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Viri no paraba de darle vueltas a la cabeza mientras dejaba atrás los mausoleos y los panteones hasta que se encontró con un terreno más elevado que llevaba directo a la catedral blanca, que se alzaba sobre una loma cubierta de hierba en el corazón de la necrópolis.
No dejaba de barajar distintos planes y posibilidades y una parte de ella se preguntó si habrían encontrado a los cincuenta niños desaparecidos mientras ella había estado ausente, pero su instinto le decía que no habían tenido tanta suerte.
El Gran Segador había demostrado ser demasiado inteligente como para no tener planes para los distintos imprevistos.
Y, aunque Viri tuviera a Meera y a Darik en estima como líderes, lo cierto era que no se hacían una idea de quién estaba detrás del sacrificio ni de la clase de poder que el Gran Segador tenía a su disposición: el control de su propia magia y una montaña repleta de segadores que respondían a sus órdenes.
Tenía que avisarles del tipo de enemigo al que se enfrentarían tanto los guardias de la Nox como los cazadores.
De hecho, también debía contárselo a Sarielle para que tanto ella como el consejo pudieran avisar a los habitantes de la ciudad en caso de que, al final, no pudieran detener el sacrificio.
Al pensarlo, tuvo que reprimir una arcada, pero siguió avanzando deprisa por la necrópolis.
Cada vez estaba más cerca de la escalofriante catedral y, aunque se le erizó la piel al verla, su mente seguía enfrascada en trazar un plan.
Lo más importante era poner en sobre aviso a toda la ciudadanía, así que, primero, iría a despertar a Sarielle para que reuniera al consejo lo antes posible y, después, buscaría a Meera para contarle todo lo que había averiguado.
En cuanto a Darik... Bueno, Viri dejaría que fuera Meera quien pusiera al capitán de la Nox al tanto de las novedades; la aversión que sentía el general hacia ella se traduciría en que, casi con total seguridad, acabaría encerrándola en la Críptula por un sinfín de razones, y no solo por haber ayudado a Reeve a escapar.
Para Viri, parecía que habían pasado siglos desde entonces.
En ese momento, empezó a sentirse algo más tranquila conforme afianzaba su plan y decidió que, después de hablar con Sarielle y con Meera, se iría directa al laboratorio de Wynter para averiguar qué habían descubierto Jonas y ella.
Para entonces, Reeve y Braedan deberían haber regresado con noticias de Sage, Ardin y Soren. Y, después de eso... Después...
Ya decidirían entre todos cuál sería el siguiente paso.
Viri sintió otro escalofrío al percatarse de la magnitud de su plan, pero se negó a considerar los peores escenarios posibles mientras estuvieran a tiempo de detener el sacrificio.
Había cincuenta niños a los que tenían que salvar antes de que llegara la noche, y Jessalyn estaba entre ellos, y a eso se sumaba la supervivencia de la ciudad entera.
No podía darse por vencida. No iba a darse por vencida.
Empujada por la determinación, aceleró el paso cuando se acercó a las oxidadas puertas de hierro que conducían al interior de la catedral y pensaba atravesar a toda prisa el último tramo de la necrópolis y tomar el sendal para ir directa a buscar a Sarielle.
Sin embargo, cuando llegó a la valla deformada y corroída, notó que se le ponían los vellos de punta otra vez, solo que, esta vez, se dio cuenta de que no tenía nada que ver con sus emociones; era magia .
Pero había algo más.
Porque, cuando avanzó tambaleándose hasta detenerse frente a las puertas de la catedral, se dio cuenta de otra cosa.
Le ardía la palma de la mano.
Tras años de entrenamiento, Viri tardó apenas un segundo en adoptar una posición defensiva y en desenrollar su fílux, y miró a la izquierda y a la derecha buscando al segador que había activado su marca de cazadora.
Sin embargo, allí no había nadie y, aunque sentía la quemazón de su mano, el calor no era tan intenso como para que estuviera en un peligro inminente.
No obstante, si hubiera un segador allí mismo, tampoco parecía que estuviera extrayéndole el élixen a nadie.
Se mordió el labio, dudando sobre qué hacer.
Su parte lógica le decía que dejara a un lado su deber como cazadora y que siguiera su propio plan, ya que la prioridad era detener el sacrificio.
Sin embargo, algo en su interior le impedía avanzar y su intuición no dejaba de susurrarle: Espera.
Observa. Escucha. Decidió hacerle caso a su voz interior y se tomó un momento para cerrar los ojos y concentrarse en el calor de su mano.
La marca la empujaba a ir hacia delante y, cuando abrió los ojos, la vio.
La catedral.
Pero, además de su marca, sentía algo más y, en cuanto se acercó a la verja, el hormigueo del élixen se intensificó.
Sin embargo, lo que hizo que todos los músculos de Viri se tensaran no fue nada de eso, sino el leve murmullo de un llanto.
Escuchó algo parecido cuando Reeve y ella atravesaron la necrópolis para ir en busca del Guardián, pero, en aquel momento, se convenció a sí misma de que no era nada más que el crujido de las hojas y el silbido del viento.
Ahora, en cambio, no había nada de aire y todo a su alrededor estaba quieto y en silencio.
Viri se quedó sin aliento cuando algo en lo más profundo de su ser la instó a cruzar las puertas oxidadas de las verjas y a subir por un sendero corto y sinuoso que acababa en unos desgastados escalones de piedra.
El llanto había cesado y, por un momento, se preguntó si habrían sido imaginaciones suyas, si estaba perdiendo el tiempo y debería ceñirse a su plan e ir directa al sendal de una vez.
Pero la marca de su mano empezó a arder con más intensidad y eso, sumado al hormigueo incesante de la magia, le bastó para decidirse a subir las escaleras en ruinas y apoyar las manos en las deterioradas puertas blancas.
La entrada debería haber estado sellada.
Pero no lo estaba.
Las puertas se abrieron con solo tocarlas, pero no porque Viri las hubiera empujado, sino porque alguien tiró de ellas.
Antes de que fuera consciente de lo que estaba pasando, una mano con venas negras agarró la parte delantera de su capa carmesí y la arrastró hacia el interior de la catedral.
Viri levantó el fílux para atacar al segador, pero, en cuanto cruzó el umbral del antiguo edificio, averiguó cuál era la causa del hormigueo de élixen tan intenso.
La catedral estaba protegida con tutelas y, ahora que se encontraba dentro, escuchó con claridad el llanto que, desde fuera, le había parecido casi imperceptible.
Pero no era el llanto de una persona, sino de muchas.
Y, además de llorar a lágrima viva, también estaban gritando.
Unos gritos juveniles de completo terror.
Los niños desaparecidos.
Estaban aquí .
Pero Viri no pudo hacer nada para ayudarlos, ni siquiera pudo verlos cuando se le nubló la visión tras sentir el golpe de la tutela protectora de élixen, que le provocó un dolor tan intenso que se tambaleó y se encogió; era como si alguien estuviera retorciendo todas sus terminaciones nerviosas a la vez.
Y el dolor siguió aumentando, hasta que un segador la golpeó en la sien con la empuñadura de su daga.
Entonces su sufrimiento se desvaneció y se desplomó en el suelo, inconsciente.