Sombra vengadora (Mercenaria 7) Un ataque
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Un ataque

LAS FLECHAS VOLARON. Los escudos y las espadas tronaron. El estruendo de la batalla hizo eco en las colinas cercanas.

Los lobos dejaron que primero avanzaran los rejnajis, tanto los que estaban a pie como a caballo.

Haliná estaba por correr hacia la escaramuza cuando el menor de los gemelos puso la mano en su hombro.

—Espera, princesa —le dijo—. Mira.

Apuntó hacia la retaguardia del ejército enemigo.

Ahí estaba el prisionero encapuchado, siendo resguardado solamente por un loboide que aparentaba estar molesto por haberse quedado con esa encomienda.

—Es nuestra oportunidad —dijo Rajma-dín.

Era cierto. Parecía que nadie de ambos bandos se percataba todavía de su presencia, pues estaban a cierta distancia.

—Hagamos un ataque sorpresa —dijo ella.

—Exactamente lo que pensaba, princesa.

Regresaron rumbo al sur con una ligera inclinación al oeste, aprovechando cada zarza para ocultar su aproximación.

El enfrentamiento comenzaba a dispersarse por el campo. Aunque los rejnajis peleaban bien, pues eran excelentes guerreros, también estaban cansados después de horas de camino. Así que los hara’lutze presionaron la línea de batalla, forzando a los rejnajis a retroceder, si bien un poco solamente.

Eso fue un error de los ghareños, se dijo Haliná. No debieron haberse lanzado a una guerra inmediatamente, sin tiempo para descansar un poco o diseñar una estrategia. ¡Pero mejor para nosotros!

Con un rugido que helaba la sangre, los loboides se unieron a la batalla. El ejército hara’lutze no se intimidó. De hecho, se había preparado para ello, dejando una línea doble de arqueros en la retaguardia. Tan pronto estuvieron los monstruos en el rango, hicieron volar sus flechas.

Los monstruos ghareños estaban bien acorazados, pero pocos llevaban escudo.

Además, eran solo diez, mientras que los arqueros unos veinte.

Algunas de las flechas no dieron en la marca, algunas rebotaron en las corazas, pero otras se incrustaron en piernas, brazos, y una le dio a un lobo justamente en la frente, derribándolo.

Cuando estaban como a un tiro de piedra del prisionero, Haliná y Rajma-dín salieron de su escondite, dando zancadas, sin gritar y con espada en mano.

Al Rompecuellos lo habían puesto encima de un caballo, recostado en el lomo del animal. Puesto que estaba atado de pies y manos, al loboide que lo custodiaba no le preocupaba que se le escapara. Más bien, el monstruo miraba atentamente la batalla frente a él, ladrando y rugiendo.

Le enterraremos la espada por el lomo.

Estando a unos diez pasos de distancia, la oreja derecha del lobo se movió en dirección de ellos, giró el cuello y los vio. Primero, ojos de sorpresa. Luego, una expresión de deleite.

—¡Venid a mí! —farfulló.

Se detuvieron para rodearlo, Haliná por la izquierda, el gemelo por la derecha.

Pero el lobo, divertido, dijo:

—Venid, humanos, acercaos. Tengo hambre.

—¡Haliná, cuidado! —exclamó Rajma-dín apuntando detrás de ella.

Un jinete cabalgaba a toda velocidad, la espada levantada y lista para partirle la cabeza.

Haliná saltó hacia atrás, la punta de la espada enemiga pasándole cerca, a la altura de los ojos.

El montador siguió su camino en dirección del gemelo, echándole el caballo encima, intentando atropellarlo.

Venía con tanta rapidez que Rajma-dín titubeó y, aunque logró hacerse a un lado y evitar el filo de la espada, el caballo acorazado lo golpeó con la espalda y mandó al gemelo al suelo, dando un giro y cayendo hacia atrás.

El lobo vio su oportunidad para deshacerse del caído. Apenas dio tres pasos y Haliná ya lo alcanzaba, la espada lista.

El ghareño se detuvo, la miró y le rugió.

A Haliná se le erizó la piel pero no detuvo su ataque. Lanzó una estocada en diagonal descendente, seguida por un golpe horizontal, pero el lobo detuvo sin problema, casi sin esfuerzo.

Cada golpe la hizo vibrar por la fuerza descomunal de su enemigo. Era como intentar derribar un roble a espadazos.

—Humanos —dijo el ghareño, enseñando sus filosos dientes de los que descendía saliva viscosa.

Rajma-dín se puso de pie y dirigió su atención al jinete que volvía grupas.

El gemelo, con movimientos rápidos y practicados un sinfín de veces, envainó espada, tomó el tirapiedras que colgaba de su cinto, encajó una piedra lisa, y apuntó al jinete.

Este, al percatarse de la ballesta, escondió su cara detrás del cuello del animal que montaba, asomando un ojo para ver su blanco.

Rajma-dín accionó la palanquilla, y la piedra le dio al rejnaji en el hombro que sujetaba la espada. El jinete gritó y soltó la espada, el hombro destrozado, el brazo sin responderle.

El menor de los gemelos tiró al suelo el tirapiedras y sacó la espada justo a tiempo para darle un tajo al pobre caballo encima de una rodilla, donde la armadura no cubría.

El animal trastabilló y se fue de frente. Su montador, trabado en la silla, fue aplastado por el pesadísimo costado del caballo.

Rajma-dín corrió hacia el rejnaji con la rapidez de un oso iracundo, su espada descendió y le cortó la cabeza.

Haliná retrocedía ante los embistes del monstruo, que además de espadazos intentaba arañarla con sus enormes garras.

—¿Es todo lo que tienes, perro de la pradera? —le gritó Haliná, posicionándose de tal manera que el lobo no vería a Rajma-dín, que se acercaba por la espalda.

El ghareño le gruñó, un sonido gutural salido del infierno mismo.

Ella se lanzó al frente y, al momento que chocaron los aceros, Rajma-dín le enterró al monstruo la espada por las costillas.

Aunque el loboide traía puesta una cota de malla, Rajma-dín era un hombre fuerte.

Eso y el impulso que llevaba fueron suficientes para que los anillos no resistieran la punta del acero filosísimo.

Aunque la hoja no se deslizó por completo, entró como una palma, lo suficiente para que fuera una herida grave.

El ghareño rugió. Haliná tomó impulso, su espada hizo un arco hacia arriba y no solamente le rebanó la nariz entera, sino que además le destrozó varios dientes frontales.

Al animal se le desorbitaron los ojos, aunque no se desplomó.

Se quedó de pie, petrificado, un grito atorado en la garganta, la sangre descendiéndole a chorros del destrozado hocico.

Haliná le dio otro espadazo en el pecho, cuencas de la cota saltando pero sin hacerle verdadero daño.

Rajma-dín, que ya había sacado la espada de la herida, dio una estocada certera que le cortó el cuello, justo debajo de la nuca.

Ahora sí, el monstruo se vino abajo.

—Son grandes —dijo Rajma-dín—, pero caen igual.

La guerra arreciaba, pero los hara’lutze prevalecían, apretando la línea y haciendo retroceder a las tropas enemigas.

Incluso los monstruos luchaban furiosos pero desorientados, varios de ellos en el suelo abatidos por espada, lanza o flecha.

El líder ghareño luchaba contra tres soldados hara’lutze, uno de ellos siendo Horladán.

Haliná corrió hacia Oshrek y sintió un calambre de terror al ver que tenía una flecha clavada en la espalda.

Una flecha perdida.

Si eso lo había matado, no se lo podría perdonar.

—¡Oshrek! —gritó ella al quitarle la capucha.

Lanzó un jadeo de sorpresa.

No era Oshrek.

El encapuchado era hara’lutze, sí, pero era una persona que ella jamás había visto en su vida.