Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 21 #4
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—Wynter dice que la medicina cada vez es más avanzada, así que no quería arriesgarme a que Muriel hubiera recuperado parte de su visión por algún tratamiento novedoso.

—Viri reconoció en su interior que la excusa era patética, de modo que siguió hablando y agitó una mano con aire despreocupado—: Además, yo creo que eso no se parece en nada a un beso.

Hemos hecho lo que teníamos que hacer y no volveremos a hablar de ello porque, evidentemente, a ninguno nos ha gustado.

—Evidentemente —repitió Reeve con tono burlón—. Porque yo soy un segador y tú eres una cazadora, y lo único que hay y habrá entre nosotros es odio.

Viri asintió con decisión.

—Exacto.

Reeve sonrió y sus ojos plateados brillaron con picardía cuando dio otro paso hacia Viri. No llegó a rozarla, pero estaba tan cerca que la obligó a apoyarse contra la estantería para separarse de él.

—Aunque hay un problema... —murmuró Reeve en tono seductor, inclinando su rostro hacia ella hasta que su boca quedó a un suspiro—. A mí sí me ha gustado.

Viri se quedó callada al escuchar su confesión, pero Reeve no había terminado; se acercó aún más y, cuando sus labios susurraron contra los de ella, sintió cómo un traicionero escalofrío le atravesó toda la espalda.

—Miéntete a ti misma si quieres, sombrita, pero ambos sabemos que, la próxima vez que me pidas que te bese, será porque lo deseas tanto como yo.

Se bloqueó cuando un hormigueo la recorrió de arriba abajo, por lo que le fue casi imposible reunir el autocontrol que necesitaba para no inclinarse hacia Reeve y estampar sus labios contra los del segador. A pesar de lo que sentía, consiguió arreglárselas para decir:

—Eso nunca pasará.

—Ya veremos —respondió él tras soltar una carcajada aún pegado a sus labios.

Reeve le sostuvo la mirada mientras su boca se curvaba en una sonrisa cómplice hasta que se apartó de ella de forma repentina. Viri perdió el equilibrio y se tambaleó hacia delante, pero se agarró a tiempo para no caerse.

—No tenemos mucho tiempo —dijo Reeve con seriedad mientras se alisaba las mangas, como si no acabaran de compartir un momento de lo más íntimo—.

Hay que darse prisa y encontrar lo que buscamos antes de que nos pillen de verdad.

—Miró a su alrededor, frunció el ceño y, después, escudriñó a Viri con la mirada—.

La magia que sientes... Esa sensibilidad desarrollada que tienes. .., ¿dirías que es fuerte?

Viri todavía estaba recuperando el equilibrio, y el aliento, después de lo que acababa de ocurrir entre ellos, tanto a nivel físico como verbal, pero logró negar con la cabeza y le respondió:

—No tengo nada con lo que compararlo, pero sé que no es normal.

—¿Te pasa solo con las tutelas?

—No, me pasa con todo lo que tenga élixen, pero sí que es cierto que las tutelas me afectan más.

Reeve la miró con más atención y dijo en un tono un tanto extraño:

—Tiene sentido. —Reeve se desprendió de sus pensamientos y volvió a centrarse en Viri—. Tengo una idea: si el mapa y el talismán siguen dentro del cofre protegido con tutelas y están escondidos en esta sala, deberías poder sentir su presencia y localizarlos.

—No puedo sentir nada —se quejó.

—Eso es porque todavía no te he contado cómo puedes hacerlo —contestó—. Cierra los ojos y confía en mí.

—No confío en...

—Sí confías. Ahora cállate y cierra los ojos.

Lo fulminó con la mirada.

—No me mandes a callar.

—Pues no me digas que no confías en mí después de haberme metido la lengua hasta la campanilla.

Viri sintió que le ardían las mejillas.

—Pensaba que habíamos acordado no volver a hablar de eso —bufó la cazadora.

—Yo no he acordado nada —exclamó Reeve—. Ahora cierra los ojos y concéntrate, a no ser que quieras que la magistrada nos encuentre. Algo que, por cierto, podría pasar en cualquier momento teniendo en cuenta el tiempo que llevamos aquí.

Viri no quería que Reeve se saliera con la suya, aunque fuera por principios, pero tenía razón al decir que ya iban muy a contrarreloj. Lo miró con cara de pocos amigos, cerró los ojos y exclamó en un tono escéptico:

—Ahora, ¿qué?

Las palabras que le dedicó Reeve pillaron a Viri desprevenida.

—¿Recuerdas cuando éramos niños y tú, Brae y yo salíamos a la superficie los días despejados y cálidos para hundir los pies en la orilla del lago Mirtis?

—Reeve, ¿qué...? —murmuró con el estómago encogido.

—¿Te acuerdas o no?

—Claro que sí —respondió Viri, que seguía con los ojos cerrados y apretados—. Pero ¿qué tiene eso que ver con...?

—Cuando llegaba la primavera, había unas flores mágicas que crecían junto al lago, esas que eran moradas con el centro de color amarillo —la interrumpió—.

Estabas obsesionada con esas flores y, cada vez que íbamos, agarrabas un puñado y nos obligabas a Brae y a mí a ponernos las coronas, los collares y las pulseras que hacías con ellas hasta que acabábamos cubiertos de savia pegajosa que se secaba en nuestra ropa como si fueran mocos.

En el rostro de Viri se dibujó una sonrisa agridulce.

—Maganolias. Y me siguen encantando.

—Quiero que pienses en ellas y que las visualices en tu mente —le ordenó en un tono calmado—.

Piensa en cómo se cerraban por la noche, en cómo retraían sus pétalos para protegerse del exterior.

Y, ahora, piensa en tu sensibilidad a la magia, en cómo la frenas para protegerte de lo que te hace sentir. ¿Ves el parecido?

Viri tragó saliva y asintió. No estaba reprimiendo la magia a posta, porque tampoco sabía cómo, pero sí que la había enterrado y trataba de ignorarla todo lo que podía cuando estaba rodeada de objetos mágicos o en zonas a rebosar de élixen, como las salas protegidas con tutelas o los ascensores.

—Muy bien —siguió Reeve—. Ahora vuelve a pensar en las maganolias, pero, esta vez, visualízalas al amanecer, cuando desplegaban los pétalos de uno en uno y se abrían para darle la bienvenida a un nuevo día.

Eso es lo que quiero que hagas: quiero que te imagines a ti misma abriéndote poco a poco, como una maganolia bajo los primeros rayos de sol, que expandas tus sentidos hacia afuera, que dejes ir cualquier miedo que tengas y que solo te quedes con la sensación del espacio que te rodea.

No intentes centrarte en nada en particular; déjate llevar y trata de ver si hay algo llamándote.

Su voz era tan sosegada e hipnótica que fue haciendo lo que le decía sin pensar.

Fue liberando cada atadura con la que, por puro instinto, hubiera limitado su desarrollada sensibilidad y dejó que fluyera y saliera sin límites, como si un río acabara de romper un muro de contención.

Ahogó un grito al percibir una sensación de liberación y, al segundo, se angustió por lo poderoso e incontrolable que era todo lo que había en su interior.

Sin embargo, no luchó por contenerlo, si no que siguió buscando y buscando hasta que lo encontró: el cosquilleo propio de una tutela cargada de élixen que había cerca, leve pero inconfundible.

Viri abrió los ojos de repente.

—El cofre —jadeó mientras reprimía la oleada de consciencia hasta que volvía a dejarla enterrada en su interior—. Está dos filas por encima de nosotros, a la izquierda.

Reeve le dedicó una sonrisa cargada de orgullo.

—Sabía que podías hacerlo.

Aunque no tenía mucho sentido, se sintió avergonzada y no le respondió, sino que fue directa hacia donde creía que estaba el cofre esperándolos; y se encontraba justo donde había dicho, oculto a mitad del estante.

La magia del linaje de su familia que protegía el antiguo cofre hizo que sintiera otro hormigueo de élixen que fue yendo a más conforme Viri se acercaba.

Pero, al instante, se suavizó, como si la magia la hubiera reconocido.

Como era de esperar, en cuanto Viri tocó el cierre del cofre, este se abrió sin problemas y dejó al descubierto los dos objetos que albergaba: un anillo de ónix que le resultaba bastante familiar y un trozo de pergamino en blanco que cobró vida en cuanto Viri lo tocó.

De pronto, empezaron a aparecer líneas que se extendían desde el centro hasta formar un mapa que abarcaba todo el territorio de Isla Elverdine.

Entonces se fijaron en una de las localizaciones, castillo Nevarnost, en la esquina superior izquierda.

—Lo hemos encontrado. —Viri suspiró y se giró hacia Reeve sin poder contener la amplia sonrisa de incredulidad que acababa de dibujarse en su cara.

—Te dije que existía —respondió con aire de superioridad mientras observaba una línea que salía de Aravell; una línea que se movió en sus narices, pero que siempre partía del sur de la ciudad, donde la necrópolis daba paso al bosque Mistwood.

Reeve señaló el lugar con el dedo—. Ese es nuestro punto de partida.

En su interior, Viri sentía que estaba dando volteretas por lo que tendrían que hacer a continuación: deambular por el mortífero bosque hasta llegar al Guardián antes de que lo hiciera su hermano.

No obstante, dejó a un lado sus inquietudes y se guardó el mapa en la capa mientras veía cómo Reeve agarraba el anillo y se lo tendía.

—Un talismán para la nebruma, tal y como esperábamos —espetó el segador.

Al ver el anillo en la palma de Reeve, Viri se dio cuenta de por qué le resultaba tan familiar: era idéntico al que llevaba él puesto en su dedo corazón, hasta con las runas plateadas que tenía grabadas.

Viri entrecerró los ojos para observar con más detenimiento los dos anillos negros.

Justo cuando estaba a punto de pedirle una explicación, Reeve se le adelantó:

—Los magos ancestrales dejaron una colección de talismanes, ¿recuerdas?

Pues este forma parte de esa colección .

—Levantó el dedo corazón y lo movió con aire burlón—.

Te dije que lo más probable era que Braedan hubiera localizado alguno de los otros.

.. Bueno, digamos que mi confianza no era infundada. Mejor lo dejamos ahí.

Viri fulminó a Reeve aún más con la mirada al saber que, durante todo este tiempo, el segador había llevado puesto su propio talismán para protegerse de la nebruma, lo que significaba que lo más probable era que hubiera estado con Braedan cuando les entregaron los anillos a ambos.

—¿Cómo...? ¿ Dónde ...?

—No hay tiempo para preguntas —exclamó Reeve, colocándole el otro anillo en el dedo—. Toma. Así tú también estarás protegida de la nebruma.

—Pero...

—Tic-tac, tic-tac. Ya es la hora —la interrumpió con tono cantarín—. Mejor dejamos las preguntas para luego, ¿te parece?

Viri tuvo que morderse la lengua para no seguir discutiendo y se dijo a sí misma que podría preguntarle cómo, dónde y por qué tenía un anillo cuando ya hubieran conseguido salir sanos y salvos de la Cumbre.

—Lo que tú digas —gruñó, andando a grandes zancadas en dirección a la puerta del almacén—. Salgamos de aquí.

Sin embargo, en cuanto Viri volvió a poner un pie en el despacho de Sarielle, se detuvo de forma repentina.

Porque se encontraron con alguien en mitad de la sala, vestida con un traje pantalón blanco y mirándolos boquiabierta y desconcertada.

Era la magistrada.