Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 10
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R eeve se puso cómodo, estiró las piernas por debajo de la mesa e ignoró la patada que le dio Viri cuando invadió su espacio.

—Un trato es un trato, sombrita. ¿Por dónde empezamos?

—Puedes empezar por dejar de llamarme así —respondió Viri—. Y, después, respóndeme a la pregunta que te he hecho cientos de miles de veces: ¿dónde está el Padre Segador?

—¿Por qué no lo llamas por su nombre real?

Viri sintió la ira ardiendo en su interior.

—Porque, cuando decidió convertirse en el Padre Segador, renunció a su humanidad y, por lo tanto, a su derecho a ser tratado como tal.

—Se inclinó hacia delante y dijo entre dientes—: Y no eres tú quien hace las preguntas, sino yo.

Así que, o me respondes, o te vuelvo a llevar derechito a la Críptula.

Reeve soltó una sonora carcajada.

—Como si no tuvieras ya pensado encerrarme allí después de esto.

Se quedó callada y, al segundo, intentó zafarse de la tensión que inundó su cuerpo.

—No sé de qué me hablas.

—Para ser justos —siguió diciendo Reeve, como si Viri no le hubiera contestado—, me decepcionarías si no hubieras pensado cómo darme una puñalada trapera. Todo el mundo te conoce por ser una cazadora despiadada, Viridia Solace. Sería una lástima descubrir que todo es una farsa.

Antes de que a Viri se le ocurriera qué responderle, o inventarse alguna mentira creíble, Betty salió de la cocina y dejó delante de ellos una bandeja a rebosar de pastelitos, galletas y tartaletas de crema; con todo lo que había, podían alimentar a la ciudad entera.

Entonces la anciana se marchó, pero volvió al momento con una tetera humeante y dos tazas decoradas con corazones dorados que dejó sobre la mesa haciendo un gesto elegante.

—Un romántico festín para mis dos personas favoritas —exclamó Betty—. Disfrutad de vuestra cita, queridos. —Suspiró con melancolía—. Ay, quién pudiera volver a ser joven y enamorarse...

A Viri se le atropellaron las palabras al intentar responderle:

—No... Esto no es... No somos ...

Pero Betty ya se había ido y acababa de desaparecer tras la puerta de la cocina.

—No podemos olvidarnos de invitarla a la boda —dijo Reeve con una sutil sonrisa mientras les servía el té—. Si se lo pedimos con educación, seguro que nos hace la tarta.

—Deja de reírte. No tiene gracia —espetó Viri con el ceño fruncido.

—No me estoy riendo.

—Con los ojos sí.

—¿Con los ojos ?

—Es que... Buf... Olvídalo —gruñó antes de agarrar una de las tartaletas de crema y comérsela con rabia, pero se le pasó en cuanto el dulce sabor de la vainilla inundó todos sus sentidos.

—Está rica, ¿verdad? —dijo Reeve, agarrando otra tartaleta y dándole un bocado. De pronto, gimió, y el sonido pareció tan sugerente como intolerable—. Mmmm... Está deliciosa.

Viri le dio un sorbo al té, aunque estaba hirviendo todavía, con la esperanza de ocultar el rubor de sus mejillas.

—Bueno, ¿por dónde íbamos? —preguntó el chico mientras se chupaba los dedos, por lo que Viri se ruborizó más aún—. No me importa que tengas pensado jugármela, porque no te va a hacer falta.

La cazadora entrecerró los ojos y exclamó:

—Ah, ¿no?

—Me necesitas —afirmó Reeve con seguridad—. Mientras tenga información relevante del Padre Segador y de los niños, no puedes permitirte el lujo de perderme de vista.

—Información que me debes . Ese era nuestro trato.

—Tienes toda la razón —afirmó y luego le dio un sorbo al té—. Solo hay un pequeño problema. —Levantó la mano que tenía libre y apretó el dedo índice contra el pulgar—. Un problemilla diminuto sin importancia. —Se calló un segundo—. Bueno, en realidad hay tres problemas.

Hubo algo en el tono del segador que alarmó a Viri.

—¿Qué tres problemas?

Reeve le dio otro sorbo al té y, después, soltó la taza.

—Quieres saber dónde está el Padre Segador, dónde están los niños y cuándo tendrá lugar el sacrificio, ¿no?

—Sí —respondió, decidida.

—Pues eso son los tres problemas. Porque no sé la respuesta a ninguna de esas preguntas.

Viri se quedó mirándolo un segundo y, después, empezó a reírse, aunque no había ni pizca de gracia en sus carcajadas.

—Buen intento... Ahora dime de una vez lo que quiero saber.

Reeve levantó las manos.

—Te prometo que te estoy diciendo la verdad. Pero antes de que me asesines con la mirada, tienes que saber que no todo son malas noticias. Sé cómo averiguar las respuestas a tus preguntas, pero tenemos que ir a un sitio para conseguir la información.

Ella volvió a reírse, esta vez de incredulidad.

—Estás de broma, ¿no?

—¿A ti te parece que estoy bromeando?

Al percatarse del rostro serio de Reeve, a Viri se le borró la sonrisa.

—¿Por qué iba a ir yo contigo a ninguna parte? Ya sabes que tenía pensado traicionarte...

—¿Hablas en pasado? Qué alentador...

—… así que ¿por qué arriesgaría mi vida por hacerle caso a un segador?

—Porque los dos queremos lo mismo —reconoció Reeve sin tapujos.

—¿A qué te refieres? —preguntó Viri en un evidente tono de duda.

—Detener el sacrificio del cometa Aurora.

Se echó hacia atrás, perpleja. Al instante, miró a Reeve con el ceño fruncido.

—Eres el seguidor más fiel del Padre Segador, ¿por qué ibas a querer oponerte a sus planes?

El rostro de Reeve se volvió impasible.

—Nada de preguntas personales. Ese era el trato.

—Un trato que tú mismo has roto —exclamó furiosa—. ¿Y por qué eso es una pregunta personal?

—Yo no he roto nuestro trato. Acabo de decirte, literalmente, cómo podemos obtener las respuestas que necesitas. Eres tú la que no deja de discutir por la logística.

—Yo no estoy discutiendo —se quejó Viri.

Reeve la miró con la intención de que se diera cuenta de que sí estaba discutiendo.

A Viri no le habría sorprendido lo más mínimo que, en ese momento, le hubiera empezado a salir humo por las orejas.

Se tomó un momento para respirar hondo e inhalar el relajante aroma a vainilla y crema; odiaba que su plan se hubiera torcido tanto.

Reeve se la había jugado, otra vez , pero, si resultaba estar diciendo la verdad.

.. Si hubiera una forma de obtener las respuestas que necesitaba.

.. Si de verdad quería detener el sacrificio del cometa Aurora.

.. Eso significaba que sí que tenían el mismo objetivo.

No era tan ingenua como para pensar que estarían de acuerdo en todo, ya que Reeve era fiel al Padre Segador, además de un segador como tal.

Sin embargo, en ese caso concreto, tal vez valdría la pena arriesgarse a ir con él si eso podía ayudarla a salvar a los niños.

Su intuición no le había fallado nunca y rezó por no empezar a tomar decisiones equivocadas ahora, justo cuando tenía la mirada clavada en Reeve. Entonces le preguntó:

—¿A dónde tenemos que ir?

El chico, como respuesta, se comió otra tartaleta de crema y se puso de pie.

—No está lejos. Llegaremos en nada si utilizamos el sendal.

Viri apretó los labios y se levantó de su asiento, aunque no pudo evitar preguntarse si estaba cometiendo un terrible error.

Sin embargo, algo en su interior le decía que estaba haciendo lo correcto.

No confiaba en Reeve lo más mínimo, pero hacía tiempo que había aprendido a confiar en sí misma y no iba a dejar de hacerlo ahora.

—¡Gracias por este picoteo nocturno, Betty! —gritó Reeve hacia la cocina mientras se dirigían a la puerta de la pastelería—. ¡Nos vemos pronto!

—¡Adiós, pastelitos! —respondió la anciana desde algún lugar que no estaba a la vista—. ¡No hagáis nada que no haría yo!

A Viri le dio vergüenza ajena lo que insinuó Betty, pero se centró en seguir a Reeve a través de las mesas decoradas, con su fílux brillando entre ellos.

De pronto, empezó a percatarse de algo que, al principio, la confundió y, a los segundos, la alarmó: Reeve iba andando con tranquilidad; con demasiada tranquilidad.

—¿Por qué no vas tambaleándote? —preguntó Viri.

Reeve la miró por encima del hombro y levantó una ceja.

—¿Porque aprendí a andar de niño?

—No... Es solo que... ¿Por qué no estás cansado?

El segador la miró más incrédulo aún.

—¿Porque me he pasado una semana en una celda y no tenía más que hacer aparte de echarme la siesta? ¿Y porque acabo de comerme mi propio peso en azúcar?

—Deja de responder a mis preguntas con más preguntas —exclamó molesta.

Reeve, que no entendía nada, le respondió:

—Pues deja de hacer preguntas sin sentido y ve al grano. Dime qué te preocupa.

Viri agitó la mano para señalar su fílux.

—Llevas tanto tiempo atado al fílux que ya deberías haber empezado a sentir sus efectos. Tendrías que estar agotado, no así de vivaracho.

—¿Vivaracho? —La boca de Reeve se curvó hacia arriba—. Desde luego, me han llamado cosas peores.

La cazadora se detuvo justo delante de la puerta de la pastelería y tiró del fílux para que Reeve se parara.

—Respóndeme.

—Llevo un tiempo sin tomar ni una pizca de élixen —respondió, encogiéndose de hombros—. Puede que sea por eso.

Viri sintió un escalofrío al recordar a qué se dedicaba Reeve y las cosas que había hecho .

—Bueno, en ese caso la única diferencia sería que no te afectaría tan rápido. Pero sigues teniendo tu gota de élixen, así que el fílux debería reprimirla. Tal vez habría tardado más, pero, aun así, ahora mismo, deberías tener la misma fuerza que un gatito.

—Pues puede que esté roto —murmuró, volviendo a encogerse de hombros.

El pánico se apoderó de Viri al pensarlo. Sin embargo, ella sí que sentía su arma y su delicada sensibilidad detectó un leve chispazo de élixen, por lo que supo que contenía el mismo poder que siempre. Eso quería decir que...

—No funciona contigo —dijo Viri con la voz entrecortada—. Es eso, ¿verdad?

En el rostro de Reeve se dibujó una sonrisa perversa.

—Has tardado en darte cuenta, ¿eh?

—Serás gilipollas ... —La chica le dio un empujón en el pecho y, después, volvió a darle otro cuando Reeve desenrolló el fílux de la muñeca y lo agitó en el aire con aire burlón, algo que le resultaría imposible a un prisionero normal.