Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 25 #2
71%

25 #2

—¿Tú te crees que yo querría perderme un momento así? —Reeve levantó las cejas como si estuviera desconcertado—. Antes preferiría volver a tirarme al lago con el monstruo.

Viri se mordió el labio para esconder una leve sonrisa y se puso a limpiarle la herida; se las apañó como pudo y utilizó la manga mojada de su camisa para, después, aplicarle la pomada curativa por toda la zona.

El efecto del ungüento mágico fue casi inmediato y selló el corte hasta reducirlo a una fina línea de color rojo intenso.

—Ya está. Mucho mejor —exclamó, soltando la cabeza de Reeve y alejándose de él. Sin embargo, se quedó quieta cuando la mano del segador la agarró de la cadera para que no se apartara.

Esta vez no vio ningún atisbo de diversión en su rostro, sino que reflejó una mezcla de seriedad y asombro cuando dijo:

—Me has salvado la vida.

Tragó saliva al percatarse de cómo la miraba.

—Tú habrías hecho lo mismo por mí. —Los ojos de Viri se posaron en el rasguño que tenía Reeve en el costado, el que le habían hecho con la armaligna—. De hecho, hiciste lo mismo por mí. —Apartó la mirada y añadió en voz baja—: Y nunca te he dado las gracias por ello.

Reeve apoyó el dedo en su mentón y giró con delicadeza el rostro de Viri para que lo mirara a los ojos y, en el mismo tono, le respondió:

—No hace falta que me des las gracias por eso. Ni ahora ni nunca.

Viri volvió a tragar saliva y le aguantó la penetrante mirada cuando le susurró:

—Entonces, tampoco hace falta que me las des tú a mí.

El chico se quedó callado, pero su mirada buscó la de Viri, que sintió cómo se le fueron acelerando los latidos al pensar en lo que el segador podía ver en ella.

De pronto, como si hubiera leído el miedo en su rostro que amenazaba con abrumarla, Reeve rebajó la intensidad y le dedicó una extraña sonrisa y una mirada divertida.

—Pues parece que estamos de acuerdo —concluyó en voz baja mientras soltaba la barbilla de Viri—. Ambos seremos unos gilipollas desagradecidos.

A Viri se le escapó una carcajada y aceptó el frívolo trato que le ofreció Reeve como si fuera un salvavidas.

—Bueno, para ti eso no es nada nuevo. Lo de ser un gilipollas, quiero decir.

Reeve se llevó la mano al pecho.

—Oye, que bastante dolido estoy ya. Un poquito de compasión. —Se llevó la mano a la sien, que ya estaba casi curada—. Ni siquiera me has dado un beso en la herida para que se me cure. Qué mal tratas a tus pacientes...

Viri sonrió y negó con la cabeza.

—Buen intento, pero ya has cubierto el cupo de besos que estaba dispuesta a darte.

—¿Me estás retando? —exclamó Reeve con una sonrisa de superioridad.

—Es una promesa, no un reto.

Él se rio por lo bajo.

—No deberías prometer nada que no puedas cumplir, sombrita.

Antes de que pudiera responderle, aunque tampoco sabía qué decirle, Reeve se puso de pie y rotó su hombro; su rostro reflejó lo asombrado que estaba.

—Para no tener toda la formación necesaria, Wynter sabe bien lo que hace.

—Es increíble —afirmó, agradecida por dejar de lado el tema de los besos—. Aun así, todo lo ha conseguido a base de ensayo y error. Y mucho error, tengo que decir.

—La mejor forma de aprender es equivocándose —respondió con sabiduría.

—No creo que opinaras lo mismo si hubieras sido el conejillo de indias de algunos de sus ilegales experimentos mágicos —murmuró Viri.

—Hablando de experimentos... —Reeve le tendió la mano para ayudarla a levantarse; las piedrecitas que había bajo sus pies se movieron—. Es la primera vez que pruebo esto, así que te ruego un poco de paciencia.

Viri ni siquiera tuvo tiempo de preguntarle a qué se refería cuando sintió el hormigueo típico del élixen, seguido de una peculiar pero nada desagradable sensación, como si un líquido caliente le cayera por todo el cuerpo.

Al parar, se percató de que Reeve la había secado de la cabeza a los pies.

Y, a los pocos segundos, el chico estuvo igual.

—Mucho mejor —exclamó Reeve mientras se abotonaba la camisa; ya apenas se le notaban los moratones que habían recubierto su torso.

—Antes comentaste algo sobre que el uso de la magia tiene un coste —dijo Viri, que seguía maravillada al ver que estaba seca por completo; no quedaba ni un rastro de humedad, ni siquiera en los bolsillos de su capa.

—Imagínate que es un músculo —explicó—. Cuanto más lo uses, más fuerte se vuelve. Pero, siguiendo esa misma regla, si lo usas más de la cuenta, se debilita... o peor.

—Se consume —exclamó Viri, que sintió un pellizco en el estómago.

Reeve asintió.

—Eso es lo que pasa cuando usas mucha magia de una, tanto si es una gran cantidad de magia poderosa durante poco tiempo como si es en cantidades menores, pero durante más tiempo y sin descansar.

—Entonces, ¿en el caso de los niños que no celebran la concesión...?

—Es como un estallido concentrado, pero no es algo que puedan decidir, sino que ocurre de forma involuntaria al tener una acumulación inestable de élixen.

—Antes de que pudiera preguntarle al respecto, Reeve añadió—: Y, para poder impedirlo, tuve que aprender a controlar mi magia; como si entrenara los músculos, por así decirlo.

Y eso mismo es lo que habrá hecho Wynter.

—Sigo sin poder creérmelo —reconoció, aunque, en su interior, sabía que era cierto. Aun así, ya había pensado en tener una charla muy seria con su mejor amiga cuando volviera a la ciudad.

—¿Sabes qué no puedo creerme yo? —preguntó mientras observaba la caverna azul con el ceño fruncido.

—¿Qué?

—Lo del marido.

—¿Perdón? —exclamó Viri, parpadeando.

—El marido, la mujer y el amigo de la historia —le aclaró Reeve—. Ya te dije antes que me extrañaba que hubieran llegado al castillo andando, pero es imposible que hubieran bajado hasta aquí. Hay algo que no me cuadra.

Al darse cuenta de que tenía razón, Viri sacó el mapa de la capa y se sintió aliviada porque hubiera sobrevivido al lago y agradecida porque estuviera seco gracias a la magia de Reeve. Sin embargo, en cuanto lo abrió, toda sensación de alivio se esfumó.

— No —susurró Viri, que estaba segura de que debía de haber un error.

Reeve se asomó por encima de su hombro para ver el mapa y se puso tenso cuando vio lo que tenían delante.

—No puede ser.

Viri recorrió el sendero mágico con un dedo que no paraba de temblarle, el camino que habían seguido y que estaba a punto de llevarlos hasta el final del... Ahora, parecía que iba casi en dirección opuesta, casi como si hubieran vuelto a la necrópolis.

Reeve soltó una retahíla de insultos, pero Viri, que se había quedado de piedra, siguió mirando el mapa. Se esforzó por pensar y rescató los recuerdos de todo lo que le había contado Reeve sobre este.

«El mapa perteneció a tu familia, así que la magia solo funciona para los que tengan sangre de Solace».

Y, después:

«Nunca llegué a entender cómo se las arregló el marido para atravesar todo el bosque si, tal y como narraba la leyenda, estaba tan débil».

Y, por último:

«Una vez se lo pregunté a tu madre... y lo que hizo fue sonreírme y decir: “Todo es posible con magia”».

Se le ocurrió una teoría, algo que era tan esperanzador como ingenuo por su parte, pero decidió dejarse llevar por su intuición y se vio a sí misma desenvainando una de sus dagas y hundiéndose la punta en la yema del dedo.

La magia solo funciona para los que tengan sangre de Solace.

Reeve estaba en lo cierto al pensar que el marido jamás habría podido recorrer todo el camino, pero.

.. ¿y si no tuvo que hacerlo? ¿Y si el sendal no se encontraba en un lugar concreto, sino que se iba moviendo por todo Mistwood, tal y como lo hacían los árboles, los ríos y el suelo, que cambiaban de sitio, forma y textura cada poco?

Por eso había cambiado el mapa: porque el sendal se había movido .

Y, si se había movido una vez, podría volver a hacerlo.

Sobre todo si lo habían invocado.

«Todo es posible con magia».

Si las palabras de la madre de Viri eran ciertas, tal vez, una Solace podría hacer algo más aparte de leer el mapa. Tal vez, una Solace también tendría la capacidad de controlarlo .

Rezó porque su intuición no le fallara y presionó el dedo ensangrentado sobre la línea del pergamino y recorrió todo el camino de vuelta hasta donde se encontraban Reeve y ella para que el mapa la reconociera. Y le obedeciera .

Pasó un segundo. Dos segundos. Tres...

Un cegador destello iluminó la caverna y, de pronto, delante de ellos y sobre la orilla del lago, apareció un reluciente sendal.

Viri dejó escapar una sonrisa de incredulidad.

—No me puedo creer que haya funcionado.

Se giró hacia Reeve, que estaba igual de sorprendido que ella, pero negó con la cabeza con aire divertido y exclamó:

—¿No se te podría haber ocurrido antes de que nos persiguiera un espectro, de que nos atacara el monstruo del lago y de que nos pateáramos el diabólico bosque durante horas y horas?

A pesar del tono sarcástico, el orgullo que reflejaban los ojos de Reeve no pasó inadvertido para Viri. Aunque también escondían algo más; algo que hizo que se le encogiera el estómago y que le temblaran las rodillas.

Segador, monstruo, asesino , repitió Viri para sus adentros, desesperada por tirar de cualquier hilo que pudiera acabar con lo que, sin duda, crecía sin parar entre ellos.

Cuando vio el cuerpo de Reeve inconsciente bajo el agua, el miedo que sintió fue la prueba fehaciente de lo que se negaba a reconocer: que él le importaba, y mucho más de lo que debería.

A pesar de todas las bromas de Reeve, a pesar de toda la indignación y vergüenza de Viri, no podía seguir oponiéndose a lo evidente.

Le importaba, y ambos lo sabían. Y, aun así. ..

Segador.

Monstruo.

Asesino.