Sombra vengadora (Mercenaria 7)
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Un plan
LOS CUATRO SALIERON a la oscuridad de la noche.
Haliná pensaba que en cualquier momento serían descubiertos y se desataría el infierno.
Sin embargo, lograron salir del campamento y, corriendo lo más rápido que podían, se alejaron hasta llegar a la colina llena de árboles donde se detuvieron para recuperar el aliento.
—Parece que nadie nos sigue, gracias al Creador —dijo Rajma-un.
—No puedo creer que lo logramos —dijo Horladán.
—Ya no puedo seguir más tiempo con estas túnicas —dijo Rajma-dín, quitándose la túnica negra de los rejnajis.
—¿Cómo es que… por qué tienen…? —preguntó Haliná.
No terminó sus preguntas porque todavía no lograba recuperar el aliento. Además, se sentía enferma: cansada, dolorida, con ganas de vomitar.
Había sido torturada por un horroroso engendro, Kaz-ur, gran agorero de la diosa Zirtá, líder del pueblo de Ghar.
Así se había identificado el maldito lobo infernal.
—Uno de los Manos Rojas me atacó —dijo Horladán, respondiendo a la pregunta a medias de su hermana—. Luego nos atacó una guardia rejnaji justo a las afueras del campamento. Eran cuatro. Nos deshicimos de ellos y tomamos sus túnicas.
—Por eso la mía está agujereada aquí en el pecho y, si te fijas bien, ensangrentada —dijo Rajma-dín.
Haliná no lo había notado hasta entonces, cuando la luz plateada reflejó la mancha oscura en la ropa del menor de los gemelos.
Cuando se quitaron las túnicas, su hermano Horladán le dijo:
—¿Estás bien, hermana?
—Estoy bien. Pero Oshrek, ¿dijiste que se lo llevaron?
—Así es. Estaba en una tienda no muy lejos de la tuya. Alcanzamos a ver que lo sacaron y se lo llevaron. No sabemos si a otro lado del campamento o adónde. Simplemente no lo sabemos. No tuvimos tiempo de seguirlos. Vinimos a por ti.
—Gracias. Gracias por rescatarme. Pero… ¿y el Rompecuellos? ¿Qué haremos?
Oshrek aj’Urkhan. El primer hombre que había amado. Un amor no correspondido. ¿Y ahora? ¿Se había avivado una chispa de ese antiguo amor?
No, pensó ella. Imposible. No es eso. Simplemente no puedo dejarlo allá, a merced de los monstruos, a merced del lobo hechicero.
Su hermano miró a los gemelos, pero estos no respondieron. Tampoco estaban seguros de cuál era el mejor curso de acción.
—Si nos quedamos, vendrán a por nosotros, de eso no hay duda —dijo Rajma-un. Tenía la cara empapada por el sudor, y la cicatriz que le recorría desde la sien izquierda hasta perderse en su barba le daba el aspecto de lo que era: un poderoso guerrero.
—Soltarán a los perros para seguirnos —dijo su hermano menor, Rajma-dín—. Lo mejor será estar muy lejos de aquí cuando eso suceda. O por lo menos tan lejos como para que no puedan alcanzarnos. Porque ellos tendrán caballos, y nosotros no.
—¿Andarán los monstruos en caballos? —se preguntó Haliná en voz alta.
—Incluso si no, estoy seguro de que corren rápido —dijo su hermano Horladán—. Por eso concuerdo con Rajma-dín. Debemos salir de aquí. Hay que avisar a nuestra tribu.
—En ese campamento había por lo menos unos mil soldados —dijo Rajma-dín—. Cuántos de ellos son monstruos y cuántos rejnajis, no lo sé. Pero de algo estoy seguro: los rejnajis tienen un ejército mucho más grande. Este es probablemente un campamento de muchos más.
—Debemos avisar a nuestra tribu inmediatamente —dijo Horladán—. Pasaremos primero por la aldea de Borzhal y daremos aviso al jefe Jarum, como lo prometimos.
—Y él puede dar aviso a los campamentos cercanos —dijo Rajma-dín—. Probablemente tendrán que huir si no quieren ser masacrados.
Repentinamente Haliná se sintió muy mareada. Se tomó del brazo del menor de los gemelos para estabilizarse. Al igual que su hermano mayor, el gemelo era grande, musculoso y de semblante casi idéntico, aunque sin cicatriz en la cara.
—Khar-ime-tán, ¿estás bien? —dijo Rajma-dín.
—Estoy bien. Yo… me torturaron.
—¿Qué? —preguntó su hermano—. ¡Atendamos las heridas! —dijo, y comenzó a buscar con la mirada, buscando indicios.
—No, fue algo diferente —dijo ella.
Les contó lo de la traición de Draven, del monstruo hechicero, la conversación con él y la tortura que sufrió.
—¡Por el Gran Creador! —dijo Rajma-dín—. ¡Más traidores entre nosotros! ¡Un monstruo hechicero! Ahora sí que lo he oído todo.
—¿Dices que quería saber la magnitud de nuestro ejército? —preguntó su hermano.
Ella asintió con la cabeza:
—Así es. Pero no se lo dije. Por lo menos, no recuerdo haberlo hecho.
—La guerra ha comenzado —dijo Rajma-un, muy serio—. Solo que no lo sabíamos.
Horladán se llevó una mano a la frente:
—No sé cómo pensar sobre esto. Eluvá, ten piedad.
Haliná se sentía igual. Monstruos. Hechiceros. Un ejército listo para hacerles guerra sin que ellos estuvieran listos o preparados.
Cientos morirán , pensó ella. Nuestro pueblo podría ser erradicado por completo. O nos harán prisioneros. O seremos la comida de esos engendros del mal.
Le dio un escalofrío.
—Entonces ¿qué estamos esperando? —le preguntó Rajma-dín—. ¡Salgamos de aquí!
—No podemos dejar al Rompecuellos —dijo ella.
—Sí podemos —contestó su hermano.
—¡No! Es un príncipe. Es hijo de un venerable.
—¡Hermana! No sabemos si sigue vivo.
—Tampoco si ha muerto.
—Él entenderá —dijo Rajma-un, muy serio—. Sabrá que su sacrificio era inevitable.
—Id vosotros —dijo ella.
—No puedes rescatarlo tú sola, no. Es un suicidio —dijo su hermano.
—Solamente me quedaré para saber si está bien. Por lo menos eso. Vosotros id, avisad, y yo os iré pisando los talones.
—Imposible —respondió su hermano—. No te dejaré aquí. Demasiado peligroso. Mi padre jamás me perdonaría si algo te pasa.
— A mi padre no le importo —dijo ella, aguantándose las ganas de gritar. Se controló. Agregó—: No le importa si estoy viva, si estoy muerta, si estoy aquí o en Xulde.
—Sí le importa —dijo Horladán.
Ella apretó los dientes y luchó contra las lágrimas.
—Pues me quedaré de todas maneras. Hasta saber qué ha pasado con Oshrek.
Su hermano exhaló, frustrado. Agitó la cabeza y miró en dirección del campamento enemigo.
—Yo me quedo con ella —dijo Rajma-dín—. Vosotros dos id.
—No tienes que hacerlo —le dijo Haliná.
—Quiero hacerlo. Me quedaré contigo. Sé que no necesitas a alguien que te cuide. Pero quizás necesites un amigo a tu lado.
Todos miraron a Horladán, que era el comandante.
—Está bien. Está bien. Pero en cuanto sepáis si está vivo o muerto, debéis regresar. No arriesguéis vuestra vida.
—Está bien —dijo ella—. Y vosotros, tened cuidado. Si dos de los Manos Rojas eran traidores, habrá más.
—Todo este tiempo pensé que mi padre se volvía loco, paranoico —dijo Horladán—. Y más bien, él tenía razón.
—Quizás esté en peligro —dijo Haliná y, a su pesar, sintió una punzada de miedo.
¿Y si, cuando regresemos al Gran Círculo, encontramos a nuestro padre asesinado y el pueblo en completo caos?
—No hay tiempo que perder —dijo Horladán—. Nos marchamos. Hermana, Rajma-dín: que Eluvá ilumine y proteja vuestro camino. Cuidaos.
—Nos veremos pronto, hermano.
—Así sea —respondió él.
Pero Haliná notó el temor en sus ojos. La duda.
Y, a decir verdad, ella se sentía igual.