29
E l recuerdo de Viri se desvaneció, como si hubiera sido un sueño, y su mente empezó a reorganizarse para dar cabida a todo lo que acababa de recordar e hilarlo con lo que sucedió después.
Los guardias de la Nox llegaron y Sarielle trató de consolar a una Viri desconcertada para luego invitarla a quedarse en su casa.
El Consejo Supremo le hizo preguntas a Viri que le costó la vida responder porque aún no había asimilado que sus padres habían muerto, a pesar de haber visto a su hermano de pie junto a ellos, con las venas negras trepando por sus brazos.
Tampoco podía creerse que Reeve la hubiera abandonado cuando más lo necesitaba, que se hubiera marchado con su hermano y la hubiera dejado sola y a merced de su propio dolor.
Ahora, en cambio, sabía que no había sido así.
De pronto, el jardín volvió a materializarse a su alrededor y vislumbró los árboles y las flores bioluminiscentes, el ligero borboteo del agua de la fuente que caía en el estanque, las lumiposas flotando en el aire, y Reeve...
No se había movido desde la última vez que lo vio; seguía delante de ella, rodeándola con los brazos por la cintura para sujetarla, apoyarla y protegerla.
Como siempre había hecho.
Segador, monstruo, asesino... Reeve no era nada de eso. Ni lo había sido.
«La chica a la que mataste y de la que extrajiste élixen». Esas habían sido las palabras de Viri tan solo unas horas antes. «¿Te arrepientes de lo que hiciste?».
«No», le había respondido Reeve. «No me arrepiento de haber extraído élixen de ella».
Viri notó el calor de una lágrima que resbaló por su mejilla; y, al segundo, otra. Las lágrimas empezaron a brotar entonces sin mesura, pero no hizo nada de ruido, sino que se limitó a llorar en silencio mientras le sostenía la mirada a Reeve, una mirada cargada de comprensión.
Le había salvado la vida.
No la había abandonado.
Y ella... Ella...
Lo había olvidado .
Creía que era un monstruo .
Lo había odiado por ello.
Y él se lo había permitido y no había hecho nada para defenderse porque sabía que no habría confiado en él si le hubiera contado lo que había pasado en realidad.
Las lágrimas discurrieron por el rostro de Viri como si fueran pequeños ríos hasta que, con cuidado, y muy poco a poco, Reeve se inclinó hacia ella y se las limpió con un beso.
—No es culpa tuya —le susurró Reeve de cerca—. Nada de lo que ha pasado es culpa tuya.
Pero se equivocada; todo había sido por su culpa, incluso las partes que ni siquiera entendía. Sobre todo esas partes.
Reeve siguió repitiéndole lo mismo, una y otra vez, mientras le acariciaba la espalda con una mano y, con la otra, le limpiaba las lágrimas hasta que, por fin, empezó a calmarse. Su mente parecía un nudo de pensamientos imposible de desenredar, pero había algo que necesitaba decirle.
—No querías abandonarme —murmuró con la voz rota, pero cargada de emoción.
—Claro que no —respondió Reeve, colocándole detrás de la oreja unos mechones empapados por las lágrimas—. Pero tú me lo pediste. Y tenías razón: Brae me necesitaba, y más de lo que nos habríamos imaginado.
—¿Él...? —Se le quebró la voz—. ¿Me odia?
El chico la estrechó entre sus brazos y la luz de la luna iluminó su rostro serio.
—Jamás, Viri. Todo lo que ha hecho ha sido porque te quiere y sé que no dudaría en volver a hacerlo. Ambos lo haríamos.
Al escuchar esas palabras, por su mejilla rodó otra lágrima y Reeve la atrapó con el pulgar.
Viri cerró los ojos al sentir el delicado tacto de las manos de él y no pudo contener las ganas de inclinarse hacia delante para apoyar la cabeza en su pecho; sintió los fuertes latidos del corazón de Reeve contra su oído y dejó que sus brazos la abrazaran por completo.
Tenía muchas preguntas, pero, aun así, solo fue capaz de decirle en un susurro:
—Te he echado de menos.
—No tienes ni idea —respondió Reeve con voz ronca y la acercó hacia su cuerpo hasta que no quedó espacio entre ellos—.
Cada día, cada minuto y cada segundo de los últimos siete años, lo he pasado intentando buscar la manera de reencontrarme contigo.
Y, ahora que estás aquí, ahora que te tengo entre mis brazos, me da pánico despertarme y darme cuenta de que esto no es más que un sueño.
Viri trató de tragarse el nudo que se le hizo en la garganta. Se separó un poco de él, lo suficiente para poder estudiar su atractivo rostro.
—Pues entonces, yo también debo estar soñando. Y no quiero despertarme nunca.
Los ojos de Reeve la miraron con ternura hasta que un repentino pero familiar gesto irónico tiñó su cara.
—Por fin estamos de acuerdo en algo.
A pesar de la vorágine de emociones que la invadieron en ese momento, a Viri se le dibujó una amplia sonrisa en la cara.
—Es un milagro.
Fue entonces cuando el chico, como si pudiera sentir lo ansiosa que estaba por no volver a dejarse arrastrar por la desesperación, cambió el tono y le habló más relajado y desenfadado.
—Hablando de milagros... —dijo Reeve en tono reflexivo—. Por un momento, llegué a pensar que necesitaría uno, pero, ahora que has recuperado la memoria, creo que no me hará falta.
La chica lo miró con el ceño fruncido porque no entendía a qué se refería.
—¿Qué?
—De hecho —Reeve siguió hablando como si Viri no hubiera dicho nada—, me atrevería a decir que al final me va a resultar bastante fácil demostrar lo equivocada que estabas.
—¿Sobre qué? —le preguntó en un tono aún más confuso.
La miró con una sonrisa y esa fue la única pista que tuvo sobre lo que le iba a decir a continuación:
—Cuando estábamos en la Cumbre, juraste que nunca jamás volverías a pedirme que te besara.
—Viri ahogó un grito, sorprendida, aunque también sintió algo más, y su reacción hizo que la sonrisa de Reeve se ensanchara aún más—.
Ambos sabemos que te estaba costando mantener tu promesa de odiarme de por vida, pero ahora.
.. —Sus ojos plateados brillaron bajo la luna—.
Seamos honestos: es imposible que sigas resistiéndote a mi amplia gama de encantos.
De pronto, Viri notó que se le encendieron las mejillas, pero decidió aferrarse a las últimas palabras de Reeve y lo miró con incredulidad.
—¿Una amplia gama de encantos? —Lo fulminó con la mirada—. ¿Quién te ha hecho creer eso?
A Reeve se le escapó una sonora carcajada y se sintió aliviado por haber ayudado a mitigar el dolor de Viri y a calmar los demonios que asolaban su interior.
—Eso ha dolido, sombrita.
—Algunas verdades duelen más que otras. —Al instante, añadió—: Te lo mereces. Estábamos teniendo un momento especial y te lo has cargado. —Sin embargo, agradeció que lo hubiera hecho, de que la conociera lo bastante bien como para darle justo lo que necesitaba, como siempre. Pero, aun así...
—¿Un momento especial? —preguntó, arqueando una ceja.
—Estábamos hablando de nuestros sentimientos —contestó—. Aunque, al parecer, para ti es un concepto desconocido.
Reeve alzó la ceja más aún.
—Creo que mi predicción de que volveríamos a enrollarnos en un futuro cercano entra dentro del tema de los «sentimientos».
—Mira que eres presuntuoso —exclamó Viri, poniendo los ojos en blanco.
—¿He dicho alguna mentira? —dijo Reeve con una sonrisa burlona.
Ella frunció los labios y apartó la mirada.
Reeve se rio entre dientes porque sabía que había dado en el clavo. No obstante, volvió a ponerse serio al segundo y la acarició, siguiendo con los dedos el camino que habían trazado sus lágrimas. Y, en voz baja, le preguntó:
—¿Estás mejor?
Viri tragó saliva y asintió. Si hubiera sido por ella, se habría quedado para siempre en la burbuja liviana que Reeve acababa de crear.
Se habría olvidado de todo lo que recordaba de sus padres, su hermano y el Gran Segador, además de la amenaza que suponía el cometa Aurora, que estaba a punto de llegar; y aún tenían pendiente averiguar cómo salvar a Jessalyn, a los niños.
.. y a la ciudad. Quería quedarse en el jardín mágico atrapada en los ojos plateados de Reeve. ..
Y también quería pronunciar esas seis letras que el chico ya sabía que se moría por decir: bésame .
Pero, por ahora, no podía hacerlo. Por mucho que deseara ignorar las preguntas a las que no dejaba de darles vueltas, con cada segundo que pasaba, la presión por hallar las respuestas se multiplicaba.
Cuando Reeve y ella volvieran a besarse, no quería que nada la distrajera y, para eso, primero tenía que resolver esas incógnitas.
Se aclaró la garganta, se apartó un poco de Reeve y se obligó a sí misma a decir:
—Necesito entender lo que ocurrió aquel día.
¿Qué problema hubo con el obelisco? ¿Cómo es posible que siguiera viva después de que extrajeras mi élixen?
¿Por qué no se te pusieron las venas negras?
¿Por qué podía ver las venas de los segadores?
—Viri levantó un dedo por cada pregunta que hizo y le lanzó la última—: ¿Qué quiere el Gran Segador de mí?
Reeve miró por encima del hombro de Viri justo cuando esta sintió una quemazón en la palma de la mano.
—Creo que a eso debería responderte otra persona.
Viri se giró y se encontró con Braedan, que estaba atravesando el jardín en dirección a ellos.
Parecía tan nervioso que, por un momento, pensó que volvería corriendo al castillo.
Sin embargo, siguió avanzando, con la capa verde llena de rasguños ondeando a sus espaldas, y se detuvo justo al llegar al estanque, que es donde estaban Viri y Reeve.
Estuvo varios minutos sin hablar y había tanta tensión en el ambiente que hasta las lumiposas guardaron las distancias con ellos.
—Creo que mejor... me voy a dar un paseo —dijo Reeve mirando a los dos hermanos—.
No todos los días tiene uno la oportunidad de explorar un castillo ancestral mágico.
—Aunque era cierto, resultó bastante evidente que lo hacía para darles algo de privacidad—.
Cuando terminéis, venid a buscarme y, entre los tres, idearemos un plan para detener el sacrificio.