33 #2
—Qué bonito... —murmuró el Gran Segador al observar a Viri luchando contra las ataduras mágicas—. Puede que sí que exista el amor... —Entonces resopló—. En fin, una pena.
Y, en ese momento, el Gran Segador se dio la vuelta y caminó detrás de Jessalyn.
La capa ondeó a sus espaldas conforme caminaba sobre las enredaderas y rodeaba los ataúdes desmoronados; atravesó un camino cubierto de cristales e iluminado por las velas hasta llegar a donde lo esperaban sus obedientes segadores.
Cuando llegó hasta ellos, todos sus fieles se inclinaron ante él y, después, se hicieron a un lado para que subiera la corta escalera que llevaba hasta el estrado.
Acababan de tender a Jessy, que no paraba de patalear, sobre la losa de piedra, hasta que el Gran Segador agitó una mano para aplastarla contra la superficie y le ató los brazos y las piernas con magia.
Su corpulento ayudante retrocedió de inmediato y volvió con el resto de los acólitos.
Viri estaba a punto de vomitar. Por el rabillo del ojo, veía a los niños que la rodeaban, llorando sin consuelo, y tanto los ruidos como los olores que desprendían a causa del miedo le dieron aún más ganas de vomitar.
Aun así, no le quitó los ojos de encima a Jessalyn, que se retorcía de dolor sobre la losa de piedra.
El resplandor de la luna iluminaba su figura, que no paraba de temblar, así como las alas llameantes del flamorni que se alzaba tras ella.
—Ya falta poco —anunció el Gran Segador, y su voz retumbó por toda la sala.
Echó la cabeza hacia atrás para mirar a través del techo derrumbado y las sombras ondularon junto a su rostro, como siempre.
Ahora, en cambio, bailaron bajo la luz del fuego, y parecía un demonio que había salido del mismísimo infierno.
La cazadora trató de luchar contra el élixen que la retenía en la columna, una y otra y otra vez , jadeando con fuerza mientras la desesperación la empujaba a seguir intentando soltarse, a pesar de lo mucho que le dolían las muñecas.
Pero, hiciera lo que hiciera, la magia la tenía demasiado bien atada.
Un sentimiento de impotencia se apoderó de Viri cuando el Gran Segador siguió con la vista clavada en el cielo nocturno mientras Jessalyn se retorcía sobre la losa, tratando de zafarse de la magia que la tenía atada; el resto de los niños seguían llorando y gritando sin parar.
No podía acabar así, pero no había nada que Viri pudiera hacer.
Sus años de entrenamiento no la habían preparado para enfrentarse a alguien tan poderoso como el Gran Segador.
La rabia que sentía fue creciendo por lo injusto que era todo: que sus padres murieran cuando ella no era más que una niña y que no le hubieran contado nada de su pasado, que su hermano hubiera sacrificado siete años de su vida para protegerla, que Reeve se viera obligado a abandonarla, que sus recuerdos olvidados le hubieran arrebatado tanto tiempo a todos ellos, y, por último, que el todopoderoso Guardián se hubiera negado a ayudarlos a detener al Gran Segador y que no le hubiera ofrecido más que unas palabras triviales que. ..
Se quedó de piedra al recordar lo que le había dicho el Guardián: «Ya tienes todo lo que necesitas para luchar. Confía en ti. Confía en tus amigos. Confía en tu magia».
Confiaba en sus amigos, pero estaban retenidos fuera, tras las impenetrables tutelas protectoras de la catedral.
También confiaba en sí misma, aunque el poder del Gran Segador la tuviera apresada en ese preciso instante y no pudiera ni moverse.
En cuanto a su magia... No confiaba en ella.
Ni siquiera la entendía . Pero, si lo que le dijo el Guardián era cierto, o si sus palabras escondían un consejo, quizás había llegado el momento de que dejara de enfrentarse a la magia físicamente y probara algo distinto, algo. .. mágico .
Su mente se apresuró a recapitular todo lo que sabía sobre la magalía que vinculó su vida a los obeliscos, sobre la magia pura y poderosa de protección que fluía por sus venas y la hacía más sensible al élixen.
Cuando estuvo con Reeve en la Cumbre, descubrió que podía usar esa sensibilidad para localizar objetos tutelados, pero.
.. ¿y si podía ir más allá? ¿Y si podía crear sus propias tutelas de protección, al igual que los obeliscos?
Y mucho más importante...
¿Y si podía romper esas tutelas?
Las manos empezaron a sudarle en cuanto se le vino la idea a la mente. Las tutelas de la catedral eran lo único que impedía que todos los que estaban fuera entraran a ayudarla, así que, si destruía esas tutelas...
Era una apuesta arriesgada y, primero, necesitaba comprobar si funcionaba, pero no tenía ni idea de qué podía pasar si probaba esa magia, ni cualquiera , sin saber con seguridad lo que estaba haciendo.
A lo mejor acababa empeorando las protecciones, las reforzaba por accidente o las hacía permanentes.
Necesitaba probar con algo más pequeño, así que cerró los ojos y trató de recordar las indicaciones que le dio Reeve cuando estaban en el almacén de Sarielle.
Se imaginó a sí misma como una maganolia, abriéndose pétalo a pétalo.
Entonces buscó su sensibilidad aguzada, su magia , y se preparó para liberarla.
Pero no pasó nada.
A pesar de su angustia, se obligó a respirar hondo y a tranquilizarse, porque sabía que dejarse llevar por la desesperación no le traería nada bueno. Evocó el recuerdo de la voz sosegada e hipnótica de Reeve cuando la guio y deseó que su mente se callara y que sus latidos se ralentizaran.
Así que volvió a intentarlo y rebuscó en lo más profundo de su ser, y animó a la magia a que fluyera y rompiera las barreras mentales que la retenían.
Y funcionó.
Viri se quedó sin aliento cuando el poder que albergaba en su interior estalló y asoló las protecciones de la catedral, y el escozor del élixen era tan intenso que tuvo que reprimir un quejido.
Fue entonces cuando recuperó el control inmediato de su mente y trató de dominarla todo lo que pudo echando mano del recuerdo de la voz calmada de Reeve y de su propia intuición, que le servía para saber en qué puntos tenía que concentrarse.
De pronto, centró toda su atención en sus muñecas y se dio cuenta de que las ataduras que la retenían en la columna tenían que ser una especie de tutela de protección.
O, tal vez, la extraña magia que corría por sus venas no distinguiera entre las tutelas y el élixen en general.
Fuera como fuera, se concentró en el cosquilleo mágico que la apresaba y frotó su peculiar y desconocida magia, como si estuviera acariciando con la mano a una mascota, y dijo para sus adentros: Su éltame, suéltame, suéltame.
No tenía ni idea de qué estaba haciendo y estaba casi segura de que no funcionaría.
Pero, cuando quiso darse cuenta, se había soltado.
Estaba tan sorprendida que se olvidó de respirar, pero decidió dejar a un lado su incredulidad; ya tendría tiempo de deleitarse con lo que acababa de hacer.
En ese momento, lo único que quería era levantarse y correr hasta el estrado, pero se obligó a quedarse donde estaba porque sabía que, en cuanto diera dos pasos, el Gran Segador agitaría la mano y la arrojaría lejos, o, peor aún, la dejaría inconsciente hasta que el sacrificio hubiera terminado.
La cabeza encapuchada empezó a girarse en dirección a donde estaba Viri, como si hubiera sentido un cambio en la magia que la tenía atada, aunque ya no, así que tuvo que armarse de toda su fuerza de voluntad para quedarse completamente inmóvil cuando la mirara.
Se le hicieron eternos los aterradores segundos que pasaron hasta que el Gran Segador apartó la mirada y volvió a inclinar la cabeza hacia arriba, y ella soltó un intenso suspiro de alivio.
Pero, entonces, el hombre se puso recto al ver algo que le llamó la atención.
Viri levantó la cabeza para mirar el techo abovedado y la sangre se le heló cuando vio una brillante estela morada que avanzaba a un ritmo lento entre las estrellas del firmamento.
Era el cometa Aurora.
Un aluvión de pánico atravesó a Viri y fue a más cuando el Gran Segador se sacó una daga blanca de hueso de la capa y la sujetó con las palmas abiertas. Después, empezó a cantar en una lengua desconocida que, casi con total seguridad, era la que hablaban los magos ancestrales.
Viri observó la daga aterrada y supo lo que pasaría en cuanto el Gran Segador terminara de cantar, así que esa era su oportunidad.
Al no tener experiencia alguna, su técnica fue bruta y torpe, y su intuición era lo único que la guiaba, pero logró volver a lanzar una oleada de magia y, esta vez, dejó que chocara contra las tutelas de la catedral.
... Y ahí se quedó ahí. Las protecciones eran mucho más fuertes que la pequeña cantidad de élixen que brotó de sus muñecas, como si comparara una montaña con una piedra, y ejerció presión hacia ellas mientras, en su interior, gritaba: ¡RÓMPETE! ¡RÓMPETE! ¡RÓMPETE!
Viri sintió los latidos de su corazón retumbando en su cabeza y empujó con todas sus fuerzas mientras golpeaba las tutelas con su magia una y otra vez, sin parar, y cada vez que asestaba un golpe, gritaba más fuerte: ¡RÓMPETE!
Y, entonces, se rompieron y profirieron un ruido seco y desgarrador que atravesó la mente de Viri y la hizo marearse por un instante.
Ya no había ninguna tutela que contuviera su magia, que salió despedida hacia el exterior de la catedral y en dirección a la necrópolis.
A pesar de estar medio aturdida, pudo notar lo que sentía su magia y, en ese momento, se dio cuenta de las decenas de personas que estaban fuera esperando bajo la luz de la luna, tanto guardias de la Nox como cazadores, pero ninguno de ellos se dio cuenta de que las tutelas se habían venido abajo.
Viri tenía que encontrar la forma de avisarles de que podían entrar en la catedral, pero no sabía cómo .