24
V iri y Reeve cayeron en picado, y cayeron, y cayeron, a través de la más completa y absoluta oscuridad.
La fuerza del viento hizo que Viri diera vueltas en el aire; Reeve estaba en algún lugar a su izquierda, descendiendo a la misma velocidad vertiginosa, pero no lo sabía porque lo hubiera visto, sino porque lo escuchó gritar su nombre en mitad de la nada.
Y ella quiso gritarle a él, pero tenía un nudo en la garganta que impedía que le saliera la voz; esta vez no era consecuencia de los trucos mentales del espectro, sino del auténtico pánico que la invadió al notar cómo caían a toda velocidad y hacia lo más profundo del subsuelo.
Y entonces la oscuridad se disipó conforme descendían por una caverna; era un espacio amplio e iluminado por un brillante musgo azul que cubría las paredes llenas de rocas y que se reflejaba en la superficie cristalina de un inmenso lago subterráneo.
Viri tuvo apenas un segundo para llenar los pulmones de aire y prepararse para el impacto antes de caer al agua.
Notó todos los músculos entumecidos del cuerpo por la caída y, al segundo, sintió que apenas podía moverse por la paralizante y gélida temperatura del agua.
Nadó hacia la superficie y sacó la cabeza del agua dando una violenta bocanada.
— ¡Reeve! —lo llamó mirando a su alrededor con desesperación—. ¡REEVE!
Escuchó el sonido de un chapoteo a su derecha justo cuando Re eve salió a la superficie tosiendo el agua que había tragado del lago y gritando su nombre.
— ¡VIRI!
—¡Estoy aquí!
Reeve se giró en su dirección y fue nadando hasta ella; el resplandor azul del musgo iluminó sus facciones teñidas de preocupación.
—¿Estás...?
—Estoy b-bien —respondió Viri al instante con los dientes castañeándole mientras se mantenía a flote—. Un p-poco dolorida y h-helada, pero viva. ¿Y t-tú?
—Igual. —Reeve señaló un cúmulo de rocas que descansaban en un estrecho islote a poca distancia de ellos—. Tenemos que salir del agua. Creo que he visto la orilla cuando estábamos cayendo, pero necesito echar un vistazo para ubicarme.
Viri se puso a nadar de inmediato en dirección a las rocas y, para cuando las alcanzó, sintió como si le estuvieran clavando alfileres y agujas en todas las extremidades, por lo que le costó más de la cuenta agarrarse a la resbaladiza piedra y subirse encima.
Gracias a la ayuda de Reeve, consiguió salir del lago, pero no pudo reprimir el temblor que le recorrió todo el cuerpo.
El islote sobre el que estaban de pie era igual de ancho que lo que medían ellos de alto.
—Por todos los Sabios, pareces un cadáver —exclamó Reeve mientras se secaba la cara, aunque era inútil porque tenía el pelo empapado, y observó alarmado cómo Viri temblaba sin parar.
—E-eso es j-justo lo que c-cualquier ch-chica quiere oír —espetó Viri con los labios morados del frío.
Antes de que pudiera impedírselo, Reeve recorrió la poca distancia que los separaba y presionó la palma de la mano contra el pecho de Viri, justo encima de su corazón.
Ella dio un paso hacia atrás y estuvo a punto de resbalarse por las rocas, pero Reeve pasó el otro brazo por su cintura para que no se cayera.
—Tranquila, que no estoy intentando nada raro —dijo, guiñándole un ojo—. Aunque no prometo no hacerlo luego.
Viri tenía tanto frío que ni siquiera podía sonrojarse, aunque pu so los ojos en blanco y trató de volver a apartarse de él.
Sin embargo, Reeve no la soltó, sino que arrugó la frente cuando se concentró en su magia.
—Puede que sientas algo extraño.
Esas fueron sus palabras de advertencia antes de que notara cómo se calentaba la mano del segador y hacía que la magia fluyera a través de ella, partiendo de su pecho y extendiéndose por los brazos y las piernas; el poder de Reeve la descongeló desde dentro hacia fuera.
Viri dejó escapar un leve gemido cuando desapareció hasta el último rastro de frío y los temblores dejaron paso a una sensación de calidez que la invadió de pies a cabeza.
—¿Mejor? —preguntó Reeve, colocándole un mechón mojado detrás de la oreja justo antes de soltarla.
Viri se tragó todo lo que sus amables y atentas acciones le hicieron sentir y se alisó la capa, que seguía empapada.
—¿Tanta magia y no puedes secarme la ropa? Menudo mago todopoderoso...
Reeve dejó escapar una risita.
—De nada, ¿eh? —El chico señaló el lago que los rodeaba—. Todavía tenemos que nadar un poco más. Mi magia tiene un coste, pero puedo secarnos a los dos cuando salgamos de aquí.
Viri se avergonzó por su actitud y se sintió una completa desagradecida.
—¿Qué tipo de coste?
Los labios de Reeve se curvaron hacia arriba y sus ojos la miraron con ternura.
—Uno que merece la pena pagar.
Esta vez no hubo frío que impidiera que a la cazadora se le encendieran las mejillas, pero agradeció que la neblina azul que cubría cada rincón lo disimulara. Se aclaró la garganta y preguntó:
—¿Dónde está la orilla que has visto antes?
Reeve se dio la vuelta con cuidado sobre la base de rocas, escudriñó la caverna con atención y, por fin, señaló un punto que Viri alcanzó a ver.
—Allí está la orilla y parece que hay luz natural un poco más allá, así que podría ser la salida. —Reeve calculó la distancia—. Creo que se puede llegar nadando sin problemas. ¿Te ves capaz de nadar sin convertirte en un cubito de hielo?
Su pregunta tenía un toque de ironía, pero Viri respondió en tono serio cuando notó el pellizco del estómago ante la mera idea de tener que volver a meterse en el gélido lago.
—Sí, puedo hacerlo, siempre y cuando estés dispuesto a volver a calentarme cuando lleguemos a la orilla.
En cuanto las palabras salieron de su boca, supo que había cometido un terrible error, y así se lo confirmó la sonrisa pícara que se dibujó en el rostro de Reeve.
—Yo te calentaré siempre que quieras, Viridia Solace. —Su sonrisa se ensanchó aún más y su voz grave estaba cargada de intenciones y promesas—. Y sin magia, si es necesario.
Viri sintió que le ardían las mejillas, pero se negó a que Reeve se diera cuenta de todo lo que sus palabras le provocaban.
—Créeme, lo único que me interesa de ti es tu magia.
—Vaya, por fin reconoces que estás interesada en mí. Vamos progresando.
—Eso no es lo que quería... —Viri se calló de repente y lo fulminó con la mirada.
—Cuidado. —Le tocó la frente con un dedo—. Dicen que, si los vientos cambian, te quedarás así para siempre.
Ella lo apartó de un manotazo.
—Eres insoportable.
—Si lo que quieres decir es insoportablemente guapo, entonces sí, lo soy. También soy insoportablemente encantador, insoportablemente paciente, insoportablemente leal, insoportablemente...
—Egocéntrico —exclamó Viri interrumpiéndolo.
—Creo que la palabra que buscas es «seguro», y sí, también soy así. Reconócelo: es una de las cosas que más te gustan de mí.
—A mí no me gusta nada de ti.
—Esa mentira no te la crees ni tú. Lo que pasó en la Cumbre es una prueba irrefutable de que te gusta mi...
Le tapó la boca con la mano para que no terminara la frase. Los o jos plateados del segador brillaron con un fulgor etéreo bajo la luz azul y no se esforzó por ocultar que se estaba divirtiendo. Hasta que Viri se dio cuenta de lo que estaba pasando y lo soltó para decirle:
—Estás intentando distraerme.
—¿Con qué intención? —exclamó, ladeando la cabeza.
—Con la de engatusarme porque sabes que no quiero volver a meterme en el agua congelada.
—A lo mejor soy yo quien no quiere meterse en el agua congelada. Solo uno de los dos tiene manos mágicas. —Reeve movió las cejas con aire sugerente y Viri resopló una vez más.
—A no ser que tus manos mágicas puedan invocar una barca o sacar una del bolsillo especial ese, más nos vale terminar con esto de una vez. —Viri se giró sobre la estrecha roca y se preparó para zambullirse en el lago, pero no se atrevió a saltar.
Al ver la indecisión de la cazadora, Reeve le dijo:
—¿Te acuerdas del último verano que pasamos juntos antes de.
..? —Se calló un segundo, hizo una mueca y volvió a ponerse serio—.
Te habías propuesto derrotarnos a Brae y a mí nadando por la desembocadura entre el lago Mirtis y el río Mort.
Nos obligaste a atravesarlo nadando unas cien veces hasta que, por fin, nos ganaste.
Viri sonrió con nostalgia.
—Y, después de eso, os obligué a cruzarlo a nado cien veces más para demostrar que podía seguir ganando.
—Y lo hiciste, todas y cada una de las veces —respondió en tono de orgullo—. Veamos si tienes lo que hay que tener. —Reeve señaló la orilla—. ¿Una carrerita?
Viri hizo como si se lo estuviera pensando, aunque ambos sabían que iba a nadar lo más rápido posible para salir cuanto antes del gélido lago.
—¿Qué consigo si gano?
—Que mis manos mágicas te calienten —respondió sonriéndole de nuevo con aire juguetón.
—¿Y si ganas tú? —exclamó Viri tras dejar escapar una risa de incredulidad.
Sus ojos centellearon cuando repitió:
—Que mis manos mágicas te calienten. Con eso gano yo también.
La chica se mordió la mejilla para reprimir otra sonrisa.
—Antes te esforzabas un poco más para elegir las recompensas.
—Puede que ahora sepa lo que quiero.
Era imposible que Viri no supiera a qué se estaba refiriendo y, por un momento, sintió que se le paró el corazón, pero no tenía tiempo para deleitarse con sus palabras o recordarse a sí misma todo lo que era Reeve: un segador, un monstruo, un asesino.
—¿A la de tres? —dijo Reeve.
Viri asintió y dio las gracias por haber podido ignorar lo que Reeve acababa de decirle, así como los sentimientos contradictorios que despertaba el segador en ella.
—Uno —contó Reeve al inclinarse hacia delante, preparado para saltar.
—Dos —exclamó Viri, imitando el movimiento de Reeve y sufriendo ya por el frío que estaba a punto de pasar.
—Tr...
Reeve no pudo terminar de contar porque algo grande y negro salió del agua y se abalanzó sobre él para, después, hundirlo con violencia en el lago.