Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 11 #2
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—No, yo le he llamado Castaña, porque es mío —exclamó una nueva voz que hizo que Viri se diera la vuelta cuando un chico de su edad apareció por el pasillo.

Tenía una mirada inocente, unos alborotados rizos rubios, unos cándidos ojos azules tras unas gafas rectangulares y una sonrisa radiante y aparentemente sincera.

De hecho, llevaba un jersey de cuadros sin mangas, una prenda que Viri solo les había visto a personas de más de cincuenta años.

En general, parecía un chico inofensivo, aunque las apariencias, a veces, engañaban.

A Viri no le hizo falta prestarle atención al calor abrasador que sentía ahora en la palma de la mano para saber que acababa de entrar un segador; las venas negras que trepaban por los antebrazos del chico eran la prueba irrefutable de que era uno de ellos.

La cazadora adoptó una postura defensiva y agarró el fílux con fuerza, preparada para el ataque del segador. Sin embargo, el chico apenas la miró, sino que se fue directo hacia Reeve y le arrebató el conejo de las manos con cuidado.

—Y, para que conste—dijo el chico, acariciando a Castaña antes de meterlo en el bolsillo delantero de su chaleco.

El conejo se movió en el bolsillo hasta que consiguió sacar la cabeza y los observó con curiosidad—, solo le caes mejor porque eres el que más zanahorias le da.

O quizás sea por cómo hueles, a manzanas y a sándalo, que es lo que más le gusta en el mundo.

—No creo que ahora mismo huela así —espetó otra voz, esta vez de una chica.

Entonces apareció otra segadora por el pasillo y los saludó con la mano.

Llamaba bastante la atención por su pelo corto morado y sus ojos almendrados de color marrón; llevaba puesto un atuendo beis de combate hecho de cuero que le cubría lo suficiente como para que Viri pudiera ver las venas negras que se extendían bajo su piel—.

¿Llevas una semana con la misma ropa, Reeve? Eres un cerdo.

—Tenía lavabo, ¿okey? —Reeve se cruzó de brazos—. Para que lo sepas, mi higiene personal es de lo más ejemplar.

—Ejemplar o no —respondió la chica del pelo morado—, una semana sin cambiarse de ropa es una asquerosidad, le preguntes a quien le preguntes. ¿Así es como te torturaban?

—Me ofrecieron otra ropa. —Se calló un segundo—. Pero no iba a juego con mi pelo.

—Lo que quieres decir es que no te gustaba el color —dijo la chica con una sonrisa burlona.

Reeve, sacudiéndose unas motas invisibles de polvo del hombro, respondió:

—Me queda mejor el negro. Además, algunos dicen que combina con mi alma.

—Eres un segador —dijo Viri sin pensar—. Tú no tienes alma.

Todas las miradas se posaron en ella y, de pronto, cayó en la cuenta de que era la única de todos los presentes que no era un segador.

Sujetó el fílux con más fuerza aun, pero ninguno de los asesinos que tenía delante parecía preocupado por ver a una cazadora de capa carmesí en mitad de su apartamento.

—Supongo que debo presentaros —dijo Reeve señalando a sus amigos y a Viri—. Sage D’alia, Jonas Flynn, os presento a Viridia Solace. Cuidado, que muerde. Y no en el buen sentido.

La chica, Sage, resopló, pero el chico, Jonas, le dedicó a Viri una sonrisa amable y, para rematar, añadió un saludo tontorrón.

—He escuchado hablar mucho de ti, Viri —dijo, poniéndose bien las gafas. Sus ojos se clavaron en el arma que sujetaba Viri y se le iluminó la mirada—. ¡Ahhh! ¡Es el fílux legendario! ¿Puedo tocarlo? ¡Por favor!

—¿Qué? —exclamó Viri atónita.

Antes de que pudiera detenerlo, Jonas se acercó para tocar el látigo dorado con un dedo y, en cuanto lo rozó y sintió una descarga repentina, se puso pálido. Al instante, se apartó de un salto y sacudió la mano.

—Vaya, es peor de lo que pensaba. Cero de diez, no lo recomiendo. —Volvió a estremecerse, pero, aun así, su sonrisa se ensanchó—. ¿No es increíble la magia?

Viri se quedó mirándolo; no le salían las palabras.

—Disculpa a Jonas —murmuró Reeve con tono divertido y cariñoso a la vez—. Tiene corazón de académico, sobre todo en cualquier tema relacionado con los magos ancestrales y las formas en las que usaban el élixen.

—Si no fuera por..., ya sabes..., esto —dijo Jonas señalándose las venas negras del brazo—, me pasaría horas y horas estudiando en la universidad.

Pero como los cazadores van campando a sus anchas por todas partes, sería cuestión de tiempo que acabaran atrapándome.

Y a eso se suma que el Gremio de Académicos tiene unas reglas muy estrictas sobre el tipo de persona al que permite matricularse.

Viri no podía dejar de mirarlo.

—No me digas...

—Sí, sí. De hecho, lo intenté una vez —respondió Jonas sin captar el tono sarcástico de Viri—.

Incluso le escribí una carta redactada en un tono bastante serio al rector Reginald para poner de manifiesto la descontrolada discriminación y hacer hincapié en la importancia de que haya diversidad entre los estudiantes y los compañeros.

Nunca me respondió. —Jonas suspiró con melancolía—. Qué gente tan cerrada de mente.

—Ellos se lo pierden —dijo Sage, dándole un empujoncito a Jonas—. Y eso que ganamos nosotros. ¿Qué haríamos sin ti, tus libros y tu ingenio para ayudarnos a...?

Reeve se aclaró la garganta y Sage se calló de inmediato.

—¿Ayudaros a qué? —inquirió Viri.

Sage la ignoró y se giró hacia Reeve para lanzarle una mirada acusadora.

—Por cierto, ¿qué hace ella aquí? Supongo que habrá una buena razón para que hayas decidido traer a una cazadora al apartamento de Jonas.

—Viri no está de servicio —respondió Reeve.

—Esto... Claro que sí —le corrigió Viri con el ceño fruncido—. Siempre estoy de servicio.

El rostro de Jonas permaneció impasible, pero Sage se puso tensa y se movió en el sitio. Viri hizo lo mismo y notó cómo los latidos de su corazón se aceleraron, preparada para un ataque inminente.

Reeve se deslizó entre ellas para separarlas.

—Tranquilas, que aquí todos somos amigos. —Le puso una mano a Sage en el hombro para calmarla—. Me corrijo: Viri es cazadora, pero ahora mismo no está cazando.

—Pero debería —espetó Viri, poniéndose más seria aún—. Y ni se te ocurra decir que somos amigos. Si no corriera el riesgo de que me encerraran contigo en una celda, te llevaría de vuelta a la Críptula ahora mismo.

—Enhorabuena, Reeve —dijo Sage en un tono inexpresivo—. Buena pesca.

Viri la miró con desconfianza y exclamó:

—Reeve no ha pescado nada. De hecho, él fue el tonto al que atraparon.

Sage resopló.

—Qué gracia, porque habría jurado que...

—Sage —le cortó Reeve en voz baja.

Antes de que pudiera decirle nada más, se escucharon tres golpes en la puerta de entrada y se abrió lo justo para que un chico joven y atractivo asomara la cabeza por el umbral.

Era ancho, alto y desprendía confianza, como Reeve, pero su piel y sus ojos eran marrones y tenía una melena oscura y ondulada que le llegaba a los hombros.

Viri se fijó en la horrible cicatriz que le atravesaba la ceja y que, por algún motivo, le hacía parecer aún más atractivo.

O, al menos, así sería si no fuera porque se trataba de otro maldito segador, también con los antebrazos llenos de venas negras que se perdían bajo su capa.

—Hola, Ardin —le saludó Jonas con una sonrisa—. No esperábamos que...

—Hay un traslado —lo interrumpió Ardin sin moverse de la puerta.

—¿Cuándo? —preguntó Reeve.

Viri se percató de su cambio de actitud. La sonrisa pícara y jocosa y la expresión despreocupada que había tenido durante toda la noche habían desaparecido. Ahora, con los hombros firmes y completamente serio, Reeve parecía tener mucho más de dieciocho años.

—Puede ser en cualquier momento —respondió Ardin—. Me han informado tarde, así que tenemos que irnos ya.

Sage se puso en marcha y se fue corriendo por el pasillo a una velocidad propia de un segador; Jonas fue detrás, pisándole los talones.

—¿Qué ocurre? —preguntó Viri, acercándose a Reeve—. ¿Qué es un traslado?

Reeve maldijo por lo bajo y se pasó una mano por el pelo oscuro como la noche. De pronto, un rayo iluminó su rostro crispado de frustración.

—Qué momento tan inoportuno.

En cuanto lo dijo, Sage volvió a aparecer en el salón, cargada de armas.

Viri se puso tensa y estuvo a punto de sacar su fílux, pero la chica del pelo morado pasó por delante de ella en dirección a Reeve.

—Toma —exclamó Sage al darle la mitad de las armas al chico. Después, empezó a armarse ella.

Reeve hizo lo mismo; envainó varias dagas en el cinturón y acabó atándose una reluciente espada negra en la espalda.

Al ver tantas armas en manos de segadores, a Viri le costó la propia vida reprimir el impulso de lanzarse hacia ellos para arrebatárselas todas.

—La tormenta cada vez está más cerca —dijo Jonas cuando volvió al salón. Traía dos capas negras con capucha: una para Reeve y otra para Sage—. Tened cuidado. Parece que va a descargar con bastante fuerza.

—La tormenta es el menor de nuestros problemas —exclamó Reeve, colocándose la capa por encima de la ropa.

— Reeve —insistió Viri agarrándolo del hombro—. Háblame. ¿Qué está pasando?

—Vigila a tu perra de caza, Reeve —gruñó Sage dedicándole una mirada severa a Viri—. No podemos perder más tiempo.

En ese momento, Viri perdió la paciencia y dio un paso amenazante hacia Sage, dispuesta a abatirla, pero el brazo de Reeve la rodeó por la cintura como si fuera una barra de metal y la arrastró hasta el sofá de cuero negro.

—¡Suéltame! —gritó Viri justo antes de que Reeve la soltara. Ella se giró, con la intención de atacarlo por haberla agarrado así.

Reeve se le adelantó y dijo:

—Siento todo esto. Jonas cuidará de ti mientras estamos fuera. Te prometo que te lo explicaré todo cuando vuelva, pero tienes que saber que esto es por tu bien.

Estaba a punto de escupirle fuego, pero su rabia se transformó en incredulidad cuando vio que Reeve agarró su encancela y, tras darle un toque con el dedo, el grillete mágico se desvaneció.

Justo antes de que Reeve saliera disparado como un rayo, Viri se quedó sin respiración al sentir la mano de Reeve en su cuello, justo debajo de la oreja.

No utilizó la fuerza para atacarla, sino que rozó su piel con la yema de los dedos y, al segundo, sintió una repentina oleada de élixen que la invadió, una mucho más fuerte que cualquiera que hubiera sentido en su vida.

— Pero ¿qué ...? —dijo Viri con la voz entrecortada, pero no pudo terminar la frase porque se le atropellaron las palabras, le temblaron las piernas y se le empezó a nublar la vista.

—Shhh... —Reeve la sujetó cuando se cayó lentamente y la tumbó con cuidado en el sofá—. Estás a salvo. No te resistas.

Quería gritarle, arañarle la cara, saber qué demonios le había hecho y cómo, pero todo lo que había a su alrededor empezó a desaparecer. Se percató de la disculpa en el rostro borroso de Reeve mientras luchaba por no quedarse inconsciente.

Justo cuando los párpados se le iban a cerrar por completo, vislumbró algo más, algo que era imposible.

Vio que Jonas extendía la mano en dirección a Sage y decía:

—Toma todo lo que necesites.

Entonces observó a Sage alimentándose de su amigo segador y, ante esa transferencia de poder, la marca de la palma de Viri empezó a quemarle como nunca antes.

Ese calor abrasador fue lo último que sintió antes de que todo se volviera negro.