Sombra vengadora (Mercenaria 7) Un combate
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Un combate

HALINÁ Y RAJMA-dín siguieron la compañía enemiga desde la distancia, escondidos detrás de piedras, matorrales, o asegurándose de no estar en la línea de vista.

Sospechaba que el enemigo ya se había percatado de ellos, pues no eran imbéciles, pero los ignoraban porque capturarlos no era la primera prioridad.

La primera prioridad, aparentemente, era cruzar el Cañón de las Águilas a través del desfiladero. ¿Para qué? Todavía no estaba segura.

Sin embargo, sería más fácil tratar de salvar a Oshrek de las garras de una compañía, y no del ejército entero.

Quizás están tratando de cortar la comunicación entre nosotros y el Gran Círculo.

Pero si era así, ¿por qué enviar una compañía de cincuenta, en lugar de un escuadrón más pequeño?

Las posibles respuestas eran varias. La más sencilla era que cincuenta guerreros es un peligro significativo, con suficiente fuerza para saquear aldeas y causar una buena distracción, sobre todo si el ejército necesitaba algo de tiempo para organizarse y planear una incursión en el territorio Hara’lutze.

A saber lo que están pensando esos malditos engendros.

Lo que sí es que tenían que apostar por lo menos una compañía al otro lado de la Garganta del Viento, porque los rejnajis y los Ghar seguramente enviarían más guerreros por allí. Quizás no un ejército completo, o quizás sí. De todas maneras, era un peligro grave.

Quizás lo mejor sea tapar la entrada, por lo menos hasta que se rinda el enemigo.

Esperaron media hora antes de entrar por el desfiladero, y anduvieron con cautela.

—No queremos que nos embosquen otra vez —le dijo al menor de los gemelos.

—De acuerdo, princesa.

—Ojos bien abiertos.

—Ojos abiertos, espada lista —le contestó.

El enemigo entró a la Garganta con los caballos, y puesto que el camino era difícil, tardaría un tiempo en salir al otro lado.

—Mira, khar-ime-tán —dijo Rajma-dín después de un rato, apuntando—. Se han detenido.

Ella y el gemelo se escondieron rápidamente detrás de unos matorrales.

—Es donde nos emboscaron —dijo ella.

—Sí. El árbol caído no los deja pasar.

—Probablemente fueron los rejnajis quienes lo tiraron, y ahora les estorba el camino.

—Qué bueno. Por estúpidos.

—Tendrán que llevar a los caballos por el río —dijo ella, mirando el río que corría a la derecha. No era muy hondo, pero esa parte sí lo era, no se veía el suelo.

Un loboide grande que parecía ser el jefe le ordenó a un rejnaji que se metiera al agua para comprobar la profundidad. El agua le llegó a la nariz.

—¡Los caballos, vamos!

Los jinetes descendieron al agua, rodeando el árbol y guiando a los caballos por las riendas. Ninguno de los lobos se metió al agua y, de hecho, daba la impresión de que la evitaban.

Pasaron todos los caballos con sus jinetes. Haliná recordó las tres pobres mulas que perecieron allí, pero eran de menor altura y, además, una de ellas iba herida, y al estar atadas entre ellas, se terminaron ahogando.

—Continuemos —dijo cuando la compañía enemiga estaba a suficiente distancia.

Finalmente vieron la salida. Haliná sintió su corazón acelerándose tanto por la expectativa de abandonar la Garganta, como también debido a que estaba en alerta.

Este sería el momento perfecto para tenderles una trampa.

Así que caminaron con extremo cuidado, sin hacer ruido.

Eso no era problema para ninguno de los dos. Tenían experiencia, mucha experiencia.

Cuando salieron, el sol se ponía.

Lo que vieron frente a ellos les sorprendió.

La compañía de rejnajis y ghareños estaba detenida como a un cuarto de milla. Estaba en formación de guerra, con un par de hileras de hombres, después los lobos, luego los jinetes.

La razón era que, del otro lado, les esperaba una formación de un pequeño ejército de guerreros hara’lutze.

—No lo puedo creer —dijo ella—. ¡Mi hermano debió haber llegado a la aldea y reclutado a los guerreros!

—Sí. Y han venido a enfrentarse al enemigo. Detenerlo antes de que avance más.

—¿Pero de cuánto será el ejército nuestro?

—Acerquémonos más para ver —dijo el gemelo.

Eso hicieron, andando por el noreste, corriendo agachados.

Pronto pudieron ver. Los hara’lutze eran unos setenta.

Todos a pie. Armados con lanzas, espadas, hachas, escudos, el pecho cubierto con cuero o malla, la cabeza con yelmos.

Estaban en posición de batalla, con dos líneas de arqueros en la retaguardia, y cinco líneas adicionales de soldados bien formados.

Habían venido listos para la guerra.

De la compañía hara’lutze salieron cinco en dirección de los rejnajis y ghareños. Eran Horladán, Rajma-un, el jefe Jarum y otros dos guerreros.

Cuando estaban a suficiente distancia para ser escuchados, pero no tan cerca como para que un arquero tuviera tiro fácil, Horladán alzó la voz:

—¡Escuchad, moradores del sur! Yo soy Horladán aj’Halidán, príncipe del pueblo Hara’lutze.

Estas tierras son de nosotros y nuestros hijos, entregadas por nuestro padre Targar el Guerrero en los tiempos de la dispensación.

Vosotros habéis traspasado los linderos antiguos.

Si tiráis las armas, tendremos misericordia de vosotros y os dejaremos vivir.

Pero si no, vive Eluvá y aun me añada, si no damos hoy vuestros cuerpos a las aves del cielo. ¡Rendíos y vivid!

El ejército enemigo no respondió, no al principio. Pero entonces el lobo que fungía como comandante dio algunos pasos frente a sus hombres y habló.

O más bien, rugió. Con voz potente y grave, dijo:

—¿De quién es esa voz que se oye? ¿Y por qué se atreve un ratón a dirigirse a mí?

¿Quién es Horladán, quién es Halidán, y quién es Targar?

¿No es aquel usurpador, que nos echó de nuestras tierras?

¡Sean todos vosotros malditos! —exclamó—.

Juro por Za, llamada también Zirtá, gran diosa de Ghar, que vuestros ojos serán alimento de los cuervos, y vuestras tripas de los chacales.

Y tú, Horladán hijo de Halidán, tomaré tu corazón y lo devoraré frente a tus hombres.

Daré tu sangre como bebida a los perros, y tu carne a los cerdos.

Y con respecto a vuestras mujeres e hijos, serán nuestros esclavos o nuestra comida. ¡Lo juro por Za, la grande y temible!

El lobo desenvainó su gran espada.

Sus guerreros gritaron y golpearon los escudos.

—Habrá combate —dijo Rajma-dín, poniéndose de pie y sacando a relucir su espada.

—¿Qué? —dijo Haliná desenvainando—. ¿Ahora mismo?

—Eso parece, khar-ime-tán.

Ella maldijo. Nunca había estado en un combate así. Siempre escaramuzas pequeñas.

Los hara'lutze gritaron también, y cuando Horladán y la avanzada regresaron a la línea de ofensiva, el lobo ladró una orden, y los rejnajis y ghareños se lanzaron al ataque.