Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 31
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L os nervios empezaron a aflorar conforme Viri pasó junto al sendal en dirección al Guardián, aunque miró de reojo los extraños libros y los objetos mágicos que recubrían las paredes, así como las ventanas y el techo de cristal que le regalaban una vista del cielo estrellado que emitía un brillo insólito.

Frunció el ceño al verlo y se dijo a sí misma que debería ser por el reflejo de la luna.

Entonces centró toda su atención en el mago vestido de morado al sentarse el sillón dorado que había delante del suyo.

Y fue directa al grano.

—Sé que soy el bebé al que resucitaste.

El mago no mostró ni una pizca de sorpresa al escucharla.

—Imagino que tendrás algunas preguntas.

Viri se mordió el labio; no se esperaba que fuera tan fácil obtener respuestas.

—¿Qué puedes decirme de la magia que hay en mi interior? —No se atrevió a pronunciar las palabras «mi magia»—. La leyenda dice que vinculaste al beb... que me vinculaste a mí a la magia de la isla, pero ¿qué significa eso?

El Guardián cruzó una pierna por encima de la otra y su túnica se movió.

—No fue exactamente así —respondió—. No te vinculé a la magia de la isla como tal; eso habría sido demasiado peligroso, por no decir que me habría resultado imposible. Desde que los magos ancestrales abandonaron la isla, nadie ha podido acceder al Canal Sagrado.

—¿El Canal Sagrado? —repitió Viri. Era la primera vez que oía ese término.

—Uno de los tres canales de magia pura que sirve para abastecer nuestro mundo con élixen —le explicó el Guardián—. O al menos así era hace muchos años. Ahora, en cambio, no es más que un hilillo, y la mayor parte permanece en lugares indómitos como el bosque Mistwood.

Viri había vivido en sus carnes la magia salvaje del bosque; o, más bien, sufrido.

Si eso solo era una pequeñísima parte del poder del Canal Sagrado, prefería no imaginarse cómo sería en todo su esplendor.

Se preguntó por qué dejarían de poder acceder a él y estuvo a punto de comentárselo al Guardián, pero se dio cuenta de que no sería importante si, en su caso, no tenía ninguna conexión con el Canal Sagrado.

—Entonces, ¿ no estoy vinculada con el Canal? —insistió.

—Por todos los Sabios..., no —respondió el Guardián tras soltar una risa de incredulidad—. Nadie sobreviviría a algo así. Pero sí que te vinculé a otra cosa, a algo que es casi tan poderoso como el Canal Sagrado, pero que contiene otro tipo de poder.

Los ojos azules y encendidos del Guardián contemplaron a Viri, esperando a que ella sola desentrañara a qué se referían sus palabras.

De pronto, Viri abrió los ojos de par en par y dijo en voz alta:

—Los obeliscos.

Durante años y años, las distintas generaciones habían entregado su élixen a las tutelas; no había poder alguno que se le pudiera comparar.

El hombre asintió.

—Para salvarte la vida, la magalía tuvo que crear una conexión entre los obeliscos y tú para que la magia concentrada de las tutelas fluyera en tu interior.

Además, tenía la ventaja adicional de que purgó cualquier resto de nebruma que quedara en tu cuerpo.

Es decir, que no solo te resucitó, sino que te ayudó a mantenerte con vida.

Magia tutelada . No era de extrañar que Viri la percibiera con tanta facilidad, y esa sensibilidad que la había acompañado toda su vida por fin tenía sentido.

—Por desgracia, ese tipo de magia tan intensa y ancestral cuenta con una sensibilidad especial —siguió explicando el Guardián—. Es impredecible e inestable. En lo que respecta a los obeliscos, al tocarlos, tomaste parte de su magia, una magia que no te pertenecía. Y no les hizo mucha gracia.

Viri se estremeció al recordarse a sí misma posando la mano en la piedra de obsidiana y escuchar una tenebrosa voz que le susurraba «Mía. Mía. Mía».

—Les dije a tus padres que el precio que tendrían que pagar por recuperarte era muy alto.

—El Guardián hizo una mueca de dolor—. Incluso les advertí de que te mantuvieran alejada de los obeliscos, que jamás tuvieras tu ceremonia de concesión.

Pero, conforme fueron pasando los años, la angustia se los fue comiendo porque le tenían miedo a la magia desconocida que crecía en tu interior y a lo que te podría suponer en un futuro.

Ignoraron mis advertencias y se aferraron a la esperanza de que, si les devolvías el élixen a los obeliscos, dejarías de estar en peligro.

—Su voz se volvió más apesadumbrada—. Conocían los riesgos y, aun así, lo hicieron.

Y, en cuanto tocaste el obelisco, pagaron el precio de la peor manera posible.

Viri tuvo que tomarse un momento para respirar hondo y tragarse las lágrimas que amenazaban con salir. Cuando habló, su voz sonó ronca y estaba llena de acusaciones:

—Dijiste que los advertiste, pero ¿por qué no se los impediste? Eres un mago todopoderoso. Antes casi me conviertes en estatua con solo mover la mano... ¿Por qué no les hiciste a ellos lo mismo aquel día? ¿Por qué apareciste cuando ya estaban muertos y no antes de que pasara?

Sabía que no estaba siendo justa, pero la pena se la estaba comiendo por dentro, como si acabaran de volver a abrirle una herida que ya estaba curada.

El Guardián no se enfadó por el arrebato de Viri. De hecho, más bien, parecía estar compadeciéndose de ella.

—Ojalá lo hubiera hecho. Pero, como te dije cuando eras más joven, solo con ir a verte ya me salté algunas de las normas más estrictas, pero pude hacerlo porque utilicé tu magalía como excusa, como una especie de vacío legal.

El Guardián de Isla Elverdine no debe salir nunca del castillo Nevarnost, ni debe interferir en las vidas de los habitantes de la isla, excepto en la de los que consiguen llegar hasta aquí y pedir su deseo.

—Su mirada imponente sostuvo la de Viri—.

Todo necesita un equilibrio, Viridia. Así que, cuando se pierde, las consecuencias son nefastas, no solo para mí, sino para todos los que viven en la isla.

Ese día, me arriesgué a ir a buscarte porque.

.. —Se calló de forma repentina y clavó la vista en el fuego, como si estuviera pensándose lo que estaba a punto de decir.

—Porque... ¿qué?

El mago suspiró con fuerza y volvió a mirarla justo cuando su hermoso rostro se tiñó de vergüenza.

—Porque, en parte, me siento responsable de lo que te pasó.

No solo porque la muerte de tus padres fuera una consecuencia directa de su deseo, sino también porque.

.. —El Guardián volvió a suspirar—. Porque tu hermano se marchara con el Gran Segador.

Por eso aparecí, para poder ayudarte a paliar el dolor y la culpa, aunque fuera por un tiempo.

—¿Por qué te sientes responsable de los actos del Gran Segador? —preguntó Viri.

Fue entonces cuando se acordó de algo que había dicho esa misma noche, algo que no significó nada en el momento porque ni siquiera creía que el Gran Segador existiera. Pero, por fin, lo entendió.

—Fuiste tú el que le enseñó a usar su élixen —exclamó horrorizada—. Todo el poder que ostenta es consecuencia de una magalía... Fuiste tú el que se la concedió.

El Guardián parpadeó varias veces al escucharla, pero no negó ninguna de sus acusaciones, sino que se limitó a pasarse la mano por la frente con aire fatigado.

—Es mucho más que eso. Yo soy el responsable de que el Gran Segador se convirtiera en Gran Segador.

—Viri se sobresaltó, pero él siguió hablando—: Mi culpa va más allá de lo que te pasó a ti, pero las reglas que tengo que obedecer como Guardián de la isla dicen que no puedo corregir mis errores.

Como te he dicho antes, no puedo intervenir y, por desgracia, eso incluye todo lo que respecta al Gran Segador.

—El Guardián respiró hondo—. A ti, en cambio, sí que pude ayudarte porque viniste a mi castillo cuando eras un bebé y , por lo tanto, merecías recibir tu magalía.

Por eso digo que era una especie de vacío legal, y bastante peligroso debo admitir, porque se supone que no debo salir de Nevarnost. Pero parece que la magia se compadeció de nosotros aquel día y, aunque sufrí las consecuencias de mis acciones, la isla, por suerte, no.

El rostro del Guardián se volvió sombrío y Viri decidió no meter el dedo en la llaga preguntándole al respecto. Sin embargo, sí que le dijo:

—Acabas de decir que no puedes entrometerte en nada relacionado con el Gran Segador. Ahora bien, ¿eso incluye decirme quién es y por qué quiere mi magia?

Las llamas verdes chisporrotearon y crepitaron cuando el Guardián se paró a sopesar la pregunta de Viri, pero, cuando le respondió, su tono estaba teñido de remordimientos.

—Me temo que sí. Y, antes de que me preguntes al respecto, tampoco puedo decirte nada sobre los cometas de los amantes desafortunados ni del sacrificio de Aurora.

Viri se reclinó en su asiento.

—¿Hay algo que sí puedas decirme? Sabemos que no podemos matarlo sin poner en riesgo el flujo de magia de la isla, pero ¿es posible detener a alguien con un poder como el suyo?

El hombre le sostuvo la mirada.

—Siempre digo que no hay nada imposible. No todo está perdido, Viridia Solace. Aún hay esperanza.

Esas palabras fueron alentadoras, pero no muy útiles. Aun así, le dieron a Viri un pequeño hilo de esperanza al que se aferró con todas sus fuerzas.

—Hay algo más que debes saber —añadió el Guardián en tono serio—. Ya conoces los planes del Gran Segador de destruir los obeliscos, pero, ahora que estás al tanto de lo que ocurrió en realidad, debes tener en cuenta que eso podría tener consecuencias concretas para ti.

Viri entendió de inmediato a qué se refería.

—Si estoy vinculada a los obeliscos, entonces... Entonces...

El Guardián asintió con pesar.

—Si logra destruirlos, la magia que albergan en su interior ya no podrá seguir manteniéndote con vida.