Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 21 #3
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A Viri se le heló la sangre al darse cuenta de que estaban a punto de descubrirlos.

No solo habían fracasado a la hora de encontrar el mapa y el talismán, sino que iban a encerrarlos en la Críptula solo por intentarlo y, además, Braedan tendría libertad total para encontrar al Guardián y llevar a cabo el sacrificio del cometa Aurora.

No podían haber hecho todo eso para nada. No...

Tap-clac, tap-clac.

Los pasos cada vez se escuchaban más cerca, pero a Viri le pareció reconocer el extraño ritmo con el que avanzaban.

Cuando le vino el recuerdo, apartó la mano de Reeve y miró con cuidado a sus espaldas, desde la esquina de la fila en la que estaban.

Lo único que vio fue la sombra de una persona que iba cojeando despacio hacia ellos, pero su silueta bastó para que supiera quién era y se le ocurriera una idea desperada, pero que podía ser eficaz.

Se plantó delante de Reeve y le susurró:

—Bésame.

Por primera vez desde que lo conocía, tanto en su reencuentro como en el pasado, la miró boquiabierto y balbuceó:

—¿Perdón?

No había tiempo para explicaciones y Viri no quería malgastar los pocos segundos que les quedaban en responderle a Reeve, de modo que agarró el cuello de su camisa con las manos y lo acercó hacia ella. Después, se puso de puntillas y lo atrajo más aún hacia su cuerpo.

—Viri, ¿qué...?

Lo calló estampando sus labios contra los del segador mientras notaba cómo el corazón martilleaba en su pecho y rezaba para que su plan funcionara.

Sin embargo, sus fuertes latidos se debían a un motivo muy distinto.

No pretendía que el beso se alargara en exceso, solo lo bastante como para que los pillaran en los brazos del otro; también intentó que fuera distante, poco más que un escueto pico.

Lo que no tuvo en cuenta fue la lentitud con la que cojeaba quien acababa de entrar en el almacén ni lo agradable que era sentir los labios de Reeve contra los suyos.

Era como un sólido muro que se había congelado ante la sorpresa.

Pero, de pronto, dejó de serlo.

En tan solo un segundo, Viri perdió el control del beso cuando sintió el brazo de Reeve envolviendo su cintura para acercarla más aún a su cuerpo; la otra mano acarició su mejilla e inclinó su cara hacia un lado mientras deslizaba la lengua por la comisura de sus labios.

Viri jadeó contra su boca y Reeve la besó con más intensidad y lo llevó más allá de lo que ella pretendía, y de lo que imaginaba .

La cazadora no pudo reprimir el gemido que salió de sus labios y Reeve dejó escapar otro que retumbó en su pecho bajo los temblorosos dedos de Viri.

El chico dejó la delicadeza a un lado y la agarró con voracidad y ansia, y Viri sintió que le flaqueaban las piernas al notar su lengua devorándola.

Fue un beso que pedía, que daba, que exigía y que se rendía.

Cada caricia avivaba las llamas que ardían en su interior y el calor se extendió por todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo, c omo si fuera un reguero de pólvora que, en cualquier momento, podía estallar.

Cuando se le escapó otro gemido, los brazos de Reeve la acercaron hasta que ya no quedó espacio entre ellos, mientras que las manos de Viri subieron hasta enredarse en su pelo negro como la noche y lo atrajo aún más hacia ella.

Más. Necesitaba más ...

—¡Dios mío!

Viri pegó un salto y se golpeó con la estantería que tenía detrás con tanta fuerza que hizo que una caja repleta de archivos sin encuadernar se desparramara en el suelo.

Observó a Reeve un segundo y se fijó en su pelo revuelto y en la cara de aturdido que tenía, aunque sabía que ella tendría el mismo aspecto.

Después, aunque las piernas seguían temblándole, se giró hacia la encorvada mujer que estaba en el pasillo, justo delante de ellos.

—¿Eres tú, Viridia Solace? —preguntó la anciana entrecerrando los ojos tras unas gruesas gafas, aunque Viri sabía que no la ayudaban a ver mejor—. Veo tu capa carmesí, así que no intentes engañarme.

—Jueza Muriel. —A Viri le tembló la voz y, sin tener que fingirlo, sus palabras sonaron roncas y entrecortadas. Era incapaz de hilar un pensamiento con otro y todavía sentía el fuego ardiendo en su cuerpo, pero se recompuso lo suficiente como para añadir—: Esto... Eh... Creía que estábamos solos.

—Pues creías mal, jovencita —le respondió Muriel en un tono severo, aunque a Viri le pareció entrever un destello de picardía en sus ojos casi ciegos—. Esta es la segunda vez que te pillo en una situación comprometida. Cualquiera pensaría que es más un hábito que una casualidad.

—Solo estábamos... Mmmm... Estábamos archivando unos documentos —exclamó Viri conforme se agachaba para buscar a tientas los papeles que se habían caído. Pensaba que lo había hecho adrede, pero sus dedos temblorosos indicaban lo contrario.

—¿Archivando documentos? —Muriel levantó una de sus espesas y canosas cejas y el gesto hizo que las arrugas de su frente oscura se marcaran más de lo habitual—. ¿Esa es la excusa que ponéis los jóvenes ahora?

Viri, que seguía sin saber si estaba fingiendo o no, sintió que el calor se agolpó en sus mejillas cuando se levantó con los papeles en la mano. Se obligó a sonar agobiada, aunque no tuvo que esforzarse mucho cuando le suplicó a la anciana:

—Por favor, no le diga a Sarielle que nos ha visto aquí. Creo que no me lo perdonaría.

Muriel resopló con fuerza, ofendida.

—Aunque sea jueza, no soy una chivata. Y, como ya te dije una vez, yo también he tenido tu edad y, en su día, disfruté mucho «archivando documentos» como tú. Eso sí, antes lo llamábamos de otra forma.

Que los Sabios me maten . Viri quería que la tierra se la tragara, aunque el sentimiento fue a peor cuando se percató de que Muriel guiñó un ojo hacia donde se encontraba Reeve, aunque su desenfocada mirada apuntaba un poco más allá de su oreja.

—Soren, querido, me alegro de verte y saber que estás cuidando bien a tu chica.

Reeve se atragantó al escuchar la confusión de la anciana, pero acabó maldiciendo por lo bajo cuando Viri le pisó con todas sus fuerzas.

—¿Cómo dices? —preguntó Muriel, llevándose una mano al oído para escucharlo mejor.

—Dice que lo hace encantado —respondió Viri por él. Aunque la vista de la mujer no era su sentido más desarrollado, conocía demasiado bien la voz de Soren como para darse cuenta de que ese no era él. Si Reeve hablaba, toda su farsa se iría al traste.

—Buen chico —dijo Muriel, asintiendo en señal de aprobación y, después, agitó los papeles que tenía en la mano con manchas que reflejaban su edad—.

Ahí os quedáis, tortolitos. Ya volveré luego para encargarme de esto.

Más os vale acabar pronto, porque puede que el próximo que os encuentre no se tome tan bien como yo ese arrebato de lujuria que os ha dado.

Muriel dejó escapar una risita, se dio la vuelta y se alejó por el pasillo. El tap-clac, tap-clac de su cojera se desvaneció al mismo ritmo que apareció; cada paso que daba la anciana, hacía que los latidos de Viri volvieran a acelerarse conforme iba aflorando el sentimiento de humillación.

Por fin, cuando el sonido de la puerta al cerrarse resonó por toda la sala, consiguió armarse de valor para mirar a Reeve.

Seguía con la misma melena alborotada que le habían dejado los ávidos dedos de Viri, pero ya no quedaba nada del desconcierto que reflejaba su rostro unos minutos antes, sino que estaba en guardia, con los brazos cruzados y con las cejas arqueadas, esperando a que le diera una explicación.

—Esa era la jueza Muriel —dijo Viri de inmediato, aunque se aclaró la garganta al darse cuenta de la voz tan aguda que le había salido—.

Tendría que haberse jubilado hace una década, pero se niega a irse de aquí porque dice que sigue siendo tan astuta como un zorro, a pesar de que ya no vea nada que esté a más de medio metro de ella.

Reeve se relajó un poco al escuchar las palabras de Viri.

—Por eso me ha confundido con Archer.

—Puede distinguir colores y formas, así que ha sabido sin problemas que era yo al ver mi capa carmesí, pero, como tú vas vestido de negro, ha debido confundirte con un guardia de la Nox. Y eso le ha bastado para sacar sus propias conclusiones.

—Bueno, aunque fueran propias... Por sus palabras, yo diría que no era la primera vez que te pillaba aquí con él.

Aunque fue una declaración contundente, se sintió aliviada al escuchar las palabras de Reeve y su vergüenza se transformó en una mezcla de nostalgia y diversión.

—Hace unos meses, Soren y yo estábamos archivando unos documentos para Sarielle.

Y me refiero a archivar de verdad , no al eufemismo.

—Hizo una mueca al darse cuenta de que nunca podría volver a escuchar esa palabra sin acordarse de Reeve—.

Me tropecé con una pila de cajas y Soren me agarró justo cuando Muriel entró en el almacén.

Como la pobre ve tan poco y nos vio enredados en los brazos del otro, se pensó que estábamos dándonos el lote.

—La chica se aclaró la garganta y añadió—: Y justo eso me dio la idea de antes.

Cuando supe que era ella la que venía hacia nosotros, supuse que.

.. —Viri se calló; no quería ni necesitaba terminar de explicar lo que habían hecho.

Se hizo el silencio un segundo y, después, Reeve le respondió:

—Creo que ha sido un buen plan, pero tengo una pregunta —Avanzó hacia ella y redujo el poco espacio que los separaba—.

Si Muriel creyó que os estabais besando cuando, en realidad, no era más que un inocente abrazo, ¿por qué me has besado a mí ?

Hubiera sido tan sencillo como recrear lo que hiciste la última vez y abrazarme sin más, ¿no?

Viri notó que se le secaba la boca mientras las excusas se agolpaban en su mente. Sin embargo, acabó llegando a la conclusión de que Reeve tenía razón: no habría hecho falta que se hubieran besado para vender su engaño.

Carraspeó de nuevo y se inventó una excusa sobre la marcha.