Sombra vengadora (Mercenaria 7) Un regreso
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Un regreso

—NOS VIENEN SIGUIENDO, comandante —dijo Rajma-un, apuntando hacia el horizonte.

Se habían detenido para suturar la herida de Horladán. Con la luz del sol era más sencillo, y el mayor de los gemelos ya terminaba la última puntada.

Horladán maldijo para sus adentros y sacó el miralejos.

—¿Cuántos serán? —dijo al ponerse el cristal en el ojo. Él mismo respondió—: Serán más de treinta. Algunos a caballo, pero no todos.

—¿Monstruos?

—No alcanzo a distinguir.

—Habrá que apurarnos —dijo el mayor de los gemelos, rascándose su roja y espesa barba.

—Se acercan rápido. De todas maneras, tendrán que dejar los caballos en la entrada de la garganta, o continuar sin ellos, más lento.

—Es nuestra ventaja. No creo que logren emparejarse con nosotros.

—Me pregunto si Haliná sigue allá, o viene hacia acá.

—Espero que venga, khar-etua-tán. No quiero pronunciar palabra de maldición sobre el Rompecuellos, pero si tuviera que apostar, diría que él ha emprendido el viaje eterno.

—¿Lo crees?

Rajma-un se quedó pensando por un momento:

—Por lo que le hicieron a la aldea de Thalé… algo me dice que esos monstruos infernales son exactamente lo que parecen ser: monstruos.

Horladán sintió un calambre de desesperación que le recorrió el cuerpo. Habían fracasado en la misión de rescate. Esos pobres aldeanos prisioneros estaban perdidos. ¿Qué les deparaba? Si seguían vivos, los harían esclavos, o algo peor. No lo quería imaginar.

Pero al mismo tiempo, tampoco quería olvidarlo.

Deseaba que ese fuego de furia permaneciera en su interior.

Los vengaremos , pensó. Y vengaremos a Oshrek, si lo han matado.

—¿El plan sigue siendo el mismo, comandante?

—El mismo, Rajma-un. Cruzaremos el desfiladero. Avisaremos al jefe Jarum, para que prepare a la aldea. Ya sea que deban huir o no.

—Ojalá tengan suficientes guerreros para enfrentarse a la compañía enemiga que se aproxima.

—Eso espero. Llevamos tantos años en paz que mantener un ejército activo es… difícil.

—Tiene toda la razón, comandante —respondió el gemelo.

Incluso el ejército de Gran Círculo constaba de unos cuatrocientos guerreros. Por supuesto, había muchos más hombres y mujeres entrenados en el arte del combate. Y estarían dispuestos a tomar las lanzas, las hachas y las espadas en caso de guerra.

Pero mantener un ejército era en extremo costoso, y después de tantos años de paz, muchos de los hombres y mujeres aptos para el combate se dedicaban a alguna otra cosa, sobre todo ganadería o agricultura.

Ese era el caso de los gemelos hijos de Karhum, que eran parte del grupo de «reserva» del ejército, pero no estaban acuartelados.

—El jefe Jarum puede alertar a cualquier campamento cercano, y enviar mensajeros al Gran Círculo —dijo Horladán.

—¿No vamos nosotros hacia allá?

—Sí. Pero probablemente un joven tenga pies más ligeros que los nuestros, mi estimado amigo guerrero.

El grandote dijo que sí con la cabeza.

—Vamos —continuó Horladán—. No queremos que nos pisen los talones.

Llegaron a la entrada del desfiladero antes del mediodía. Antes de seguir, Horladán se cambió el vendaje de la herida en las costillas, aplicándose un poco de ungüento y una grasa para que cicatrizara bien.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó Rajma-un.

—Bien. Debí haberme vendado inmediatamente, perdí algo de sangre y me siento algo mareado.

—Puedo llevarte sobre mis hombros —dijo el gemelo.

Horladán se rio, pensando que era una broma. Pero al verle el rostro, Rajma-un estaba serio.

Sí podría llevarme , se dijo. Ese hombre podría llevar un becerro todo el día sobre la espalda.

—No será necesario, guerrero. Pero gracias.

Rajma-un asintió:

—Podemos descansar un poco. Les llevamos, por lo menos, unas tres millas de ventaja. No nos alcanzarán por la Garganta del Viento.

Tenía razón. Lo más probable es que el enemigo intentara cruzar con los caballos, alentando su paso.

Continuaron la marcha, adentrándose en la hermosa cañada que cruzaba el Cañón de las Águilas, esa enorme pared rocosa que era parte de la cordillera Blanca, la cual delimitaba a los territorios Hara’lutze, al norte, y Rejnaji, al sur.

A la distancia divisaban el majestuoso y nevado monte Vuldun, que parecía vigilar los territorios aledaños.

Cuando llegaron al lugar donde fueron emboscados, se detuvieron brevemente para elevar, de nuevo, un breve rezo por el Mano Roja caído.

—Me pregunto si él también era un traidor —dijo el gemelo.

—Lo mismo he estado pensando. Quizás jamás lo sabremos. De todas maneras, cuando murió, era uno de nosotros.

—Que el Gran Creador tenga piedad de su alma —dijo Rajma-un.

Y si era traidor, que se pudra en el fuego eterno.

Atravesaron el desfiladero sin mucha novedad. Ya conocían el terreno, así que avanzaron más rápido, aunque alerta, porque siempre había la posibilidad de encontrarse con algún escuadrón enemigo.

Salieron del desfiladero y se detuvieron para comer lo que les quedaba, que era un poco de carne y nueces, y tomar agua que habían reabastecido en el riachuelo.

Horladán se sentía mejor, pues la herida cerraba bien.

Eso sí, cansado. Estaban todavía como a una legua de la aldea de Borzhal.

Sin embargo, el Gran Creador les sonrió pues, una milla más adelante se encontraron con un aldeano que montaba un caballo y llevaba dos yeguas atadas.

Hablaron con él, explicándole que era una situación de premura, y los tres montaron hacia la aldea galopando a buen paso.

El jefe Jarum los recibió en su salón de Consejo. Además de él, sentados en una mesa circular, estaban dos ancianos venerables.

—Jefe Jarum —dijo Horladán—. Gracias por recibirnos sin previo aviso.

—Nada que agradecer, khar-etua’tán. Siempre seréis bienvenidos en esta aldea. ¿Ya comisteis y bebisteis?

—Vinimos directos a verle. Me temo que las noticias no pueden esperar más tiempo.

El rostro del venerable anciano daba indicios de preocupación.

—Se fueron ocho de aquí —dijo Jarum—. Regresan dos. Usted, herido. Temo que las noticias sean malas.

—Las noticias son malas —afirmó Horladán—. De los que partimos, tres están muertos: los Manos Rojas. La khar-ime-tán y el guerrero Rajma-dín están con vida, o por lo menos eso esperamos, y vendrán para acá en cuanto puedan. Del guerrero Oshrek, príncipe entre nosotros, no sabemos si vive o no.

—Por el Gran Creador —dijo uno de los venerables sentado a la mesa. Era el más joven de los tres, con el cabello café que le descendía en una trenza por encima del hombro, y una barba del mismo color, aunque salpicada de blanco.

—Pero eso no es todo —dijo Horladán—. La noticia más urgente es esta: la guerra está sobre nosotros.

—¿A qué te refieres con eso, comandante? —preguntó Jarum.

Entonces les contó. Mientras hablaba, los ojos de los tres miembros del Consejo de la aldea de Borzhal se iban abriendo por la sorpresa. Al final del relato, el jefe Jarum parecía haber envejecido, y los dos venerables estaban pálidos.

—Así que es cierto —dijo Jarum—. Los monstruos. Han regresado.

—Han regresado —asintió Horladán—. Y están listos para atacarnos.