Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 27
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L a noticia impactó tanto a Viri que se tambaleó hacia atrás, como si le hubieran dando una patada en el pecho.

Retrocedió un par de pasos hasta que estuvo a punto de caerse al pisar una grieta que había en el suelo de piedra, pero en ningún momento apartó los ojos del Guardián.

No entendía lo que acababa de contarle y, aun así, había una parte en lo más profundo de su ser que sabía que le estaba diciendo la verdad.

Viri miró a Reeve y a Braedan y sus caras eran de...

Los ojos abiertos como platos y la palidez de sus rostros delataron que sabían algo que no querían que Viri averiguara.

—¿Qué es lo que quise olvidar? —preguntó con la respiración entrecortada—. ¿Y por qué?

—Puedo enseñártelo si quieres —le ofreció el mago, que le dio otro sorbo al té, ajeno a la vorágine de pensamientos que invadió la mente de Viri—.

Fue una de las condiciones de tu deseo: que, si en algún momento querías recuperar tus recuerdos, te los devolvería.

—Sonrió y se inclinó hacia ella, como si fuera a contarle un secreto—.

Fue idea mía. Estabas tan desconsolada que, cuando pediste el deseo, no te importaba nada más, pero decidí tener ese pequeño detalle por si llegaba este día.

—Volvió a enderezarse—. Si quieres recordar todo lo que has olvidado, solo tienes que decírmelo.

—Pues claro que quiero...

—Viri, espera —la interrumpió Reeve al instante y su voz reflejó el miedo que sentía.

El segador recorrió la distancia que los separaba y agarró las manos de Viri, que las tenía frías y sudadas—.

Piénsatelo bien. Si pediste olvidar algo, tuvo que ser por algún motivo de peso.

Tal vez deberías confiar en la decisión que tomó la Viri del pasado y. .. —Tragó saliva—. Olvidarte de ello.

Viri estudió el rostro de Reeve y vio una agitada tormenta que inundó sus ojos plateados, pero no le hizo cambiar de opinión, sino que le sirvió para reafirmarse en que quería descubrir lo que pasó.

Desde que se reencontró con Reeve, supo con total seguridad que le estaba ocultando algo.

Y, fuera lo que fuera, iba más allá de todo lo que le había contado sobre el Gran Segador, la ciudad escondida de los segadores y la supuesta inocencia de Braedan, que no tenía intención de llevar a cabo el sacrificio de la Aurora.

El secreto que callaba, un secreto que no quería que Viri supiera, o, más bien, recordara , no tenía nada que ver con lo anterior.

Se zafó de las manos de Reeve, se giró hacia el Guardián y dijo con decisión:

—Quiero recuperar mis recuerdos.

—No, Viri... —empezó a decir Braedan. Era la primera vez que le hablaba a ella directamente.

—No me hables —lo interrumpió Viri con un bufido casi inhumano—. No te atrevas ni a mirarme .

Braedan dio un paso atrás, como si acabaran de apartarlo de un empujón, pero recuperó la compostura al segundo y abrió la boca para insistir.

Sin embargo, se calló cuando Reeve trató de tranquilizarlo apoyando una mano sobre la capa que le cubría el hombro y susurrándole algo al oído.

Braedan se dio por vencido y asintió con rigidez, aunque no sabía si eso iba por Reeve o por Viri; su cara mostró la preocupación que sentía en su interior y clavó la mirada azul celeste en el suelo, como si no creyera soportar ver lo que estaba a punto de ocurrir.

—Entonces, está decidido —dijo el Guardián, haciéndole un gesto a Viri para que lo siguiera hasta la chimenea de llamas verdes—. Puede que te marees un poco, así que será mejor que te sientes.

Viri eludió la mirada suplicante de Reeve e ignoró por completo a Braedan al sentarse en uno de los sillones de terciopelo suave junto al mago.

—Como te acabo de decir, puede que sientas algo raro —volvió a advertirla el Guardián.

Las llamas mágicas iluminaron sus ojos cuando dejó la taza a un lado y estrechó las manos de Viri entre las suyas—.

No vas a sentir ningún dolor físico, pero la mente es muy poderosa y hará lo que sea necesario para protegerte, incluso de ti misma.

Intenta mantener la calma, así será mucho más fácil.

Pero a Viri le resultó imposible relajarse.

Estaba tan rígida como la piedra que rodeaba las paredes de la sala y no dejaba de preguntarse qué podría haber hecho que fuera tan terrible como para decidir olvidarlo.

El Guardián acababa de contarle que había usado su magalía siete años antes, pero solo se le venía un día a la mente que podría haber deseado olvidar por aquel entonces.

Y, aun así, tampoco tenía sentido porque recordaba con exactitud cada instante de la tragedia.

De modo que, fuera lo que fuera, no podía tener nada que ver con. ..

—¿Estás lista? —La pregunta del Guardián la sacó de sus pensamientos.

Viri no pudo evitar mirar una última vez a Reeve para buscar consuelo en sus ojos, a pesar de saber que no lo encontraría.

Para cuando la cazadora tomó asiento, Reeve se había movido; ahora estaba apoyado contra la pared que había junto a una de las ventanas, con los brazos cruzados y observando el oscuro bosque con una extraña expresión de resignación.

Tenía una mancha de sangre seca en la sien, aunque la herida ya se había curado, su cabello oscuro estaba alborotado y despeinado, y llevaba el atuendo negro tan hecho polvo como el de Viri tras la peligrosa travesía por el bosque.

Y, aun así, bañado por la luz de la luna, tenía mejor aspecto que nunca, como si fuera un héroe taciturno que hubiera salido de una de las novelas románticas de Wynter.

Segador. Monstruo. Asesino.

Al recordar lo que era Reeve en realidad, Viri sintió una aguda punzada de dolor en lo más profundo de su ser, una intensa mezcla de ira, desesperación.

.. y pena. Apartó la mirada y se dijo a sí misma que no necesitaba su consuelo.

No lo necesitaba ni lo quería . Había estado mintiéndole; o, al menos, ocultándole información importante y dejando que creyera cosas que no eran ciertas.

Había llegado el momento de averiguar por qué y estaba segura de que encontraría las respuestas en los recuerdos que le arrebató la magalía.

Viri agarró las manos del Guardián y le dijo:

—Sí, estoy lista.

Antes de que la habitación se volviera borrosa, lo último que vio fue el pecho de Reeve subiendo y bajando tras un profundo suspiro y a Braedan dejándose caer sobre uno de los sillones libres para, después, quedarse mirando la chimenea con aire apesadumbrado.

Aunque se dio cuenta tarde, Viri pensó que debería haber atado a Braedan con su fílux para impedir que se escapara.

Sin embargo, parecía estar tan resignado como Reeve con respecto a lo que fuera a pasar y se le veía con la intención de esperarlos, no de huir; en cualquier caso, ya era tarde para atarlo.

Viri sintió como si una oleada de élixen la abofeteara y, de pronto, su mundo se dio la vuelta y se dio cuenta de que ya no seguía en la torre, sino que se encontraba en otro lugar muy distinto.

Un lugar que le resultaba tan familiar como doloroso.

Estaba segura de que recordaba cada terrible segundo de su ceremonia de concesión, así que era innegable que lo que se alzaba frente a ella era la imponente silueta del obelisco del sur, la piedra de obsidiana que se estrechaba hacia arriba, atravesando un despejado cielo azul.

Los alrededores estaban despoblados y no tenían nada que ver con las granjas que había a uno de los lados, a lo lejos, ni con la boscosa necrópolis que se extendía hacia el otro.

El aparentemente inofensivo obelisco descansaba en mitad de un césped circular bien cuidado y bordeado por unos setos con brillantes rosas angelicales.

La imagen resultaba apacible. Acogedora.

Mágica . Y eso era justo lo que los niños necesitaban ver cuando llegaban allí para sacrificar su élixen.

Eso era justo lo que Viri necesitó ver como la chica de diez años que era por aquel entonces.

Allí estaba ella, saltando junto a Braedan por el hueco que quedaba entre las rosas angelicales hasta que, con los ojos muy abiertos, observó el obelisco, maravillada.

A Viri le resultó de lo más extraño verse a sí misma de joven, como si estuviera contemplando la escena como espectadora en lugar de estar viviéndolo en primera persona.

Se preguntó si sería efecto de la magalía, pero no se recreó en el pensamiento, sobre todo porque toda su atención se centró en una versión mucho más joven de Reeve que apareció entre las rosas angelicales, con Jorth y Amity Solace siguiéndolo de cerca.

Los padres de Viri.

El recuerdo parecía tan real que se le llenaron los ojos de lágrimas; sus padres estaban allí mismo y tuvo que reprimir el impulso de acercarse y tocarlos.

Su padre siempre había sido un hombre apuesto, alto y de porte orgulloso, tenía el pelo cobrizo oscuro y los mismos ojos azul celeste que Braedan.

Amity era increíblemente hermosa, con una melena castaña rojiza intensa, como la de Viri, pero sin los mechones plateados, y unos ojos color lavanda que también había heredado Viri.

Tanto Jorth como Amity llevaban sus capas carmesís de cazadores sobre unos trajes negros de cuero, señal de que volverían al trabajo en cuanto terminara la ceremonia de concesión.

Sin embargo, en ese momento, no les quitaban el ojo de encima a sus dos hijos.