Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 15
40%

15

C omo no era de extrañar, a Sage no le entusiasmaba la idea de confiar en Viri a ciegas.

Sin embargo, una vez que Jonas confirmó que no les quedaba más remedio, la segadora de pelo morado accedió, a regañadientes, a sacar a Reeve del apartamento, aunque primero advirtió a Viri que lo pagaría muy caro si, en realidad, les estaba tendiendo una trampa.

Viri se habría reído por la ironía de la situación si no hubiera estado tan nerviosa por el lugar al que los estaba conduciendo y por la línea que estaba a punto de cruzar.

Pero, entonces, se le vino a la mente lo que Jonas había dicho sobre que Reeve necesitaba a alguien con conocimientos médicos y mágicos, y ella solo conocía a una persona que encajara con esa descripción.

El pequeño grupo se apresuró hacia el sendal todo lo rápido que pudo mientras cargaba con el cuerpo inconsciente de Reeve. Viri fue la primera y, esta vez, no los guio por la superficie, sino que los llevó hacia el corazón de la subterra.

—Por aquí —les dijo a los segadores mientras rezaba para sus adentros e imploraba que no se encontraran con ninguna patrulla de la Nox; o, peor aún, con cazadores.

Los condujo a toda prisa por un túnel que era casi idéntico a los que había dentro de la montaña, donde el aire filtrado con magia era frío y un poco húmedo.

Al igual que el monte Tembris, la subterra estaba destinada, en su mayoría, a las viviendas, y también había varios niveles de apartamentos.

No obstante, también había zonas comunitarias, similares al Distrito Mercantil del monte Verta, así como espacios lúdicos parecidos al Gremio de Entretenimiento que habían renombrado como el Callejón del Eco, además de distintos negocios dispuestos a lo largo de los laberínticos túneles.

Aunque resultaba frustrante, era muy fácil perderse y, de hecho, había muchos caminos trazados por los magos ancestrales que aún no se habían explorado por completo.

Aun así, Viri sí sabía a dónde iban y no dudó ni un segundo cuando llevó a los segadores por un estrecho pasadizo que se bifurcaba de la calle principal y que no tenía salida.

—¿Nos hemos equivocado de calle? —preguntó Jonas con la respiración entrecortada mientras sujetaba a Reeve.

En lugar de responder, Viri tocó la pared rocosa que tenían delante y pasó la mano por ella tres veces. Entonces sonó un repentino chasquido y toda la superficie se hundió hacia adentro para dejar a la vista una puerta oculta.

—Impresionante —exclamó Jonas.

—¿Está protegida con tutela? —preguntó Sage con desconfianza.

—No —respondió Viri, abriendo la puerta en mitad de la pared—. Está escondida para que nadie sepa que está aquí.

—¿Y cómo lo sabías tú ?

—Porque es el laboratorio de mi mejor amiga —dijo señalando hacia el interior del enorme y circular taller para que entraran—. Fue un regalo que le hizo su padre cuando cumplió catorce años.

Eso era lo único que le quedaba a Wynter de su misterioso padre; de hecho, la carta llegó justo antes de su ceremonia de concesión con instrucciones para poder encontrar el lugar y con una advertencia para que lo mantuviera en secreto, seguida de una vana despedida que decía: «Úsalo bien. Con mucho cariño, tu padre».

Antes de que Sage pudiera preguntárselo, Viri confirmó sus sospechas:

—Sí, mi mejor amiga es Wynter Starling, la hija de la magistrada. Y no, su madre no sabe que existe este laboratorio. Solo lo conocemos Wyn, nuestro amigo Soren y yo. Nadie más. —Se calló un segundo—. Y ahora vosotros, claro.

—¿Y hay alguna razón por la que sea tan secreto? —insistió Sage con una ceja levantada.

—Ahora lo verás —espetó Viri, arqueando las cejas.

En cuanto Sage se adentró de lleno en el laboratorio, sus ojos avellana se abrieron de par en par al echar un ligero vistazo a su alrededor. Le bastó un segundo para entender por qué Wynter no quería que su madre tuviera constancia de ese sitio; ni su madre ni nadie.

—Repito: impresionante —exclamó Jonas boquiabierto al observar la sala, que parecía brillar con luz propia.

La mirada del segador se clavó en el abovedado techo de cristal que ofrecía una vista clara y directa del lago Mirtis; ahora estaba oscuro, pero, cuando salía el sol, mostraba todas y cada una de las criaturas que flotaban y nadaban en él.

Después, sus ojos escudriñaron el resto del laboratorio y se llenaron de curiosidad al percatarse de las estanterías repletas de libros antiguos de piel, muchos de ellos escritos en la lengua rúnica de los magos.

Mientras Jonas seguía embobado con los libros, Sage se paseó por el resto de la sala sin poder contener su asombro.

Viri entendía que se sintiera así. Aquel lugar albergaba innumerables artículos de alquimia, aunque ilegales, y casi todos venían incluidos en el «regalo» del padre de Wynter.

Había un inmenso terrario lleno de plantas y flores mágicas, algunas de las cuales estaban brillando .

También había un armario donde Wynter almacenaba una peculiar selección de metales y piedras preciosas y, al igual que las plantas, algunos brillaban bajo la luz de la sala.

Y, por supuesto, no podía faltar la alargada mesa de trabajo que estaba a rebosar de frascos de varios colores y con sustancias en distintos estados, desde líquidos, como el vigoricitrus, hasta sólidos, como el detenubis, o gases humeantes en pequeños botes que estaban tapados, aunque Viri todavía no se había sometido a esos experimentos y los miró con cautela.

Sin embargo, le preocupaba más el lodo marrón y maloliente que rezumaba del horno caliente, de modo que tomó nota mental de no ofrecerse voluntaria para probar ese invento en concreto, ni aunque Wynter se lo suplicara cien veces.

Después de echar un vistazo a su alrededor, Viri intentó ver el laboratorio con los ojos de Sage y de Jonas.

Observó con detenimiento los cientos de pociones apiladas a lo largo de las paredes y los desconocidos ingredientes que había dispersos entre ellas, así como el sinfín de utensilios para triturar y machacar los polvos y las pastas, la colección de vasos, jarras y frascos para medir, los incontables recipientes y tubos para destilar, y las infinitas páginas de pergaminos llenas de notas y garabatos de Wynter.

Si el laboratorio no estuviera tan ordenado, el caos sería abrumador. Pero, en cambio, parecía...

—Mágico —susurró Jonas como si estuviera a punto de llorar—. Este lugar es mágico . Castaña y yo queremos quedarnos aquí a vivir para siempre.

Castaña, que acababa de sacar la cabeza del bolsillo de Jonas, no parecía muy entusiasmado con lo que había a su alrededor, aunque movió su adorable nariz al oler los extraños aromas que inundaban el laboratorio.

—Ahí hay un sofá —dijo Viri, llevándolos al otro lado de la sala y luego ayudándolos a soltar a Reeve.

Se le hizo bastante raro ver a Reeve tumbado en ese sofá en el que Viri había pasado tantas horas haciéndole compañía a Wynter mientras ella trabajaba o, algo no tan placentero, sufriendo los efectos secundarios de los experimentos de Wyn.

De hecho, ese era el motivo por el que había un botiquín de primeros auxilios debajo del sofá que estaba repleto de curas mágicas y prohibidas, todas creadas por Wynter: un gel calmante para las quemaduras, una crema antipicores, una pócima para entrar en calor, un tónico para detener los vómitos, un analgésico de morfinina y una pomada curativa, aunque esta última solían usarla, sobre todo, para los cortes que se hacía Viri cazando, y no tanto para las pruebas a las que la sometía Wynter.

Aunque los suministros eran muy útiles para curar heridas y algunas dolencias, ninguno de ellos servía para tratar el veneno mágico que se extendía por el cuerpo de Reeve y, por el aspecto que tenía, tampoco había tiempo para andarse con suposiciones.

Es culpa mía, es culpa mía, es culpa mía , repetía Viri en su cabeza una y otra vez mientras su mente revivía el momento en el que Reeve la apartó de la daga y, a los segundos, se la arrancó del costado emitiendo un gorgoteo de lo más repugnante.

Empezó a salivar ante el recuerdo y sabía, de corazón , que no se lo perdonaría si Reeve acababa muriendo por haberle salvado la vida.

—Vale, ya estamos aquí —exclamó Sage, lo que sacó a Viri de sus pensamientos—. ¿Dónde está tu amiga? Imagino que ella es la que puede ayudar a Reeve, ¿no?

—Esperad aquí —respondió mientras iba hacia la puerta—. Voy a despertarla.

Viri estaba a mitad de camino cuando la puerta oculta de la entrada emitió un sonido sordo seguido de un chasquido; la pared había vuelto a hundirse hacia adentro.

Sage reaccionó de inmediato y desenvainó las dos espadas para, después, adoptar una posición defensiva.

Jonas también reaccionó al instante, solo que gritó, asustado, y se escondió detrás del sofá; hasta entonces, Viri no había reparado en que Jonas no había salido a luchar con sus amigos esa noche.

A esas alturas, no le cabía la menor duda de que Jonas era el segador más raro que había conocido en su vida.

Entonces Viri giró la cabeza con rapidez y vio a Wynter, que acababa de entrar por la puerta oculta.

Su amiga se detuvo titubeando y con los ojos muy abiertos al observar el pequeño grupo que había congregado en su laboratorio secreto.

—Puedo explicarlo —soltó Viri en cuanto se dio cuenta de que estaba en mitad del laboratorio de su amiga con la cara llena de cortes y mugre, con la ropa mojada y acompañada de tres extraños: uno de ellos inconsciente y, los otros dos, manchados de sangre hasta las cejas, aunque la mayoría era de Reeve.

Lo bueno era que Wynter no podía ver las venas oscuras de Sage y Jonas, aunque no tardó mucho en darse cuenta de qué eran—.

Te juro que te lo voy a contar todo, pero, primero, necesitamos tu ayuda.