29 #4
Ella sintió la rabia encendiéndose en su interior, pero, por el momento, decidió dejar sus emociones a un lado y escuchar a su hermano, que seguía hablándole.
—El élixen de un segador no es igual —dijo Braedan—, pero alimentarme de ellos me permite gestionar mejor mi adicción y me sirve para controlarme y convertir todos los remordimientos que arrastro en algo práctico: quiero que el Gran Segador pague por todo lo que me ha hecho y por todo lo que pretende hacer con el sacrificio de la Aurora.
Viri empatizaba con su deseo y notó cómo la rabia volvía a aflorar en su fuero interno.
—Ese es el motivo principal por el que vine a Nevarnost —reconoció—. Porque me di cuenta de que era la forma más sencilla de conseguir que dejara de hacerle daño a la gente. Pero...
—No tenías ni idea de que el aluvión de magia acabaría liberando a los segadores de Diaboros —le interrumpió Viri—, así que tenemos que encontrar una forma de detenerlo que no sea matarlo.
Braedan respiró hondo, frustrado.
—Sí, debí haberme imaginado que no sería tan fácil.
Pero estaba demasiado obcecado en la idea de que, si moría, tanto la ciudad como tú estaríais a salvo, y que Reeve y yo seríamos libres y volveríamos a por ti.
—Braedan tragó saliva y añadió—: Nunca he llegado a averiguar qué es lo que quiere de ti.
Pero yo... supongo que tiene algo que ver con tu magia. No creo que sea... nada bueno.
A Viri le pilló por sorpresa el inesperado giro que dio la conversación.
—¿Qué magia?
Su hermano pensó un momento la respuesta y, pasados unos segundos, le dijo:
—Antes te he dicho que necesitaba ir poco a poco para poder empezar por el principio y, si te soy sincero, preferiría no tener que contártelo.
Pero creo que es algo que tienes que saber.
Algo que mamá y papá nunca te han contado.
Algo que, en mi opinión, hizo que el obelisco. .. reaccionara así aquel día.
A la chica se le secó la garganta.
—¿Qué es lo que no me contaron?
Braedan se levantó tan rápido que Viri se sobresaltó y su hermano empezó a andar entre el estanque y ella, como si estuviera tan nervioso que no pudiera seguir sentado.
Hasta que, de pronto, se detuvo y volvió a sentarse con la misma rapidez.
Esta vez, sin embargo, se inclinó hacia ella y la agarró de las manos.
—Cuando éramos pequeños —dijo con voz temblorosa—, mamá y papá tenían unos amigos que vivían en la alterra.
Su casa era preciosa y vivían en un buen barrio junto a la Arboleda de los Sabios, pero lo mejor era su patio, que se extendía hasta llegar a la linde de los árboles.
A nosotros nos encantaba ir a verlos porque nos poníamos a jugar en el césped de su jardín, rodeados de flores.
—No me acuerdo de nada de eso —comentó con el ceño fruncido, sin entender por qué su hermano le estaba contando eso.
—Es normal. No tenías más de seis o siete meses la última vez que fuimos.
Acababas... Acababas de empezar a gatear.
—Braedan estrechó los dedos con los de su hermana—.
Mamá y papá solían sentarse fuera para echarnos un ojo, pero, ese día, sus amigos quisieron enseñarle algo que tenían dentro.
Y, como tú empezaste a llorar cuando quisieron llevarte con ellos, les dije que ya era mayor y que podía cuidar de ti hasta que volvieran.
Te encantaban las lumiposas que revoloteaban sobre los setos de rosas angelicales, así que pensábamos que te quedarías ahí, riéndote al verlas, como siempre.
—El tono de Braedan se tiñó de culpabilidad—.
Pero me distraje al ver un zorro fugaz en el jardín y me olvidé de ti cuando me puse a perseguirlo.
De modo que, cuando mamá y papá regresaron, habías. .. desaparecido.
Se quedó atónita.
—¿ Desaparecido ? ¿Como si me hubieran secuestrado?
Braedan negó con la cabeza y la palidez de su rostro fue una señal inequívoca de que lo que estaba a punto de decir sería incluso peor que lo anterior.
—Te escapaste gateando y seguiste a las lumiposas hasta llegar a lo más profundo de la Arboleda de los Sabios.
Fue a primera hora de la tarde, así que por eso no había peligro, pero estaba muy cerca del monte Mort.
Allí las tutelas no son tan resistentes y la nebruma es impredecible.
Pero, cuando mamá y papá te encontraron, ya era demasiado tarde.
Viri sintió un escalofrío que se apoderó de su cuerpo y que le hizo temblar de miedo.
—¿Demasiado tarde para qué?
Los remordimientos inundaron los ojos de Braedan.
—Una pequeña oleada de nebruma apareció y se desvaneció de la zona, justo donde estabas gateando, y no hubo nada que pudiéramos hacer.
Los escalofríos de Viri dejaron paso a una sensación de entumecimiento, aunque estaba tan incrédula que logró negar con la cabeza.
—Nadie puede sobrevivir a la nebruma. Si eso fue lo que pasó, ¿cómo es posible que siga viva?
Su hermano se limitó a mirarla, como si quisiera que fuera ella misma la que ordenara las piezas del rompecabezas.
Lo miró con detenimiento cuando su corazón empezó a latir con más fuerza y los pensamientos se arremolinaron en su mente. Solo se le ocurría una posibilidad, pero eso... Eso no...
—No —exclamó Viri al soltar las manos de Braedan. Se puso de pie y retrocedió a trompicones hasta pisar un lecho de hongos brillantes—. No.
—Es la verdad, Viri —respondió Braedan conforme se ponía de pie con las manos levantadas, como si estuviera tratando de calmar a un animal salvaje.
Se equivocaba; no era verdad. No podía serlo.
«En realidad, nos hemos visto dos veces». Esas habían sido las palabras del Guardián esa misma noche. «Aunque es normal que no te acuerdes de la primera, porque eras muy joven».
Y, la segunda vez, utilizó su magalía para olvidar. Una magalía que le concedió la primera vez que lo vio, cuando solo era un bebé.
Un bebé moribundo .
Y, después..., un bebé muerto .
Viri se llevó los dedos temblorosos a los labios para taparse la boca al entender y sentir el peso de todo lo que había pasado. Tenía los ojos abiertos como platos, la respiración entrecortada y los latidos del corazón acelerados. Entonces, en un tono apenas audible, murmuró:
—Yo soy el bebé de la leyenda.