Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 27 #3
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—¿Ya está? —exclamó Viri, fulminándolo con la mirada—. ¿Seguro que lo has hecho bien?

Jorth empezó a reírse.

—Ya está, cariño. No cuesta nada. Y es un regalo, ¿recuerdas? Imagina que los obeliscos tuvieran vida y estuvieran agradecidos de recibir la ofrenda que les das, así que te lo van a poner lo más fácil posible.

—¿Has sentido algo raro? —le preguntó Viri a su hermano—. ¿Te ha dolido?

—Sí a lo primero, no a lo segundo —respondió Braedan, moviendo los hombros en círculos y flexionando los dedos, como si hubiera dejado de sentir algo que antes estaba ahí—. Bueno, no era dolor, sino más bien una especie de... ¿hormigueo caliente?

Viri miró a su hermano con los ojos entrecerrados, como si quisiera asegurarse de que no le estaba mintiendo.

Siempre había sido muy protector con ella, a veces demasiado, así que, si le hubiera dolido de verdad , ya se habría puesto a discutir con sus padres para que la dejaran esperar unos años más.

Su rostro desenfadado era una señal indiscutible de que estaba diciendo la verdad, así que Viri dejó escapar un silencioso suspiro; hasta entonces no se había dado cuenta de lo intranquila que estaba.

—¡Me toca! —gritó Viri—. Y, después, ¡a comer!

—Pero si cuando veníamos hacia aquí te he dado la mitad de mi bollito de vainilla —dijo Reeve entre risas, negando con la cabeza—. ¿Cómo es posible que sigas teniendo hambre?

—Porque solo me diste la mitad .

Los labios de Reeve se curvaron, pero, antes de que Viri pudiera ver su sonrisa, se dio la vuelta y se dirigió hacia el obelisco dando saltitos.

—Viri, cielo, espera.

Al escuchar el tono angustiado de su madre, se giró y se encontró con unas extrañas miradas de preocupación de sus padres; tenían las mejillas pálidas y los ojos inundados de miedo.

Viri miró a su alrededor con desesperación y se preguntó si las marcas de cazadores de sus padres habrían empezado a quemarles, señal de que había algún segador cerca, pero allí no había nadie salvo ellos cinco. No había ningún peligro.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

Amity respiró hondo y abrió los brazos.

—Te has olvidado de darnos un abrazo.

Viri arrugó la nariz.

—¿En serio, mamá? Estaré a, no sé, unos veinte pasos.

—A mí también me ha dado un abrazo y un beso —le recordó Braedan—. Si no dejas que te lo dé, estaremos aquí todo el día.

Suspiró y se acercó a su madre para dejar que la abrazara. Después, su padre hizo lo mismo y ambos la estrecharon con fuerza entre sus brazos, como si no quisieran soltarla.

—Te queremos, cariño —dijo Jorth con la voz ronca—. Estaremos... Estaremos aquí, como con Brae.

—Cuando toques el obelisco, no fuerces nada —le advirtió Amity conforme cerraba los dedos de la mano, como si se estuviera conteniendo de volver a abrazar a su hija—. Tú... Solo... deja que tome lo que necesite. No te resistas. Y, por supuesto, no intentes extraer nada del obelisco.

Braedan frunció el ceño.

—¿Cómo iba a hacerlo? —Braedan parecía confundido, pero trató de calmar a Viri diciéndole—: Es como si volcaras un cubo de agua. Cuando te des cuenta de que el élixen no está, habrás terminado. No tienes que resistirte ni recuperar nada. No te preocupes, todo va a salir bien.

Braedan y Viri intercambiaron una mirada de hermanos, una mirada que solo ellos entendían, como si ambos pensaran que sus padres se estaban comportando de forma muy extraña.

—No me resistiré al obelisco —les prometió Viri a sus padres—. Entendido.

Esas fueron sus últimas palabras antes de darse la vuelta y dirigirse hacia el obelisco antes de que sus padres cambiaran de opinión sobre su concesión; no dejaba de pensar en el pollo al ajillo y las patatas crujientes que se comería en Juniper Grill cuando se marcharan de allí.

Sin embargo, cuando se detuvo justo delante de la piedra de obsidiana, el hambre quedó eclipsada por unas mariposas que le revolotearon en el estómago.

Nunca había estado tan cerca del obelisco.

De pronto, sintió un zumbido intenso y constante sobre la piel que le caló hasta los huesos y que hizo que se le erizaran los vellos de todo el cuerpo y que la sangre de sus venas se congelara.

Fue como si pudiera sentir el poder que albergaba la piedra, como si la magia flotara en el aire.

En algunos momentos de su vida, había sentido algún cosquilleo de élixen del que no se había percatado nadie más, pero nunca había presenciado una oleada de élixen tan fuerte, como si hubiera algo en su interior que llamara al obelisco.

O, tal vez, era el obelisco el que estaba llamándola a ella.

Braedan no había dicho nada al respecto. Ni él ni sus padres.

Viri no sabía si estaba más agobiada o entusiasmada por la extraña sensación que se extendía por cada nervio de su cuerpo, pero el poder que sentía la tenía hipnotizada por completo y le resultó imposible no alargar la mano hacia la piedra.

En cuanto la tocó, dejó escapar un grito ahogado...

Y el mundo que la rodeaba estalló.

Fuego, sentía que era fuego . Ni siquiera había llamas, pero notaba cómo el calor abrasador y agonizante recorría cada resquicio de su cuerpo mientras una energía pura, la magia inmaculada, fluía del obelisco hacia ella.

Viri notó cómo la envolvía una sensación asfixiante y posesiva, como si la piedra buscara algo a la vez que la reclamaba como suya; una sombría voz que parecía susurrar: «Mía. Mía. Mía».

El calor fue a más y Viri empezó a gritar, convencida de que estaba quemándose viva. Intentó separar la mano de la piedra, pero la magia que corría por sus venas le impedía apartarse y la tenía unida a algo que parecía estar matándola.

Soltó otro grito de sufrimiento y, entre las lágrimas que inundaron sus ojos, distinguió las figuras de su madre y su padre, que iban corriendo hacia ella mientras les gritaban a Braedan y a Reeve que no se movieran de donde estaban.

El miedo se apoderó de ella porque, aunque no sabía con exactitud qué estaba pasando, tenía la certeza de que no podía ser nada bueno, así que lo último que quería era que sus padres se acercaran a ella.

Solo les quedaban unos pasos para alcanzarla cuando Viri alargó la mano que tenía libre para que se detuvieran.

Del obelisco brotó la avalancha de magia más devastadora que había sentido en su vida y la quemó por dentro, como si el mismísimo infierno hubiera invadido su pecho.

Hasta que la magia se extendió por el brazo de Viri de forma repentina. ..

Y les dio de lleno a sus padres.

Antes siquiera de que el miedo se reflejara en los ojos de Amity y Jorth, el élixen los golpeó y se desplomaron en el suelo.

El gran aluvión de magia llegó hasta donde estaban Reeve y Braedan, que se cayeron de espaldas y aterrizaron sobre los setos de rosas angelicales, aturdidos.

Sin embargo, los padres de Viri no parecían estar aturdidos.

De hecho, no reflejaban ninguna emoción.

Porque no se movieron ni un palmo.

La magia...

La magia del obelisco...

La magia de Viri ...

Dejó escapar un sollozo, como si la estuvieran estrangulando, aunque el calor seguía yendo a más, pero las llamas que sentía en su interior no eran nada comparadas con el dolor de ver a sus padres: con los ojos abiertos, pero sin ver, y tan quietos que solo podía significar una cosa.

Ni todo el fuego del mundo podría derretir la repentina frialdad que sintió en su interior al darse cuenta de lo que había pasado.

Sus padres estaban muertos.

Y era ella la que los había matado.

Salió del recuerdo y se puso de pie de un salto justo delante de la crepitante chimenea verde. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas cuando murmuró en voz alta, aunque sin hablarle a nadie en concreto:

—Los he matado. Yo los maté.

No fue Braedan quien había matado a sus padres, sino ella .

Era incapaz de mirarlo a la cara, ni a él ni a Reeve.

Ni siquiera podía mirar al Guardián. Tenía la cabeza hecha un lío; su dolor era tan intenso y su vergüenza tan profunda que le resultó imposible hilar algún pensamiento racional.

Lo único que sabía es que se sentía confusa y que no tenía ni idea de qué problema hubo con el obelisco ni por qué; antes de descubrir la verdad, estaba tan convencida de que había sido culpa de su hermano.

Ahora que había recuperado sus recuerdos, tenía las respuestas a su alcance, pero no estaba preparada para seguir indagando en su memoria.

Se sentía demasiado abrumada después de todo lo que había visto.

De pronto, tuvo la sensación de que los muros de piedra se cernieron sobre ella y que se le empezó a nublar la vista al intentar llenar los pulmones de aire. Sin embargo, cada vez que trataba de respirar, era como si unas dagas le atravesaran la garganta, el pecho, el corazón .

—¿Viri? —Escuchó la titubeante voz de Reeve como si viniera de lejos.

Necesitaba aire.

Necesitaba aire.

—Viri, ¿estás...?

La sala empezó a dar vueltas a su alrededor y, con cada segundo que pasaba, tenía más ganas de vomitar. Necesitaba escapar. Necesitaba respirar .

Así que hizo lo único que podía hacer: salir corriendo.