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De pronto, su magia se movió en otra dirección y fue directa hacia alguien que estaba escondido en un grupo más pequeño entre las sombras de una tumba, alguien que estaba atrayendo su magia, como si fuera una polilla volando hacia las llamas.
Viri escuchó el susurro de una voz que decía: «Mía.
Mía. Mía» , pero esa voz no era tenebrosa y amenazante, como la que escuchó cuando el obelisco la atacó, sino dulce, tierna y cariñosa.
Y estaba hablando de Reeve.
Era su magia, y tenía que haber algo en ella que llamaba a la de Viri, como si el poder atrajera más poder.
No tenía los suficientes conocimientos de élixen como para saber con certeza qué estaba pasando, así que se limitó a confiar en sus instintos y rozó su magia con la de Reeve, como acababa de hacer con la magia que ataba sus muñecas, y murmuró mentalmente: Reeve, no sé si puedes oírme, pero las tutelas han caído. Por favor, date pri...
De pronto, notó algo que tiró de su magia cuando estaba a punto de recuperar la lucidez total y volvió a sentirse mareada e indispuesta; algo estaba conteniendo su poder otra vez. Los oídos le retumbaban, pero no por haber recuperado la conciencia, sino por los gritos de Jessalyn.
El Gran Segador levantó la daga justo por encima de Jessalyn y empezó a ralentizar su canto mientras apuntaba con la hoja hacia el corazón de la chica.
Viri no sabía si Reeve la había escuchado ni le importó estar aturdida y débil después de haber destruido las tutelas, porque no pensaba esperar ni un segundo más para salvar a Jessalyn.
Aunque sabía que el Gran Segador podía derrotarla en un abrir y cerrar de ojos, se puso de pie y corrió hacia el estrado, saltando por encima de las estatuas derrumbadas y los bancos rotos, esquivando ataúdes blancos y columnas caídas, y sorteando las enredaderas retorcidas y las velas llameantes.
El Gran Segador no pareció darse cuenta de su frenética carrera, ni siquiera al escuchar el crujido de los cristales que pisó con las botas, como si estuviera sumido en un trance mientras cantaba bajo el cielo estrellado.
Sin embargo, los segadores sí que la vieron venir y un grupo se abalanzó para interceptarla.
En cualquier otro momento, Viri podría haberse sentido halagada porque pensaran que tenían que atacarla diez segadores a la vez para poder derrotarla, pero, ahora, no podría defenderse ni de uno.
No tenía su fílux ni armas para hacerles frente a la fuerza y la velocidad potenciadas por el élixen, así que su único recurso era el polvo escarlata que podía anular las habilidades sobrehumanas de los segadores.
Por una parte, le habría gustado esperar para atacar a más de uno a la vez, incluyendo al Gran Segador, pero sabía que no le quedaba más remedio que actuar de inmediato si quería sobrevivir más de unos escasos segundos.
Se sacó el frasco de la capa mientras corría hacia los segadores y esperó hasta quedar a escasos pasos de ellos para detenerse de forma brusca y arrojar el polvo a sus pies.
Al estrellarse contra el suelo, el frasco se rompió y el polvo formó una nube roja.
Viri tuvo cuidado de alejarse de su alcance explosivo, ya que no quería arriesgarse a que también anulara su magia, que justo había empezado a usar, y observó asombrada cómo los segadores se chocaron entre ellos con torpeza al perder el control de su élixen robado.
No sabía cuánto duraría el efecto, así que, agradecida por todas las horas que había entrenado con Meera en combates sin armas, saltó hacia delante y apuntó con el puño al segador que tenía más cerca, que se desplomó contra el suelo profiriendo un ruido sordo.
Los demás le costaron un poco más porque no tardaron en acostumbrarse a la sensación de embotamiento y se lanzaron a la vez hacia Viri, armas en mano.
Las afiladas hojas le desgarraron la piel, y la sangre tiñó su cuerpo y se coló en su ropa, pero sus pies eran lo bastante ágiles como para impedir que le hicieran heridas más profundas, así que se agachó y esquivó todos los ataques mientras les respondía con patadas y golpes.
Las probabilidades de quién ganaría en un combate de nueve contra uno no jugaban a su favor, aunque no contaran con sus habilidades mejoradas, pero no podían atacarla todos a la vez sin perjudicarse entre ellos, así que Viri lo usó a su favor.
Derribó a una mujer dándole un codazo en la sien y a otra, con una patada que le partió la nariz, y se las arregló para quitarle una daga a un hombre y apuñalarlo con ella.
Después, usó la misma daga para derribar a dos más, de modo que solo le quedaban cuatro de los diez segadores que había al principio.
Cuatro segadores, más las docenas que seguían delante del estrado y a ninguno de los cuales les había llegado el polvo anulador de Wynter.
Sin embargo, se obligó a no pensarlo y se centró en la batalla que tenía entre manos y asestó otro golpe con la daga; o eso pensaba, si no fuera porque algo se la arrebató de las manos.
Con magia.
Viri se giró hacia el Gran Segador, que había dejado de cantar y tenía la mirada clavada en ella.
Entonces sintió un escalofrío que la recorrió de pies a cabeza, no solo de miedo, sino también por la ráfaga de élixen que iba directa hacia ella; una ráfaga que, casi con total seguridad, la golpearía con fuerza hasta dejarla inconsciente.
Estaba segura de que, si eso pasaba, Jessalyn moriría.
Envuelta en una mezcla de temor y determinación y empujada por su propio instinto, Viri extendió la mano para hacerle frente al poder que iba directo hacia ella y se preparó para contraatacar.
Las tutelas actuaban como barreras, así que eso se traducía en que la magia tutelada que tenía en su interior actuaría como. ..
El élixen del Gran Segador se chocó contra el escudo invisible que protegía a Viri; era tan fuerte que tuvo que retroceder un paso, pero no más. Seguía de pie y no había perdido el conocimiento.
Aunque ella misma se sorprendió de que hubiera funcionado, no le mostró su estupor al Gran Segador, sino que se limitó a observarlo y a deleitarse con su reacción.
Estaba perplejo, pero también furioso.
Entonces el hombre chasqueó los dedos enguantados y todo un ejército de segadores se lanzó en dirección a Viri.
Sin embargo, los segadores no fueron los únicos que se encaminaron hacia ella porque, tras un fuerte estruendo, las puertas de la catedral se abrieron de par en par y un aluvión de uniformes negros de los guardias de la Nox y capas carmesís de cazadores penetró en la sala abovedada.
La esperanza inundó el corazón de Viri y juró haber oído al Gran Segador gritar un enfurecido «¡No!
» antes de tener que hacerles frente a los segadores, que empezaron a arremolinarse a su alrededor.
Primero, la cazadora derribó a los cuatro que seguían bajo los efectos del polvo escarlata y, después, se dio la vuelta justo a tiempo para frenar el ataque de un segador cuyos sentidos sí estaban potenciados por el élixen; sus movimientos eran tan rápidos como alarmantes y la fuerza con la que asestaba cada golpe podría haberla partido en dos.
Pero no tuvo la oportunidad de hacerlo, porque Reeve apareció de forma repentina y mató al segador con tres movimientos sencillos de su espada negra.
Viri estaba tan aliviada y agradecida de verlo que tuvo que reprimir el impulso de saltar a sus brazos y besarlo; y lo habría hecho si la muerte no estuviera acechándolos por todas partes.
En cambio, se agachó cuando un cuchillo pasó volando por su cabeza y, después, exclamó en un tono un tanto irracional:
—¿Por qué demonios habéis tardado tanto?
—Castaña tenía hambre —respondió Reeve justo antes de arrojar sus dos dagas y dando una impresionante patada lateral que hizo que un segador que estaba a punto de atacarle saliera volando hacia atrás—. Hemos tenido que parar a por algo de picar.
¿En serio? , pensó Viri. Creía que le iba a explotar la cabeza, pero vio el brillo burlón de los ojos plateados de Reeve y puso los suyos en blanco, aunque un segador los interrumpió cuando se abalanzó sobre ella y Viri lo apuñaló con sus dagas.
En cuanto se desplomó, apareció una segadora y, después, dos más que empujaron a Viri hacia Reeve; él también estaba luchando contra tres segadores al mismo tiempo, y en su espada negra se reflejó la luz de la luna y del fuego.
En ese momento, Viri se fijó en Braedan, que estaba luchando junto a Sage y Ardin, con unos movimientos perfectamente sincronizados y formando un equipo letal.
Y, después, se le paró el corazón cuando vio a otras dos personas luchando a pocos metros del trío: eran Wynter y Jonas, que también habían ido hasta allí.
Al contrario que los demás, no estaban usando espadas ni dagas, sino arrojando frascos a diestro y siniestro y llenándolo todo de líquidos y polvos; algunos le resultaron familiares, pero otros eran nuevos para ella.
Reconoció el detenubis, que inmovilizó a todos los segadores a los que alcanzó y les permitió a los guardias de la Nox y a los cazadores abalanzarse sobre ellos y dejarlos fuera de combate con facilidad.
Sin embargo, Viri vio otros inventos que le provocaron escalofríos, como una poción naranja que prendió al entrar en contacto con un segador y lo quemó hasta reducirlo a cenizas, o una especie de fango marrón que derritió la piel de otro como si fuera cera, y sus gritos resonaron por encima de los choques metálicos que retumbaban por toda la catedral.
Hasta que, de pronto, otro grito llamó la atención de Viri. El grito de una voz joven que conocía de sobra. Un grito de advertencia que le hizo girarse hacia el Gran Segador justo cuando movió una mano, pero no para atacarla, sino para hacer que la sala cobrara vida .
No había nada que Viri pudiera hacer para protegerse del élixen del Gran Segador cuando la misma catedral se convirtió en un arma.
Las enredaderas treparon por las piernas de los guardias de la Nox y los tiraron al suelo.
Las columnas se resquebrajaron y dejaron caer escombros sobre las cabezas de cualquiera que estuviera demasiado cerca.
En el suelo se formaron unas letales grietas que se tragaron a algunos cazadores.
Los ataúdes se abrieron para que sus víctimas se tropezaran y se cerraban para dejarlas atrapadas en su interior.
Y, quizás, lo peor de todo fue la tormenta de fuego que arrasó con todo cuando las velas estallaron, como si un muro de llamas se cerniera sobre ellos.
—¡Reeve! —gritó Viri alarmada justo cuando él utilizó su magia para apagar el fuego.
Lo que no esperaban era que resurgiera al instante.
Viri estaba a punto de preguntar cómo podía ayudar con su magia, pero otro grito de Jessalyn la sacó de sus pensamientos y se giró de inmediato hacia la chica.
Y entonces vio con sus propios ojos al Gran Segador a punto de clavarle la daga de hueso.
—¡JESSY! ¡NO! —Viri escuchó el grito de Soren a su derecha y el pánico de su voz alimentó su propio miedo.
A la cazadora se le paró el corazón cuando vio la daga bajando lentamente hacia el pecho de Jessalyn, y tanto sus gritos como los de Soren le perforaron los tímpanos.
Pero, de repente, sus latidos se multiplicaron cuando un repentino sentimiento de determinación la invadió.
Sin pensárselo dos veces, alargó el brazo, liberó su magia y observó un escudo invisible que se formó en torno a Jessalyn, justo como el que había creado unos minutos antes para protegerse del ataque de élixen del Gran Segador.
No tenía ni idea de si serviría para detener un objeto físico, pero usó todas sus fuerzas y le rogó y suplicó a su magia que hiciera todo lo imposible por protegerla.
La daga de hueso siguió bajando y estaba a escasos centímetros del pecho de Jessalyn.
Viri sabía que seguía habiendo segadores por todas partes, que Reeve estaba luchando contra ellos a la vez que intentaba mantener el fuego a raya, que Braedan y Sage se habían acercado para ayudarle y que Wynter acababa de lanzarles otro polvo escarlata a los segadores que iban a por ella.
Y, a pesar de todo lo que estaba pasando a la vez, Viri siguió concentrada en su magia y suplicó e imploró una y otra vez que funcionara.
La punta de la daga del Gran Segador estaba a punto de rozar el corazón de Jessalyn...
Pero, entonces, chocó contra la barrera mágica de Viri y se hizo añicos, como si fuera un cristal, y los pequeños trozos de daga cayeron al suelo.
— ¡NO! —El grito del Gran Segador resonó por encima de la caótica batalla.
Entonces el hombre agitó una mano con rabia, pero Viri estaba demasiado ocupada protegiendo a Jessalyn como para detener su magia, de modo que golpeó con violencia a todos los que estaban cerca del estrado, tanto guardias como cazadores y segadores, y volaron por los aires hasta estrellarse contra los muros arqueados y las columnas de la catedral justo antes de caer al suelo.
Ninguno volvió a levantarse.
A Viri se le heló la sangre por la enorme cantidad de personas que acababan de morir tras una sola ráfaga de magia del Gran Segador, y se dio cuenta de que su poder era inmensurable.
En ese momento, Viri reforzó el escudo que protegía a Jessalyn, aun a riesgo de que él descargara su ira sobre ella.
Sin embargo, observó cómo el Gran Segador escudriñaba la catedral con la mirada, como si estuviera valorando la batalla.
Fue entonces cuando la cazadora se dio cuenta de lo que iba a hacer, justo unos segundos antes de que lo hiciera, y salió corriendo para detenerlo.
Esquivó a los oponentes y evitó las enredaderas y los escombros, se tropezó una vez y se cortó las manos con los cristales rotos, pero se levantó para seguir avanzando a toda prisa hacia el estrado.
Pero, cuando llegó, ya era demasiado tarde.
El Gran Segador acababa de escapar.