Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 32
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V iri. Despierta, por favor. Viri, tienes que despertarte. ¡P-por favor, Viri!

Viri gruñó al abrir los párpados de golpe. La cabeza le palpitaba con tanta violencia que estuvo a punto de desmayarse otra vez, y lo habría hecho si no fuera porque alguien estaba sacudiéndola y rogándole que se levantara.

Pero no era alguien cualquiera, sino alguien cuya voz conocía.

Viri jadeó al incorporarse y, al no ver nada, temió haberse quedado ciega tras el fuerte golpe que le habían dado en la cabeza.

Sin embargo, logró entrecerrar los ojos a pesar del dolor hasta que pudo enfocar la vista y se encontró con la oscuridad de la sala mohosa en la que se encontraba.

La luz tenue de las lumiternas iluminaba las paredes húmedas cubiertas de moho y un conjunto de ataúdes de piedra blanca alineados unos junto a otros, todos agrietados y medio en ruinas.

Se le encogió el estómago al observar el espacio abarrotado en el que estaba encerrada, y la humedad del ambiente le dio a entender que se encontraba en una cripta bajo tierra.

Sin embargo, gracias al incesante hormigueo de las tutelas, supo que estaba situada debajo de la catedral.

Tardó solo un segundo en orientarse y fijarse en la escalera que conducía a la única salida que había: una puerta de madera que, sin duda, estaría cerrada con llave.

Entonces toda su atención se centró en la persona que acababa de despertarla.

Era Jessalyn.

—Gracias a los Sabios que estás viva —exclamó la chica entre sollozos echándole los brazos por el cuello a Viri. Estaba temblando muchísimo y la agarró con tanta fuerza que estuvo a punto de dejarla magullada.

—Jessy... —Viri ahogó un grito y la abrazó con las mismas ganas—. ¿Estás bien? ¿Te han hecho daño?

Jessalyn negó con la cabeza sin separarse de Viri y, a los segundos, se apartó un poco y le vio la cara hinchada llena de lágrimas.

El miedo había inundado sus enormes ojos marrones, tenía la melena rubia enredada y la ropa sucia, pero, quitando su aspecto desaliñado, no parecía haberse hecho ni un rasguño en los días que habían pasado desde que la secuestraron.

—No nos hacen daño. —Le tembló la voz—. Los segadores... Solo los vemos cuando nos traen comida o agua. Ni siquiera han intentado extraer élixen de nosotros.

En ese momento, Viri se dio cuenta de que compartía espacio con más niños que no paraban de asomar las cabezas con nerviosismo tras los ataúdes de piedra y que se escondían en las esquinas sombrías, todos con el mismo aspecto descuidado.

—¿Has venido a salvarnos? —preguntó Jessy con voz trémula—. ¿Nos vamos a casa?

—Sí —respondió con determinación, ya que no quería que descubrieran la gravedad de la situación en la que estaban.

La cabeza le iba a mil, sobre todo por el traumatismo del golpe, pero también porque se sintió desolada al darse cuenta de que nadie tenía la menor idea de dónde estaba.

Reeve y Braedan sabrían que le había pasado algo cuando no la vieran aparecer en el laboratorio de Wynter, pero dudaba que supieran por dónde empezar a buscarla.

Necesitaba pensar, idear algún plan, pero le dolía demasiado la cabeza.

Viri apretó los dientes para intentar olvidarse del martilleante dolor y se sacó de la capa lo que le quedaba de la pomada curativa; se la aplicó en la sien, que la tenía hinchada, y suspiró por el alivio que sintió cuando empezó a hacerle efecto.

Comenzó a repasar en su mente qué le quedaba de las provisiones que le dio Wynter antes de partir.

Había usado el vigoricitrus y la morfinina durante su encuentro en el lago y había perdido el detenubis por el camino, probablemente al enfrentarse a la bestia de los tentáculos.

No obstante, aún conservaba el polvo escarlata que podía anular las habilidades mejoradas de los segadores y se aseguró de que lo tenía bien guardado, pero a su alcance.

Al palparse los costados, Viri maldijo en voz alta porque le habían quitado las dos dagas que llevaba, aunque seguía teniendo el fílux y el polvo escarlata, y decidió que los usaría para atacar a la siguiente persona que apareciera en la cripta.

Así, los niños tendrían la oportunidad de escapar mientras ella luchaba contra sus persecutores.

No era un plan muy elaborado, pero era mejor que nada y la ayudó a ganar algo de confianza en sí misma.

Hasta que, de pronto, se fijó en su antebrazo y vio que no tenía su fílux.

Notó que se le heló la sangre al recordar que lo llevaba en la mano cuando perdió el conocimiento, así que eso quería decir que...

—¿Buscas esto?

Viri se sobresaltó y la palma de la mano empezó a quemarle cuando se puso de pie y se giró hacia las escaleras. No había escuchado la puerta, pero, justo delante de ella, bañada por las sombras, se alzaba una espeluznante figura que le resultaba familiar.

El Gran Segador.

—Hola, Viridia Solace —dijo el hombre con voz grave. Llevaba una capa enorme que lo cubría de la cabeza a los pies, justo como la última vez que lo vio. La única diferencia era que, ahora, sujetaba el fílux con las manos enguantadas.

Viri se quedó atónita porque pensaba que lo que veían sus ojos no era posible.

Era un segador y el látigo dorado debilitaba con más intensidad cuando estaba en contacto con la piel, pero también funcionaba a través de la ropa.

De modo que, a no ser que el Gran Segador fuera inmune a sus efectos, al igual que Viri y Reeve, no había forma de que estuviera sujetando el fílux como si nada.

—Ojalá te vieras la cara ahora mismo. —El tono sombrío del Gran Segador se tiñó de diversión cuando agitó el arma en el aire, burlándose de Viri—.

Seguro que te estás preguntando cómo es posible que lo esté tocando, así que te lo voy a decir: porque antes era mío y la magia, al contrario que las personas, es leal.

Pero me lo robaron hace muchos años junto con algo más valioso aún.

Juré que me vengaría algún día, así que créeme cuando te digo que voy a disfrutarlo, y mucho más de lo que te imaginas.

Viri sintió una repentina punzada de élixen unos segundos antes de que el fílux se alzara en el aire como por arte de magia, justo delante del Gran Segador, flotando como si fuera una serpiente dorada apaleada...

Y, en un abrir y cerrar de ojos, quedó reducida a cenizas.

— ¡No! —gritó mientras observaba horrorizada los puntitos brillantes que caían poco a poco hasta acabar en el mugriento suelo.

Su fílux... El fílux de sus padres ...

—Qué ganas tenía —canturreó el Gran Segador—. No tienes ni idea del tiempo que llevo queriendo hacer eso.

Viri se quedó observando el polvo dorado sin poder creérselo; le ardían los ojos por la reciente sensación de pérdida, de dolor .

El fílux le había salvado la vida en incontables ocasiones desde que se convirtió en cazadora y, años antes, también había salvado a sus padres.

Y ahora ya no quedaba nada de él... El Gran Segador era tan poderoso que había conseguido hacer añicos un objeto mágico.

La furia y el miedo empezaron a apoderarse del cuerpo de Viri, que no podía parar de temblar.

Le hizo un gesto a Jessalyn, que estaba completamente pálida, para que retrocediera, y la chica corrió hacia un grupo de niños que estaban apiñados detrás de uno de los ataúdes blancos.

Cuando Jessy dejó de estar en el punto de mira del Gran Segador, Viri se giró para mirarlo de frente y, en tono serio, le prometió:

—Vas a pagar por eso. Y por todo lo que has hecho.

Él dejó escapar una risa mortífera.

—¿Pagar? Acabo de hacerte un favor. Alguien tenía que demostrarte que te estás engañando a ti misma por creer que tienes la más mínima posibilidad de detenerme.

—Inclinó la cabeza encapuchada hacia un lado y las sombras se movieron con él—.

Aunque supongo que también debería darte las gracias —exclamó en tono animado—.

Eres tan predecible que me das pena. No sabes cuánto me has facilitado el trabajo.

Viri se quedó mirándolo fijamente y se negó a darle la satisfacción de preguntarle a qué se refería.

Pero, aun así, el Gran Segador se lo dijo:

—¿Crees que no sabía que tu hermano se había escapado de su pequeña y acogedora prisión?

¿Que no estaba al tanto de su plan de encontrar al Guardián y de lo que tenía pensado pedir con su magalía?

¿Que no me he encargado de que Reeve se enterara por casualidad del peligro que supondría mi muerte?

—Dejó escapar una risa sarcástica—. Pobre Reeve.

Gracias a él conseguí dar contigo y tú solita hiciste justo lo que esperaba al ayudarlo a escapar de la Críptula.

Ambos me habéis salvado la vida, y sabía que lo haríais.

Así que, como he dicho, debería darte las gracias.

Viri detestó todo lo que le estaba contando. Lo odiaba.

—Te hemos salvado porque no nos quedaba más remedio —gruñó hastiada por la facilidad con la que los había manipulado a Reeve y a ella—. Pero eso no significa que no vayamos a pararte los pies.

—Porque todavía no os habéis dado cuenta de que no deberíais querer detenerme.

Todo esto lo hago por ti, Viridia. Pero veo que aún no has descubierto por qué.

—Negó con la cabeza, como si estuviera decepcionado, pero Viri solo podía pensar en que debía de estar loco si lo creía de verdad—.

Qué pena... Pero ya da igual, porque ese desprecio que sientes no te va a servir de nada y nadie va a venir a ayudarte, al menos en las próximas ocho horas, antes de que llegue el cometa Aurora.

Viri palideció de golpe. Apenas había empezado a amanecer cuando se marchó del castillo del Guardián. Si solo quedaban ocho horas para que llegara el cometa, había estado inconsciente más de lo que pensaba.

—Aun así, sé que no debo subestimarte —añadió—. Por desgracia para ti, eso quiere decir que no puedo arriesgarme a que me surjan problemas antes del anochecer. Al fin y al cabo, ambos sabemos lo bien que se te da salir de un apuro.

Viri lo miró con el ceño fruncido.

—Tú no sabes nada de mí. —Sin embargo, lo que acababa de decir sí que era cierto, así que ella misma se iba a encargar de que el Gran Segador fuera testigo de ello.

—¿Crees que no he estado vigilándote de cerca estos últimos siete años? Y antes, incluso —exclamó el hombre tras soltar otra risa malévola.

Ella sintió un escalofrío que le atravesó toda la espalda solo de imaginárselo espiándola. Pero, entonces, rescató algo que le había dicho antes.

—Si de verdad soy una amenaza, ¿por qué estoy aquí? ¿Por qué me has mantenido con vida?

Durante el tiempo que estuvo inconsciente, había quedado a merced del segador que la golpeó y, en lugar de hacerle daño, la llevó hasta la húmeda cripta y la dejó allí. En otro momento, habría dado las gracias al cielo, pero ahora... Sabía que el Gran Segador estaba tramando algo más.

—Porque, esta noche, si las cosas no salen como tengo previsto —respondió—, tendré que echar mano de ti.

—¿Qué significa...?

—Se acabaron las preguntas —exclamó el hombre con impaciencia—. Nos vemos pronto, Viridia Solace. Será mejor que descanses para el espectáculo de esta noche.

Lo último que quería hacer era descansar. Contaba con ocho horas por delante y pensaba aprovecharlas al máximo para salir de la catedral, salvar a los niños y detener al Gran Segador para que jamás volviera a hacerle daño a nadie.

Hasta que, de forma repentina, se dio cuenta de que las últimas palabras que le había dirigido no habían sido una sugerencia, sino una advertencia.

Porque, en cuanto movió la mano, una oleada de élixen golpeó a Viri con fuerza y, por segunda vez en ese mismo día, perdió el conocimiento y cayó de bruces al suelo.