26
V iri se quedó sin habla ni respiración al ver a su hermano por primera vez en siete años.
Braedan Solace ya no era un chico de catorce años, sino un hombre joven, aunque su aspecto demostraba que había tenido que luchar para abrirse paso a través de Mistwood.
Tenía la cara llena de barro y cubierta de rasguños, su capa verde estaba sucia y desgarrada, y llevaba el pelo castaño rojizo revuelto y despeinado por el viento.
Sin embargo, fueron las venas negras que trepaban por sus brazos y los ojos celestes que tan bien conocía Viri, los ojos de su padre, lo que le hizo sentir como si le hubieran dado una patada en el estómago.
No obstante, Braedan, que abrió los ojos como platos y se quedó completamente pálido, parecía que acababa de ver a un fantasma cuando Viri y Reeve salieron del sendal y aparecieron en mitad de la sala.
Aun así, se recompuso rápido y se giró hacia el Guardián, y le habló con tanta rapidez que Viri ni siquiera tuvo tiempo de pensar, y mucho menos de detenerlo cuando Braedan dijo:
—Guardián, deseo la muerte de...
Reeve dio un paso hacia delante y gritó por encima de Braedan:
— ¡Deseo que Braedan no reciba su deseo!
— ¡NO! —bramó Braedan, aunque ya era demasiado tarde.
Cuando el Guardián agitó la mano, la cantidad de élixen que inundó la sala fue tal que Viri notó cómo se le erizaron los vellos de la nuca.
—Vuestros deseos se han hecho realidad —dijo el mago en un tono grave conforme observaba a todos y cada uno de los presentes con una mirada peculiar a la par que divertida.
Viri estaba tan impactada por lo que había pasado, o por lo que no había pasado, que se quedó petrificada en el sitio.
De todas las veces que habían hablado sobre el Guardián, el castillo y la leyenda en sí, nunca se había parado a pensar en lo que supondría que Reeve y ella llegaran a Nevarnost. Había estado tan preocupada porque Braedan obtuviera su magalía que se había olvidado de que cualquiera que encontrara al Guardián recibiría una.
Reeve, en cambio, no lo había olvidado, y acababa de usar su deseo para salvarlos a todos.
—¿Qué has hecho ? —gruñó Braedan fulminando a Reeve con la mirada.
Sus palabras hicieron que Viri saliera de su estupor y se recordó a sí misma que había dedicado los siete últimos años de su vida a perseguirlo, al escurridizo Padre Segador y que, por fin, tenía la oportunidad de atraparlo.
Dio un paso al frente, desenrolló el fílux justo cuando empezó a correr por la sala circular y se preparó para luchar por su vida.
Estaba a punto de librar la batalla que tenía pendiente.
Lo que no se esperó fue que, antes de que diera el tercer paso, una oleada de élixen la obligara a detenerse de forma repentina, anclando sus pies al pulido suelo de piedra y dejándola inmóvil de cuello para abajo.
Viri sintió la traición corriéndole por las venas y asesinó a Reeve con la mirada, pero este ni siquiera la estaba mirando, sino que tenía los ojos clavados en Braedan.
El Guardián, en cambio... Le guiñó un ojo a Viri, un gesto que demostraba que había sido él quien la había convertido en una estatua.
Antes de que pudiera pedirle que la soltara, Reeve avanzó hacia Braedan y los dos quedaron cara a cara.
—¿Que qué he hecho yo ? —repitió Reeve con incredulidad—. ¿En qué demonios estabas pensando ?
— ¿Yo? —exclamó Braedan, cerrando las manos en puños—. No tienes ni idea de lo que acabas de...
—¡Eres tú el que no tiene ni idea de lo que ha estado a punto de hacer! —bramó Reeve, extendiendo los brazos hacia los lados—. ¡Por todos los Sabios, Brae, no puedes matar al Gran Segador!
Viri balbuceó al escuchar por primera vez ese título; o, más bien, movió mínimamente los labios, porque seguía estando inmovilizada.
—¡Eso es exactamente lo que tenemos que hacer!
—gritó Braedan—. No importa lo que ese desgraciado nos haya hecho durante los últimos siete años.
Si no detenemos el sacrificio de la Aurora, los niños no serán los únicos que morirán.
¡Destruirán los obeliscos y no quedará nadie con vida para contarlo!
Viri volvió a balbucear porque él era quien quería destruir los obeliscos. Era su sacrificio.
—Tenemos un plan previsto para ese caso —dijo Reeve entre dientes—.
Si el Gran Segador muere, la cantidad de élixen que liberará será devastadora; lleva años y años robando poder.
Tan solo con el aluvión de magia, la niebla que envuelve el monte Mort desaparecerá y los segadores quedarán libres para escapar de Diaboros. Todos los segadores.
La cazadora no entendía nada de lo que estaba diciendo Reeve, pero Braedan se tambaleó hacia atrás, como si acabaran de darle una bofetada.
—¿Cómo dices? —La ira de Braedan se esfumó en un segundo.
Reeve respiró hondo y se pasó las manos por el pelo.
—Es lo que quise decirte antes de que te marcharas sin avisar.
Tenemos que encontrar otra forma de detener el sacrificio, algo que no implique tener que matar al Gran Segador.
Si muere, hagamos lo que hagamos, toda la ciudad caerá.
—El rostro de Reeve se volvió sombrío—. Es cierto que estamos entre la espada y la pared, Brae, pero, si hubieras seguido adelante con tu plan.
.. Si hubieras usado tu deseo para matar al Gran Segador. ..
—Aun así, todos habrían muerto —murmuró Braedan, que parecía estar a punto de vomitar—. Si Diaboros cae...
—Aravell caerá también —Reeve terminó la frase en tono serio—. La ciudad no tendrá posibilidad alguna de sobrevivir.
Cuando el chico pronunció las duras palabras, la sala se sumió en el silencio, pero Viri no soportaba seguir mordiéndose la lengua.
—Alguien tiene que explicarme qué demonios está pasando, ya . —Entonces clavó la mirada en el Guardián—. Y tú tienes que soltarme. Suél-ta-me.
Los ojos del Guardián se encendieron de júbilo.
—Podrías haberte soltado tú sola cuando quisieras, Hija de la Muerte —exclamó el Guardián, que acababa de usar el mismo nombre por el que la había llamado el espectro.
Viri sintió un escalofrío al escucharlo, aunque no podía moverse. Hasta que el Guardián agitó una mano y la soltó. Ahora ya estaba libre para irse directa hacia su hermano. Sin embargo, la conversación que acababa de oír la dejó tan atónita que, por el momento, no se movió ni un ápice.
—¿Quién es el Gran Segador? —Los ojos de Viri saltaron de Reeve a Braedan—. ¿Qué es Diaboros? —Se giró para mirar a Reeve—. Parece que te has dejado atrás algunos detalles, a pesar de que aseguraras que lo habías compartido todo conmigo.
Reeve pareció mantener la calma.
—Si te hubiera dicho la verdad, no me habrías creído.
—¿ Qué verdad?
—Que Braedan no es el malo —soltó sin rodeos—. Y que no es él quien pretende hacer el sacrificio del cometa Aurora.
Viri notó que le ardía el pecho.
—Él es el Padre Segador —espetó apuntando a su hermano con el dedo—.
Él mató a nuestros padres . —Por el rabillo del ojo, vio que Braedan retrocedía unos pasos, pero siguió observando a Reeve con ira—.
Él es el mal personificado . Y, por si acaso se te ha olvidado, fuiste tú el que me dijo que tenía previsto llevar a cabo el sacrificio para destruir los obeliscos.
—Yo nunca he dicho eso —respondió Reeve negando con la cabeza—. Solo dije que teníamos que detenerlo.
—De llevar a cabo el sacrificio y destruir los obeliscos .
—No, de que pidiera su magalía.
—Una magalía que le ayudaría a destruir los obeliscos —exclamó levantando la voz—. Eso fue lo que dijiste.
—No. —A pesar del enfado de Viri, y aunque le resultara frustrante, Reeve permaneció sereno—.
Te dije que el sacrificio sirve para destruir los obeliscos, y eso es verdad.
Y también te insistí en que teníamos que detener a Braedan, que también es cierto.
Pero son dos cosas distintas. Eres tú la que ha dado por hecho que Braedan era quien quería destruirlos.
Viri no podía creer lo que escuchaban sus oídos.
—Y tú no me lo has negado en ningún momento —gruñó.
—Tienes razón —dijo Reeve sin mostrarse arrepentido—.
Necesitaba tu ayuda para llegar hasta aquí lo más rápido posible y, de esa forma, impedir que nos condenara a todos; en eso no te he mentido.
—Dejó escapar un suspiro—. Puedes enfadarte todo lo que quieras, pero todo lo que he hecho ha sido por un único motivo: salvar la ciudad.
—Pues entonces, explícamelo —bramó Viri, avanzando hacia Reeve con las manos en las caderas—. No quiero más verdades a medias ni suposiciones erróneas. Si quieres que te crea, tienes que contarme todo lo que sabes.
Reeve suspiró y se pasó una mano por la cara; estaba agotado.
—Si te digo la verdad, no tengo muy claro que vayas a creerme. Pero aquí va: te has pasado siete años persiguiendo a la persona equivocada.
La ira cegó a Viri. De sus labios brotó un sonido que pareció algo entre un siseo y un bufido, pero estaba teñido de rabia.
—¿Cómo puedes decirme que él no es el Padre Segador y quedarte ahí tan tranquilo? ¿En serio?
—No, sí que lo es —respondió Reeve de inmediato conforme se acercó a Viri para tranquilizarla, pero se lo pensó mejor y se detuvo—.
Pero el título es solo una distracción que usamos para que ni tú ni el resto de los cazadores descubráis la existencia del Gran Segador : el líder que gobierna a todos los segadores de Diaboros, la ciudad de segadores que se encuentra oculta dentro del monte Mort.
Viri sintió que le retumbaban los oídos después de escuchar las palabras de Reeve, que la dejaron impactada e incrédula.
—Eso es imposible —murmuró en tono seco tras aferrarse al primer argumento que se le vino a la mente—. El monte Mort está cubierto por la nebruma.
—Está rodeado de nebruma —la corrigió Reeve—. Pero el interior está cerrado y protegido del exterior, al igual que el monte Tembris y el monte Verta. Allí vive toda una población de segadores que han ido creciendo generación tras generación y se han ido quedando atrapados por la niebla.