Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 22 #2
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Sintió un escalofrío al verlo de lejos cuando se le vino a la mente la última vez que había estado tan cerca de la afilada piedra de obsidiana que superaba en altura a cualquier otro edificio de la ciudad.

Aunque hubieran pasado siete años, el recuerdo de la tragedia que aconteció el día de su ceremonia de concesión seguía tan reciente que se le hizo un nudo en la garganta y tuvo que apartar la mirada d e inmediato.

—Por aquí —dijo Viri con voz ronca, eludiendo la mirada de Reeve cuando se encaminó hacia el oeste, en dirección a la necrópolis. Sacó el mapa para asegurarse de que el sendero mágico empezaba en la linde más alejada del antiguo cementerio.

Reeve, que iba andando junto a ella, apartó la mirada y clavó los ojos en el sombrío obelisco.

—¿Quieres hablar de...? —preguntó Reeve titubeante.

—No —respondió en tono cortante. El segador era la última persona con la que quería hablar de lo que pasó aquel día.

Este no le insistió; parecía que tampoco estaba por la labor de sacar el tema, aunque a Viri no le sorprendió teniendo en cuenta las decisiones que había tomado tras la muerte de sus padres.

Viri sintió cómo, de pronto, el dolor y la rabia brotaron en su interior.

Casi podía saborearlos, como si le hubieran dejado un regusto amargo y metálico.

No soportó mirar a Reeve cuando atravesaron las columnas de la entrada a la necrópolis; necesitaba espacio, necesitaba distanciarse de él , y odiaba que ninguna de esas opciones fuera factible hasta que detuvieran a su hermano y sus caminos volvieran a separarse.

La cazadora enterró las uñas en las palmas de sus manos y el escozor le ayudó a volver en sí y a dejar las emociones y los recuerdos a un lado.

Cuando por fin venció la necesidad de arremeter contra Reeve, se permitió mirar a su alrededor; sus botas crujieron sobre las rocas y la tierra conforme avanzaban a toda prisa a través de la necrópolis, que estaba sumida en un inquietante silencio.

Había pasado más de diez años desde la última vez que Viri estuvo allí, pero todo cuanto la rodeaba seguía haciendo que se le erizara la piel.

El sol apenas se abría paso entre las tortuosas copas de los árboles, que creaban sombras que a menudo se confundían con espíritus errantes.

Ese lugar, que antes se conocía como la Ciudad de las Tumbas, era un vasto cementerio que albergaba toda clase de panteones, criptas y catacumbas, tanto por encima como por debajo de la tierra, y todo estaba tallado con una inmaculada piedra blanca.

Algunas de las estructuras eran tan antiguas que ahora se habían convertido en monumentos derruidos, algunos tan grandes como una casa y otros formados por pequeñas lápidas que incluso se podían saltar.

En el corazón del camposanto se encontraba una imponente catedral sobre una loma cubierta de hierba por la que, según decían, vagaban los fantasmas de los magos ancestrales.

A Viri no le daban miedo los fantasmas, pero, aun así, no pudo evitar que un escalofrío le atravesara la columna cuando pasaron junto a las puertas oxidadas al pie de la colina baja; la catedral blanca y su imponente pináculo que se elevaban hacia el cielo hacían que parecieran sacados de una pesadilla.

De hecho, casi juraría haber escuchado gritos que venían del interior, como si los lamentos de los difuntos magos ancestrales se colaran por las puertas, instándoles a que entraran.

Viri seguía con los vellos de punta, pero apretó los dientes para frenar el miedo que la invadió y se repitió a sí misma que lo más probable era que se tratara de una combinación del crujido de las ramas, el silbido del viento y el espeluznante ambiente en el que se sumía la necrópolis.

—Odio este sitio —murmuró Reeve, que reprimió un escalofrío cuando observaron la aterradora catedral—.

Mi padre me contaba que ahí dentro enterraban vivas a las personas; la llamaba la tumba blanca.

Y decía que todo aquel que se atrevía a cruzar sus puertas, jamás salía.

—En sus labios se dibujó una sonrisa de melancolía—.

Estoy seguro de que solo quería asustarme para que no me diera por explorar, porque era muy supersticioso y pensaría que podría molestar a los muertos o acabar maldito o algo similar.

A Viri le pilló por sorpresa que Reeve hablara de su padre, ya que apenas lo había mencionado cuando se conocieron de niños.

—Los padres les cuentan a sus hijos toda clase de historias para que no les dé por deambular por cualquier sitio —dijo Viri—.

Y no solo por guardarles respeto a los muertos, sino porque este lugar está muy pegado a Mistwood.

—Señaló los árboles que los rodeaban, que iban multiplicándose conforme se acercaban al final de la necrópolis; ahí terminaba la protección de las tutelas del obelisco del sur—.

Con solo poner un pie en la nebruma, estás acabado.

Y no hay nada que pueda salvarte si te expones a ella.

—Nada, salvo una magalía —exclamó Reeve con ironía tras recordarle la leyenda del Guardián y su supuesto antepasado que había revivido después de morir.

—Sigo sin terminar de creerme que eso pudiera pasar —contestó, rodeando una escalera medio derrumbada que llevaba a una cripta situada bajo tierra.

Reeve se encogió de hombros, pero el gesto pareció un poco forzado.

—Podremos preguntárselo más pronto que tarde.

La idea ya le parecía bastante surrealista de por sí, pero provocó que Viri sacara el mapa otra vez tras rebasar los últimos mausoleos blancos y acercarse a un conjunto de puertas oxidadas de hierro parecidas a las que había en la catedral; una delgada barrera que separaba la necrópolis del mortífero bosque que había más allá.

—Dijiste que el mapa nos mostraría el camino más rápido para llegar al Guardián.

—Viri se detuvo un instante para examinar la cambiante línea y la siguió con el dedo hasta llegar al castillo Nevarnost—.

Pero, aun así, me da la sensación de que tardaremos días en llegar.

Con la ventaja que nos saca Braedan, es imposible que. ..

—Tengo una teoría —la interrumpió Reeve antes de que empezara a divagar sobre el poco tiempo que les quedaba—. Aunque, si te digo la verdad, no podemos comprobarlo hasta que estemos ya en Mistwood.

—¿A qué te refieres?

Sin darle una respuesta, abrió las envejecidas puertas y le hizo un gesto a Viri para que se adentrara primero entre los abundantes árboles del bosque. No había señales de la nebruma, pero ella sabía que no quedaría muy lejos después de haber dejado atrás la protección de las tutelas.

—Tú primero —exclamó Viri antes de que sus ojos observaran con recelo su anillo de ónix. Se negaba a reconocer lo nerviosa que se sentía por estar a punto de confiar ciegamente en la magia ancestral para garantizar su seguridad.

Al percatarse de la actitud de Viri, Reeve no le insistió.

—No te separes de mí —ordenó, andando hacia la puerta—. Tu talismán ha estado mucho tiempo sin usarse y puede que la magia se haya debilitado después de tantos años.

Viri sintió como si se le hubiera parado el corazón.

—¿Y si es así?

—Los tres cazadores de la leyenda llevaban un único talismán, así que supongo que, mientras no te salgas de mi rango de protección… —Reeve tocó su anillo con runas plateadas—. No te pasará nada.

—¿Y hasta dónde abarca ese rango? —preguntó, siguiendo al segador y penetrando en el bosque.

—Mejor no averiguarlo —respondió sin rodeos.

Viri se estremeció y se pegó tanto a Reeve que sus brazos se rozaban conforme iban avanzando; no quería arriesgarse a separarse de él y que le pasara algo. Entonces la cazadora señaló el mapa que llevaba doblado en la mano.

—Vale, ya estamos en Mistwood. ¿Cuál es tu teoría?

Los ojos de Reeve se clavaron en el camino que seguía hacia delante.

—Aún no nos hemos adentrado lo suficiente, pero nos queda poco.

Viri siguió la trayectoria de su mirada y respiró con brusquedad al observar el tenebroso vapor que acababa de aparecer de la nada y que sumía el bosque en una nube negra que se colaba entre los árboles y que flotaba ligeramente por las copas de estos.

Todos los nervios de su cuerpo y su instinto de supervivencia la empujaban a retroceder hasta volver a estar bajo la protección de las tutelas, pero se contuvo y siguió pegada a Reeve.

Estaban a escasos metros de la letal nebruma.

Cuando solo le quedaban unos pasos, no pudo evitar agarrar la mano del chico y apretársela hasta casi dejársela magullada.

—Reeve, te juro que como te equivoques con lo de los talismanes... —La angustia que invadió a Viri impidió que terminara la frase.

Reeve la miró de reojo con aire divertido.

—Pensaba que ya no había problemas de confianza entre nosotros después de que te tiraras encima de mí.

—Yo no me tiré encima de... —respondió indignada.

—A ver, tampoco me sorprendió —siguió diciendo Reeve—. Lo primero que hiciste cuando me viste en la Críptula la semana pasada fue desnudarme con la mirada...

Viri sintió que le ardía la cara.

—Yo no ...

—… y es más que evidente que has estado pensando en mí sin parar desde entonces...

—Te puedo asegurar que yo no...

—… así que solo era cuestión de tiempo que te dejaras llevar por tus ardientes deseos. —Reeve le guiñó un ojo—. No es una queja, ¿eh? De hecho, por mí, repetimos cuando quieras.

Viri no podía creer lo que estaba escuchando.

—Yo... Tú... —Se quedó callada cuando, de pronto, observó lo que había a su alrededor; estaban atravesando la neblina y ni siquiera se había dado cuenta.

La nebruma flotaba sobre ellos y, aun así, estaban a salvo, protegidos por una especie de escudo invisible que los hacía parecer como si fueran andando dentro de una burbuja.

Se giró despacio hacia Reeve y se encontró con la sonrisa de satisfacción que acababan de dibujar sus labios.

—De nada —respondió el segador sin más.