23
E stuvieron horas caminando sin parar a través del tupido bosque y sus talismanes los iban protegiendo de la nebruma y la convertían en una simple niebla oscura, a pesar de que fuera una nube mortal y amenazante por la que no podían colarse ni los rayos del sol.
Viri no tardó en olvidarse de que la nebruma estaba ahí, pero fue porque iba distraída por las maravillas que albergaba Mistwood.
Había pasado toda su infancia escuchando historias sobre las rarezas que escondía, sobre cómo los árboles se movían de un sitio a otro, brotaban de la nada o desaparecían como si se los hubiera tragado la tierra.
Había oído hablar de arroyos que cambiaban de dirección a su antojo y de riachuelos que se convertían en torrentes incesantes o que se secaban por completo.
Ni siquiera podía fiarse del suelo, que se transformaba bajo sus pies y pasaba de ser una tierra firme a musgo resbaladizo o barro que llegaba hasta las rodillas; y todo eso con solo dar unos pasos.
Aunque hubiera escuchado toda clase de habladurías sobre el bosque, era muy distinto estar viéndolo con sus propios ojos y se dejó cautivar por la magia salvaje que los rodeaba; incluso se olvidó del hormigueo que recorría todo su cuerpo a causa del élixen que casi se respiraba en el ambiente.
Sin embargo, Viri sabía que el cosquilleo de su piel no se debía solo al élixen.
Hubo un momento en el que, de repente, apareció un arbusto repleto de espinas alrededor de ellos y, aunque tuvieron cuidado al intentar escapar de sus ramas, fue inevitable que acabaran llenos de cortes y arañazos.
Después, la mullida tierra se transformó en un montón de rocas sueltas y afiladas como dagas que eran imposibles de atravesar sin caerse, y Viri acabó con las manos y las rodillas tan raspadas que tuvo que untarse la pomada curativa de Wynter.
Más adelante, brotaron de la nada unas ramas que los golpearon con fuerza; unas enredaderas se enroscaron en sus tobillos y se tropezaron contra otro montón de rocas duras; unas ortigas se quedaron pegadas a su piel y les provocó una quemazón incesante.
Mistwood era despiadado y su magia era tan original como cruel.
Y, aun así, a pesar de todos los males que les provocó, Viri seguía asombrada con el poder del bosque.
Y con su belleza: colores llamativos que se veían incluso tras la nebruma, aguas cristalinas y una brisa fresca y agradable.
Era como ir abriéndose paso por un cuento de hadas y, con cada paso, descubría un nuevo deleite para la vista.
Más o menos a mitad de la tarde, llegaron a una parte del bosque que daba a un pequeño claro en el que destacaban unas flores silvestres y la ausencia de nebruma.
Viri había empezado a darse cuenta de que la niebla iba y venía, como las mareas; en algunas ocasiones, la neblina era tan concentrada que apenas se podía ver qué había más allá y, otras, no había ni rastro de ella.
Aun así, incluso en los momentos de más claridad, Viri no bajaba la guardia y no se alejaba de Reeve ni de la protección de su anillo, ya que sabía que la nebruma podía volver en cualquier momento.
—Vamos a descansar un poco —dijo Reeve señalando con la cabeza un tronco caído que había junto al pintoresco claro—. No creo que pase nada por parar unos minutos.
Sin embargo, Viri sabía que sí que podía pasar, aunque no pensó solo en Braedan, sino en Jessalyn y el resto de los niños desaparecidos.
Pero estaba cansada, le dolían los pies y notaba todas las partes de su cuerpo resentidas después de haberse tropezado y caído más veces de las que podía contar por los cambios repentinos y bruscos del bosque; si era sincera consigo misma, agradecía tomarse un breve respiro.
Le hubiera gustado encontrar por sorpresa un arroyo para quitarse todo el barro y la suciedad del bosque, pero parecía que el hermoso claro no tenía intención alguna de cambiar.
—Ojalá nos hubiéramos acordado de traer algo de comida —exclamó Viri, sentándose en un tronco y dejando escapar un suspiro de alivio.
—Y hemos traído —respondió Reeve, dejándose caer junto a ella. Levantó el brazo y, en un abrir y cerrar de ojos, apareció entre sus manos una bolsa de papel. Se la tendió a Viri y, un segundo después, sacó una segunda bolsa que se quedó para él—. Jonas me los dio cuando nos trajo el desayuno. Come.
Viri miró las bolsas boquiabierta y, después, a Reeve.
—¿Qué...? ¿Cómo...? ¿ Dónde ...?
—Es un bolsillo mágico —explicó Reeve, que entendía el asombro de Viri, aunque no le hubieran salido las palabras—.
Es como una especie de almacén intangible, como un sitio en el que puedes guardar cosas, pero no hace falta que las lleves contigo.
—Sacó un rollito de semillas de su bolsa de papel y le dio un bocado, ignorando lo atónita que seguía Viri después de su despreocupada demostración de magia.
Aunque seguía un poco aturdida, Viri sacó su rollito y vio que chorreaba mermelada de fresa; era una elección un poco extraña, pero le rugía tanto el estómago que no estaba para ponerse exquisita.
Ambos comieron en silencio y bebieron de las cantimploras que venían con la comida.
Viri estuvo todo el tiempo intentando mantener la calma mientras su mente la presionaba y saltaba una y otra vez de su hermano a Jessalyn y a los cometas; y lo consiguió, porque sabía que sucumbir a sus miedos no le traería nada bueno.
Cuando terminaron de comer, y en el caso de Viri, de lamerse la mermelada de los dedos pegajosos, Reeve lo hizo desaparecer todo al meterlo en el bolsillo mágico y, después, empezó a sacar más cosas.
—Quería darte esto antes. —Le tendió a Viri una daga que le resultaba familiar; era con la que había apuñalado a la segadora la noche anterior—. Ardin tuvo que volver al callejón para encargarse de los cuerpos después de dejar a los niños en sus casas. Pensó que te gustaría recuperarla.
—La había dado por perdida —exclamó en tono de sorpresa mientras se guardaba la daga en la bota. Las otras dos las llevaba bien enfundadas en el cinturón.
—Se pasó por el apartamento de Jonas cuando estábamos durmiendo —explicó Reeve conforme iba sacando más armas del bolsillo mágico: su espada negra, que se colocó en la espalda, y un juego de dagas que se ató a la cintura—.
Jonas dijo que Ardin quería que supiéramos que Sage, Soren y él habían encontrado el rastro de Jessalyn y que, con suerte, no tardarían en dar con ella y con los otros tres niños.
Y supongo que eso los guiará hasta donde estén todos los demás.
Viri sintió un alivio enorme ante de la idea de que Soren pudiera encontrar a su hermana pronto y, tal vez, al resto de los niños. La vorágine de sentimientos que la invadió hizo que le temblara la voz.
—Son buenas noticias.
—Al parecer eligió unas palabras bastante peculiares para hablar de Soren —añadió Reeve en tono divertido—. Jonas no supo decirme si Ardin lo odia o ya está medio enamorado de él.
A Viri se le escapó una sonrisa.
—Sor tiene su propio encanto. Parece que ni los segadores se le resisten.
—Pobre Ardin —exclamó Reeve riéndose.
—¿Cuál es su historia? —preguntó al ponerse de pie y sacudirse la tierra y las ramitas de la ropa—.
Y la de Sage y Jonas. —Estaba dispuesta a aprender todo lo que pudiera sobre los segadores con los que, por suerte o por desgracia, había acabado aliándose—.
¿Os conocéis desde hace mucho? ¿Qué pasó para que decidieran dejar de extraer élixen de los niños y hacerlo entre ellos?
—¿Wynter te habló de eso?
—Sí —afirmó Viri—. También me dijo que le caes de maravilla. No creo que su opinión sea del todo válida, pero tenías razón: nunca llegó a tener su ceremonia de concesión, así que esa es la menor de sus preocupaciones.
Reeve volvió a reírse y se levantó del tronco. Viri iba siguiendo el mapa y Reeve fue tras ella, por lo que ambos volvieron a caminar entre flores silvestres y la nebruma que cubría los árboles.
—Para poder contestarte bien, primero tengo que explicarte por qué se convirtieron en segadores y, sintiéndolo mucho, creo que eso no me corresponde a mí.
Pero sí que puedo contarte que tuvieron ciertos remordimientos después de hacerlo y, como no lo soportaban, decidieron hacer las cosas de otra manera.
Viri lo miró mientras sus pies chapoteaban sobre un arroyo fangoso que acababa de aparecer ante ellos.
—¿Por eso dejaste de extraer élixen? ¿Por los remordimientos?
—Mi caso es distinto —respondió Reeve esquivando su pregunta—.
La primera vez que extraje élixen no sentí esa necesidad de volver a hacerlo, que es lo que suele ocurrirles a los demás segadores.
Una vez que lo prueban, no son capaces de vencer su sed de élixen y sus cuerpos empiezan a depender de recibir una dosis con cierta regularidad.
Sin embargo, si practican, no tienen por qué volver a extraer élixen directamente de la «fuente», por así decirlo.
—Con «fuente» te refieres a los niños.
—En su mayoría —contestó, esquivando el arroyo y andando sobre las piedrecitas de la ribera.
—¿En su mayoría? —repitió Viri.
—Como bien sabes, los segadores también pueden extraer élixen de los adultos.
Viri borró la imagen que se le vino a la mente de sus padres muertos.
—Pero, aun así, no suponen una tentación, porque los adultos no tienen bastante élixen como para que les merezca la pena tomarse tantas molestias.