31 #2
Se frotó los brazos, nerviosa, al descubrir cuál podía ser su inminente y fatídico destino, pero se deshizo del miedo al darse cuenta de que ya contaba con que, si destruían los obeliscos, no sobreviviría mucho más.
La única diferencia era que ella moriría casi al instante, en lugar de que la encerraran en el subsuelo con el resto de los ciudadanos.
—¿Hay algo más que puedas contarme? —suplicó—. ¿Aunque sea una pista sobre dónde tendrá lugar el sacrificio?
El Guardián parecía estar librando una batalla interna, como si una fuerza desconocida le impidiera hablar.
—Lo siento, pero no puedo ayudarte. Lo que sí puedo decirte es que ya tienes todo lo que necesitas para luchar. Confía en ti. Confía en tus amigos. Confía en tu magia.
Resignada, dejó escapar un suspiro al escuchar las últimas palabras del Guardián.
Miró hacia la puerta; estaba ansiosa porque Braedan y Reeve aparecieran para poder volver a la ciudad, reunirse con sus amigos y hablar sobre cuáles serían sus próximos pasos.
Con suerte, Wynter y Jonas habrían logrado averiguar algo sobre los cometas, y Soren, Sage y Ardin habrían encontrado a Jessalyn y al resto de los niños desaparecidos.
Pero, si no..., seguirían teniendo dos días hasta que llegara el cometa Aurora y, en ese tiempo, podrían cambiar muchas cosas.
De hecho, el mundo de Viri se había puesto patas arriba en las últimas horas, así que podía pasar de todo hasta que se produjera el sacrificio.
Quiso hacerle más preguntas al Guardián sobre el momento en el que habló con sus padres, tanto por charlar un rato mientras esperaba a Braedan y Reeve como porque seguía sin creerse que la historia que había escuchado durante toda su infancia fuera cierta.
Sin embargo, el fuerte rugido de su estómago la interrumpió y le recordó que no había comido nada desde antes de encontrarse con el espectro y el monstruo del lago.
Miró al mago con timidez y este, después de dedicarle una sonrisa, agitó la mano en el aire.
Tras un leve cosquilleo de élixen, apareció una bandeja repleta de frutas y pasteles, junto a un cáliz de cristal lleno de un espumoso zumo de bayas de sauco.
Viri asintió en señal de agradecimiento y empezó a devorar la comida, y eso hizo que la sonrisa del Guardián se ensanchara aún más.
—No suelo tener visita a la hora del desayuno. Ni a la de ninguna comida en realidad.
—¿Desayuno? —repitió mientras le daba un bocado al pastel de miel y lo acompañaba de un buen trago del delicioso zumo.
Las burbujas le hicieron cosquillas en la nariz y acabó estornudando, pero, al segundo, dijo—: Querrás decir cena, ¿no?
—Observó con detenimiento las ventanas, pero se quedó atónita al ver la claridad del cielo, como si el amanecer estuviera a punto de asomar por el horizonte—. ¿Tus ventanas están encantadas?
Él la miró con la cabeza ladeada.
—No... ¿Por qué lo preguntas?
A Viri se le empezó a revolver el estómago en cuanto se tragó el primer bocado.
—¿Por qué el cielo cada vez está más claro?
El Guardián pareció dudar sobre si reírse por la pregunta de Viri o no.
—Supongo que es lo que pasa cuando sale el sol.
Viri estaba cada vez más nerviosa.
—Pero si cuando llevamos el sol acababa de ponerse... No debería estar ni cerca de salir.
El Guardián pareció entender entonces lo que estaba pasando y le dedicó una alarmante mirada.
—A ver, para que quede claro... —dijo el hombre—. ¿Qué día crees que es?
—Viernes por la noche.
Para Viri, las últimas veinticuatro horas habían sido como si hubieran pasado tres mil años, pero no estaba tan confundida como para haber perdido la noción del tiempo de esa forma.
De pronto, un aluvión de pena la invadió al darse cuenta de que, en ese momento, estaría teniendo su típica noche familiar de juegos; parecía que había pasado una eternidad desde la última partida de «La búsqueda del mago».
Se acordó de Jessalyn y de su pijama amarillo pastel, y rezó porque hubieran encontrado a la chica y estuviera de vuelta en casa, sana y salva.
—Viridia, siento tener que decírtelo, pero no estamos a viernes —murmuró el Guardián justo cuando hizo desaparecer la bandeja y el cáliz al chasquear los dedos—.
El tiempo cambia en Mistwood. Unas veces pasa más deprisa y, otras, más lento, dependiendo del camino que tomes.
—Se fijó en la mirada perpleja de Viri y añadió—: Es domingo por la mañana.
Sintió que le retumbaban los oídos; estaba segura de que se había enterado mal, pero, tras analizar la expresión del Guardián, se dio cuenta de que le estaba diciendo la verdad.
— ¿Qué?
Viri se puso de pie y pensó que iba a vomitar todo lo que se acababa de comer al percatarse de que el sacrificio de la Aurora era ese mismo día . No tenían dos días por delante. Ni siquiera contaban con un día para trazar un plan. Tenían hasta esa noche .
— ¿Dónde demonios están Reeve y Brae? —gritó cuando el pánico se apoderó de ella.
El Guardián levantó las manos; no sabía qué hacer ni qué responderle.
Viri empezó a dar vueltas de un lado a otro, y estaba tan abrumada que no podía pensar con claridad.
—¿Puedes usar tu magia para localizarlos? —La desesperación invadió la voz de Viri—. ¿O puedes pedirles que vengan de alguna forma?
El Guardián negó con la cabeza.
—Este castillo tiene muchas salas repartidas por distintos pisos en cada una de sus torres, y todas esconden maravillas mágicas que podrían distraer a cualquiera. Y los terrenos son aún más extensos, pero también están encantados. No hay forma de saber hasta dónde habrán llegado.
La chica quería gritar de frustración y sus ganas solo fueron a más cuando el Guardián le preguntó:
—¿Están los dos juntos?
Viri no tenía ni idea. Si las dimensiones de Nevarnost eran tan amplias como decía, cabía la posibilidad de que Braedan no hubiera encontrado a Reeve todavía, mucho menos hubiera podido avisarle de que tenían que irse de allí.
—Yo no... No... —Se sentía perdida. Se llevó las manos temblorosas a la boca y dijo—: El cometa llegará en unas horas. Tenemos que irnos ya. Tenemos que idear un plan. Tenemos que...
—¿Puedo hacerte una sugerencia? —la interrumpió el Guardián en un tono tranquilizador mientras se ponía de pie a su lado y le posaba una mano en el hombro para calmarla—. Vete sin tus compañeros y yo me aseguraré de encontrarlos y enviarlos hasta donde estés.
—Pero... Yo... —Viri miró hacia la puerta y rogó para sus adentros que Braedan y Reeve aparecieran de pronto, pero no había ni rastro de ellos.
El Guardián tenía razón. No podía arriesgarse a seguir allí esperándolos sin saber cuánto tardarían en aparecer.
Habían llegado al punto en que, cada segundo , contaba, y no podía seguir perdiendo el tiempo.
Viri, que no estaba dispuestas a darle más vueltas al asunto, señaló el sendal que había en el centro de la sala y preguntó:
—¿Está conectado con los portales de la ciudad?
—No, solo con el portal ambulante de Mistwood.
Viri maldijo en voz alta, aunque tampoco le sorprendió teniendo en cuenta el secretismo que había en torno a Nevarnost. Aun así, el mapa mágico la ayudaría a ahorrarse un día entero de tener que deambular por el bosque para volver.
Lo sacó de su capa al instante, se hizo un pequeño corte en la punta del dedo con la daga y utilizó su sangre para enviar el sendal de Mistwood junto a la linde del bosque que desembocaba en la necrópolis.
Reeve tenía su talismán para la nebruma, al igual que Braedan, así que no le quedó otra que confiar en que su anillo tuviera suficiente magia como para protegerla hasta que llegara a las tutelas protectoras del obelisco del sur.
—Toma —exclamó tendiéndole el mapa al Guardián—.
Reeve sabe cómo funciona y Brae tiene sangre de Solace.
Cuando los encuentres, diles que vayan en busca de Sage, Ardin y Soren para ver si tienen noticias y, después, que se reúnan conmigo en el laboratorio de Wynter.
Y, por favor, insísteles en el poco tiempo que nos queda.
—Lo haré —le prometió el Guardián en tono sombrío. Apretó el hombro de Viri con la mano una vez más y añadió—: Te deseo toda la suerte del mundo, Viridia Solace. Si alguien puede detener al Gran Segador, esa eres tú.
Viri deseó tener la misma confianza en ella que él, pero se sentía tan aterrada que le temblaban las piernas.
—Gracias —murmuró con voz ronca—. Espero volver a verte. —Sobre todo porque eso significaba que seguiría viva .
—Yo también lo espero —respondió el Guardián en voz baja, levantando una mano para despedirse.
Eso fue lo último que vio Viri antes de darse la vuelta y saltar al sendal. A los segundos, apareció al otro lado y se encontró con los primeros rayos de sol del día iluminando el bosque; no había nebruma a la vista.
Se sintió aliviada por no tener que probar si el anillo funcionaba o no, así que salió corriendo de Mistwood hasta llegar a la seguridad de la necrópolis, protegida por las tutelas, y siguió andando a paso ligero mientras atravesaba las puertas de hierro oxidado y avanzaba entre los retorcidos árboles y las tumbas.
En el camposanto reinaba un silencio sepulcral, y las antiguas tumbas blancas brillaban como espectros en contraste con la luz fantasmal del amanecer; gracias a los destellos, no se tropezó con las lápidas más pequeñas ni se cayó por las escaleras derruidas que conducían a las criptas subterráneas.
No podía permitirse el lujo de torcerse un tobillo en ese momento y sentía que iba tan contrarreloj que la prisa la obligó a avanzar los más rápido que podía por el suelo cubierto de hojas; solo se escuchaba el crujido de las ramas bajo sus botas y su respiración ansiosa y entrecortada.