Una urgencia
—¡RETIRADA! —GRITÓ EL loboide comandante de la compañía.
En realidad, la retirada ya había comenzado desde antes de que diera la instrucción. Los cinco jinetes rejnajis que quedaban con vida encontraron un espacio y salieron de allí a todo galope, aunque uno de ellos fue alcanzado por un par de flechas y cayó muerto.
—¡Rodeadlos! —gritó Horladán—. ¡Que no escape ninguno!
Algunos rejnajis tiraron las armas, se pusieron de rodillas y levantaron las manos, pidiendo clemencia.
Ningún loboide se rindió. Seguían luchando, tratando de escapar. Los arqueros, aprovechando que los rejnajis se rendían, apretaron al frente y dispararon de cerca.
—¡Que no escape! —gritaba Horladán, apuntando al comandante ghareño. Éste, incluso con tres flechas incrustadas en el cuerpo, se abrió paso a espadazos y logró huir.
De repente se hizo el silencio.
Pero el grito del jefe Jarum —con la cara sudada pero sin ningún rasguño aparente en el cuerpo— rompió el silencio:
—¡Victoria!
Los hara’lutze vociferaron, golpeando los escudos o agitando las armas al aire.
—¡Que viva nuestro comandante, el khar-etua’tán Horladán! —gritó un guerrero.
—¡Que viva!
—————
Haliná, acompañada de Rajma-dín, llegó a donde estaba su hermano justo cuando le daban un reporte.
Un guerrero con insignia de capitán en el brazo decía:
—Quince rejnajis de a pie muertos, cuatro heridos. Cuatro jinetes rejnajis muertos, dos heridos. Cuatro monstruos muertos, el resto huyó. En total, veintitrés muertos, seis heridos. Capturamos nueve rejnajis con vida. Todos los monstruos que no murieron, escaparon.
—¿De nuestra gente? —preguntó Horladán.
Rajma-un estaba junto a él escuchando, al igual que el jefe Jarum.
—Diez muertos, doce heridos, mi comandante.
—Bien.
El jefe Jarum puso una mano sobre el brazo de Horladán:
—Bien hecho, khar-etua’tán. Nos lideraste bien. Tu estrategia funcionó. Todavía no puedo creer que esos monstruos sean… reales.
No era el único. Los guerreros hara’lutze de la aldea de Borzhal se acercaban a los cadáveres de los loboides, mirándolos de cerca, con la boca abierta y el rostro atribulado.
No solo eso , pensó Haliná. También escucharon al comandante ghareño hablar.
Por lo tanto, la verdad sobre los monstruos ya no le pertenecía solamente a ella y a los suyos. Era ahora el conocimiento de una compañía de guerreros, al igual que del jefe de una aldea.
Con esto podremos convencer indudablemente al Consejo del Gran Círculo de que tenemos que prepararnos para una guerra inminente. Maldita sea, las guerras me persiguen.
Salió de Zurmeldán para, de cierta manera, huir de su antiguo estilo de vida, en donde había sobrevivido gracias a la rapidez de su espada y el sigilo de sus pasos.
Y en lugar de eso se había encontrado con algo mucho más peligroso: una guerra entre clanes.
—Esos monstruos siguen merodeando nuestros territorios —dijo Horladán—. Es posible que intenten destruir algún campamento cercano.
—No te preocupes, príncipe —dijo el jefe—. He enviado mensajeros a los campamentos aledaños. Para que estén listos, para que se muevan de lugar. Mi recomendación es que se muevan al norte, cerca del Gran Círculo. De todas maneras, tendremos a los vigías listos y apostados.
—Hay que sellar la entrada de la Garganta del Viento inmediatamente —dijo Horladán.
El jefe asintió:
—Ya he dado la instrucción. Mis hombres comenzarán a trabajar en ello hoy mismo.
—¿Toda la noche?
—Sin parar hasta terminar.
—Bien. Porque puedo garantizarle, jefe Jarum, que tendremos más enemigos entrando por allí. No dudo que algunos vengan en camino.
El jefe Jarum se quedó pensativo:
—Tienes razón. Dejaré a treinta guerreros en la entrada de la Garganta para que salvaguarden y supervisen la encomienda.
—Buena idea. —Entonces Horladán notó a Haliná. Su rostro se iluminó—: ¡Hermana! ¡Bendito sea el Gran Creador!
Se dieron un abrazo.
—Buena batalla —dijo ella.
—Eso parece.
—¡Los hicisteis pedazos!
—Son buenos guerreros —respondió él, mirando los hombres a su alrededor que se encargaban de recoger el botín de los enemigos caídos, terminar de amarrar a los prisioneros, y mover los cuerpos de los hermanos para encomendarlos al viaje eterno.
Los dos gemelos, que también se reencontraban, se dieron un abrazo fuerte.
—¿Todo bien, hermano? —le preguntó Rajma-dín a su hermano mayor, sonriente.
—Ya sabes. Matando rejnajis.
—¿Cuántos?
—Muy pocos.
—¿Cuántos?
—Solo tres. Y un engendro del infierno.
—Nada mal.
—¿Tú?
—Ah, llegué demasiado tarde.
—No me digas que ninguno.
—Llegué tarde, ¡pero me puse a trabajar! Un rejnaji y un monstruo.
—Nada mal, hermanito —dijo Rajma-un, pícaro—. Siempre en segundo lugar, como debe ser.
—¡Ay, por favor! —respondió Rajma-dín, aunque lanzó una carcajada ante el atisbo de sonrisa de su hermano.
Horladán le preguntó a Haliná:
—Cuéntame… ¿Oshrek?
Le relató lo sucedido.
—Malditos —dijo Horladán—. El encapuchado era probablemente uno de los prisioneros de la aldea de Thalé.
—Probablemente —respondió ella—. Fue una trampa. Y caímos.
O más bien, caí, pensó.
—¿Dónde lo tendrán, entonces? —dijo su hermano.
—Posiblemente se lo hayan llevado hacia Rejnaji, o como prisionero en el ejército que marcha rumbo al valle de Hinam.
—Hay una tercera posibilidad —dijo Rajma-un en voz queda.
—Que lo hayan matado, sí —dijo ella—. Pero pienso que no. Si estuviera muerto, no habrían puesto un señuelo para alejarnos de él. Eso es lo que querían. Que nos alejáramos.
—Eso tiene sentido —dijo Rajma-dín—. ¿Enviar una compañía entera solamente para desviar nuestra atención? Probablemente no.
—Un doble propósito —dijo Horladán—. Por un lado, el señuelo. Pero el otro es causar una distracción más grande. Esa compañía, si no se hubiera topado con nosotros, habría destruido por completo la aldea de Borzhal.
—Y el resto de los campamentos pequeños en todo este territorio —dijo Rajma-dín—. Nadie habría podido detenerlos.
—No esperaban que estuviéramos preparados para ellos —dijo Horladán.
—De haber tenido éxito —reflexionó Haliná—, habríamos enviado guerreros a esta región, en lugar de al valle de Hinam, pensando que por aquí nos atacaba un ejército.
—Sí, ¿y te puedes imaginar la dificultad de encontrarlos en un territorio tan vasto? —dijo Horladán.
—Era un buen plan —dijo Rajma-un.
—¿Y entonces? ¿Qué sigue? —preguntó ella.
—Hemos enviado mensajeros al Gran Círculo. El mensaje lleva mi sello. Indica que debemos prepararnos para la guerra.
Seguramente en ese mensaje también le ha advertido a nuestro padre que se cuide la espalda.
—¿Regresaremos allá? —preguntó Haliná—. ¿A nuestra aldea?
—Sí. Nuestro padre necesita escucharlo de nosotros. Necesita saber la urgencia.
—¿Y Oshrek?
—Que Eluvá lo proteja —respondió su hermano—. Porque ya nada podemos hacer por él.