Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 11
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N i Viri ni Reeve pronunciaron palabra alguna mientras desandaban sus propios pasos por el oscuro Distrito Mercantil para volver al sendal; para su sorpresa, el silencio resultaba apacible.

Sin embargo, cuando llegaron al deslumbrante arco de piedra mágica, toda la tranquilidad que había sentido Viri quedó eclipsada por el nerviosismo que la inundó.

—Por si sirve de algo, quiero que sepas que no te estoy tendiendo una trampa —afirmó Reeve al notar lo inquieta que estaba—. Te doy mi palabra.

Viri se alisó la capa carmesí y, a escondidas, se aseguró que tenía a mano todas sus dagas de cazadora: dos enganchadas en el cinturón y una escondida en la bota. Por lo general, prefería usar el fílux, ya que era mucho menos engorroso, pero hacía mucho tiempo que había dejado de ser tan selectiva.

—Siento decirte que la palabra de un segador no significa nada para mí.

—¿Y si es la palabra de un viejo amigo? —preguntó Reeve—. ¿Sirve de algo?

Para Viri, recordar la persona que había sido Reeve fue como si le dieran una patada en el estómago; aun así, su rostro permaneció impasible.

—Si hubiera querido hacerte daño —siguió diciendo Reeve—, lo habría hecho en alguna de las muchas ocasiones que he tenido esta noche. —Viri se sobresaltó al darse cuenta de que volvía a estar en lo cierto—. Cuando le dije a Archer que estarías a salvo conmigo, hablaba en serio.

No supo qué decir. Estaba abrumada por los sentimientos contradictorios que la invadieron, así que se aferró al recuerdo de Soren tumbado inconsciente en el suelo del cuartel general de la Nox e hizo un breve gesto hacia el sendal.

—Terminemos con esto de una vez.

Reeve se detuvo a observarla un segundo y, por un momento, pareció que iba a decir algo más, pero se frenó a sí mismo, negó ligeramente con la cabeza y se giró hacia el sendal. Cuando estaba a punto de atravesar el arco, le tendió la mano a Viri.

—Más vale prevenir que curar.

Los académicos más destacados de Aravell llevaban siglos investigando sin descanso la magia de los sendales, pero casi todo lo relacionado con los arcos de piedra mágica seguía siendo un misterio.

Los sendales formaban parte de la vida diaria de Isla Elverdine y los ciudadanos que los utilizaban solo tenían que visualizar en su mente el destino de otro sendal para que los transportara allí al instante, así como a cualquier persona que los acompañara.

Y no era necesario que tocaran a su acompañante, ya que el portal se quedaba abierto hasta que la persona pensaba en el destino al que quería ir.

Por eso Reeve entró primero, porque solo él conocía el lugar al que tenían que ir, pero Viri no tenía por qué agarrarle de la mano para trasladarse al mismo lugar que él.

Sin embargo, cuando Reeve se percató de que Viri estaba a punto de quejarse, sacudió el brillante grillete de su muñeca para recordarle la agonía que sufrirían si se separaban más de diez pasos.

De modo que, a regañadientes, acabó estrechando sus dedos con los de él por segunda vez en lo que iba de noche.

—No te acostumbres —murmuró Viri.

Reeve le sonrió con la mirada.

—Quizás deberías aplicártelo a ti misma.

Antes de que pudiera decirle que preferiría ir de la mano de un cadáver, Reeve se adentró en el sendal y la arrastró tras él.

A los pocos segundos, aparecieron el otro lado de un arco por el que Viri no había pasado en su vida; sin embargo, al observar el diseño típico del interior de la montaña, se dio cuenta de que estaban en la zona r esidencial del monte Tembris.

No tuvo forma de saber a qué altura estaban, pero el aire filtrado era menos pesado y más seco de lo que estaba acostumbrada, por lo que debían estar en la parte más alta, casi en el pico.

Entonces se fijó en que solo había algunas puertas a lo largo del corto túnel, una prueba más de que estaban en la parte más elevada porque, al haber menos espacio, había menos apartamentos.

De pronto, Reeve se detuvo delante de una de las puertas y, justo cuando estaba a punto de girar el pomo, Viri se quedó paralizada.

Porque empezó a arderle la marca de cazadora.

— ¡Espera! —Viri le dio un manotazo para que soltara el pomo y, después, masculló—: ¡Me dijiste que no era una trampa!

Reeve la miró desconcertado.

—Y no lo es.

Viri lo fulminó con la mirada.

—Entonces, ¿por qué hay un segador ahí dentro, Reeve?

Este se fijó en los círculos entrelazados que tenía tatuados en la palma de la mano y su rostro se relajó al entender a qué se refería. Sin embargo, en lugar de tranquilizarla, se limitó a decirle:

—Con suerte, habrá dos. Sería un incordio tener que salir ahora a buscar al otro.

Antes de que pudiera detenerlo, Reeve abrió la puerta, la agarró de la mano otra vez y la arrastró al interior del apartamento.

En cuanto cruzó el umbral de la puerta, Viri se olvidó de la quemazón que sentía en la mano, no porque hubiera desaparecido, sino porque un agonizante dolor le sacudió todo el cuerpo, como si millones de rayos estuvieran atravesando todos y cada uno de sus nervios.

Si no hubiera sido porque Reeve seguía sujetándola de la mano, habría pensado que habían activado las encancelas sin querer.

Pero el dolor le resultaba lo bastante familiar como para saber lo que estaba pasando, aunque no se explicara por qué .

—¿Una tutela de élixen? —preguntó con la voz ronca cuando su cuerpo empezó a adaptarse a la oleada de magia que acababa de atravesarla—. ¿Qué demonios , Reeve?

El segador la observó con detenimiento, como si estuviera intrigado.

—La mayoría de la gente no puede sentirla.

Viri respiró hondo al sentir la última punzada de dolor y apretó la mandíbula al decir:

—Yo no soy como la mayoría de la gente.

—Lo sé perfectamente, te lo aseguro —respondió en un tono y con una expresión indescifrable—. No sabía que eras tan sensible a la magia. Qué interesante... Aunque, en realidad, tiene sentido, teniendo en cuenta tu historial.

—¿Qué histo...? —Se calló al volver a sentir el calor en la palma de la mano. Su experiencia como cazadora hizo que dejara de lado la curiosidad y activara sus instintos de supervivencia.

Viri desenrolló su fílux y se apoyó en las puntas de sus pies para mantener el equilibrio y echar un vistazo rápido a su alrededor.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba en el salón de un apartamento muy parecido al suyo, solo que más pequeño y con una decoración mucho más sombría.

Las vistas también eran distintas, ya que había una enorme ventana sellada que daba de lleno al monte Mort, el pico más escarpado, imponente y al norte de las montañas Tridus.

Al contrario que los montes Tembris y Verta, los humanos tenían prohibida la entrada al monte Mort, que se encontraba más allá de la protección de los obeliscos y que casi siempre estaba cubierto por una nube de nebruma, incluso durante el día.

Desde que Viri tenía uso de razón, no había conocido a nadie que se hubiese aventurado a ir hasta allí o, al menos, nadie que hubiera vivido para contarlo.

Sintió un escalofrío al observar la letal montaña y, después, volvió a estremecerse cuando vio un relámpago que se perdió en la densa niebla negra que lo rodeaba; la tormenta que antes se acercaba por el horizonte cada vez estaba más cerca.

—¿Dónde estamos? ¿Y por qué? —exigió saber Viri sin dejar de escudriñar el salón, que apenas estaba iluminado. Aunque le ardía la mano, no vio ninguna señal que le indicara que había un segador cerca.

—Puedes estar tranquila —dijo Reeve mientras se acercaba a una especie de casita rectangular que había en el suelo junto a la ventana—. Aquí estamos a salvo gracias a las tutelas de élixen.

—¿A salvo de qué? —preguntó—. ¿O de quién?

—De ambos. —Se agachó y trasteó con un pestillo de metal que había en la parte superior de la casita.

Viri, molesta porque Reeve no contestara a sus preguntas, se fijó otra vez en el apartamento; paredes grises y un sofá negro de piel, colores que, sin duda, elegiría un hombre.

—¿Esto es...? ¿Vives aquí?

Reeve estaba demasiado distraído como para responderle.

Toda su atención estaba puesta en levantar la tapa de la casita e intentar sacar algo; algo que hizo que Viri se acercara más aún para asegurarse de que lo que veían sus ojos era real.

De pronto, Reeve tenía en las manos un conejito y podría ser, con diferencia, la cosa más adorable que la cazadora había visto en su vida; su pelaje marrón claro y suave se oscurecía al llegar a la nariz, y sus orejas estaban caídas.

La cazadora, que seguía sin entender la escena que tenía delante, se vio obligada a hacerle a Reeve una pregunta estúpida:

—¿ Eso qué es?

—¿A ti qué te parece? —respondió el chico, acurrucando a la pequeña bola de pelo contra su pecho y acariciándole las orejas largas y suaves.

Viri se preguntó si habría sufrido un derrame cerebral.

—No puedes tener un conejito como mascota —farfulló—. Los conejitos son lindos y adorables y... y... esponjositos, y tú eres el mal personificado. Esto va contra las leyes de la naturaleza.

—Primero: gracias por insinuar que no soy esponjosito.

Me halaga que te hayas dado cuenta —dijo, guiñándole un ojo, lo que hizo que a Viri se le encendieran las mejillas, aunque le bufara al escuchar su respuesta—.

Segundo: «el mal personificado» suena mucho mejor que «gilipollas», así que te lo acepto.

Y tercero: Castaña no es mío, pero le caigo mejor que los demás.

Viri estaba segura de que, en cualquier momento, le explotaría el cerebro.

—¿En serio le has llamado Castaña ?