14
E l camino de vuelta al sendal fue largo y tedioso. Para cuando llegaron al arco de piedra mágica, Reeve era casi un peso muerto, pero consiguieron atravesarlo y llegar al apartamento de Jonas.
Al entrar por la puerta, el malestar que le provocaba a Viri la tutela de élixen quedó eclipsado por el dolor de cuello y hombros de sujetar a Reeve.
En cuanto dejaron al segador en el sofá en el que ella misma se había desmayado unas horas antes esa noche, Viri sintió el alivio de haberse quitado un peso de encima, literalmente.
—Hola, chicos —dijo Jonas apareciendo por el pasillo con una sonrisa en la cara y con Castaña asomando por el bolsillo de su chaleco—. ¿Habéis salvado a los...?
Jonas se detuvo de forma repentina al ver los cuerpos empapados y llenos de mugre; su sonrisa flaqueó y arrugó la nariz al ver el agua que estaba goteando sobre su alfombra.
Al segundo, se fijó en Reeve, que estaba completamente pálido y lleno de sangre, y los ojos azules se le abrieron de par en par.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, corriendo hacia ellos.
—Una armaligna —respondió Reeve a duras penas; por su voz, se notó que hablar le suponía un gran esfuerzo—. Pero no sé de qué tipo.
Viri ahogó un grito al escuchar sus palabras.
Las armalignas eran armas de lo más excepcionales que usaban los magos ancestrales, y cada una de ellas estaba elaborada con un tipo concreto de magia.
Había oído rumores que hablaban de armalignas que hacían heridas imposibles de curar, otras que convertían a las personas en piedra o que permitían a sus dueños perseguir a la persona a la que apuñalaban, o incluso que podían cortar hasta la armadura más gruesa.
De hecho, se decía incluso que algunas podían anular la magia, como el fílux de Viri.
Tuvieran el poder que tuvieran, las armalignas estaban creadas con un mismo y único propósito: causarle a las víctimas el máximo sufrimiento posible o la muerte.
—Por todos los Sabios... —exclamó Jonas, agachándose junto a Reeve y echándole un vistazo a la mancha verde que iba extendiéndose por su costado—. No tiene buena pinta. —El segador tocó la herida e ignoró el gemido de dolor de Reeve—. ¿Cuándo te la han hecho?
Reeve le respondió y la habitual alegría que reflejaba el rostro de Jonas se tornó en seriedad.
Sage se tensó al percatarse de su reacción.
—Puedes ayudarlo, ¿verdad? —preguntó Sage—. Es evidente que se trata de algún tipo de veneno, pero a ti eso se te da bien. Los has estudiado y sabes cómo curarlos, ¿no?
—Sí, pero no los venenos mágicos . —Jonas señaló la herida de Reeve—. No sabría por dónde empezar a tratar una herida así y me da miedo empeorarla más aún.
—Pero puedes averiguarlo, ¿verdad? —insistió la chica. Al no obtener respuesta de su amigo, se inclinó hacia él y dijo—: Tú eres el genio del grupo. Tiene que haber algo en esos libros tuyos que pueda servir para ayudarlo.
—No hay nada sobre venenos o enfermedades mágicas, ni para prepararlos ni para curarlos —respondió Jonas—. Ya sabes que ese tipo de conocimiento es muy limitado. No puedo curar algo que no entiendo.
—Pero al menos podrías intentarlo ...
—Vosotros dos, calmaos ya —interrumpió Reeve, pero, al estar tan débil, su voz no sonó nada autoritaria—. Estoy bien, solo necesito dormir un poco.
Viri resopló y todas las miradas se posaron en ella. Por un momento, se sonrojó, pero, después, dijo:
—Salta a la vista que no estás bien.
—¿Y quién tiene la culpa? —La preocupación de Sage se transformó en ira al clavar sus ojos avellana en Viri y cerrar las manos en puños—. Si muere, tú serás la responsable.
Viri sintió que la invadía un sentimiento de injusticia.
—Yo no le pedí que se pusiera delante de mí cuando lanzaron la daga.
—Eres una desagradecida de mier...
—Y no sé qué es lo que os preocupa tanto —siguió diciendo Viri—.
Es un segador y eso no ha sido un golpe mortal, así que, tanto si le han hecho la herida con una armaligna como si no, se curará.
Solo necesita un poco de élixen y la magia limpiará el veneno de la sangre.
—Se sintió un poco mal al decirlo, pero, aun así, sabía que tenía razón.
—¿Te ofreces voluntaria, cazadora? —preguntó Sage en tono amenazante.
Viri se quedó pálida, pero mantuvo la compostura porque era consciente de que solo estaba tratando de intimidarla.
—Si extrae el élixen de mí, no creo que pueda curarse ni un corte que se hubiera hecho con un papel.
—Nadie va a darme su élixen —dijo Reeve con toda la determinación que pudo mientras intentaba ponerse de pie—. Y nadie se va a morir. Ya os lo he dicho, solo necesito...
Reeve trastabilló hacia delante antes de terminar la frase y tuvo la suerte de que Jonas lo sujetara antes de que se cayera del sofá.
—Cuidado, Reeve —murmuró el chico rubio mientras volvía a dejarlo tendido en el sofá—. Cuanto más te muevas, más rápido se extenderá el veneno.
Ya es demasiado tarde para eso , pensó Viri al recordar la agotadora batalla que había tenido lugar en el callejón y en la que Reeve luchó casi todo el tiempo después de que le apuñalaran con la daga.
Seguía sin entender por qué Sage y Jonas estaban tan preocupados por él, pero, a la vez, y a pesar de lo que había dicho sobre que no le pidió que la salvara, el sentimiento de culpabilidad empezó a aflorar en su interior.
Si no fuera por Reeve, Viri tendría ahora mismo una herida infectada de veneno de una armaligna; eso contando con que la espeluznante daga roja no la hubiera matado del impacto, que era la intención de su atacante.
Cuanto antes se curara Reeve, antes se libraría ella de cualquier deuda que tuviera con él.
—Antes vi cómo Sage extrajo élixen de Jonas —le dijo Viri a Reeve—. Si te preocupaba que descubriera que los segadores no tienen por qué cazar solo a niños, tengo que decirte que ese tren ya ha pasado. Así que… —Señaló con una mano a Reeve y a sus amigos—. Haz lo que tengas que hacer.
—Esa no es una opción —murmuró Reeve en voz baja conforme empezaba a temblarle el cuerpo.
Viri dejó caer los brazos a los lados.
—¿Por qué no? Maldita sea, eres un segador, así que extraer élixen tiene que ser algo natural para ti.
—Pero ¿cómo puedes ser tan tonta? —exclamó Sage en tono mordaz—. Míralo. Mira sus venas. ¿Acaso tiene el mismo aspecto que otros segadores?
—Que lleve un tiempo sin extraer élixen no significa que...
—¿Un tiempo? —repitió Sage con incredulidad—. Siete años , para ser exactos.
Viri dio un paso hacia atrás, desconcertada; al segundo, se recompuso y le dijo a Reeve:
—Eres la mano derecha del Padre Segador. Si esperas que me crea que eso de que...
—Ahora mismo no tengo demasiadas fuerzas para que me importe lo que creas o dejes de creer —respondió Reeve, dejándose caer en el sofá y cerrando los ojos. El sudor le perlaba la frente y no paraba de apretar las manos una y otra vez, como si intentara recuperar la sensibilidad.
Lo normal hubiera sido que Viri se preocupara al verlo tan vulnerable, pero, en cambio, se puso más furiosa todavía.
—¿Qué es lo siguiente? —bramó Viri—. ¿Vas a decirme que nunca has extraído élixen de nadie? ¿ En tu vida ?
De pronto, Reeve clavó sus fervientes ojos plateados en ella.
—Yo no he dicho eso. Y claro que lo he hecho. Pero, como te ha dicho Sage, fue hace siete años y solo una vez. —Se calló y, al momento, añadió—: Con eso tuve más que suficiente.
La cazadora parpadeó. El inusual momento de honestidad de Reeve la había pillado con la guardia baja y, en cierto modo, le sorprendió que se las hubiera arreglado para resistirse a la naturaleza adictiva del élixen y solo haberse alimentado una vez en todos los años que había estado con el Padre Segador. Pero, aun así...
—¿Y qué se supone que le pasó a tu víctima inocente? —preguntó en un tono cruel—. ¿Hubo un milagro y sobrevivió?
Reeve guardó silencio y se quedó mirándola a los ojos, pero, después, bajó la vista hasta su hombro.
—No, murió —reconoció en voz baja.
Viri frunció los labios con asco y sintió una inesperada oleada de decepción. No obstante, dejó a un lado sus sentimientos y dijo:
—Pues ya está. Ya has extraído élixen antes y sabes cómo hacerlo, así que hazlo —dijo al volver a señalar a Sage y a Jonas.
Reeve negó con la cabeza.
—Ya te he dicho que para mí no es una opción.
Ya no extraigo élixen, fin de la discusión.
—Antes de que Viri pudiera insistirle más o preguntarle cómo consiguió romper las encancelas y dejarla fuera de combate usando la magia sin haber robado élixen antes, no que la hubiera usado para eso, se giró hacia Jonas y le preguntó—: ¿Qué puede pasarme si el veneno sigue extendiéndose?
—No lo sé con seguridad —respondió Jonas nervioso.
Sus ojos saltaron una y otra vez de Reeve a Viri—.
Aunque, si funciona como los venenos no mágicos, podría provocarte diversos síntomas antes de afectarte los órganos internos y, por último, matarte.
—Se colocó bien las gafas y siguió hablando, como si estuviera leyéndolo en un libro—.
Podría actuar de inmediato o ir expandiéndose poco a poco.
Y algunos de los efectos pueden ser hormigueo en las extremidades, entumecimiento, fiebre, escalofríos, mareos, calambres abdominales. ..
—Digamos que ya tengo la mayoría de esos síntomas —murmuró Reeve, secándose el sudor de la frente y apretándose el estómago con fuerza; no la zona de la herida, sino el estómago —. ¿Hay alguna forma de ralentizarlo?
—El veneno no es el único problema —respondió el chico, señalando el sofá manchado de rojo—. Parece que la toxina mágica con la que estuviera impregnada la armaligna impide que te cicatrice la herida. No dejas de sangrar. Si el veneno no te mata, morirás desangrado igualmente.
—Estupendo —bramó Reeve y, al segundo, antes de que cualquiera de ellos pudiera reaccionar, su rostro se quedó blanco de golpe y se inclinó hacia delante para vomitar en el suelo.
Sage maldijo en voz alta y saltó hacia atrás, pero Viri se quedó petrificada al ver la antinatural bilis negra que acababa de salir por la boca de Reeve.
—Eso no tiene buena pinta —exclamó Jonas entrando en pánico—. Reeve, ¿puedes decirme qué es lo que sientes exact...?
Antes de que pudiera terminar la frase, a Reeve se le pusieron los ojos en blanco y se desplomó en el sofá, inconsciente.
—¿Reeve? ¡ Reeve ! —gritó Sage antes de esquivar el charco de vómito y estirar los brazos para sacudir a su amigo de los hombros, pero no se movía—. ¡Jonas, habla! —espetó impaciente—. ¿Qué opciones tenemos?
Jonas se pasó la mano por los rizos rubios y se los despeinó más todavía.
—Necesitamos a alguien que sepa algo sobre este tipo de objetos. Alguien con conocimientos de medicina y de magia. Pero no creo que exista nadie así.
A Viri empezó a latirle el corazón con fuerza, no solo porque Reeve pareciera al borde de la muerte, sino también por lo que Jonas había dicho. Se mordió el labio y respondió:
—En realidad, sí que existe alguien así.
Sage y Jonas se giraron hacia ella y, por un momento, se preguntó a sí misma en qué demonios estaba pensando.
Después, volvió a mirar a Reeve, que seguía inconsciente; estaba sudando, temblando y sangrando.
De pronto, dejó de ser el segador de dieciocho años y volvió a ver al chico de once años al que consideraba su mejor amigo.
Esa noche, Reeve le había salvado la vida y no podía ignorar ese gesto así como así.
Sin embargo, aunque no lo hubiera hecho, seguía siendo Reeve .
Daba igual en qué clase de monstruo se hubiera convertido, no podía dejar que muriera.
—Conozco a alguien que podría ayudarle —exclamó Viri—. Rápido, levantadlo y seguidme.