16
D urante unos minutos, el laboratorio se sumió en un silencio sepulcral. Hasta que...
—¿El Padre Segador es tu hermano ? —gritó Wynter—. ¡Ni siquiera sabía que tenías un hermano! ¿Cómo...? ¿Por qué...? ¿Qué...? ¡No entiendo nada!
—¿Y si curamos a Reeve y después pasamos a la ronda de preguntas? —sugirió Sage con seriedad, señalando el frasco que seguía sujetando Wynter con fuerza—. Es un milagro que siga vivo a pesar de lo charlatanas que sois.
—Puedo esperar un poco más —susurró Reeve mientras observaba a Viri con cuidado; sus ojos seguían mirándola con lástima.
Aun así, era más que evidente que estaba aguantándose el dolor, porque su rostro fue perdiendo el poco color que tenía conforme desaparecían los efectos del vigoricitrus.
En pocos minutos, volvería a perder el conocimiento y, esta vez, corría el riesgo de no despertarse.
—Sage tiene razón —exclamó Viri, tendiéndole la mano a Wynter—. Pienso responder todas y cada una de las preguntas que tengas, pero, primero, dime qué tengo que hacer.
Wynter abrió y cerró la boca, como si fuera un pez, mientras sus ojos saltaban de Viri a Reeve; su cara seguía crispada de incredulidad, pero se recompuso al segundo y le entregó el frasco rosa a Viri.
—Trece años deberían ser más que suficientes.
—Pero llevaba siete años sin verlo —dijo Viri—. ¿Eso influye?
Wynter se quedó mirándolos otra vez, como si estuviera haciendo un cálculo mental de qué representaban esos años en la vida de Viri. Al darse cuenta de lo que suponía, abrió los ojos como platos, pero se limitó a decir:
—No. La magia no es tan caprichosa. Siguen contando como trece años.
Viri le dio la vuelta al frasco con los dedos.
—¿Solo tengo que hacer que se lo trague, como el vigoricitrus?
—Yo voto por elegir una alternativa a «hacer que se lo trague». —Reeve gruñó al recostarse en el sofá porque no aguantaba más tiempo estando erguido sin apoyarse.
—Puede tragárselo él solo—explicó Wynter—. Pero tienes que asegurarte de estar tocándolo mientras se lo toma. —Al ver la expresión de Viri, puntualizó—: Con agarrarle la mano, vale. Tiene que ser piel con piel.
—Ahhh, ¡claro! —exclamó Jonas con emoción al cotillear las notas de Wynter—. Por la transconducción de esencia.
—Transcondu... ¿qué? —preguntó Sage, mirando a su amigo con los ojos entrecerrados.
Wynter se giró hacia Viri y se lo explicó:
—Cuando Ashton se tome la poción, su cuerpo se verá obligado a expulsar el veneno y, para hacerlo, utilizará la conexión que tiene contigo. Toda magia tiene un coste y, esta vez, serás tú quien tenga que pagarlo.
—No, no pienso hacerlo —espetó Reeve, que desde que le habían apuñalado, no había sido capaz de hablar tan fuerte—. Invéntate otra cosa.
—Tranquilo, Ashton —dijo Wynter, obligándolo a tumbarse después de que intentara levantarse sin éxito—.
A Viri no la han apuñalado con una armaligna, así que el veneno como tal no va a afectarle.
Lo único que va a sentir son los efectos metafísicos, es decir, una parte de lo que tú has sentido y durante apenas un segundo.
Viri va a actuar como un sendal, como un lugar de paso unidireccional.
La cura hace que el veneno pase de tu cuerpo al «portal» y tu conexión con ella te ayuda a expulsarlo por el otro lado.
¿Lo has entendido? —Todos los rostros, salvo el de Jonas, permanecieron impasibles, así qu e levantó las manos en el aire y señaló su libro de runas—.
Vale, vale. No hace falta que lo entendáis.
Hay que hacerlo así porque lo dicen las instrucciones y punto.
Aunque a Viri no le entusiasmaba que su amiga la hubiera descrito como un sendal humano, decidió que lo mejor que podía hacer era acabar con eso de una vez, de modo que se colocó junto a Reeve, le pasó el frasco y agarró al segador de la mano.
—Creo que... Esto... Será mejor que te sientes —le advirtió Wynter a su amiga.
Viri se giró para mirarla y le preguntó:
—¿No habías dicho que apenas lo iba a notar?
—Sí. —Wynter se movió inquieta junto a su mesa de trabajo—. Pero, bueno, por si acaso.
La cazadora suspiró, se sentó al lado de Reeve y volvió a tenderle la mano.
Pero él no se la agarró.
—Venga ya —le instó Viri. Reeve se negó y ella puso los ojos en blanco cuando vio la cara de preocupado que tenía, así que decidió agarrarlo ella misma—. O te tragas la cura o hago que te la tragues.
—No quiero hacerte daño —murmuró en un tono tan bajo que solo ella lo escuchó.
Viri respiró hondo al sentir todo lo que le habían provocado esas cuatro palabras y dijo sin rodeos:
—He sobrevivido a cosas peores por tu culpa, así que hazlo ya.
Reeve le sostuvo la mirada durante varios segundos y, después, envolvió su mano y se tomó la poción hasta dejar el frasco vacío; al sentir el sabor tan particular del líquido, se estremeció.
Contó un segundo.
Cinco segundos.
Diez.
Pero no pasó nada.
—Pues menuda decepción —farfulló Viri, observando con el ceño fruncido tanto el frasco vacío como sus dedos entrelazados con los de Reeve—. Wyn, ¿estás segura de que...?
De pronto, Viri ahogó un grito al sentir una punzada que le atravesó el cuerpo.
Le palpitaban las sienes, su cuerpo pasó del gélido frío a un calor abrasador, notó calambrazos en el estómago y sentía como si le estuvieran arrancando la piel capa a capa.
Apretó la mano de Reeve con tanta fuerza que tuvo miedo de aplastársela, pero era eso o gritar hasta reventarle los tímpanos. El dolor... El dolor ...
Justo cuando pensaba que no podía soportarlo más, el sufrimiento empezó a cesar y se dejó caer en el sofá, aunque aún le costaba respirar.
Reeve se inclinó sobre ella y, con la mano que tenía libre, le sujetó la mejilla en la que no tenía el corte y sus alarmados ojos plateados la observaron con atención.
Viri lo apartó de inmediato y volvió a ponerse de pie mientras se quejaba:
—Si eso solo era una parte del dolor que te estaba infligiendo el veneno, ¿cómo demonios has podido aguantar tanto?
La seriedad volvió a invadir el rostro de Reeve. Se puso de pie, estiró los brazos y las piernas y movió los hombros; estaba como nuevo.
—Para mí, el dolor es un viejo conocido —respondió el chico, eludiendo la mirada de la cazadora—. Cuanto más lo sientes, menos duele.
A Viri la invadió un repentino aluvión de intranquilidad; era una sensación que no podía explicar y bastante desagradable.
—¿A qué te ref...?
Reeve no dejó que terminara la pregunta y se fue directo hacia Wynter.
—Gracias por ayudarme. Estoy en deuda contigo.
Wynter le dio a Reeve un tarro con pomada curativa.
—Ponte un poco en la herida. Has perdido mucha sangre, aunque, ahora que hemos eliminado el veneno, te ayudará a curarte en un abrir y cerrar de ojos.
Reeve le hizo caso y, cuando se levantó la camisa para dejar al descubierto la herida, que tenía un aspecto de lo más espantoso, Wynter tuvo que girarse para esconder la arcada que le vino.
Viri también se dio la vuelta, pero por otro motivo, aunque llegó a entrever el torso bronceado y cincelado, y la imagen se grabó a fuego en su mente.
Sus mejillas se encendieron como lumiternas y el rubor fue a más cuando Reeve volvió al sofá y se sentó a su lado justo antes de agarrarle la mano.
—¿Qué...? —Se quedó callada cuando Reeve le apartó la capa carmesí para untarle un poco de la pomada en el corte que le había hecho la daga en el antebrazo.
El suave tacto de la piel del segador hizo que se le formara un nudo en la garganta, pero un repentino y extraño miedo se apoderó de ella cuando se le acercó más y llevó los dedos a la mejilla llena de arañazos.
—Ya sigo yo —exclamó Viri con la voz ronca conforme le quitaba el tarro de las manos y se ponía de pie.
Se untó la pomada y se encogió al sentir un ligero escozor; había una parte de ella que sabía que, si hubiera dejado que Reeve se la untara, no le habría dolido en absoluto.
—Toma. —Viri le pasó la pomada a Sage y le señaló el chichón que le había salido en la cabeza—. Ayudará a que te baje la hinchazón.
—Es increíble —murmuró Reeve.
Cuando Viri se giró para mirarlo, el segador había vuelto a levantarse la camisa; en su interior, le imploró a los Sabios para que la ayudaran a borrar esa imagen de su cabeza. Reeve, por su parte, estaba asombrado por lo rápido que se le estaba curando la herida.
—Así es la alquimia —dijo Wynter, encogiéndose de hombros—. Con magia, todo es posible. El límite lo marca tu imaginación.
—Y la falta de acceso a los conocimientos y a las prácticas. Eso también marca algunos límites —añadió Jonas mientras se detenía a observar los libros alineados de las estanterías de Wynter—. Me da mucha envidia que hayas tenido esto a tu disposición durante años.
—Hablando de años... —exclamó Wynter, clavando la mirada en Viri y Reeve—. Ya lo hemos salvado, así que empieza a soltar por esa boquita.
Viri tragó saliva al percatarse de la determinación con la que la miraba su amiga y se mordió la lengua para no decirle que ella también estaba deseando obtener respuestas, solo que de Reeve.
Sin embargo, acababa de sobrevivir gracias a la ayuda de Wynter, así que se merecía que dedicara un momento a informarla.
—Como he dicho antes, nos conocimos hace trece años, que fue cuando lo adoptaron mis vecinos —explicó.
—¿Adoptado? —Wynter miró a Reeve—. ¿Y tus padres?
Viri se mordió el interior del carrillo y se sintió un poco incómoda por esa pregunta sobre la vida personal de Reeve, pero el segador contestó como si no le afectara:
—Mi padre murió cuando yo tenía cinco años, unos meses antes de que Viri y yo nos conociéramos, y, como no sabía quién era mi madre ni dónde estaba, acabé en el orfanato.
—Lo siento. —Wynter se ablandó un poco al escuchar sus palabras.
Reeve se encogió de hombros y contestó: