Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 28
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V iri salió a toda prisa de la sala circular, pasó corriendo por delante del sendal y atravesó una puerta que había tallada en la pared.

Después, recorrió unos extraños pasillos de piedra y bajó por unas escaleras tan empinadas como peligrosas.

Oía cómo la llamaban a lo lejos, pero no se detuvo.

No podía detenerse . Necesitaba con desesperación poner distancia entre ella misma y lo que acababa de descubrir.

Necesitaba un momento para procesarlo todo, para pensar, para entender .

No sabía hacia dónde iba, solo que estaba en una especie de castillo antiguo y que todo cuanto la rodeaba conformaba un borrón de cuadros con marcos dorados, majestuosas estatuas y tapices de lo más detallados.

Al avanzar corriendo, entrevió destellos plateados y dorados por el rabillo del ojo y pisó unas gruesas alfombras azules que trazaban su camino.

Los distintos colores formaban una mezcla hipnótica que fue dejando atrás mientras corría a ciegas, cada vez más y más abajo. ..

Y, entonces, por fin, atravesó unas puertas de doble arco que daban paso al frío de la noche y al denso aroma a madreselva y jazmín.

Aunque estaba mareada, Viri echó un vistazo rápido y se dio cuenta de que no había llegado a salir de los terrenos del castillo, sino que se encontraba en un pequeño jardín trasero delimitado por columnas de piedra y rodeado de torres más antiguas, parecidas a la que acababa de dejar atrás.

Un puñado de lumiposas flotaban tranquilas en el aire; sus pequeñas y brillantes alas revoloteaban sobre unas flores deslumbrantes y peculiares y unos árboles de hojas bioluminiscentes, y se extendían entre los hongos brillantes que inundaban la reluciente hierba.

La luz de la luna iluminaba una fuente de tres niveles que se encontraba en mitad del jardín encantado y que estaba rodeada por un estanque de aguas cristalinas donde nadaban peces iridiscentes.

El jardín era increíble y desprendía belleza y magia, pero Viri casi no pudo deleitarse porque se dejó caer sobre la fuente, ansiosa porque el aire le llenara los pulmones.

Sentía que se ahogaba y le costaba respirar, justo como cuando el espectro la sometió a sus juegos mentales, con la misma sensación de tener algo que le cerraba la garganta.

El jardín empezó a tambalearse a su alrededor y las luces caleidoscópicas le revolvieron el estómago hasta el punto de cerrar los ojos de golpe para que todo dejara de darle vértigo.

Sin embargo, en cuanto los cerró, se le vino la imagen de sus padres en el suelo justo delante del obelisco, con los ojos abiertos y las miradas vacías.

Los he matado. Los he matado. Los he matado. Los he...

—¡VIRI!

Unas manos la agarraron de los hombros y la sacaron de su ensimismamiento. Al abrir los ojos, se encontró la mirada plateada y ferviente de Reeve.

—¡Vamos, respira! ¡Tienes que respirar!

No se lo estaba pidiendo, sino ordenando. Pero no fue capaz de hacerle caso y, de pronto, los colores del jardín se mezclaron y todo empezó a oscurecerse a su alrededor.

Reeve maldijo en voz alta cuando se dio cuenta de que había dejado de escucharlo y llevó una de sus manos al cuello de Viri con suma rapidez.

Sus ojos se clavaron en los de ella al emitir una corriente de élixen que se extendió por sus venas como si fueran los mismísimos rayos del sol.

La paz que sintió Viri fue casi instantánea, una tranquilidad que sobrepasaba los límites de lo natural y que la dejaron débil y abstraída, y se le doblaron las rodillas de forma tan repentina que Reeve tuvo que agarrarla de la cintura con el otro brazo para que no se cayera al suelo.

—Respira, sombrita —le murmuró en el oído al dejarse caer sobre él—. Respira.

Esta vez, pudo hacerle caso y notó cómo la garganta se le abrió lo suficiente como para respirar una, dos y hasta tres veces. Los pulmones se le enfriaron cuando el aire dichoso y suave los inundó, sus latidos empezaron a ralentizarse y recuperó la visión.

Solo unos segundos más tarde, Viri volvía a estar casi normal, pero no había terminado de recomponerse.

Dejó escapar un sollozo y, después, otro, y su cuerpo se dobló en dos por el dolor que la golpeó desde dentro.

—Yo... Yo... Yo... —Estaba llorando tan desconsoladamente que era incapaz de hablar; no podía compartir con Reeve el recuerdo que acababa de ver ni contarle lo que había hecho .

—Lo sé —dijo Reeve en voz baja. La apretó contra su pecho y le acarició el pelo mientras Viri lloraba con el corazón encogido y sus lágrimas le empapaban la camisa—. Lo sé.

—¿Q-qué pasó? —balbuceó Viri—. ¿Por...? ¿P-por qué mu-muri...?

Murieron. ¿Por qué murieron ? Esa era la respuesta que necesitaba, pero seguían sin salirle las palabras.

Reeve se tensó bajo el cuerpo de Viri, pero siguió hablándole en voz baja con ternura cuando le preguntó:

—¿Qué has visto?

Por fin, consiguió mantener los sollozos a raya y se apartó un poco de Reeve, aunque no fue capaz de alejarse de él.

—No sé, pasó a-algo con mi magia cuando i-intenté entregársela al obelisco —respondió Viri con voz trémula y con las lágrimas cayendo por sus mejillas, pero al menos ya no lloraba con tanta angustia—. Era como si b-brotara de mí, como si e-explotara y... y...

Y mató a sus padres.

La conmoción tras haberlo descubierto empezó a desaparecer poco a poco y la cazadora fue asimilando que, independientemente de lo que hubiera pasado, no fue culpa suya.

Algo había salido mal; por el motivo que fuera, el obelisco lanzó una repentina pero inesperada oleada de magia que acabó en tragedia.

Había sido un accidente, nada más. Pero, aun así, la culpabilidad que sentía la estaba matando por dentro.

—Tienes que recordar más cosas —murmuró Reeve, que seguía acariciándole el pelo—. Pero solo... Solo si quieres saber todo lo que pasó.

El tono de duda con el que le habló hizo que Viri lo mirara, y la luz de la luna reflejó la inseguridad que invadió sus facciones; de hecho, más que inseguridad, parecía miedo.

Y, al verlo, Viri estuvo a punto de renunciar a ver el recuerdo completo, pero sabía que, si no lo veía, tendría que vivir con la duda de no saber qué más había decidido olvidar.

Necesitaba averiguar por qué se había pasado siete años pensando que fue su hermano el que mató a sus padres; se lo debía. Y también se merecía descubrir qué había sucedido en realidad.

—¿Cómo puedo v-ver el resto? —preguntó balbuceando solo un poco ahora que, por fin, había logrado dejar de llorar.

Reeve parecía tan resignado como lo había estado en el castillo, aunque se le veía más inquieto que antes, como si supiera con certeza lo que Viri estaba a punto de ver y le aterrara más aún que lo que ya había presenciado.

Con solo pensarlo, ella sintió que se le revolvió el estómago, pero se armó de valor y se preparó lo mejor que pudo para lo que estuviera a punto de ver.

—Cierra los ojos —le dijo el chico al ver que estaba decidida a hacerlo—. Piensa en lo último que recuerdes. Ahora que el Guardián ha revertido tu magalía, tu mente debería poder recordar el resto sin problemas.

Dejó escapar un suspiro al seguir las indicaciones de Reeve, pero ni se planteó la posibilidad de desprenderse de sus brazos.

Necesitaba su apoyo firme, su fuerza y su seguridad en un momento en el que todo su mundo se estaba viniendo abajo, y algo le decía que solo iba a ir a peor.

No le importó sentir que lo necesitaba. No le importó que fuera un segador, un monstruo, un asesino.

Seguía siendo Reeve, y él era lo único que podría ayudarla a no venirse abajo mientras se adentraba en su pasado. Un pasado que compartían .

Viri observó a Reeve un segundo y clavó la mirada en sus ojos como tormentas, que libraban una lucha interna. Y, después, cerró los suyos y se perdió en sus propios recuerdos.

Una oleada de pánico atravesó a Viri cuando vio a sus padres desplomados en el suelo.

Tan solo unos segundos antes, iban corriendo hacia ella y, ahora, jamás volverían a correr.

Ni a abrazarla, a darle un beso, a sujetarla, a amarla.

Se le vinieron incontables recuerdos a la mente, momentos en los que compartieron risas y lágrimas, entre muchas otras cosas. Pero todo eso se había acabado.

Sus padres estaban muertos.

Estaban muertos .

Y todo había sido culpa de Viri.

Aunque, en realidad, no lo era. Ella no había hecho nada. Había sido el obelisco .

El fuego se abrió paso a través del entumecimiento de su cuerpo y la nueva sensación de quemazón de la magia fue tan intensa que estalló en gritos.

Las lágrimas siguieron corriendo por sus mejillas conforme el dolor envolvía cada parte de su ser.

Quería entregarse a él, dejar que la consumiera y acompañar a sus padres en el descanso eterno, pero, a pesar de que lo pensó y que la idea cada vez le resultaba más tentadora, había algo en su interior que le decía que sus padres no querrían que se rindiera. Tenía que luchar. Tenía que vivir .

—¡VIRI! —Reeve la llamó, pero la angustia que ella sentía le impidió escucharlo—. Brae, ¡tenemos que hacer algo! ¡Tenemos que ayudarla! ¡Brae! ¡brAE!

Los ojos de Viri, cargados de dolor, observaron a Braedan, que estaba de pie junto a sus padres. Estaba pálido y se había quedado petrificado al contemplar sus cuerpos sin vida.

Entonces Viri se percató de que Reeve iba corriendo hacia ella, justo como habían hecho sus padres unos segundos antes. Quiso gritarle que no se acercara a ella, pero, por el gesto obstinado de su cara, sabía que no le haría caso.

—¡Tienes que separarte del obelisco! —le gritó Reeve cuando se detuvo justo delante de ella, tan cerca que se estaba poniendo en peligro. Si del obelisco salía otro aluvión de poder... Si la magia volvía a estallar...

—No p-p-puedo. —balbuceó a causa del dolor. Sentía tanto calor en su interior que estaba segura de que se le estaba derritiendo la piel sobre los huesos—. ¡Reeve, tengo miedo!