Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 21 #2
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De pronto, Reeve volvió en sí y se fue directo hacia Viri, con el rostro carente de emoción alguna, y entraron en el almacén.

El segador dejó escapar un leve silbido al observar los cientos de estanterías que se extendían hasta lo más alto de la pared, que estaban repletas de cajas, archivos y documentos apilados al azar y que quedaban iluminados por unas lumiternas que flotaban sobre sus cabezas.

No era nada en comparación con el tamaño de los archivos de la Nox, pero, aun así, el almacén era lo bastante grande y caótico como para que les supusiera un reto buscar en él lo que necesitaban por el tiempo del que disponían.

—No pensaba que hubiera tanto espacio aquí dentro —reconoció Reeve mientras daba una vuelta y escudriñaba la sala, como si estuviera haciendo cálculos—.

Creo que lo mejor es ir fila por fila. Yo empiezo por la izquierda; y tú, por la derecha.

Si el mapa y el talismán están aquí, los más probable es que sigan en el cofre protegido por tutelas y podría haberlo guardado en una caja, así que busca algo voluminoso.

Viri asintió y lo siguió hasta la primera fila; intentó no pensar más de la cuenta en lo que estaban haciendo y en el crimen que estaban cometiendo solo con haberse colado en el despacho de la magistrada.

Se le puso la piel de gallina ante la idea de que pudieran descubrirlos, pero borró de su mente la imagen de las celdas de la Críptula, así como de la cara de decepción que pondría Sarielle, y se puso manos a la obra.

El pasillo que había entre los estantes era bastante estrecho, así que, al estar uno detrás del otro, sus codos se estaban chocando todo el tiempo mientras buscaban cualquier cosa que pudiera encajar con la descripción de Reeve.

Al poco de empezar a registrar las cajas, Viri se dio cuenta de que podía ignorar los archivadores y centrarse solo en las más grandes, pero la mayoría estaban llenas de documentos; algunos estaban marcados como confidenciales, pero otros no eran más que libros de contabilidad o pedidos de material de oficina.

La misión que tenían por delante era tediosa y lenta, pero siguió abriendo y cerrando cajas hasta que llegó un momento en el que no podía seguir conteniendo su curiosidad.

—Háblame de la magia —espetó Viri sin dejar de rebuscar en las estanterías.

Reeve también siguió examinando las distintas cajas cuando, con tono despreocupado, le preguntó:

—¿Qué quieres saber?

—Lo sabes de sobra. —Viri se obligó a no darse la vuelta para mirarlo—. ¿Cómo lo has hecho? Romper las encancelas, dejarme inconsciente, abrir la cerradura de la puerta... No deberías poder hacer nada de eso.

—Los magos ancestrales podían usar la magia para todo —respondió—. Lo que he hecho no es nada comparado con lo que ellos eran capaces de hacer.

—Pero tú no eres un mago ancestral.

—No, pero supongo que se me podría considerar un mago actual.

Se quedó quieta mientras abría una caja y se giró en el estrecho pasillo para mirar a Reeve.

—Eso es imposible. Los magos dejaron de existir, al menos en Isla Elverdine.

—El motivo por el que se fueron de aquí es que los niños empezaron a entregar su élixen a los obeliscos, lo que impidió que los magos siguieran accediendo a la magia y desarrollándola —explicó Reeve conforme agarraba una caja, echaba un vistazo a su contenido y volvía a dejarla en la estantería—.

Si no lo hicieran, algunos niños serían tan poderosos que acabarían convirtiéndose en magos, eso siempre y cuando no se consumieran en el proceso.

Viri se quedó mirándolo atónita mientras Reeve la empujaba hacia la esquina para seguir buscando en la siguiente fila.

—¿Me estás...? ¿Me estás diciendo lo que creo que me estás diciendo? —Le tembló la voz a causa del estupor.

—Yo nunca entregué mi magia —afirmó—. Y, a raíz de eso, descubrí que tengo bastante élixen como para considerarme un mago, al menos técnicamente hablando.

—Al ver la cara que le puso Viri, añadió—: Tenía once años cuando me fui con Brae.

Cuando cumplí catorce, tanto los guardias de la Nox como los cazadores ya sabían que era la mano derecha del Padre Segador, así que no es que tuviera la facilidad de irme al obelisco más cercano y entregar mi élixen sin arriesgarme a que me capturaran.

—Pero el riesgo ...

—Era limitado —la interrumpió haciendo un gesto para quitarle importancia—.

Tuve una especie de maestro, una persona que me enseñó a controlar mi élixen para impedir que me consumiera.

—Aunque sus palabras sonaban distendidas, al hablar de su maestro su voz adoptó un tinte sombrío, pero Viri no llegó a preguntarle por el rencor de sus palabras porque estaba demasiado distraída por la imposibilidad de todo lo que le estaba contando.

—Esos conocimientos de los que hablas no existen . Si existieran...

—¿Habría más personas que desafiaran las leyes de la concesión? —exclamó Reeve con las cejas arqueadas terminando la frase por ella—. Qué irónico que lo digas tú, sobre todo teniendo en cuenta que tu mejor amiga tampoco llegó a tener su ceremonia de concesión.

Viri se quedó petrificada cuando estaba buscando otra caja que abrir.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Wynter —espetó—. Ella nunca llegó a hacer la concesión; y, al igual que yo, acabó con los mismos poderes que un mago. —Al ver la cara de susto que puso Viri, Reeve se rio entre dientes—. Venga ya, sombrita, que eres una chica lista. ¿Cómo crees si no que utiliza la alquimia sin usar élixen?

—Sé que usa un poco en los experimentos más potentes. —Viri escuchaba algo en su mente que no dejaba de gritarle que Reeve estaba equivocado. Equivocado, equivocado, equivocado —. Pero tampoco es que necesite mucho élixen, solo lo que se quedó después de la ceremonia de concesión.

Reeve inclinó la cabeza hacia un lado.

—¿Eso te lo ha dicho ella?

Viri estaba a punto de asentir, pero, de pronto, cayó en la cuenta de que Wynter nunca se lo había dicho de manera explícita, sino que ella misma había dado por hecho que su amiga estaba recurriendo a la pequeña cantidad de élixen que albergaba en su interior después de haber sacrificado el resto para entregársela a los obeliscos.

—Si Wynter no hubiera tenido su concesión, lo sabría —exclamó con la esperanza de sonar convincente—. Y, por supuesto, si mi amiga fuera una maga, también estaría al tanto. Nos lo contamos todo.

—Ah, ¿sí? —respondió en un murmullo—. ¿Como tú le contaste que tu hermano era el Padre Segador?

Viri parpadeó y dijo:

—Yo asistí a su ceremonia, Reeve. Estuve allí .

El segador se encogió de hombros mientras buscaba en otra caja.

—Pregúntaselo la próxima vez que la veas.

No creo que utilice su élixen para nada que no sea la alquimia, pero estoy casi seguro de que es porque no sabe cómo usarlo.

Sin embargo, eso no significa que no sea una maga, solo que le falta práctica.

Tiene suerte de que quien le dejara ese laboratorio mágico le explicara cómo evitar consumirse, aunque no le dijera nada más.

—Fue su padre el que se lo dejó —respondió—, pero no aclaró nada sobre cómo...

Viri se calló en cuanto se acordó de la carta que le envió a Wynter su misterioso padre, una carta que llegó la misma mañana que iba a celebrarse su ceremonia de concesión, justo unos minutos antes de que salieran de casa.

Viri solo había visto una página y pensaba que eso era todo.

Pero, si había más páginas... Si había incluido algunas indicaciones. ..

«Todos tenemos secretos. Créeme, sé de lo que hablo». Esas habían sido las palabras de Wynter la noche anterior, cuando estaban en el túnel de la subterra.

Maldijo por lo bajo y cerró los ojos al pensar en su mejor amiga, la que era tan curiosa que acababa poniéndose en peligro.

Si Wynter hubiera sabido cómo evitar el riesgo de consumirse, no sería tan descabellado pensar que habría cedido a la tentación de fingir su concesión para poder practicar con magia, aunque eso significara infringir la ley.

Sobre todo , si eso significaba infringir la ley, porque era lo que hacía cada maldito día.

Viri gruñó en alto y dijo:

—Si, por lo que sea, su madre se entera, se morirá del disgusto.

Reeve dejó escapar una risa sombría.

—Ojalá fuera tan fácil...

La cazadora se giró de repente para fulminarlo con la mirada.

—Cuidado, que estás hablando de mi tutora.

—Soy consciente, créeme —respondió Reeve mientras seguía buscando en las estanterías, que es lo que debía estar haciendo Viri—. Que los Sabios se apiaden de cualquiera que se atreva a insultar a la gran magistrada.

—¿Qué problema tienes con ella? —preguntó Viri—. Todo el mundo la adora.

Reeve resopló.

—No existe nadie a quien quiera todo el mundo.

Es estadísticamente imposible. —Cerró una caja con más fuerza de la que pretendía y le dobló las esquinas—.

Y las quejas que yo tenga de la magistrada no son asunto tuyo, pero digamos que no siempre ha estado ahí para todos sus queridos ciudadanos, aunque se empeñe en hacerte creer lo contrario.

—Eres un segador , Reeve —señaló en tono serio—.

Y ella era cazadora antes de convertirse en la magistrada, así que su naturaleza es odiaros a ti y a los tuyos.

—Eso fue hace mucho tiempo, antes de que Wynter naciera.

Pero, aun así...—. ¿Crees que es justo que se le reproche que no ayude a unos asesinos?

—Quizás por eso no, pero sí que podría reprocharle... —Reeve se calló de forma repentina y todo su cuerpo se tensó cuando se dio la vuelta en el estrecho pasillo y miró hacia la entrada del almacén. No se veía bien desde donde estaban, pero siguieron con la vista clavada en esa dirección.

—¿Qué...?

Reeve, cuyos reflejos iban a la velocidad de un rayo, le tapó la boca a Viri con la mano y calló su pregunta justo cuando escucharon un chasquido. La puerta del almacén se abrió y le siguió el sonido de unos pasos descompasados que resonaron por toda la sala: tap-clac, tap-clac .