19
R eeve empezó a dar vueltas por la sala, al igual que había hecho Soren un rato antes; era más preocupante verlo tan agitado que la tranquilidad que había mantenido durante la mayor parte de la conversación.
—¿Recuerdas la historia que nos contaban tus padres cuando éramos niños? —preguntó Reeve—. La que hablaba del Guardián de Isla Elverdine.
Viri se limitó a parpadear, varias veces. Después, dejó caer la cabeza hacia atrás y empezó a reírse.
—Por todos los Sabios, ¿hablas en serio?
Reeve se detuvo y se quedó quieto con los brazos cruzados sobre su amplio pecho.
—Te he dicho antes que no hace falta que confíes en mí, pero necesito que me escuches. Y reírte no es escuchar.
—No te preocupes. Te escucho alto y claro —respondió Viri sin dejar de reírse—. Es que sé que lo que vas a contarme es ridículo. ¿El Guardián de Isla Elverdine? ¿De verdad, Reeve?
—¿Qué es lo que recuerdas de la historia? —insistió.
La risa de Viri se desvaneció.
—No creo que sea el momento de ponernos a hablar de cuentos de hadas.
Reeve la fulminó con la mirada.
—Tú sígueme el rollo.
Viri, que estaba perpleja, intercambió una mirada con Jonas y Wynter; ambos parecían estar de parte del chico. Lo más probable era que Jonas ya supiera lo que Reeve iba a contarles y a Wynter estaría comiéndola la curiosidad.
—¿Quieres la versión del cuento para dormir? —preguntó Viri en tono seco—. ¿O prefieres que te haga un resumen?
La cazadora no podía creerse que hubiera entrado en su juego una vez más cuando sentía que todo a su alrededor estaba a punto de desmoronarse.
—Me vale con un resumen —respondió Reeve.
—No, yo quiero la versión completa —pidió Wynter—. ¿Qué es el Guardián de Isla Elverdine?
—La pregunta no es qué, sino quién —la corrigió Jonas—. Es el protagonista de una antigua leyenda, aunque no es muy conocida.
Wynter arqueó las cejas, intrigada, antes de clavar los ojos en Viri mientras esperaba a que empezara a narrar la historia.
Viri se dio por vencida, suspiró y dijo:
—Creo que es mejor que nos sentemos.
Wynter volvió al sofá y, cuando Jonas se sentó a su lado, le tendió las manos para pedirle sujetar a Castaña.
—Tengo la sensación de que me vendrían bien unos mimitos de Castaña para escuchar esto.
—Tranquila, no es de esas leyendas que dan miedo —le explicó Jonas.
—Ya, lo sé. Solo estaba buscando una excusa para acariciar a esta bolita de pelo.
Jonas sonrió y le puso al conejo encima.
—Te entiendo perfectamente. Abrazar a un conejito es lo mejor del mundo.
—Que los Sabios se apiaden de mí... —murmuró Viri conforme miraba a través del cristal abovedado para armarse de un poco de paciencia.
En ese momento, la alarmó lo claro que estaba el lago; acababa de empezar a amanecer, pero el sol ya se estaba reflejando sobre sus aguas. No le extrañó que su paciencia hubiera llegado a su límite: se había pasado toda la noche sin dormir.
—Solo voy a contar la historia una vez, así que prestad atención —advirtió, empezando a andar por el laboratorio—.
Espero que haya una muy buena razón para perder el tiempo de esta forma.
—Le echó una mirada a Reeve, que seguía parado en mitad de la sala, con los pies firmes y los brazos aún cruzados, pero asintió para confirmarle que sí que había un buen motivo.
—Lo explicaré todo cuando termines —prometió Reeve—. Pero, primero, necesito saber qué recuerdas.
Viri lo miró con los ojos entrecerrados.
—Tengo diecisiete años, no setenta. Aún conservo mi buena memoria.
Reeve no dijo nada al respecto, aunque Viri notó cierta tensión en su rostro, como si se estuviera conteniendo para no responderle con brusquedad.
—Estupendo. Ahora demuéstralo —murmuró.
Viri apretó los dientes y, después, empezó a contar la historia desde el principio, tal y como sus padres habían hecho con ella en incontables ocasiones.
—Había una vez tres jóvenes cazadores: un marido, su mujer y su mejor amigo.
Los tres eran muy hábiles, aunque el marido el que más.
Hasta que un día, de pronto, un segador lo hirió y extrajo casi todo su élixen.
No llegó a morir, pero lo dejó tan débil que tuvo que renunciar a seguir haciendo lo que mejor se le daba en la vida: cazar.
Viri se colocó un mechón detrás de la oreja y siguió:
—El marido, que se sentía abatido y sin ningún propósito, empezó a apagarse poco a poco.
Su mujer y su amigo estaban tan preocupados por él que fueron a buscar al mítico Guardián de Isla Elverdine.
Según decían, era un mago que no se marchó con el resto de los magos ancestrales, sino que decidió quedarse en la isla para vigilarla desde su castillo, más allá del bosque Mistwood.
—¿ Más allá del bosque Mistwood? —repitió Wynter con los ojos abiertos como platos—. Pero... allí no hay nada. Toda esa zona está cubierta por la nebruma; es imposible llegar hasta allí.
Viri se pellizcó la frente.
—Por favor, Wyn, deja las preguntas para luego. Esto ya me está costando bastante.
—Tienes razón, perdona. —Wynter le sonrió en señal de disculpa—. Esperaré a que termines.
La cazadora agradeció la comprensión de su amiga y siguió:
—La leyenda decía que a cualquiera que lograra encontrar al Guardián se le concedería un deseo, pero no uno cualquiera, sino una magalía: un tesoro de valor incalculable y lo bastante poderoso como para hacer realidad cualquier tipo de petición.
Todo el mundo creía que nadie lograría dar con el Guardián para reclamar semejante recompensa, y no solo por la amenazante nebruma, sino porque el bosque Mistwood estaba en constante cambio y el camino que llevaba hasta el castillo siempre era distinto.
Lo que el Guardián no sabía era que uno de los magos se había dejado atrás un mapa mágico que llevaba directo hasta su escondite, así como un puñado de talismanes que servían para protegerse de la nebruma que asolaba el bosque.
Y tampoco tenía conocimiento de que tanto el mapa como uno de los talismanes habían ido pasando de generación en generación hasta acabar en las manos de la familia de la mujer, por lo que esta tenía todo lo que necesitaba para recuperar a su marido.
Viri siguió recorriendo el laboratorio mientras narraba la historia.
—Los tres cazadores, guiados por el mapa y protegidos por el talismán, se adentraron en el bosque Mistwood en dirección al castillo del Guardián y, cuando lo encontraron, su honor lo obligó a concederles las tres magalías: una para cada uno, ni más ni menos.
El marido usó su deseo de inmediato y, en un abrir y cerrar de ojos, estuvo curado.
Su mujer y su amigo, por el contrario, prefirieron guardárselos, así que el Guardián le entregó a cada uno de ellos un obsequio simbólico y les dijo que, cuando estuvieran preparados, volvieran con ellos y reclamaran sus magalías.
—Ni siquiera había oído hablar de las magalías —le susurró Wynter a Jonas—. Me encanta esta historia.
Viri intercambió una mirada hastiada con Reeve, que le respondió frunciendo los labios. Sin dejar de mirarlo, arrugó la nariz y los labios del segador se fruncieron aún más.
—Al cabo de un tiempo —dijo Viri al instante porque quería acabar la historia cuanto antes—, el marido y la mujer tuvieron un hijo y deseaban tener un segundo, pero la joven madre se dio cuenta de que no podía volver a concebir, de modo que volvió al castillo del Guardián y pidió su deseo.
El vientre de la mujer creció, tuvo a su segundo bebé y, por fin, consiguió la feliz familia que tanto anhelaba.
—Viri bajó el tono cuando llegó a la parte dramática de la historia—.
Sin embargo, en menos de un año, sufrieron una nueva desgracia cuando la nebruma rozó al menor de sus hijos.
El marido y la mujer sabían que solo había una forma de salvar a su querido bebé: usar la magalía de su mejor amigo.
Fue entonces cuando, arrastrados por la desesperación, robaron el obsequio simbólico de su amigo y volvieron corriendo al castillo con su bebé moribundo.
Wynter estaba sentada en el filo del sofá y sujetaba a Castaña con tanta fuerza que Jonas estuvo a punto de quitarle al conejito de las manos.
—Al Guardián no le gustó nada su actitud egoísta —contó Viri—.
Cada persona tenía derecho a una magalía, no más, pero, dado que tenía el obsequio de su amigo, accedió a regañadientes y le concedió su deseo.
Por desgracia, mientras estaban sumidos en la discusión, la nebruma que había infectado a su bebé absorbió la última gota de su élixen y murió.
—¡No! —exclamó Wynter tras ahogar un grito.
—Tranquila, Wyn, solo es una leyenda —dijo Viri, poniendo los ojos en blanco—.
Y no te preocupes, porque el bebé sobrevivió.
El marido y la mujer ya habían pronunciado su magalía, por lo que las leyes de la magia obligaron al Guardián a cumplir con su petición.
Les advirtió de que devolverle la vida a alguien tenía un coste muy alto y que tendría que atar al bebé a la magia de la isla para revivirlo, pero a los padres no les importó lo que eso significara siempre y cuando pudieran recuperar a su bebé, por lo que el Guardián les concedió su deseo, extrajo toda la nebruma de la criatura y le devolvió su élixen, que sacó de la isla.
Y así es como el marido, la mujer y sus hijos vivieron felices y comieron perdices.
Viri se detuvo justo delante de Reeve y le preguntó:
—¿He contado la historia a su gusto, señor reafirmación?
Reeve ignoró el sarcasmo que tiñó sus palabras.
—Reconozco que estoy impresionado. Te doy cinco estrellas.
—Espera... ¿Qué pasó con el amigo? —preguntó Wynter—. ¿No se enfadó porque le hubieran robado su magalía?
—La historia siempre acaba con el «vivieron felices y comieron perdices» —contestó Viri—. No tengo ni idea de si pasó algo más después de eso. Pero, repito: es una leyenda .
Wynter se mostró reflexiva mientras acariciaba las orejas de Castaña.
—Ya... Pero todas las leyendas se inspiran en algo.