10 #2
—Yo no tengo la culpa de que no me preguntaras —espetó aún con una sonrisa—. Lo irónico es que tú no te hayas dado cuenta de que no funcionaba hasta ahora, sobre todo porque tampoco funciona contigo.
Viri lo miró con la boca abierta.
—¿Cómo has sabido...?
—Porque yo sí me acuerdo, Viri. Que tú decidieras olvidar nuestro pasado no significa que yo hiciera lo mismo.
—Pero... Yo... —No supo qué decir porque no tenía recuerdo alguno de ese momento en el que tanto ella como Reeve se percataron de que eran inmunes al fílux de sus padres.
No obstante, Reeve tenía razón sobre que ella misma había decidido no albergar ciertos recuerdos de su pasado; era incapaz de lidiar con tanto d olor, pero podía soportar la pena cuando conseguía mantenerla a raya.
Sin embargo, ese no era el momento de preguntarse qué más podría haber arrastrado a las profundidades de su subconsciente, de modo que se dejó llevar por la rabia que sentía y dijo:
—Así que has podido mentirme durante toda la noche. ¿Hay algo de lo que me has dicho que sea verdad?
Reeve se puso serio y respondió:
—No te he mentido ni una sola vez.
—Me dijiste que sabías algo del Padre Segador y de sus planes.
—No, te dije que sabía más que tú y que te interesaría escucharlo. Y así sigue siendo. Y en más sentidos de los que te imaginas.
—Pues cuéntamelo .
—Lo haré, pero todavía no.
Viri quiso dar patadas contra el suelo, como si fuera una niña pequeña. Sin embargo, se limitó a enrollarse el fílux alrededor del brazo mientras farfullaba en voz baja algo sobre lo exasperantes que eran los segadores. Después, fue hacia Reeve y empezó a palpar los bolsillos de su abrigo negro.
Reeve se sobresaltó y se chocó contra una silla, pero Viri no paró de buscar.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó como si estuviera maldiciéndola en su interior.
—Estate quieto —le ordenó Viri mientras seguía registrando el abrigo.
—Si lo que querías era meterme mano, solo tenías que pedírmelo, ¿eh?
—Perdón, rectifico —espetó—: estate quieto y cállate .
Viri no encontró nada en los bolsillos de fuera, así que le desabrochó el abrigo y empezó a rebuscar en los bolsillos interiores; sus dedos apenas rozaron los costados de Reeve mientras trataba de encontrar algo que sabía que tenía que estar en alguna parte.
Notó cómo el cuerpo de Reeve se tensó y, después, se agitó un poco mientras ella seguía escarbando con los dedos entre los bolsillos.
De pronto, se le escapó un ruido que hizo que lo mirara con incredulidad al darse cuenta de que. ..
—¿Tienes cosquillas ? —Al no obtener respuesta, siguió hablando en tono acusador—: No puedes tener cosquillas. Eres un segador.
—¿Por qué lo dices como si hubiera un reglamento que explicara cómo ser un segador ejemplar? —preguntó Reeve—. ¿Debería tomar apuntes?
Viri subió las manos por sus costados a posta y a Reeve se le escapó un grito repentino.
—¡Tienes cosquillas! —gritó Viri. Casi le dio un ataque de risa por lo ridículo que le parecía que un segador tuviera cosquillas, pero, antes de cometer ese error, encontró lo que estaba buscando—. ¡Ay! ¡Aquí está! ¡Gracias, Soren!
Cuando Reeve pudo ver lo que Viri había estado buscando, que no era más que el equipamiento básico que llevaban todos los guardias de la Nox, suspiró.
—¿Unas encancelas? ¿Qué necesidad hay?
En lugar de responderle, le puso una en la muñeca y se colocó la otra en la suya, y dejó escapar una pequeña mueca de dolor cuando sintió la punzada de élixen por el efecto de la anulación.
Al contrario que el fílux, las encancelas no estaban unidas por ninguna cadena, sino que eran dos brazaletes separados que estaban unidos por magia intangible.
Su función era hacer que la magia dejara de funcionar en lugar de reprimirla y drenarla.
Aunque las encancelas no eran tan poderosas como su fílux, al menos, al estar atado con ellas, Reeve no podría extraer élixen, aunque también tenía otras ventajas.
—Ya que mi fílux no funciona contigo, así me aseguraré de que no intentas escapar —dijo, tocando el brazalete negro brillante—. Si te alejas más de diez pasos de mí, sentirás como se retuerce cada nervio de tu cuerpo.
—A ti te pasará lo mismo —la advirtió.
—Sí, pero al menos así estoy tranquila.
—Te lo he dicho antes: queremos lo mismo, Viri —murmuró Reeve. En su voz se coló una pizca de frustración—. No pienso ir a ninguna parte sin ti.
—Ya sé que no —respondió, volviendo a tocar las encancelas—. Ahora quítate el abrigo. Hoy ya has jugado bastante a ser un guardia de la Nox. Betty se encargará de devolvérselo a Soren.
—¿No se te ocurrió pedirme que me lo quitara antes de manosearme como lo has hecho? —preguntó Reeve cortante mientras se quitaba el uniforme y lo dejaba en el respaldo de una de las sillas de la pastelería—. Si no te conociera tanto, pensaría que has disfrutado...
—Como se te ocurra terminar esa frase, seré yo la que me aleje diez pasos de ti a posta —le amenazó Viri, que ya había empezado a notar el calor en sus mejillas.
Ni siquiera se le había pasado por la cabeza pedirle que se quitara el abrigo antes, así que ahora se sentía bastante avergonzada—.
Venga, vámonos. Tienes un trato con el que cumplir.