Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 25
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R EEVE! —gritó nadando hacia él.

El pánico se apoderó de su cuerpo mientras nadaba todo lo rápido que podía a pesar del miedo a que fuera demasiado tarde, a que Reeve se hubiera marchado para siempre.

Pero entonces...

Reeve abrió los ojos de forma repentina y de su boca empezó a salir agua a borbotones cuando se puso a toser sin parar. Al escucharlo, Viri dejó escapar un sollozo; Reeve estaba vivo, estaba respirando .

Lo alcanzó justo a tiempo para ayudarlo a mantenerse a flote en la superficie mientras seguía escupiendo agua, como si se hubiera tragado la mitad del lago.

—Por todos los Sabios —exclamó Viri con la respiración entrecortada—. Pensaba que te habías ahogado.

Reeve se las arregló para hablar entre balbuceos y respondió:

—Me siento como —tosió— si lo hubiera hecho.

Viri siguió sujetando su cuerpo y movió los brazos y las piernas para que ambos flotaran hasta que a Reeve se le fue pasando la tos. Entonces la chica le preguntó:

—¿Estás muy herido? —Gracias a la luz azul, se percató de que Reeve seguía con la mirada aturdida y perdida, pero estaba más alerta que antes, a pesar de la mancha de sangre que teñía su sien—. ¿Puedes nadar?

—Creo que me he dislocado el hombro —respondió en tono áspero y dolorido.

Viri maldijo por lo bajo al darse cuenta de que Reeve tenía el brazo pegado al cuerpo en lugar de utilizarlo para flotar en el agua.

—Deja que te ayude. Tenemos que salir del agua antes de que esa cosa cambie de idea y decida volver a por nosotros.

Reeve asintió y, al mover la cabeza, se le escapó una mueca de dolor. Sin embargo, lo único que dijo fue:

—Las piernas las tengo bien y puedo mover el otro brazo, así que no me esperes. Nos vemos en la orilla.

No se paró a darle una respuesta, sino que fue nadando siguiendo el trabajoso ritmo de Reeve conforme iban hacia la orilla.

A pesar de las heridas que debía tener y la agonía que, sin duda, sentiría, el segador pudo avanzar a una velocidad considerable, pero Viri fue todo el tiempo a su lado por si veía algo que le indicara que necesitaba su ayuda.

Sin embargo, cuando llevaban poco nadando, empezó a dudar de si, tal vez , era ella quien necesitara ayuda; con cada brazada que daba, notaba menos los efectos del vigoricitrus y a eso se sumaba la adrenalina de haber luchado contra la bestia, que se iba desvaneciendo poco a poco y la dejaba indefensa frente a la gélida temperatura el agua.

Cuando llegaron a la orilla y se arrastraron por las piedrecillas hasta dejarse caer sobre ellas, Viri ya no sentía pinchazos como agujas y alfileres en las extremidades, sino que las tenía entumecidas por completo.

Le resultó casi imposible cambiar de postura para sentarse, pero apretó los dientes y se recordó a sí misma que, sintiera lo que sintiera en ese momento, Reeve se encontraba peor.

Había estado tanto en el agua como bajo ella mucho tiempo y las heridas que tenía no debían ser solo superficiales.

Aunque el segador no se estuviera quejando, eso no significaba que no llevara el sufrimiento por dentro.

—E-e-espera un momento —murmuró Viri rebuscando en la capa hasta que sus insensibilizados dedos dieron con dos frascos y se los tendió a Reeve—. T-t-tómatelos.

Esta vez, Reeve estaba temblando tanto como Viri, que se fijó en la preocupante cantidad de sangre que chorreaba de su sien y teñía de rojo los guijarros de la orilla y el agua que le chorreaba de la ropa.

Aun así, el chico la ignoró, se enderezó y estiró el brazo que tenía ileso hacia el pecho de Viri.

Aunque ella estuviera deseando volver a entrar en calor, no se le había olvidado lo que Reeve le había dicho sobre que la magia tiene un coste y, justo entonces, no estaba en condiciones de pagarlo.

—N-n-no. —Intentó apartarlo, pero tenía los brazos y las piernas tan congelados que parecían fideos empapados, así que casi no le respondieron.

—Si crees que v-voy a quedarme de brazos cruzados mientras veo cómo te m-mueres de frío, es que no me c-conoces ni la mitad de lo que piensas —respondió Reeve, que ahora estaba castañeando casi tanto como ella.

—P-pero...

Reeve no la dejó terminar la frase y, con cuidado, presionó su palma contra el corazón de Viri, que, al segundo, sintió que el calor la fue invadiendo de forma progresiva.

No pudo contener un pequeño gemido que se le escapó al volver a notar todas las partes de su cuerpo; una combinación de dolor y un alivio indescriptible.

Tras asegurarse de que había descongelado hasta el último pliegue del cuerpo de Viri, Reeve dejó caer el brazo, aunque seguía temblando tanto que la cazadora se inclinó hacia él con cara de preocupación y le preguntó:

—¿No puedes darte calor a ti mismo?

—No, pero gracias a mi m-magia me recuperaré más r-rápido que tú.

—Al ver las dudas que calló Viri, añadió—: Me c-curo en menos tiempo y tengo m-mejores reflejos y los s-sentidos más aguzados.

No al mismo nivel que los s-segadores que se acaban de alimentar, pero menos es n-nada.

Es lo que me ha m-mantenido con vida d-debajo del agua.

Viri ya había sido testigo de lo rápido que Reeve podía moverse cuando quería y, a veces, le había parecido que se le adelantaba a la hora de escuchar o ver algo, pero lo de curarse fue una sorpresa bastante agradable, sobre todo si había sido su magia innata lo que le había ayudado a sobrevivir cuando estaba a punto de morir ahogado.

Se estremeció al recordar el tentáculo hundiendo el cuerpo inconsciente de Reeve en el agua y estaba casi segura de que, durante un tiempo, iba a tener pesadillas con esa escena.

—Toma, esto lo acelerará más aún —dijo, obligándose a borrar la imagen que se le había venido a la mente y tendiéndole los frascos otra vez.

Era el último que le quedaba de vigoricitrus y el único que tenía de morfinina; el primero le ayudaría a recuperar energía y a entrar en calor, y el segundo le ayudaría a aguantar lo próximo a lo que tuvieran que enfrentarse.

Reeve dejó de negarse y se tomó las dos pociones.

A pesar de la tenue luz azul de la caverna, Viri vio que se le volvieron a encender las mejillas en cuanto su cuerpo notó el aumento de energía del vigoricitrus.

Al ver cómo su frente se destensó, Viri supo que la morfinina también le había hecho efecto y Reeve dejó escapar un suspiro de alivio al sentir cómo el dolor empezaba a remitir gracias a la poción y a su magia.

En cuanto dejó de temblar, el segador dijo en tono sarcástico:

—No quiero que pienses que soy un desagradecido, pero, la próxima vez, considera la posibilidad de ofrecerme estas pociones antes de que tenga que atravesar un lago casi congelado con una contusión y el brazo dislocado.

—El efecto de la morfinina no dura mucho —respondió Viri—, así que, si te la hubieras tomado antes, te habría dolido mucho más que te hiciera esto. —Agarró el brazo de Reeve y tiró con fuerza para recolocarle el hombro.

Reeve gruñó de dolor y el grito hizo que a Viri se le encogiera el corazón. El segador apretó la mandíbula para sofocarlo, respiró hondo y acunó el brazo contra su cuerpo.

—Creo que lo has disfrutado más de lo que deberías —murmuró con un jadeo.

Viri bufó y no se lo negó, aunque lo cierto era que se había mareado un poco después de hacérselo. El grito de agonía de Reeve seguía retumbándole en los oídos, pero, cuanto más hubiera esperado a colocarle la articulación, más daño le habría acabado haciendo.

—No seas tan quejica —le riñó en tono burlón mientras se sacaba de la capa la pomada curativa de Wynter y le desabotonaba la camisa con rapidez.

Viri dejó escapar una mueca cuando despegó la tela negra y vio los oscuros moratones que se extendían por el musculado torso de Reeve; no había duda de que el tentáculo de la bestia lo había apretado con todas sus fuerzas.

Aunque la imagen le impactara, volvió en sí un momento y se puso de rodillas para untarle la pomada con cuidado en la parte superior del brazo.

Al hacerlo, notó que la piel de Reeve se calentaba bajo del tacto de sus dedos.

Cuando ya cubrió toda la zona del hombro con el ungüento, Viri se agachó, sacó más pomada y se la aplicó con delicadeza por todos los moratones que tenía en la zona del estómago y en los costados; se sintió satisfecha al percatarse de un único rasguño, que fue donde le clavaron la armaligna.

Sus dedos recorrieron con cuidado el abdomen del segador y notó cómo se le contrajeron los músculos al sentir su tacto, unos músculos que parecían hechos de acero, aunque estaban cubiertos por una piel suave como la seda.

Viri, que acababa de caer en la cuenta de que Reeve no había respondido a su burla, levantó la vista y observó la expresión que había inundado su rostro; sus manos se detuvieron y se quedó sin aliento. Al notar el rojo tiñendo sus mejillas, se puso seria para decir:

—Esto es solo con fines médicos.

Los ojos de Reeve brillaron como estrellas a la luz del fulgor azul de la caverna.

—Si hubiera sabido que tenías tantas ganas de volver a ponerme las manos encima...

—Como se te ocurra terminar esa frase —le amenazó Viri con las mejillas tan rojas que le ardían—, te tiro al lago para que te coma el monstruo.

—No soy yo el que se ha puesto a arrancarme la ropa sin pensárselo dos veces —dijo en un tono pícaro que no pasó inadvertido—. Si no me equivoco...

—Sí, te equivocas —gruñó—. Ahora cállate y deja que le eche un vistazo a la herida que tienes en la cabeza, porque está claro que ha afectado al cerebro.

Reeve se rio por lo bajo y Viri no solo lo escuchó, sino que lo sintió , ya que sus manos seguían sobre el torso del segador.

Las quitó con brusquedad y trató de esquivar su mirada traviesa cuando se apoyó sobre las rodillas y agarró a Reeve de la cabeza para comprobar cómo estaba el sangriento corte que tenía en la sien.

—¿Cómo es que no estás inconsciente? —murmuró, apartándole el pelo de la herida, que tenía un aspecto espantoso.