Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 23 #3
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Al ver las tres filas de dientes afilados como cuchillas, Viri se abrazó a Reeve.

Por un momento, sintió que se ahogaba a causa de la grotesca imagen, y lo habría hecho si Jessalyn no hubiera estado en plena transformación.

Su capa blanca se convirtió en unos harapos negros que la cubrían de pies a cabeza y que solo dejaban sus manos a la vista, unas manos con unos dedos pálidos y tan largos que las uñas parecían garras.

De pronto, el tono gris enfermizo que adoptó su rostro dejó claro que esa criatura no era Jessalyn.

Aun así, lo peor eran sus ojos, que parecían unos pozos de color escarlata que brillaban bajo la sombría capucha y que hicieron que a Viri se le helaran hasta los huesos.

Reeve maldijo en voz alta y soltó a Viri para desenfundar su espada. Cuando la figura empezó a deslizarse con pasos lentos hacia ellos como si fuera el mismísimo fantasma de la muerte, el segador exclamó:

—Es un espectro.

No era posible; los espectros habían abandonado la isla muchísimos años atrás junto con los magos y las demás criaturas mágicas.

No obstante, Viri no podía negar lo que estaban viendo sus ojos en ese momento.

Mientras buscaba sus dagas a tientas, intentó hacer memoria de todo lo que sabía de los espectros, pero sus conocimientos se limitaban a lo que Wynter le contó cuando le estuvo curando a Reeve el veneno de la armaligna: los espectros atacan al cuerpo, a la mente y al espíritu.

No obstante, Viri acababa de descubrir que también eran unos cambiaformas y sintió una mezcla de asfixia y alivio porque la Jessalyn real no estuviera cerca de la amenazante bestia que tenían delante.

— ¿Estás preparada para enfrentarte a tu destino, Hija de la Muerte?

La voz era la misma que Viri había escuchado susurrando la nana en su oído unos instantes antes, pero, en cuanto miró a Reeve, se percató de que ahora él también la escuchaba.

—Prepárate —le advirtió el chico, empuñando su arma.

Viri hizo lo mismo con sus dagas, ya que sabía que su fílux no le sería de utilidad en una situación así; cualquier criatura capaz de sobrevivir a la nebruma carecía por completo de élixen.

Cuando el espectro se desprendió de la forma de Jessy, Viri se dio cuenta de que ni siquiera tenía un cuerpo físico, aunque, según lo que aprendió del veneno de la armaligna, sí que podía sangrar. O, al menos, esa era la teoría.

Con el corazón retumbando contra su pecho, Viri adoptó una postura defensiva, aunque su parte más ingenua albergaba la esperanza de que el espectro no tuviera la intención de atacarlos.

No tenía ni idea de cuál era su naturaleza; tal vez, si Reeve y ella no lo atacaban, acabaría yéndose por su cuenta.

Sin embargo, todas sus esperanzas se esfumaron en cuanto la bestia dejó de arrastrarse y se lanzó hacia ellos de forma repentina, abriendo las garras a tal velocidad que pareció cortar el aire.

Viri se agachó y Reeve saltó hacia un lado y atacó hacia delante con su espada, pero la hoja pasó a través del espectro como si nada y solo se escuchó el movimiento de los harapos como si los hubiera agitado una brisa.

En tan solo unos segundos, se vieron envueltos por una tenebrosa risa.

— Vas a tener que esforzarte un poco más, Hijo de las Sombras.

Reeve volvió a asestar un golpe con la espada y, esta vez, Viri se levantó para ayudarlo y arrojó una de sus dagas justo a la cabeza encapuchada del espectro.

La daga debería haberse quedado clavada entre sus ojos escarlata, pero, al igual que la espada de Reeve, no hizo más que atravesar el intangible cuerpo de la criatura.

Después de soltar otra risa lúgubre, el espectro alargó la mano y apuntó con uno de sus alargados y afilados dedos hacia el pecho de Viri, que sintió como si acabaran de sacarle todo el aire de los pulmones.

Empezó a jadear y a dar espasmos, pero, por mucho que intentara respirar, no había manera de que le llegara el aire; tenía la garganta cerrada y sentía que se ahogaba, aunque no hubiera nada físico que le impidiera respirar.

Sabía que no era real, que se trataba de un truco mental del espectro, pero no tenía ni idea de cómo defenderse frente a lo que estaba viviendo y el pánico se fue apoderando de ella conforme se llevaba las manos al cuello.

No podía respirar...

No podía respirar...

Hasta que Reeve lanzó una oleada de élixen que hizo que el espectro saliera despedido a través del claro y su grito iracundo resonó a su alrededor mientras se desvanecía entre los árboles más alejados.

A Viri no le preocupó lo más mínimo el escalofriante chillido de la criatura porque, por fin, consiguió recuperar el aliento.

Tosió y balbuceó varias veces, y sus pulmones parecieron gritar del alivio posterior al dolor.

Reeve apareció a su lado en un abrir y cerrar de ojos; parecía tan asustado como lo había estado ella unos segundos antes.

—¿Estás bien? ¿Qué te ha hecho?

—Sí, estoy bien —respondió Viri entre jadeos—. ¿Lo has matado?

El segador negó con la cabeza.

—No se puede matar a un espectro. He conseguido aturdirlo, pero puede volver en cualquier momento. —Reeve le tendió la mano a Viri—. ¿Puedes correr?

Antes de que pudiera responderle, el espectro volvió a aparecer entre los árboles y se apresuró hacia ellos como si fuera una sombra furiosa, con los brazos levantados y los ojos escarlata prometiéndoles venganza.

—¡Vamos! —gritó Viri agarrando la mano de Reeve y corriendo a toda velocidad hacia el bosque. Era bastante complicado correr agarrada al segador, pero no quería arriesgarse a salirse de las protecciones de su talismán cuando llegaron a la zona desprotegida donde la nebruma volvía a cubrirlo todo.

Corrieron sin parar, con el aire golpeándoles la cara conforme se abrían paso a través de árboles y rocas, saltando sobre arroyos y troncos caídos.

El espectro los perseguía de cerca y sus chillidos eran tan agudos que Viri sentía que le estaban clavando puñales en los oídos.

Hubo un momento en el que los gritos se volvieron tan desagradables que empezó a sangrarle la nariz y fue entonces cuando Reeve alargó la mano que tenía libre y le lanzó otra ráfaga de élixen al espectro.

Consiguieron ganar algo de ventaja, pero, a los pocos segundos, la criatura retomó su persecución y fue fundiéndose con la negrura de la niebla y el crepúsculo que se cernía sobre ellos con rapidez.

El espectro parecía estar en todas partes y en ningún sitio a la vez, acechando en cada esquina y pisándoles los talones.

—No... podemos... correr... eternamente —exclamó Viri con la respiración entrecortada mientras seguían huyendo a través del oscuro bosque; los pulmones le ardían y se notaba los músculos sobrecargados.

Era un milagro que ninguno de los dos se hubiera tropezado, como si Mistwood supiera que estaban en un apuro y estuviera intentando ayudarlos.

—Tenemos que llegar al sendal. —Reeve también se estaba quedando sin aliento y tenía la mano de Viri tan apretada que tenía miedo de aplastarle los huesos.

Viri esperaba que Reeve estuviera en lo cierto y que de verdad hubiera un sendal esperándolos un poco más adelante.

Era casi imposible que leyera el mapa mientras corrían a una velocidad vertiginosa, por no hablar de que ya casi era de noche, pero parecía que se estaban acercando al final del camino mágico.

—Ya... casi... hemos... llegado...

La cazadora se calló cuando, tras atravesar un matorral de ramas frondosas, encontraron un pequeño templo abandonado en mitad de un estanque cubierto de nenúfares.

La estructura era muy antigua y estaba hecha de una piedra nacarada que emitía destellos dorados, lo que le daba una aspecto acogedor e imponente al mismo tiempo.

No había ningún sendal a la vista, pero Viri tenía la corazonada de que ese era el lugar al que los había guiado el mapa, de modo que avanzó a grandes zancadas con Reeve, chapoteando en el estanque, y subieron los escalones.

Fue al llegar arriba cuando se dieron cuenta de que ya no escuchaban los gritos del espectro; había dejado de perseguirlos.

— Cuidado con el bosque. Cuidado con la roca.

Cuidado con la bestia. Que afrontó su derrota.

—El desconocido verso que cantó el espectro resonó a su alrededor—.

Cuidado con el lago. Su espacio sagrado.

Cuidado al descender... O jamás serás salvado.

—De pronto, se escuchó una inquietante risa—.

Adiós, Hija de la Muerte e Hijo de las Sombras.

Al contrario que vosotros, yo no me atrevo a pisar donde no soy bienvenido.

Tras esas palabras, el espectro dejó escapar una última y horripilante carcajada y voló de vuelta al bosque para, después, desaparecer entre los árboles.

—Mmmm... —Viri sentía como el corazón le latía a toda fuerza tras la carrera, pero se le había juntado con la escalofriante sensación que le habían provocado las palabras de despedida del espectro.

—Seguro que no son más que juegos mentales —afirmó Reeve, a pesar de que parecía tan intranquilo como Viri. Le apretó la mano con suavidad para tranquilizarla y su tacto la reconfortó más de lo que debería, por lo que le soltó la mano casi de inmediato.

Viri le echó un vistazo rápido al mapa, pero estaba tan oscuro que tuvo que situarse bajo la poca luz del creciente crepúsculo para confirmar que estaban a escasos pasos del final del sendero mágico.

—Debería estar aquí —dijo conforme se guardaba el pergamino y se adentraba en el templo—. Vamos a buscar...

Un repentino y ensordecedor estruendo la interrumpió cuando el suelo que los rodeaba se movió, igual que en el bosque. Sin embargo, esta vez no se transformó, sino que se desprendió y desveló un abismo de oscuridad justo debajo de ellos.

Viri ni siquiera pudo gritar justo antes de que cayeran y las sombras se los tragaran.