26 #2
Viri negó con la cabeza. Y volvió a negar una segunda vez.
—Extraen élixen unos de otros para sobrevivir —siguió explicándole Reeve con determinación—, o de los niños que hay entre ellos, aunque se frenan antes de matarlos para poder seguir extrayendo élixen de ellos más adelante; y así hasta que esos niños acaban consumiéndose o se convierten en segadores.
Están desesperados por salir de allí y sedientos de élixen fresco que no venga de ellos mismos, pero la nebruma es una muerte segura para casi todos los que intenten escapar.
Solo hay unos pocos que han conseguido salir, y siempre durante breves lapsos de tiempo en los que la neblina se eleva lo bastante como para que tengan la oportunidad de escapar sin correr peligro alguno.
Es muy arriesgado, pero los pocos que se las arreglan para salir de allí son los que os dan trabajo a tus amigos cazadores y a ti.
«Los segadores son como ratas. No importa a cuántos de ellos atrapemos y encerremos en las celdas de la Críptula, siguen apareciendo».
Viri tragó saliva cuando su mente le recordó las palabras que ella misma había dicho tan solo una semana antes y, en ese momento, odió que la confesión de Reeve explicara por qué los cazadores nunca habían podido erradicar a los segadores por completo. Pero, aun así...
—Si hubiera una ciudad llena de segadores, lo sabríamos. No es algo que pueda ocultarse así como así.
—¿Dónde crees que hemos estado viviendo estos últimos siete años?
—preguntó Reeve señalándose a sí mismo y a Braedan.
Este último se quedó callado por su propio bien, como si supiera que Viri estaba deseando darle una patada para mandarlo al sendal y que acabara en la Críptula—.
¿Qué mejor escondite que una ciudad que nadie sabe que existe?
Ni siquiera los cazadores. Por eso nunca nos habéis encontrado ni estabais cerca.
—Pero has dicho que, por culpa de la niebla, todos están atrapados en...
Reeve la interrumpió levantando el dedo corazón.
Por un momento, Viri creyó que la ira que sentía había rebasado su límite, pero, entonces, se dio cuenta de que Reeve estaba tocando el anillo de ónix: su talismán para protegerse de la nebruma.
Los ojos del segador saltaron a Braedan, y Viri le siguió la mirada y se percató de que su hermano llevaba otro anillo; uno de plata oscura con runas que contrastaba con las venas negras de su piel.
De pronto, Viri entendió por qué ambos necesitaban los talismanes, y no era solo para sobrevivir al camino que tuvieron que atravesar por el bosque Mistwood, sino que también los habrían usado para escapar de la montaña sobre la que asolaba la nebruma.
—Nunca te he contado cómo me hice con uno de estos —dijo Reeve girando su anillo—.
¿Recuerdas que te hablé de que tuve un maestro que me ayudó a controlar mi magia y a evitar consumirme?
Bueno, pues ese maestro también dispone de una colección enorme de objetos mágicos, incluyendo el juego original de anillos que se usaban como talismanes y que dejaron los magos ancestrales.
Me regaló uno para que pudiera entrar y salir de la montaña sin poner mi vida en riesgo y, en cuanto lo hice, robé el resto para dárselos a Brae, Jonas, Sage y Ardin, para que pudieran hacer lo mismo.
Viri tenía que admitir, aunque de mala gana, que las explicaciones de Reeve tenían sentido. Sin embargo, seguía sin estar convencida de que todo lo que le estuviera contando fuera cierto, aunque él ni siquiera había terminado.
—Sé que debes tener cientos de preguntas —exclamó Reeve—, pero, por ahora, lo más importante es que sepas que Braedan no es quien ha secuestrado a los niños ni quien pretende usar el sacrificio de la Aurora para destruir los obeliscos, sino el Gran Segador.
Lo descubrimos hace meses. —Volvió a señarlos a los dos: a él y a Braedan—.
Y tanto nosotros como Sage, Ardin y Jonas hemos estado haciendo todo lo que estaba en nuestras manos para detenerlo. Aunque eso sí que lo sabías.
—Sí, pero se te había olvidado comentar lo de que también trabajáis con él . —Viri clavó la vista en Braedan otra vez, que seguía tan quieto que le hizo preguntarse si el Guardián no lo habría petrificado también con su magia.
—Como te he dicho antes, aunque te lo hubiera contado, no me habrías creído —continuó Reeve antes de que Viri pudiera decirle que seguía sin creerse todo aquello—.
A lo largo de los años, no siempre ha existido la figura del Gran Segador como sí lo ha hecho la del Padre Segador, pero cuando aparece alguien con más poder de lo normal, se le otorga el título y se le convierte en el líder de Diaboros.
—Reeve se calló un instante—. El Gran Segador actual es increíblemente poderoso y puede usar el élixen extraído para hacer magia; es decir, un segador que, a su vez, es mago .
Ese es el motivo por el que Brae estaba tan desesperado como para venir aquí y utilizar su deseo para. ..
—Los segadores no pueden ser magos —le interrumpió Viri antes de recordar con quién estaba hablando y, al segundo, añadir—. Al menos no pueden serlo usando élixen que han extraído.
Todo el mundo sabía que los segadores no tenían forma de acceder a la magia que robaban de todo lo que fuera ajeno a su propio cuerpo.
Los sentidos aguzados, la velocidad, la fuerza y la curación mejoradas y la esperanza de vida más larga no eran más que una extensión de habilidades con las que ya contaban.
Viri había cazado a tantos segadores que tenía la certeza de que así era, y eso mismo habían presenciado todos y cada uno de los cazadores a lo largo de la historia.
—El Gran Segador no se parece al resto de los segadores —exclamó Reeve en un tono lúgubre que dejó claro qué opinión tenía con respecto al supuesto líder de todos los segadores.
—Eso fue culpa mía —intervino el Guardián de pronto—. Fui yo el que le enseñó al Gran Segador actual a controlar la magia y a usar el élixen. —Tosió y murmuró—: Entre otras cosas.
Todas las miradas se posaron en el hombre vestido de morado y hasta Braedan y Reeve se mostraron sorprendidos por las palabras del Guardián.
—Una magalía —dedujo Viri en voz baja—. Le concediste un deseo al Gran Segador.
Era imposible saber qué se ocultaba bajo el hermoso rostro del Guardián, aunque Viri entrevió algunas sombras en sus ojos azules.
—Sí y no. Pero será mejor que dejemos esa historia para otro momento, así que.
.. —Movió la mano y, de la nada, apareció una repentina chimenea con fulgentes llamas verdes en mitad de la pared de piedra, entre las dos ventanas que daban al bosque Mistwood, que, en ese momento, estaba iluminado por la luna—.
Por favor, seguid. Llevaba años sin estar tan entretenido.
—Entonces aparecieron cuatro sillones de terciopelo dorado delante de la chimenea mágica—.
¿Nos ponemos cómodos? ¿Puedo ofreceros un té?
Viri tuvo que morderse la lengua para no decirle al Guardián por dónde podía meterse el té.
Reeve se aclaró la garganta y retomó su discurso, aunque ninguno de ellos se acercó a los sillones.
—Brae vino hasta aquí con la intención de usar su magalía para matar al Gran Segador y detener el sacrificio, pero no era consciente de su poder innato ni de cuánto élixen había extraído durante años y años para hacerse con esa cantidad de poder.
Por eso, si el Gran Segador muriera, toda la magia que contiene acabaría dispersándose y arrasando con todo a su paso de forma incontrolable.
Y esa oleada de magia sería lo bastante fuerte como para atravesar la nebruma que rodea Diaboros, por lo que los segadores podrían escapar de la ciudad y acabar invadiendo Aravell.
Por eso nuestra misión era detener a Brae, porque, aunque la muerte del Gran Segador serviría para salvar a los niños y conservar los obeliscos, se traduciría en que los segadores sedientos del élixen fresco acabarían asolando Aravell y alimentándose de sus ciudadanos.
Irían a por los niños y a por los adultos, no se dejarían a nadie atrás, y extraerían élixen de cualquiera que tuviera una mísera gota de magia; los matarían sin miramientos.
Viri se percató de lo tenso que estaba Reeve al contar todo lo que sabía.
—Nada de esto es bueno, pero al menos tenemos hasta que llegue el cometa para detener al Gran Segador de forma que los segadores de Diaboros no acaben sueltos por ahí. No es el plan perfecto, pero es un mal menor y la mejor oportunidad que tenemos para salvar Aravell.
Reeve se calló y Viri se quedó mirándolo sin poder apartar sus ojos de él.
Después, fulminó a Braedan con la mirada y, por último, al Guardián.
Su mente no paraba de darle vueltas a todo lo que acababa de averiguar y solo se detuvo cuando llegó a la única conclusión que no le daba ganas de vomitar sobre el reluciente suelo empedrado.
—No te creo —exclamó en tono áspero.
Más tarde, podría dedicarle un momento a averiguar si el Gran Segador y la ciudad de Diaboros existían o no.
Sarielle, Meera, Darik... Alguno de ellos debería estar al tanto y, si acababa demostrándose su existencia, haría algo al respecto.
.. con ellos. La actuación de Reeve había sido de lo más convincente y la mayoría de lo que le había contado respondía a preguntas que llevaba un tiempo queriendo hacerle, pero no podía aceptar sus explicaciones sin más, sin confirmarlo con las personas en las que más confiaba; y, para hacerlo, tendría que esperar.
En ese momento, había otra cosa que tenía que hacer antes de arriesgarse a perder la oportunidad para siempre, una misión que había estado consumiéndola durante los últimos siete años: vengarse del Padre Segador.
Por primera vez desde que mató a sus padres, Braedan estaba a escasos pasos de Viri; sabía que, en cuestión de segundos, su hermano tomaría la decisión de enfrentarse a ella o de huir, pero no pensaba permitir que eso sucediera.
Durante todos los años que había estado tratando de darle caza, siempre había soñado con atraparlo y encerrarlo en la Críptula, a pesar de que también arrastraba la sensación de que no sería castigo suficiente.
La muerte tampoco era una opción porque sería demasiado fácil.
Quería hacerlo sufrir , que sintiera el mismo dolor que ella y que sus otras víctimas, que lo torturaran día tras día durante el resto de su miserable vida mientras se consumía en algún lugar oscuro y profundo, hasta que exhalara su último aliento.
Nunca había tenido claro cómo conseguirlo, pero ahora tenía una oportunidad, una lo bastante buena como para dejarla escapar.
Antes de que alguien pudiera detenerla, se giró hacia el Guardián y dijo:
—Quiero usar mi magalía. Deseo...
—Lo siento, Viridia Solace —la interrumpió el Guardián. A Viri la sorprendió que supiera su nombre—. Solo puedo conceder un deseo por persona, y tú ya usaste el tuyo.
Viri alzó las cejas y, después, frunció el ceño.
—No, yo no he pedido ningún deseo. Fue Reeve el que pidió su deseo antes.
—No, no ha sido esta noche. —El mago chasqueó los dedos en el aire y, de la nada, apareció una humeante taza de té en sus manos—. Pediste tu deseo hace siete años.
Ella lo miró con el ceño más fruncido aún.
—¿De qué estás hablando? Es la primera vez que te veo en mi vida.
El Guardián le dio un sorbo al té; parecía estar disfrutando de la situación.
—En realidad, nos hemos visto dos veces —afirmó—. Aunque es normal que no te acuerdes de la primera, porque eras muy joven. Pero, la segunda... —Hizo un sonido con los labios cerrados—. Bueno, no te acuerdas porque tú misma pediste olvidarlo. Ese fue tu deseo: olvidar. Y yo te lo concedí.