Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 28 #4
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El Gran Segador señaló a Amity y a Jorth.

—Extráeles el élixen.

Braedan se tambaleó hacia atrás.

—¿Qué?

—Cuando una persona muere, el élixen permanece en su cuerpo —dijo el Gran Segador—, y, aunque no les quede mucho, con solo probar un poco de magia robada, te convertirás en segador.

Demuéstrame tu lealtad. Conviértete en mi aliado como Padre Segador y tu hermana vivirá sana y salva hasta que la necesite.

Braedan parecía estar a punto de vomitar.

—Quieres que... Pretendes que yo... Que...

—Que te alimentes de tus padres muertos, por así decirlo, sí —respondió el Gran Segador en tono despiadado—. Si no lo haces ya, retiraré mi oferta.

Viri quiso chillarle a su hermano, gritarle que no merecía la pena, decirle que ella sería la que se marcharía con el Gran Segador, pero sabía que sería en vano. Braedan ya tenía la decisión tomada: iba a protegerla, costara lo que costara.

El brazo de Reeve fue lo que la ayudó a mantenerse de pie cuando Braedan avanzó con rigidez hacia sus padres y se arrodilló junto a sus cuerpos.

Viri vio cómo le temblaba la mano al posarla sobre su padre y cómo le subía y bajaba la garganta, como si estuviera intentando tragarse la bilis, justo como estaba haciendo ella misma en ese momento.

Sin embargo, Braedan envolvió el antebrazo desnudo de Jorth con la mano y cerró los ojos para concentrarse.

Estuvo así los primeros cinco segundos, llegó hasta diez y, a los veinte segundos, Braedan fulminó al Gran Segador con la mirada y le dijo:

—No ha pasado nada.

—Tienes que querer su élixen—exclamó el hombre de las sombras con impaciencia—.

Algunos se convierten en segadores porque quieren ser más fuertes, sentidos más aguzados, sentir el poder.

.. Otros solo quieren disfrutar de la euforia del subidón.

Pero ¿tú? Piensa en lo que quieres, en por qué haces esto y, después, usa eso mismo para robarles la magia y reclamarla.

Braedan se giró para mirar a Viri, sus ojos escudriñaron el rostro de su hermana y se volvieron fríos y decididos hasta que, de pronto, los cerró de golpe para volver a concentrarse.

Tenía el mismo aspecto que cuando hizo su concesión, con la única diferencia de que, en lugar de entregar su élixen al obelisco, estaba extrayendo el élixen de su padre.

Y, esta vez, funcionó.

Al instante, las venas de Braedan empezaron a teñirse de negro y la imagen fue tan perturbadora que Viri tuvo que apartar la mirada, tanto por lo que vio como por lo que eso significaba.

Entonces sus ojos se clavaron en las manos de Reeve; le llamó la atención que no quedará rastro alguno de las extrañas vetas plateadas que le había visto cuando extrajo élixen de ella.

No tenía sentido. Técnicamente, Reeve acababa de convertirse en segador y, al parecer, Viri podía ver las venas de los segadores.

Sin embargo, en la piel de su amigo no había nada que indicara que era segador, como si nunca le hubiera robado la magia.

Sin embargo, ese no era momento para que se pusiera a pensar en ello; no cuando Braedan acababa de decir en tono trémulo:

—Ya está.

Entonces volvió a mirar a su hermano, que acababa de soltar la mano de Amity, por lo que supo que ya había extraído su élixen también.

Braedan se puso de pie justo al lado de sus padres y las venas negras fueron escalando por sus brazos, una prueba irrefutable de lo que había hecho, del ser en el que se había convertido.

Ahora, Braedan era un segador.

Y lo había hecho para proteger a Viri.

Se le escapó un sollozo, pero se tapó la boca para reprimirlo porque no quería ponérselo a su hermano más difícil de lo que ya era. Viri sabía que todo esto lo estaba haciendo por ella y, aunque había una parte que odiaba a su hermano, se odiaba más a sí misma.

—Despedíos ya —espetó el Gran Segador—. Es hora de irse.

Viri negó con la cabeza cuando su hermano avanzó hacia ella, carente por completo de emociones; no podía creerse que todo acabara así, que Braedan fuera a marcharse de verdad.

Las lágrimas inundaron sus ojos y caye ron con tanta rapidez que casi no vio a su hermano cuando se detuvo delante de ella y la acercó hacia él para darle un fuerte abrazo.

—Te quiero, Viri —susurró—. Prométeme que vas a hacer todo lo posible por vivir tu vida. Eso es lo que habrían querido papá y mamá, que fueras feliz.

—Querían q-que los d-dos fuéramos f-felices. —Viri sollozó contra el pecho de Braedan.

—Y, algún día, lo seremos —le prometió Braedan, que la apartó para mirarla a los ojos empañados de lágrimas—.

Hasta entonces, vive tu vida y disfrútala por los dos.

—Le dio un beso en la frente y, después, se fue hacia Reeve para abrazarlo con fuerza y le dijo con la voz ronca—: Cuídala por mí. Ahora solo te tiene a ti.

Reeve le respondió algo que Viri no oyó y, después, Braedan lo soltó y se fue detrás del Gran Segador, pasando sobre las rosas angelicales sin vida en dirección al sendal. Y lo hizo sin mirar atrás ni una vez.

En cuanto Braedan desapareció, Viri se tiró al suelo y lloró a lágrima viva; pensaba que el corazón se le iba a partir en dos.

Reeve se sentó a su lado y la estrechó entre sus brazos mientras le decía que no pasaba nada.

Pero se equivocaba: sí que pasaba y nunca sería capaz de superar todo lo que había ocurrido ese día.

Sus padres estaban muertos. Su hermano era un segador. Y ella...

No tenía claro qué era, pero sí que estaba sola.

—No estás sola —exclamó Reeve con rabia cuando Viri manifestó sus miedos en voz alta—. Estoy aquí, sombrita. Y no pienso irme a ninguna parte. Nunca te abandonaré.

Al escuchar sus palabras, Viri no pudo evitar deshacerse en llantos. En ese momento, su mente revivió todo lo que acababa de pasar y se torturó a sí misma incluso más de lo que la había torturado el obelisco.

—No p-puedo v-vivir así —gritó Viri, que tenía la certeza de que todo el dolor que sentía acabaría con ella. Braedan le había pedido que viviera su vida y que fuera feliz, pero, en lo más profundo de su ser, sabía que eso era imposible.

—Tal vez yo pueda ayudarte —dijo una voz calmada.

Viri, que seguía en el regazo de Reeve, se sobresaltó; tenía miedo de que fuera otro desalmado segador que hubiera aparecido para hacerle aún más daño.

No obstante, se encontró con un hombre atractivo que estaba justo delante de ella.

Llevaba una brillante capa verde esmeralda y se había bajado la capucha para mostrar su amable rostro, un cabello negro salpicado de canas y unos deslumbrantes ojos azules.

—¿Q-quién eres? —preguntó Viri.

—Lo importante no es quién soy, sino lo que puedo hacer por ti —respondió el hombre, agachándose delante de ellos—. Dudo que te acuerdes de mí, Viridia Solace, pero nos conocimos hace mucho tiempo y, desde entonces, te debo algo.

Viri se limpió las lágrimas de la cara.

—¿Q-qué?

—Un deseo —murmuró el hombre—. Un deseo mágico, así que puedes pedir lo que quieras.

Viri lo miró con los ojos hinchados y abiertos como platos.

—¿Te refieres a una m-magalía?

El hombre la miró con la cabeza ladeada.

—Me sorprende que conozcas ese término.

—¿Eres el Guardián? —dijo Reeve en voz baja—. ¿Eres el Guardián de Isla Elverdine?

—Vaya, me sorprende más aún que sepas eso—respondió el hombre, observándolos con aire divertido.

Reeve miró a Viri como si, al igual que ella, no pudiera creerse que la leyenda sobre la que habían oído hablar durante toda su infancia fuera real.

—Eres un mago —murmuró Reeve, que estaba completamente incrédulo.

—Lo soy —exclamó el Guardián en tono serio—. Y, al estar aquí, me estoy saltando algunas de las normas más estrictas. —Entonces volvió a mirar a Viri—. Pero, como acabo de decir, creo que puedo ayudarte. Solo tienes que pedir tu deseo.

Viri miró a sus padres y, con voz temblona, le preguntó:

—¿Puedes...?

—Me temo que no puedo hacer nada por ellos —respondió el hombre con delicadeza.

—Pero si... en la historia de los tres cazadores... —A Viri se le atropellaron las palabras—. Gracias a su magalía, consiguieron resucitar a su bebé.

Los ojos azules del Guardián observaron a Viri con cautela.

—Esa era una situación muy distinta y ellos ya habían pedido su deseo antes de que el bebé muriera, así que la magia no tuvo más remedio que encontrar la manera de hacerlo realidad, aunque el coste fue mucho más alto de lo que cualquiera podría imaginar.

—El Guardián negó con la cabeza—. No todas las historias acaban con un final feliz.

Y no sé qué te habrán contado, pero te puedo asegurar que esa historia no terminó bien.

Lo siento, pero no puedo permitir que vuelva a pasar algo así.

No puedo cambiar el destino de tus padres.

—Se calló un segundo—. Pero sí que puedo ayudarte de otra forma.

—¿Cómo? —preguntó Reeve en tono de sospecha.

El Guardián no apartó la mirada de Viri.

—Antes has dicho que no puedes vivir así, pero yo podría ayudarte a olvidar.

Viri ahogó un grito.

—¿Puedes?

—No lo olvidarías todo —le advirtió el Guardián—.

No podrás recuperar a tus padres, pero puedo concederte un propósito que eclipsará tu dolor.

No recordarás lo que ocurrió con el obelisco ni que estuviste implicada en la muerte de tus padres y, de esa forma, no sufrirás la pérdida de tu hermano.

Sí que conservarás el recuerdo de que tus padres murieron y que Braedan se marchó, pero tu mente se encargará de inventarse un motivo para que no tengas que cargar con la culpa.

Aun así, será doloroso, sí, pero podrás soportarlo y te ayudará a cumplir tu promesa de vivir y, llegado el momento, de ser feliz.

—Entonces, ¿me olvidaré de Braedan?

—No, pero sí que olvidarás que se ha sacrificado por ti y dejarás de sentir esa necesidad de liberarlo de las garras del Gran Segador. Y, casi con total seguridad, te olvidarás por completo del Gran Segador para que puedas vivir tranquila sin sentirte amenazada por el futuro.

Viri negó con la cabeza antes de que terminara de hablar.

—No puedo hacerle eso a Brae. No puedo... olvidarlo , sin más, y vivir mi vida como si no hubiera pasado nada.

El Guardián le sostuvo la mirada.

—¿Y no es ese el motivo por el que tu hermano aceptó el trato que le ofreció el Gran Segador? ¿No fue para que pudieras hacer justo eso?

Viri tragó saliva.

—No importa. No puedo... No puedo...

—Viri. —Reeve le habló en un tono dulce pero insistente. Ella lo miró y se encontró con sus ojos plateados, que la miraban con ternura—. Eso es lo que Brae habría querido para ti. Y tus padres también. Si no, la culpa acabará comiéndote por dentro. Creo... Creo que deberías hacerlo.

—Pero...

—No hay peros que valgan —la interrumpió Reeve—. Esta es la única forma de que puedas cumplir la promesa que le has hecho a Brae.

—Pero él está solo —murmuró conforme le caía otra lágrima por la mejilla—. Si me olvido de lo que ha hecho por mí... —De pronto, empezó a darle vueltas a una idea en su cabeza y tomó una decisión. Entonces agarró a Reeve de la camisa y le dijo—: Tienes que ir tras él.

Este la miró con los ojos abiertos de par en par.

—No, yo me quedo contigo.

—No puedo hacerlo si no tengo la tranquilidad de que estarás con él.

Reeve la abrazó con fuerza.

—Pero le dije que cuidaría de ti.

—Y esta es la forma de hacerlo —exclamó Viri casi sin voz—. Él te necesita más que yo. De hecho, no te necesitaré para nada si no recuerdo lo que ha pasado.

Sabía que se estaba mintiendo a sí misma y que siempre, siempre , necesitaría a Reeve; solo de pensar en apartarse de él, sentía tantas ganas de llorar que temía que, si derramaba una sola lágrima, no pudiera parar jamás.

Sin embargo, al imaginarse a su hermano solo durante los próximos años, aunque ni siquiera sabía cuántos serían, se dio cuenta de que prefería que Reeve estuviera con él.

El deseo que pidiera le ayudaría a mantener a raya la experiencia más dolorosa de su vida; su hermano, en cambio, no había tenido ese privilegio, así que lo mínimo que podía hacer por él era que Reeve estuviera a su lado.

—No quiero dejarte sola —murmuró Reeve con los ojos teñidos de tristeza—. Pero, si así me aseguro de que utilizas tu magalía, lo haré. Iré a buscar a Brae y lo mantendré a salvo. Y, algún día, volveremos a reencontrarnos los tres.

Viri sintió que le temblaba la barbilla cuando se le volvieron a acumular las lágrimas en los ojos y empapó la camisa de Reeve cuando la abrazó como si no quisiera soltarla nunca.

—Te lo prometo, sombrita —le susurró en el oído—. Volveremos a vernos. —Dejó escapar un largo suspiro—. Y, ahora, pide tu deseo.

No quería que su amigo se fuera, pero, cuanto más esperara, más le costaría seguir el rastro de Braedan y del Gran Segador, así que se apartó de él y exclamó:

—Siempre te llevaré en mi corazón, Reeve Ashton. Puede que olvide lo que ha pasado hoy, pero, mientras siga viva, no me olvidaré de ti.

Apartó la mirada de los ojos plateados y afligidos de Reeve y se dirigió al Guardián. La voz le tembló, pero habló con tono firme cuando dijo:

—Deseo olvidar.

El Guardián agitó una mano en el aire y Viri sintió el hormigueo del élixen en la piel.

—Tu deseo se ha hecho realidad, Viridia Solace. —El hombre le dedicó una sonrisa cargada de complicidad y añadió—: Pero, si en algún momento deseas recordar lo que ha pasado, solo tienes que pedírmelo.

Y, tras esta última promesa, Viri cerró los ojos...

Y lo olvidó todo.