Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 34
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L a batalla terminó en cuanto el Gran Segador huyó de la catedral como un cobarde.

Su magia cesó con su apresurada fuga, por lo que los guardias de la Nox y los cazadores pudieron vencer a los segadores que quedaban sin tener que preocuparse por caerse en los ataúdes o entre las grietas del suelo, o porque les golpeara una piedra en la cabeza.

Viri dejó que sus compañeros acabaran con los rezagados y se centró en llevar a una conmocionada Jessalyn junto a los otros niños, que estaban apiñados cerca de una columna rota en una esquina de la enorme sala; en algún momento, en mitad de todo el revuelo, la magia que los tenía atados se desvaneció y pudieron resguardarse durante la peor parte del combate.

Era un milagro que ninguno estuviese herido, salvo algunos rasguños, aunque sí que se les veía traumatizados después de todo lo que habían vivido.

Pero no eran los únicos; incluso Viri necesitaría un tiempo para recuperarse de todo lo que había presenciado esa noche, el panorama, los ruidos, los olores. La sangre, los gritos..., la muerte.

Estaba por todas partes.

Se estremeció al revivir la batalla en su mente y cada imagen del combate le quemaba por dentro, incluyendo los recuerdos demasiado realistas del Gran Segador apuntando con su daga de hueso al corazón de Jessalyn.

Entonces reprimió un escalofrío y apretó a la chica con fuerza, y solo la soltó cuando Soren apareció a su lado y estrechó a su hermana entre sus brazos justo antes de que ambos se deshicieran en lágrimas, aliviados tras haberse reencontrado.

Viri observó a los hermanos con ojos vidriosos, pero se dio la vuelta de inmediato para darles un poco de intimidad.

Como ya se estaban encargando de los demás niños, estudió todo el desorden de la catedral y, entre los escombros iluminados por la luna, buscó a Reeve, Braedan y Wynter, aunque también trató de localizar a Sage, Jonas y Ardin; necesitaba comprobar que todos estaban bien.

Era casi imposible ver algo entre la marea de uniformes negros y capas carmesís mientras los últimos segadores insultaban y les gruñían a los guardias de la Nox y a los cazadores, pero, por fin, dio con los seis que estaba buscando.

Aunque los viera de refilón, sus hombros se relajaron al tener la tranquilidad de que todos estaban a salvo.

Sin embargo, la tensión volvió a apoderarse de ella cuando miró hacia arriba y vio el destello morado del cometa Aurora, que seguía avanzando poco a poco por el cielo estrellado.

Una nueva oleada de miedo hizo que se le revolviera el estómago, pero se le pasó en cuanto se recordó a sí misma que la amenaza ya había pasado.

Habían salvado a los niños y habían impedido la destrucción de los obeliscos.

Y el Gran Segador no tuvo la oportunidad de terminar el sacrificio. Había fracasado... y había huido.

Por una parte, le daba rabia que se hubiese escapado después de haberlo tenido delante de sus narices y, aunque no tenía muy claro cómo le hubiera hecho frente a su aterrador e incalculable poder, sí que habría intentado apresarlo de alguna forma, sobre todo porque contaba con la magia de Reeve y con el ejército de cazadores y guardias de la Nox, que habrían sepultado al Gran Segador en la Críptula.

Pero, por otra parte, no pudo evitar acordarse de que, con tan solo mover una mano, mató a decenas de personas a la vez.

Viri sintió entonces un escalofrío al darse cuenta de que jamás podrían atrapar a alguien como él.

Y, aunque le resultaba frustrante saber que seguía libre, le reconfortaba la idea de que tanto sus amigos como ella hubieran sobrevivido para volver a luchar cuando llegara el momento.

Con suerte, para cuando tuvieran que enfrentarse de nuevo al Gran Segador, ya habrían averiguado cómo derrotarlo, y esta vez para siempre.

—¡Viri! —gritó Braedan.

Ella apartó la mirada del cometa cuando su hermano apareció frente a ella tras trepar por las piedras desmoronadas y saltar sobre las enredaderas marchitas. Cuando la tuvo delante, la acercó hacia él y la abrazó.

—Por todos los Sabios, Viri, cuando nos fuimos de Nevarnost y no dábamos contigo... —Braedan se calló y la estrujó entre sus brazos, lo cual demostró lo preocupado que había estado por ella.

—Lo siento —murmuró contra la desgarrada capa verde de su hermano, aunque no estaba segura de si sus disculpas eran por haberlo asustado o por haberse ido del castillo sin él.

En cualquier caso, lo abrazó con fuerza y, después, lo apartó un poco para volver a buscar a Reeve y a los demás con la mirada, pero lo único que vio fue una catedral llena de segadores, guardias de la Nox y cazadores.

Al ver a estos últimos, empujó a su hermano detrás de una columna y susurró—: ¿Qué pasa si te ven?

Los labios de Braedan se curvaron hacia arriba.

—Nadie sabe quién soy, así que, siempre y cuando no me llames Padre Segador —bajó el tono al decir esas dos palabras—, no pasará nada.

Viri hizo una mueca al escuchar otra vez ese título, pero se deshizo de los malos recuerdos que le traía y dijo:

—Bueno, pero eres un segador. —Viri observó las venas negras que se extendían por las manos manchadas de sangre de su hermano—. Y estamos en mitad de una sala llena de personas que te encerrarían de por vida sin pensárselo.

—Tu hermanita tiene razón —dijo Sage, avanzando con confianza hacia ellos y agachándose detrás de la columna.

Su atuendo beis de cuero estaba casi tan lleno de mugre como la noche de la pelea bajo la tormenta, y las manchas de sangre apenas dejaban a la vista el morado de su pelo.

Entonces añadió mirando a Braedan—: Gracias al caos de la batalla, no nos han detectado; había tantos segadores que los cazadores no han podido vernos ni sentirnos por separado.

Pero, ahora que han empezado a dispersarse, corremos el riesgo de que nos encuentren.

Ardin y Jonas están esperándonos fuera. Tenemos que irnos antes de llamar la atención.

—Sage se giró hacia Viri y, p ara su sorpresa, asintió en señal de respeto—.

Buen trabajo, cazadora. Al final vas a resultar no ser tan inútil como yo pensaba.

—Ha sido un placer, Sage —exclamó tras resoplar al escuchar el ambiguo cumplido.

Aún no tenía muy clara su opinión sobre los amigos de Reeve, y de Braedan, pero los habían ayudado a salvar a todo el mundo, así que, por el momento, se sintió agradecida porque hubieran sobrevivido. Ya se encargaría más tarde del resto.

Sage le respondió a Viri con una sonrisa fugaz y, después, tiró de la manga de Braedan para que se fuera con ella, pero él se frenó.

—¿No vienes con nosotros? —le preguntó Braedan a Viri.

—Nos vemos luego —le prometió Viri, que se tensó cuando miró por un hueco que había en el pilar y vio que Meera iba hacia ellos.

Tanto Braedan como Sage llevaban capas que ocultaban casi todas sus venas y, además, seguía habiendo demasiados segadores como para que los cazadores los detectaran a ellos, pero, aun así.

.. Sería casi imposible convencer a Meera de que eran segadores buenos con el poco tiempo que tenía para explicárselo, así que le dijo deprisa a su hermano—: ¿Quedamos en el laboratorio de Wynter?

—No tardes mucho —le advirtió—. Si no, tendré que ir a buscarte, así que atente a las consecuencias.

Viri resopló, haciéndose la enfadada, pero, por dentro, la invadió una sensación de calidez por haber recuperado a su hermano mayor.

Después de tanto tiempo, pensaba que sería imposible, y mucho menos que ella quisiera recuperarlo.

Tendrían que resolver varios asuntos pendientes, y uno era el hecho de que él era un segador y ella, una cazadora; por suerte, ahora disponían de tiempo y solo con saberlo Viri se deleitó en la tranquilidad que sintió por primera vez en siete años.

—No sé dónde está Reeve, pero sé que sigue por aquí. Está usando su magia para ayudar a los heridos —le dijo Sage a Viri. Sus ojos marrones la miraron con aire amenazante—. No dejes que lo arresten. Otra vez.

—La primera vez fue porque él quiso, ¿eh? —recalcó Viri—. Si es tan tonto como para dejar que lo vuelvan a detener, la culpa es suya. —Ambas sabían que no lo decía en serio.

Viri volvió a escudriñar la amplia catedral con la mirada y sintió una punzada de preocupación al no ver a Reeve, pero se recordó a sí misma que su amigo se había pasado años consiguiendo esquivar tanto a la Nox como a los cazadores.

Los que lo hubieran visto en prisión podrían reconocerlo, pero Reeve siempre tenía la opción de usar su magia para defenderse si fuera necesario.

Tampoco corría el riesgo de que lo detectaran por las marcas de los cazadores, a diferencia del resto de sus amigos. Pero Braedan y Sage...

—Tenéis que iros ya —le instó Viri conforme Meera se acercaba a ellos.

Los dos segadores siguieron su consejo y desaparecieron entre la multitud de guardias y cazadores que estaban colocándoles encancelas a todos los supervivientes que trataron de plantarles cara.

Viri no se quedó tranquila hasta que vio a su hermano y a Sage mimetizándose con la oscuridad de la noche.

Entonces se giró hacia su mentora, que acababa de subir al estrado y que rodeó la columna medio derruida hasta detenerse delante de ella.

Al igual que Viri, Meera tenía la piel cubierta de cortes y moratones, llevaba la ropa raída y el amuleto mágico que colgaba de su cuello lleno de cicatrices estaba torcido.

Pero, aun así, su mirada era victoriosa y estaba rebosante de orgullo.

— Parece que al final has terminado de cocinar el plan que tenías a medio cocer —exclamó, recordándole a Viri sus últimas palabras antes de irse de la Cumbre.

Viri le dedicó una sonrisa burlona.