13
R eeve se abalanzó sobre Viri justo a tiempo; la tiró al suelo y aterrizó encima de ella con una fuerza aplastante. L a cazadora se quedó sin aire al sentir el peso del cuerpo de Reeve, pero dejó de moverse al escuchar un gemido de dolor que soltó el segador.
—¿Reeve? —Viri ahogó un grito cuando le vio la daga roja hundida en el costado, la daga que iba para ella —. ¡Estás herido!
—Si no levantas el culo, acabaremos muertos los dos —bramó el chico, poniéndose de pie y sacándose la daga de la herida con un gorgoteo repugnante.
Viri notó cómo se le revolvieron las tripas al escucharlo y dio una arcada al ver la cantidad de sangre que manaba sin parar de la herida.
De pronto, volvió a escuchar un choque metálico de armas que le indicó que Reeve no estaba exagerando.
Sage y Ardin estaban conteniendo a los segadores, pero había demasiados como para que los dos pudieran enfrentarse a todos.
Reeve ya iba corriendo hacia ellos para ayudarlos y Viri no tardó ni un segundo en colocarse en posición tras él.
Cuatro de los segadores los atacaron de inmediato asestando golpes rápidos y con fuerza mientras que los otros tres seguían luchando contra Sage y Ardin.
Viri no podía ver dónde estaba el octavo; entre el caos de la pelea y la violencia de la tormenta, le era imposible centrarse en nada que no fuera sobrevivir.
— ¡Agáchate! —gritó Reeve y Viri se tiró al suelo al instante; notó el zumbido de una espada pasarle por encima de la cabeza, justo cuando él trazó un círculo en el aire y cortó a uno de los segadores por la mitad.
— ¡Cuidado! —chilló, Viri saltando hacia atrás para bloquear a otro segador cuya espada iba directa al cuello de Reeve.
La cazadora se tambaleó al notar su fuerza, pero eso no le impidió darle un rodillazo en la ingle, y, cuando el segador se dobló en dos, le clavó la daga en el pecho.
— ¡A tu izquierda! —bramó Reeve. Sin embargo, a Viri la tumbaron por segunda vez esa noche; esta vez, había sido una mujer que apretó los dientes como una bestia salvaje y le arañó la cara con sus largas uñas.
Viri gruñó cuando le rajó la mejilla y la lluvia hizo que le escociera aún más, pero ignoró el dolor y empezó a darle patadas a la mujer con violencia hasta que la soltó y se cayó hacia un lado.
Se puso de pie de inmediato, pero solo tuvo tiempo de recuperar una de sus dagas antes de que la segadora se abalanzara sobre ella otra vez, pero no vio el arma de Viri hasta que fue demasiado tarde.
De los labios de la mujer salió un borboteo cuando cayó de bruces sobre la espada y Viri tuvo que arrastrarse bajo el cadáver mientras contenía las ganas de vomitar.
La muerte no era una desconocida para ella; su trabajo como cazadora la había obligado a matar en varias ocasiones, pero, siempre que podía, entregaba a los segadores con vida.
Esa noche, sin embargo, ya había arrebatado dos vidas, y esos solo eran un par de los muchos cuerpos que la rodeaban y que descansaban sobre charcos de sangre.
Aunque estaba deseando tomarse un momento para recuperar el aliento y la compostura después de todo lo que había pasado, la batalla aún no había terminado, de modo que tuvo que obligarse a ponerse de pie, se sacó de la bota la daga que le quedaba para reemplazar la que se había quedado bajo la mujer, y volvió a la batalla.
La tormenta rugió por encima de sus cabezas con tan poca compasión como los segadores, pero Viri, Reeve, Sage y Ardin eran igual de violentos, por lo que lucharon hombro con hombro como si llevaran años haciéndoles frente a sus enemigos juntos.
Empezaron a ganar terreno y fueron derrotando a los monstruos uno a uno hasta que, por fin, solo quedaban cuatro de ellos en pie, jadeando sobre los cuerpos caídos de sus compañeros; ni toda la lluvia del mundo podría arrastrar la enorme cantidad de sangre y barro que los cubría de pies a cabeza.
La lluvia parecía saber que la batalla había terminado porque, justo entonces, empezó a amainar, el viento fue perdiendo fuerza, la tormenta se transformó en una ligera llovizna, y los rayos y los relámpagos se fueron alejando por el horizonte.
—Típico —dijo Sage mirando al cielo con el ceño fruncido. La mugre manchaba hasta los hilos de su atuendo beis de cuero y le hacía parecer una muerta viviente.
—¿Estáis todos bien? —Los ojos plateados de Reeve los escudriñaron a todos, pero se clavaron en la mejilla rajada de Viri y en su capa desgarrada a la altura del brazo, que fue donde le dio el primer segador con su daga.
—«Bien» es relativo —respondió Sage, tocándose un chichón que le estaba saliendo en la cabeza; su pelo morado, al estar tan empapado, parecía casi negro—. Pero estoy viva, que no es poco.
—Yo igual —dijo Ardin. Sus ojos oscuros escudriñaron las sombras que había en el callejón para asegurarse de que no había más segadores escondidos esperando para atacarlos—. Creo que está todo despejado.
—¿Y tú, Viri? —insistió Reeve—. ¿Estás bien?
Viri asintió, aunque era mentira. A nivel físico, tenía algunas heridas superficiales.
Pero, a nivel mental, estaba profundamente conmovida, no solo por la pelea, sino por las personas con las que había tenido que combatir.
Tenía tantas preguntas que no sabía por dónde empezar, pero, antes de perderse en sus pensamientos, escuchó un leve llanto que hizo que se diera la vuelta.
En ese momento, recordó el motivo por el que los segadores se encontraban en el callejón.
Los niños.
Ardin era el que estaba más cerca del lugar en el que seguían los niños apiñados, debajo del toldo medio caído de un edificio abandonado, y se acercó con cuidado a ellos con las manos levantadas para tratar de tranquilizarlos.
—Ya estáis a salvo —les dijo—. No tengáis miedo. Hemos venido a ayudaros.
Algunos de los niños empezaron a sollozar, aunque Viri no tenía claro de si era de alivio o por una reacción tardía de la experiencia tan traumática que acababan de vivir.
Pero, aunque su corazón quería consolarlos, había algo que necesitaba averiguar con urgencia, así que se acercó a ellos con precaución.
Era consciente de que debía de dar miedo, entre el fango y la sangre que le llegaba hasta las cejas y el corte de la mejilla, pero les dedicó una sonrisa reconfortante mientras Ardin empezaba a cortar las cuerdas que los ataban.
—¿Alguno de vosotros puede decirme de dónde veníais esta noche? ¿Había más niños con vosotros?
Se encontró con un montón de cabezas que negaban ante su pregunta, pero un chico que debía de tener la edad de Jessalyn habló y, aunque le temblaba la voz, dijo:
—Solo estábamos nosotros, pero dijeron que iban a llevarnos con el resto.
Viri maldijo en su interior, aunque se esforzó por conservar la sonrisa.
—¿Y oíste si dijeron algo más?
Otra niña, más o menos de la misma edad, susurró:
—Nos llamaron «repuestos». Yo... Yo... no sé qué significa.
Esta vez, los insultos que se tragó Viri fueron mucho más blasfemos. Al parecer, el Padre Segador se estaba cubriendo bien las espaldas y se estaba asegurando de tener niños de sobra para poder completar el sacrificio sin problemas.
—Muy bien —murmuró Viri con amabilidad—. Gracias por...
Se calló cuando Ardin cortó la última cuerda y se quedó pálida al darse cuenta de que solo había dos filas en lugar de tres. Eran ocho niños en total.
Debería haber doce.
En ese momento, se dio la vuelta y se encontró con los ojos de Reeve, que acababa de percatarse de los niños que faltaban.
—Había ocho segadores —exclamó Viri sin aliento al acordarse del segador al que le había perdido la pista en la batalla—. Se nos ha escapado uno.
Y se había llevado a cuatro niños con él.
Reeve maldijo en voz alta, varias veces, mientras se pasaba la mano por la cara con rabia y se balanceaba sobre sus pies.
Viri, horrorizada por la situación, estaba a punto de cuestionar a Reeve cuando una voz llena de rabia gritó:
—¡Todo esto es culpa tuya !
Al escuchar las palabras de Sage, la cazadora se dio la vuelta y se encontró a la segadora del pelo morado fulminándola con la mirada.
—¿Culpa mía ? —repitió Viri incrédula—. ¿Qué he...?
—No deberías estar aquí —exclamó, recorriendo la distancia que las separaba y señalando a Viri con el dedo.
Esta sintió una oleada de indignación que la invadió, como si tuviera el pecho en llamas.
—¿Cómo dices? ¡Pero si os he ayudado!
—¡Lo que has hecho ha sido entrometerte! —espetó Sage—. Si Reeve no hubiera tenido que salvarte el culo, podríamos haber derrotado al segundo grupo antes de que se nos escapara alguno. —Volvió a señalarla con el dedo—. ¡ Tú tienes la culpa de que hayamos perdido a esos niños!
Viri trastabilló hacia atrás ante la acusación de Sage.
Por una parte, quería gritarle para defenderse, pero, por otra, había algo que le decía que, tal vez, tenía razón.
No obstante, antes de decidir si se dejaba llevar por la rabia o el remordimiento, Reeve se interpuso entre ellas, pero, al instante, se tambaleó y se cayó de rodillas.
De pronto, dejó escapar un gemido de dolor al retorcerse sobre sí mismo y se llevó una mano al costado, que estaba sangrando a borbotones.
—¡Reeve! —Sage fue corriendo hacia él con Viri pisándole los talones.
Era la herida que le había hecho la daga; Viri se había olvidado por completo, sobre todo después de haberlo visto luchar sin esfuerzo, como si no le hubieran apuñalado unos segundos antes.
Había dado por hecho que la capacidad de curación mejorada propia de los segadores le habría ayudado, pero ahora. ..
No estaba tan segura.
—Estoy bien —gruñó Reeve mientras intentaba volver a ponerse de pie, pero no podía con su cuerpo.
—Déjame ver. —Sage apartó la mano del chico y contuvo un grito repentino cuando observó la herida—. ¡Por todos los Sabios!
Viri se inclinó para echar un vistazo y casi le dieron arcadas. Lo preocupante no era solo la profundidad de la herida, sino que, debajo de la capa de sangre, la piel que rodeaba el corte había adoptado un tono verde de lo más antinatural.
—¿Por qué tiene ese aspecto? —exclamó Viri con la respiración entrecortada, alarmada porque ya sabía la respuesta.
Era veneno.
Sage no confirmó lo que se temía, sino que le ordenó:
—Agárralo de ese brazo. —Y, a Reeve, le dijo—: Tenemos que volver con Jonas. Ya.
—Pero los niños... —se quejó Reeve.
—Yo me aseguraré de que lleguen sanos y salvos a sus casas —exclamó Ardin, que acababa de aparecer junto a ellas sin que Viri se diera cuenta.
Estuvo a punto de quejarse porque no le agradaba la idea de dejar a los niños en manos de un segador; era algo que iba contra todos sus principios.
Sin embargo, Reeve volvió a gritar de dolor y un sentimiento de culpa se apoderó de ella.
La daga le había dado a él por salvarla a ella .
Tenía que ayudarlo, se lo debía, aunque eso significara tener que confiar en alguien que, por naturaleza, no era de fiar.
No obstante, esa noche, Ardin había arriesgado su vida por salvar a esos niños, al igual que Reeve y Sage, por mucho que a Viri le costara asimilarlo.
Entonces, se aferró a la esperanza de que, después de haberlos protegido, no tendría sentido que les hiciera daño.
—Júrame que estarán a salvo contigo —murmuró Viri en voz baja para que los niños no la escucharan. Ahora que había pasado la tormenta, el callejón estaba sumido en el silencio, salvo por las gotas que caían de los tejados y el leve sollozo de los niños.
—Mi palabra no te servirá de nada porque no me conoces —dijo Ardin, clavando su oscura mirada en ella—. Aun así, juro por mi vida que, mientras estos niños estén a mi cargo, no sufrirán daño alguno.
Los ojos de Viri se clavaron en las venas que se extendían por las manos del segador. Ardin no se había molestado en taparlas ni trataba de ocultar su identidad, ni siquiera lo negaba , y eso, por encima de todo lo demás y aunque pareciera extraño, la reconfortó.
—Tenemos que irnos ya —la instó Sage a Viri—. Ayúdame a levantarlo.
—Un segundo —exclamó Viri, que fue corriendo hasta el segador al que había incapacitado con su fílux para preguntarle a dónde se habían llevado los niños. Pero, cuando estuvo encima de él, no estaba medio inconsciente ni maldiciéndola, como se esperaba.
Estaba muerto.
Palideció al fijarse en su garganta cortada y, después, se tensó cuando Ardin se acercó a ella.
—Seguro que ha sido cosa del segador que se ha escapado con los niños —murmuró Ardin con aire sombrío, dándole un empujoncito al cuerpo con la bota—. Como no podían tocar el fílux para quitárselo, habrán decidido callarlo para que no pudiera decir nada si decidíamos interrogarlo.
Viri pensó que era una medida de lo más cruel, pero efectiva. Una vez más, le sorprendió lo despiadados que podían llegar a ser los segadores.
—Nosotros no somos así —gruñó Ardin en voz baja al ver la repugnancia que reflejaba el rostro de Viri.
La cazadora no se molestó en responder, sino que recuperó su fílux y volvió corriendo hacia Sage para ayudarla a levantar a Reeve; tenía la cabeza caída hacia delante y estaba tan pálido que su piel había adoptado un tono grisáceo.
Dudó un segundo, pero, al instante, se pasó el brazo de Reeve por los hombros y se hundió un poco al sentir la mitad del peso del chico sobre su cuerpo.
—Ya lo tengo —exclamó Viri—. Vámonos.