Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 27 #2
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Viri pensaba que se acordaba de todo lo que estaba a punto de suceder a continuación.

En los recuerdos que conservaba, Braedan se acercó al obelisco para ceder su magia a regañadientes y, después, Viri hizo lo mismo que él.

Ahí fue cuando perdió el conocimiento unos segundos y, al despertarse, encontró a sus padres muertos y a su hermano junto a ellos, con las venas del brazo teñidas de negro, y tanto Reeve como él se largaron antes de que llegaran los guardias de la Nox y los cazadores.

La abandonaron. La dejaron sola cuando su mundo acababa de desmoronarse por completo.

No obstante, la escena que estaba presenciando ahora.

.. Había algo distinto, como si una ligera niebla se hubiera disipado.

De pronto, su mente cambió y se reorganizó; parecía que hubieran abierto una puerta que ni siquiera sabía que existía.

En menos de un segundo, sintió una angustia abrumadora antes de que su conciencia se disolviera y su perspectiva cambiara.

Fue entonces cuando pasó de observar el recuerdo a estar dentro de él; volvía a pensar y a sentir lo mismo que su yo de diez años, y la escena se desarrolló como si se tratara de un sueño.

—¡Qué alto es! —exclamó Viri, dándole la espalda al obelisco para mirar a Braedan y a Reeve con una sonrisa—. ¿Habrá intentado escalarlo alguien? ¿Creéis que podríamos escalarlo nosotros ?

—Yo me apunto. —Reeve le dio un empujoncito a Viri con el hombro antes de girarse hacia su mejor amigo—. ¿Qué dices, Brae? ¿Una carrera amistosa para ver quién llega más alto?

Brae le sonrió.

—No creo que podamos mantener lo de amistoso cuando os pongáis a llorar como perdedores porque os haya ganado.

Viri le sacó la lengua a su hermano. Aunque Braedan fuera el mayor, tanto ella como Reeve siempre se las arreglaban para seguirle el ritmo en sus aventuras, y él lo sabía.

—Mucho hablar, pero... —dijo Reeve con los ojos estrellados brillando de una forma que a Viri le encantaba.

Aunque también se perdía en ellos cuando parecían invadidos por tormentas.

Sin embargo, no le gustaban cuando estaban tristes, pero ya hacía mucho que no lo veía así—.

A lo mejor eres tú el que se pone a llorar cuando Viri y yo te pateemos el. ..

—Aquí nadie va a patear nada ni va a trepar por el obelisco —le interrumpió Jorth en un tono serio, aunque le fue inevitable ocultar que le divertía la situación.

—Papáááá... —se quejó Viri girándose hacia su padre para suplicarle con la mirada y, después, a su madre, por si no funcionaba—. Pero si sois vosotros los que siempre nos decís que nos pongamos a prueba.

—A prueba sí —respondió Amity con unos chispeantes ojos lavandas que la delataban—. Pero es mejor esperar al menos otro año antes de que la Nox os arreste.

Viri hizo pucheros, pero Reeve le dio un ligero codazo y le guiñó un ojo, como si quisiera prometerle sin palabras que se escabullirían más tarde para hacer la carrera.

Braedan clavó la mirada en el suelo para no desvelar sus verdaderas intenciones, pero el hoyuelo en su mejilla demostró que estaba dispuesto a volver cuando terminara la ceremonia.

Los tres tenían bastante experiencia a la hora de hacer travesuras mientras Jorth y Amity salían a cazar, así que ese día no sería distinto.

—Está bien —refunfuñó Viri para que sus padres no sospecharan nada. Después, volvió a girarse hacia el obelisco—. ¿Cuánto se tarda?

Amity le colocó el pelo a Viri detrás de la oreja y le dedicó una sonrisa. Sin embargo, se mordió el labio al observar con detenimiento los mechones plateados mezclados con la melena rojiza de su hija y el rostro se le crispó de preocupación. Incluso de inseguridad.

Era la primera vez que veía a su madre tan nerviosa.

—¿Qué pasa?

La mujer intercambió una mirada con Jorth y este la rodeó con el brazo, como si ella, o ambos, necesitaran que el otro le consolara.

Tras aclararse la garganta, Amity dijo:

—No pasa nada, cielo. Es solo que... eres muy joven. Tal vez sería mejor que esperáramos unos años más para tu concesión.

—A mí me gustaría, la verdad —bufó Braedan—. No me apetece nada tener que hacer esto.

—Sabes que eso no es posible, hijo —dijo Jorth sin malas intenciones.

—Lo sé, lo sé —contestó Braedan, poniendo los ojos en blanco—. Las leyes. Las tutelas. Lo de consumirse. Bla, bla, bla... Lo entiendo, pero no por eso me gusta la idea.

—A mí no me importa entregar mi élixen. —Viri se encogió de hombros—. En algún momento tenía que pasar. —Les dedicó una mirada inte rrogante a sus padres—. Una vez os oí hablar de mí, de que podía consumirme antes de tiempo. ¿No era esto lo que queríais?

Sus padres, al descubrir que los había estado escuchando a escondidas, la miraron sorprendidos; o, más bien, inquietos.

Aun así, a Viri no le pareció que dijeran nada interesante.

La mayoría de lo que escuchó no tenía sentido, como que era una chica «especial» y que alguien les había advertido sobre un «precio» y les había dicho que no dejaran que tuviera su ceremonia de concesión.

Pero eso era ridículo, porque ella sabía de sobra que sí que tenía que hacerlo.

No solo porque así lo decretara la ley, sino porque, de lo contrario, se consumiría.

Sus padres no le habrían sugerido que entregara su magia cuatro años antes si no estuvieran preocupados por ella.

Sin embargo, Viri estaba contenta porque hubiera llegado el momento de desprenderse de su magia porque sabía que Braedan no estaba muy por la labor, pero, al hacerlo los dos a la vez, contaba con que a su hermano le resultaría mucho más fácil.

—Creemos que es lo mejor, cariño. —Jorth le sonrió, aunque su sonrisa estaba teñida de desazón—. Solo queremos que estés lo más a salvo posible.

Viri no tenía claro si se refería a la posibilidad de consumirse o a los segadores, pero, fuera lo que fuera, cuando acabara el día, ninguna de las dos opciones serían un problema para ella.

Por una parte, quería que Reeve también tuviera su concesión ese día, pero era tan terco que se había empeñado en no estropear el momento familiar y aseguraba que no le importaba esperar para celebrar su ceremonia.

—¿Lo hacemos ya o qué? —preguntó Braedan, que pareció estar conteniendo las ganas de vomitar cuando alzó la vista hacia el obelisco una vez más.

—Cuando estéis listos —respondió Amity poniéndole a su hijo una mano en el hombro y ofreciéndole una mirada alentadora—. Te acuerdas de lo que tienes que hacer, ¿verdad?

Braedan asintió.

—Solo tengo que tocar la piedra y... entregarle mi élixen, como si se lo estuviera ofreciendo, y el obelisco se encargará de extraerlo por sí solo.

—Su rostro reflejó las dudas que callaba, pero también se mostró curioso cuando añadió—: Erlis Milton me ha dicho que extraer élixen es igual, pero al revés.

Que, en lugar de mostrar disposición a entregar la magia que llevas dentro, te muestras dispuesto a recibir la magia de otra persona. ¿Es así?

Viri miró a su hermano sorprendida, al igual que Reeve, pero tanto Amity como Jorth lo observaron con el ceño fruncido.

—El jovencito Erlis no debería ir por ahí hablando de cosas que ni siquiera entiende —espetó Jorth en tono firme—. Ya tendré yo una charlita con su padre.

—Pero ¿es verdad lo que dice? —insistió Braedan—. ¿Tan fácil es extraer magia de otra persona?

—Matar a otra persona en beneficio propio no es algo fácil —dijo Amity en tono de reproche—.

Aunque el acto en sí requiere poco esfuerzo, las secuelas que deja son para toda la vida.

Extraer élixen de otra persona a propósito, es decir, arrebatar una vida , es algo que cambia por completo quién eres.

Así que no, no es como entregarles la magia a los obeliscos.

Esto es una especie de ofrenda que se da de forma voluntaria y que sirve para reforzar las tutelas y proteger nuestra ciudad.

Extraer élixen es un acto egoísta y detestable que no trae nada bueno, solo la muerte.

—Amity tuvo que esforzarse por tranquilizarse—.

Bueno, hoy no es día para hablar de estos temas.

Hoy nos toca celebrar vuestra concesión, así que vamos allá.

Y, cuando terminemos, nos iremos a tomar un delicioso almuerzo en Juniper Grill. ¿Qué me decís?

Viri asintió con ilusión y el estómago le rugió con solo pensar en ir a comer a su restaurante favorito de todo el Gremio de Entretenimiento.

Reeve también asintió, al igual que Braedan, aunque este último tardó en reaccionar, como si siguiera dándole vueltas a lo que le había dicho Erlis.

Viri estuvo a punto de darle una patada a su hermano para que se diera prisa, pero salió de su ensimismamiento un segundo antes.

—Muy bien, estoy listo —exclamó Braedan, aunque se le seguía viendo un poco descompuesto por lo que estaba a punto de hacer.

—Tú puedes, hijo —dijo Jorth sonriéndole con orgullo.

—Nos quedaremos aquí para animarte —añadió Amity, que le dio un fuerte abrazo y un beso en la mejilla antes de que Braedan se alejara de ellos.

El chico tragó saliva. Después, soltó un profundo suspiro, se dio la vuelta y avanzó con pasos firmes a través de la hierba hasta detenerse frente al obelisco.

Miró atrás una vez más y su cara reflejaba toda la inseguridad que sentía, pero Amity y Jorth trataron de tranquilizarlo con la mirada.

Viri y Reeve, en cambio, estaban nerviosos, pero, al verlos, los labios de Braedan se curvaron hacia arriba y le ayudó a liberar tensión.

Tras suspirar una segunda vez, colocó la mano sobre la piedra de obsidiana y cerró los ojos para concentrarse todo lo posible.

Viri sintió que le sudaban las manos al observar a su hermano, pero, a los pocos segundos, vio que Braedan se relajó y volvió a abrir los ojos. De pronto, en su rostro se dibujó una sonrisa de alivio y apartó la mano del obelisco justo antes de volver hasta donde lo esperaban.