Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 12 #2
35%

12 #2

Viri soltó el fílux y se dirigió a la puerta con la tranquilidad de que Jonas estaría tan débil que no podría ponerse de pie e ir tras ella.

—Lo siento, pero no me fio de los segadores —espetó sin mirar atrás—. Y, si empezara a hacerlo ahora, seguiría sin fiarme de un amigo de Reeve.

Esas fueron sus últimas palabras antes de salir corriendo por el pasillo hacia la puerta principal.

Ahora no había sentido la tutela de élixen y pensó que podía ser porque solo afectaba a las personas que entraban al apartamento, no a las que salían, pero, aunque hubiese notado el élixen, no se habría detenido; nada iba a apartarla de su objetivo: encontrar a Reeve.

Podría estar en cualquier parte, pero conforme avanzaba a toda prisa por el túnel interior de la montaña, pensó que, al ser tan tarde, casi todos los vecinos de ese nivel estarían durmiendo.

Eso significaba que Sage, Reeve y Ardin podían haber sido los últimos en usar el sendal y, de ser así, Viri podría transportarse directamente a donde hubieran ido.

Y, en cuanto llegara, su marca de cazadora seguiría el rastro de los segadores. Pero si no...

No se permitió pensar qué pasaría si las cosas no iban según lo previsto, así que, en cuanto llegó al sendal, lo cruzó rezándole a los Sabios para que la llevaran justo a donde quería ir.

Y debería haber rezado con más ímpetu o, al menos, haber sido un poco más específica y pedirles, por ejemplo, no aparecer justo en el lugar en el que la furiosa tormenta estaba descargando con más fuerza.

Viri notó al instante cómo la lluvia y el viento le azotaban la cara; empezó a jadear al sentir el agua fría empapándole la capa y el traje de cuero.

Sin embargo, esa era la menor de sus preocupaciones, porque lo peor era el sitio al que había llegado.

Al echar un vistazo rápido, se dio cuenta de que el sendal la había dejado cerca del obelisco del norte, junto a la ribera del río Mort, el sinuoso afluente que iba desde el lago Mirtis hasta el monte Mort antes de desaparecer entre la nebruma que cubría la montaña.

Casi nunca se había atrevido a acercarse tanto al extremo norte de la alterra, mucho menos de noche; la neblina quedaba tan cerca que daba miedo.

Si a eso se le sumaba el vendaval de la tormenta, el riesgo que corría se multiplicaba con creces.

Sin embargo, antes de convencerse a sí misma de que lo mejor era volver al sendal, lo sintió: el calor de la palma de su mano que le decía que había un segador cerca. O varios.

Reeve, Sage y Ardin.

Viri, decidida a ignorar la amenazante niebla y la violenta tormenta, empezó a dejarse guiar por su marca; primero, fue al oeste, lejos de la montaña, y, después, siguió el camino del río en dirección a la Arboleda de los Sabios.

Sintió un escalofrío al pensar en adentrarse en el pequeño bosque, donde los espeluznantes y viejos árboles dibujaban sombras que se movían como si el bosque estuviera vivo.

Sin embargo, respiró aliviada al darse cuenta de que, justo antes de llegar a la arboleda, su marca la apartó del río y la mandó hacia las calles iluminadas de la alterra; unas calles llenas de casas ostentosas habitadas por los que preferían vivir en la superficie de la ciudad, aunque ahora todas estaban cerradas a cal y canto para protegerse de los peligros de la noche.

Aun así, Viri apenas se fijó en las casas, sino que se concentró en la candente marca de su mano.

Cuando quiso darse cuenta, había dejado atrás la zona acomodada de la alterra y se estaba adentrando en los oscuros y estrechos callejones de los barrios bajos.

En esa zona, el viento soplaba con más violencia y llovía con tanta intensidad que dificultaba la visibilidad, además de los destellos de los relámpagos, que entorpecían la visión de Viri, y los repetidos truenos que le retumbaban en los oídos.

Y, a pesar de todo, siguió avanzando a toda prisa por los desmoronados y abandonados edificios conforme el calor de la palma de su mano se intensificaba; cada vez estaba más cerca de su objetivo.

Al girar una esquina que la llevaba a un callejón aún más estrecho, vio una repentina sombra moverse un poco más adelante, por lo que se escondió tras una pila de cajas de madera destartaladas.

Intentó secarse la cara y se subió la capucha para cubrirse los ojos, pero, a causa del vendaval, era imposible que se quedara en su sitio, p or lo que no tuvo más remedio que observar la lluvia con los ojos entrecerrados hasta que se percató de lo que estaban haciendo Reeve y sus amigos en un lugar tan alejado de todo.

Pero no vio solo a Reeve.

La marca la había llevado al lugar correcto: había más de media docena de segadores en el callejón, más de los que Viri había visto en un mismo sitio.

Los segadores casi nunca trabajaban juntos porque no les hacía falta; al tener tanta fuerza y velocidad, no les costaba secuestrar y matar a sus presas sin ayuda de nadie.

Además, tampoco estaban dispuestos a compartir el élixen que robaban porque siempre preferían quedárselo para sí mismos.

Hasta esta noche, Viri jamás se había encontrado a más de un segador en un mismo lugar.

De hecho, haber estado en el apartamento con Reeve, Jonas, Sage y, después, Ardin, ya había sido algo bastante excepcional.

Pero ver a siete segadores juntos en el mismo callejón.

.. Viri notó entonces que se le encogió el estómago al pensar en lo que podrían traerse entre manos.

Y, de pronto, vio algo que la dejó sin aliento y que hizo que el corazón le retumbara con fuerza contra las costillas. Porque los segadores no eran las únicas personas que se encontraban en el callejón.

También había niños.

Viri se tapó la boca para callar un grito ahogado mientras contaba de cabeza cuántos niños había; eran doce en total.

Estaban atados entre ellos con cuerdas y los habían colocados de cuatro en cuatro, formando tres filas.

Tenían el pelo y la ropa empapados por la lluvia, aunque sus cuerpecitos no temblaban de frío, sino de miedo.

El grupo era tan pequeño que, por un momento, Viri se planteó si serían los niños a los que habían secuestrado en los últimos seis meses, aunque, si lo eran, no estaban todos ellos.

Pero no tuvo dudas de que, durante todos sus años de cazadora, nunca había visto nada parecido.

Los segadores no estaban alimentándose de los niños ni parecían dispuestos a hacerlo.

De hecho, más bien parecía que estaban ayudando a los niños a moverse , ya que había tres asesinos de capa negra sujetando las cuerdas y tirando de ellos con fuerza hacia delante.

Fue entonces cuando se le vinieron a la mente las palabras de Ardin cuando llegó al apartamento de Jonas.

«Hay un traslado». Se le heló la sangre al darse cuenta de que se refería a lo que tenía delante en ese mismo momento.

Eso era para lo que Ardin necesitaba la ayuda de Reeve y Sage; estaban en mitad del callejón llevando a todos esos niños a sabrán los Sabios dónde.

Viri sintió que se le revolvía el estómago de los nervios al ver a uno de los niños resbalarse sobre el fango y caerse de rodillas; sin querer, hizo que se cayeran el resto de los niños que iban atados tras él.

Al segundo, apareció al lado de los niños un segador que los levantó y les gritó en la cara.

Para ellos, debía ser como una pesadilla hecha realidad y su temor era tan tangible que Viri, aunque estaba escondida en mitad del callejón, lo notó en sus entrañas.

Estaba deseando correr hacia ellos para rescatarlos, pero ningún cazador podía enfrentarse a siete segadores a la vez, sobre todo si uno de ellos era un segador inmune al fílux que manipula la magia: Reeve.

La única opción que tenía Viri era seguir oculta entre las sombras y seguirlos hasta donde fueran.

Cuando descubriera cuál era su escondite, volvería al Gremio de Cazadores, reconocería el error descomunal que había cometido al liberar a Reeve y les suplicaría a Meera y a Darik que enviaran a un equipo de cazadores y guardias de la Nox para derrotar a los segadores. Mientras tanto...

Vio que sus planes se venían abajo cuando vislumbró dos nuevas siluetas entre las sombras, cuyas armas brillaron bajo la luz de los rayos.

Al instante, los cuatros segadores que no estaban sujetando las cuerdas les gritaron a sus tres compañeros; Viri no pudo escuchar nada por el estruendo de la lluvia y los truenos, pero su intuición le dijo que eran órdenes para salir corriendo con los niños.

Entonces se fueron a toda prisa para enfrentarse a los dos atacantes.

Al fijarse en el atuendo oscuro de los recién llegados, Viri se preguntó si serían guardias urbanos, pero la tormenta le impedía ver si llevaban el uniforme de la Nox bajo las capas negras con capucha.

Al igual que le había pasado con los niños y los segadores, la penumbra en la que estaba sumido el callejón no le permitió identificar ningún rasgo conocido, pero, fueran quieres fueran, eran muy ingenuos si creían que podían derrotar a siete segadores por su cuenta.

Entonces apareció una tercera silueta que se unió a ellos; ahora serían tres contra siete, por lo que tenían más posibilidades, pero, aun así, seguían en clara desventaja.

A pesar del peligro que corría, Viri no podía perder la oportunidad que tenía delante. Contuvo la ansiedad que la invadió y salió corriendo de su escondite con el fílux en una mano y la daga en la otra; sus botas chapotearon en los charcos mientras iba directa hacia la refriega.