Sombra vengadora (Mercenaria 7) Una compañía
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Una compañía

CUANDO HORLADÁN Y Rajma-un se fueron, Haliná y Rajma-dín decidieron que lo más prudente era cambiarse del lugar donde se escondían.

Sacaron de su cinturón de armas un ungüento de cazador, que era una mezcla que usaban para enmascarar su aroma.

Se lo pusieron en el cuello, brazos, tobillos.

De esa manera, con un poco de suerte, confundirían a un sabueso rastreador.

Además, se pusieron una capa fina de lodo en la piel y tierra en las túnicas.

Se alejaron de allí por una zona rocosa, para no dejar huellas. De donde estaban, bajaron hacia el sureste con respecto al campamento enemigo.

Allí, escondidos detrás de unos matorrales, y con el catalejo pegado al ojo, espiaron.

Cerró los ojos y por poco se queda dormida.

Estoy exhausta. Necesito descansar. Pero no hay tiempo.

Tomó un poco de agua del odre y mascó un pedazo de carne seca, que no le supo a nada.

También necesitamos comida. Con lo que traemos encima solo será suficiente para hoy, quizás mañana, si lo racionamos.

—¿De cuánto crees que consta el ejército enemigo? —le preguntó a Rajma-dín.

—Antes eran unos tres mil, princesa. No dudo que ahora sean cinco o seis.

—Este sería uno de sus campamentos.

—Sí. No dudo que los otros estén cerca, más hacia el sur, seguramente.

—¿Y nosotros?

—Entre todas las tribus… cuatro o cinco mil guerreros.

Escucharon una conmoción en el campamento.

—Se han dado cuenta —dijo Rajma-dín.

—Eso creo —afirmó ella—. Sí, probablemente se acababan de percatar de mi escape.

—¿Qué harán? ¿Mandar a los rastreadores?

Kaz-ur estará furioso, pensó. Pero el hechicero todavía tenía a Oshrek. Si es que seguía en el campamento. Pero si lo sacaron, ¿adónde? ¿Y cómo saberlo? Estaban en una zona desconocida para ambos.

—¿Qué haremos, khar-ime’tán? —preguntó el menor de los gemelos.

—Esperar.

No había otra opción. Comenzaba a preguntarse si haberse quedado era un terrible error. Por un lado, no quería dejar a Oshrek. Por el otro, ¿cómo por los mil demonios sabrían dónde estaba?

Rajma-dín, que tenía el catalejo al ojo, dijo:

—Mira. Un escuadrón se prepara para salir.

Era así. Un cuarto de hora después, del campamento enemigo salió una compañía de cincuenta. Unos cuarenta eran rejnajis, diez de ellos a caballo y el resto a pie, y diez eran monstruos loboides, que iban a pie, marchando.

—No enviaron rastreadores —dijo el gemelo.

—No.

—¿Por qué no nos buscan?

—Seguramente asumieron que vamos huyendo hacia la Garganta del Dragón. Esa compañía va para allá. Para tratar de llegar primero o deshacerse de nosotros en el camino.

—Son muchos.

—Mi hermano es veloz. El tuyo también. Tienen una hora de ventaja. Llegarán antes.

—Eluvá te oiga.

—Los caballos servirán para llegar hasta la entrada de la garganta. Pero después de eso, alentaran el paso. Si Horladán y Rajma-un entran primero, tendrán ventaja.

—¿Crees que de todas maneras intenten rastrearnos aquí?

—Pienso que no —respondió ella—. Seguramente asumieron que no estamos tan dementes como para quedarnos.

Rajma-dín suprimió una carcajada.

Haliná miró hacia el cielo:

—Está por amanecer.

Antes de rayar el alba, se escuchó un toque de trompeta y gritos de órdenes.

El ejército enemigo comenzó a levantar el campamento.

Lo hicieron con asombrosa rapidez, especialmente considerando que era un campamento desordenado.

Sin embargo, en esto demostraron disciplina y práctica, y pronto ya se formaban en líneas para marchar.

El campamento se disponía para marchar hacia el norte, en dirección del Cañón de las Águilas.

Tanto Haliná como el gemelo miraban todo desde su escondite.

—Van rumbo a nuestras tierras —dijo Haliná—. Pero ¿pasará el ejército entero por la Garganta del Viento? No lo creo.

—Imposible, khar-ime’tán. No con esas carretas. Jamás lograrían atravesarlo.

—¿Entonces? ¿Rodearán?

—Hay un paso más amplio hacia el noroeste de aquí. Unos cinco días de camino. Seguramente irán en esa dirección. Pero tenemos una muralla allí, en el valle de Hinam. Es un muro de madera, con vigías allí apostados. Además de un campamento de guerreros justo del otro lado.

—¿Cuántos?

—No lo sé. Unos quinientos, por mucho.

—No son suficientes.

—Para defender la muralla, quizás. Aunque no por mucho tiempo, y no contra un enemigo significativamente más grande. Pero los vigías verán al enemigo acercarse, y darán la alerta.

—La pregunta es: ¿podremos reunir suficientes soldados antes de que ataquen la muralla?

—Esa, khar-ime-tán, es la gran pregunta.

Ahora que el sol los dejaba ver mejor, Rajma-dín dirigió el catalejo hacia la compañía de cincuenta que se alejaba. Estaba apenas en su rango de vista.

—¡Por el Gran Creador, princesa!

—¿Qué pasa?

—¡Llevan un prisionero!

—¿Qué? ¿La compañía?

—Eso parece. No pudimos ver bien cuando salieron, por la oscuridad. Tú tienes mejor ojo.

Ella ya miraba.

—Maldición, no estoy segura. Pero sí…, parece como que uno de los jinetes lleva un prisionero atrás.

—Va atado, ¿no? Con las manos por detrás.

—Sí. Y un capuchón en la cabeza.

No alcanzaba a verlo con claridad: la distorsión del cristal y la distancia hacían que el más leve movimiento del catalejo sacudiera todo ante sus ojos.

—¿Qué hacemos? —le preguntó el gemelo.

Ella se mordió el labio. El enemigo se dividía en dos. Si Oshrek iba prisionero en alguna de las carretas del ejército, lo perdían, quizás para siempre. Pero si iba en la compañía de cincuenta…

—Acerquémonos —dijo ella—. Así nos cercioramos. Vayamos por el flanco izquierdo de ellos. Si nos equivocamos, cambiamos de curso y le damos alcance al ejército.

—Buena idea, princesa.