Gerjel, para que todos lo escuchen.

El capitán afirmó con la cabeza y dijo:

—Mis señoras, mis señores. Hemos recibido noticia de un campamento cercano, cuyo líder es Namal aj’Alund. Hace unas horas fueron atacados por un pequeño contingente de enemigos, rejnajis y monstruos.

Se escuchó un murmullo y algunas expresiones de enojo y sorpresa.

—Por la gracia del Gran Creador —continuó—, lograron repeler el ataque. Perdieron a cinco de sus mejores hombres, y mataron a dos rejnajis. El enemigo se retiró. Y ellos están en alta alerta.

—No puedo creerlo —dijo el jefe Jarum—. ¿Ni una noche esperaron para volver a atacar?

—Esos engendros del infierno son fuertes —dijo Rajma-dín—. Su fuerza es superior a la nuestra, en cuanto al cuerpo físico.

—Pero no son muy inteligentes —dijo Horladán—. Los venceremos.

—¡Así es! —gritaron varios.

Haliná no estaba tan segura de que no fueran inteligentes. Recordaba los ojos astutos de Kaz-ur, su manera de hablar, y su poder mágico. Horladán no había mencionado eso a los presentes, ni tampoco a Jarum.

«Eso lo debe escuchar primero nuestro padre», le había dicho él a ella.

—Esto confirma que el tiempo apremia —dijo su hermano—. Saldremos antes de que el sol se asome.

—Estará todo listo para vosotros —dijo Jarum y, haciéndole un gesto con la cabeza al capitán, este se retiró inmediatamente a preparar la salida de Haliná, Horladán, Rajma-un y Rajma-dín.

Una media hora después, ella salió junto con su hermano y los gemelos hacia unas tiendas que les designaron para pasar la noche.

Antes de que su hermano se retirara para dormir, ella le habló:

—¿Mañana, entonces?

—Antes de que raye el alba.

—¿Estás… bien?

Su hermano entornó los ojos:

—¿A qué te refieres?

—Solo —ella se encogió de hombros—, solo quiero saber cómo estás. Es la primera vez que diriges una batalla, ¿no?

Horladán enarcó las cejas:

—Sí. Aunque parece como si ya lo hubiera hecho antes.

—Eres un líder natural, hermano.

—Al igual que tú.

—Estoy orgullosa de ti —le dijo, poniendo la palma en su brazo.

Horladán sonrió:

—¿Qué? ¿De repente eres nuestro padre?

—Solo una hermana que ama a su hermano. Me asombra ver en lo que te has convertido. —Se le humedecieron los ojos.

—Vaya, una pequeña escaramuza y te pones sentimental.

—Supongo que sí. Y no fue una «pequeña escaramuza». Fue contra monstruos. Pudimos morir.

—Pero seguimos con vida.

—Para seguir peleando.

—Por nuestro pueblo, hermana.

—Por nuestro pueblo.

—¿Saldrás conmigo mañana, para hablar con nuestro padre?

Ella se quedó en silencio.

—Yo…

—¿No vendrás conmigo? Te necesito.

Ella agitó la cabeza:

—No me necesitas. Nuestro padre te escuchará a ti. Te hará caso.

—¿Y tú?

—Iré al valle de Hinam. Allí te estaré esperando. Le pediré a Rajma-dín que me acompañe. Sé que dirá que sí.

—¿Y qué haréis?

—Vigilar. Y cuando llegues, junto con nuestro padre, les daré un informe de los movimientos del enemigo. Entonces nos prepararemos mejor para la batalla.

Horladán miró hacia el suelo, pensando. Se rascó la ceja derecha, y levantó el rostro:

—Probablemente sea una buena idea, hermana. Que tú seas nuestros ojos y escuchar el informe de tu viva voz. Pero nos esperarás, ¿cierto? ¿No harás algo…?

—¿Algo tonto?

Su hermano no respondió. La miró seriamente.

—No haré nada tonto. O por lo menos, eso intentaré.

—Está bien. Te veré… pronto, espero.

—Así será.

Se dieron un fuerte abrazo, y cuando su hermano se metió a la tienda, Haliná se sintió un poco mal por no haberle dicho a su hermano un pequeño detalle de lo que planeaba hacer: infiltrarse en las líneas enemigas y buscar a Oshrek.