9 #2
—Aún no —respondió Reeve—, pero sí que tenemos bastantes probabilidades de que eso pase si no nos ponemos en marcha ya .
Viri lo observó con detenimiento mientras murmuraba:
—Acabas de abatir a tres guardias de la Nox y a su capitán sin derramar ni una gota de sudor. ¿Cómo es...?
—Bueno, a ese te lo has cargado tú —dijo señalando a Jost—.
Y estoy seguro de que también has hecho casi todo el trabajo con ella.
—Movió la cabeza hacia Estrin—. Si quieres, luego podemos debatir sobre quién pelea mejor de los dos.
Me has prometido la libertad y yo, a cambio, te he prometido respuestas.
No pierdas de vista tu recompensa, sombrita.
Entonces Reeve levantó la barbilla en dirección al portal.
—Vámonos de aquí antes de que lleguen tus amigos de la Nox.
Una vez más, se odió a sí misma por estar de acuerdo con Reeve y le disgustaba la idea de tener que dejar a Soren indefenso en el suelo.
Se sentía mal incluso por Darik, aunque no tanto como por su amigo.
Sin embargo, si esperaba a que se despertaran, todo lo que había hecho para escapar con Reeve habría sido en vano.
Sabía que Soren la perdonaría.
En cuanto a Darik...
Tendría que encontrar una buena explicación que darle al capitán de la Nox cuando todo hubiera acabado, aunque, teniendo en cuenta el resentimiento que ya arrastraba hacia ella, no sería fácil que la creyera.
Aun así, ese era un problema al que se enfrentaría la Viri del futuro.
Ahora, lo único que importaba era detener al Padre Segador.
—Vamos —susurró, arrastrando a Reeve al portal.
Miró atrás una última vez y le pidió perdón a Soren para sus adentros, y también a Darik, a Jost y a Estrin. Después, atravesó el arco y pensó en el primer lugar que se le vino a la mente para que el sendal los llevara hasta allí.
—Pensaba que ibas a dejarme elegir nuestro destino —espetó Reeve cuando salió del sendal tras ella, aunque, por su voz, tampoco parecía sorprendido.
Sin embargo, sí que lo notó desconcertado cuando se fijó en el sombrío callejón del interior de la montaña en el que se encontraban y preguntó—: ¿Por qué estamos en el Distrito Mercantil?
Que yo sepa, de madrugada está todo cerrado.
—Digamos que no creo que sea muy buena idea llevarte a mi apartamento, con la magistrada durmiendo al otro lado del pasillo —respondió, tirando del fílux—. Sígueme. Conozco un sitio en el que podemos hablar tranquilos.
Resultaba un poco inquietante caminar por las silenciosas calles que se encontraban en mitad del monte Verta y pasar junto a las tiendas cerradas excavadas en la pared de roca y por delante de los puestos tapados con lonas que quedaban a ambos lados del callejón.
Por la mañana, el camino en espiral de la montaña estaría repleto de gente comprando todo tipo de enseres, desde frutas, verduras y carne, todas traídas directamente de las granjas que se encontraban a las afueras de la alterra, hasta ropa, productos artesanales y joyas.
El Distrito Mercantil englobaba todos los comercios de Aravell, por lo que contaba con los mejores salones de té, panaderías, perfumerías, floristerías, pastelerías, tiendas de ropa y librerías de la ciudad.
Cualquier cosa que alguien quisiera comprar, vender o intercambiar, podía encontrarlo justo en ese lugar, en el corazón de la montaña.
A Viri, por lo general, le encantaba perderse por los distintos puestos o limitarse a observar a la gente desde la barandilla que daba al hueco que se encontraba en el centro de la montaña.
Al estar en la mitad del monte Verta, si miraba hacia arriba, podía ver la espiral que llevaba hasta el Gremio de Entretenimiento, el Gremio de Académicos y, en lo más alto, la Cumbre, donde se reunía el Consejo Supremo.
Sin embargo, si miraba hacia abajo, podía ver el Gremio de Servicios Municipales, el Gremio de Sanadores y, por último, la base de la montaña, donde trabajaban los cazadores y la Nox.
Esos siete niveles ofrecían todo lo que los ciudadanos de Aravell necesitaban para vivir y prosperar en Isla Elverdine.
Aunque el diseño interior del monte Verta siempre le había fascinado, esa noche, apenas le prestó atención, ya que estaba pendiente de arrastrar a Reeve por sus callejones oscuros, dejando atrás las conocidas cafeterías y los puestecillos, que habían cerrado horas antes.
Había muchos negocios que seguían abiertos de madrugada en el Gremio de Entretenimiento a los que Viri habría podido llevar a Reeve, como restaurantes, teatros, tabernas, casas de apuestas y demás.
Sin embargo, en ese momento, no le apetecía estar rodeada de personas que se dedicaban a mirar a los demás por encima del hombro con desconfianza, como si tuvieran miedo de que las apresaran.
No le cabía la menor duda de que, en cuanto Darik se despertara, enviaría a las patrullas de la Nox a buscarla, de modo que necesitaba un lugar discreto para esconderse mientras obtenía las respuestas que le habían prometido.
—Ya casi hemos llegado —dijo Viri al ver las luces que salían de una tienda excavada en la ladera de la montaña, un poco más adelante.
—No tengas prisa por mí —contestó Reeve—. Sé disfrutar de un buen paseo nocturno —añadió, dándose unas palmaditas en el abdomen—. Ayudan a hacer la digestión.
—Que los Sabios te perdonen por no mostrar ni un mínimo de preocupación tras haber huido de una celda de máxima seguridad —murmuró.
—Llevo huyendo siete años —respondió, encogiéndose de hombros—. De ti la mayoría de las veces.
—Yo no he estado persiguiéndote.
—No, pero has estado persiguiendo a...
—Es aquí —le interrumpió Viri. No necesitaba que Reeve le recordara la de años que llevaba intentando atrapar al Padre Segador sin conseguirlo.
Reeve, al ser su seguidor más cercano, pensaría que también lo estaba buscando a él.
Sin embargo, la muerte de sus padres no había sido culpa suya, de modo que su venganza no iba dirigida contra él .
Pero sí que era un segador, por lo que era inevitable que hubiera intentado atraparlo en más de una ocasión.
—Los pastelitos de Betty —leyó Reeve tras fijarse en el cartel que había justo encima de la puerta que tenían delante—. ¿Me has traído a una pastelería?
—No es una pastelería cualquiera; es la mejor de todo Aravell —exclamó Viri, señalando el apetecible surtido de tartas y pasteles que había en el escaparate.
Reeve dio unos golpecitos en el cartel que decía cerrado .
—¿Vamos a colarlos? Apenas llevamos una hora juntos y ya me he convertido en una mala influencia para ti. Me he superado a mí mismo.
Viri golpeó la puerta de madera con los nudillos y dijo:
—Solo está cerrado a los clientes.
—¿Y nosotros qué somos? ¿Peces?
La cazadora respiró despacio, se armó de paciencia y respondió:
—La dueña, Betty, siempre viene por las noches para preparar los pedidos del día siguiente. Está acostumbrada a que le haga una visita cuando me toca salir a cazar, así que no va a extrañarle en absoluto verme por aquí esta noche.
—¿Y a mí? —preguntó Reeve.
Viri zarandeó el abrigo que le había prestado Soren.
—Tú eres mi amigo de la Nox.
—¿Amigo? —Reeve le dedicó una sonrisa burlona—. Qué escándalo...
—No ese tipo de amigo —aclaró a regañadientes.
Cuando escuchó pasos que se acercaban a la puerta, se giró hacia Reeve con rapidez y le advirtió—: Betty es mayor y muy amable, pero también es bastante cotilla, así que ten cuidado con lo que dices aquí.
Y, por el amor de los Sabios, compórtate un poco.
—¿Por el amor de los Sabios o por el tuyo?
—No empieces —exclamó, aunque a Reeve se le escapó una sonrisa al escuchar su tono amenazante.
Antes de que pudiera decirle lo que le haría si se le ocurría decir algo fuera de lugar, la puerta de madera se abrió y dejó escapar un delicioso y embriagador olor a dulces que hizo que a Viri le rugieran las tripas.
La luz que había en el interior del local dibujó la silueta de Betty, una mujer bajita y regordeta con el pelo tan blanco como la harina con la que cocinaba sus tartas y con más arrugas que un pergamino viejo.
Llevaba unas gafas grandes de cristales redondos sobre unos ojos marrones apagados que se estrecharon al observar el oscuro callejón, pero los acompañó una amplia sonrisa cuando se abalanzó hacia delante con los brazos abiertos.
Sin embargo, ese abrazo no iba para Viri.
—¡Bizcochito! —gritó Betty, atrayendo a Reeve hacia su enorme pecho—. ¡Te he echado de menos!
Viri se quedó boquiabierta cuando vio a Betty abrazar con tantas ganas a Reeve y, al instante, separarse de él para pellizcarle las mejillas.
—Tan guapo como siempre —dijo la anciana—. Igual que tu padre.
—Pero no tan canalla —respondió Reeve con una sonrisa pícara.
Betty soltó una sonora carcajada.
—Bueno, bueno, eso lo dudo. Pero ¿qué es la vida sin un poco de picardía? —Betty se giró hacia Viri y le guiñó un ojo—. Menos mal que los cazadores saben cómo pasárselo bien, ¿verdad, bombón?
Viri fue incapaz de responder porque su cerebro se había parado a procesar todo lo que estaba ocurriendo en ese momento.
Si ya le sorprendía que conociera a Reeve, cuando mencionó a su padre , Viri se quedó atónita; si no recordaba mal, el padre de Reeve murió cuando él tenía cinco años por una infección sanguínea que no tenía cura.
Su madre, sin embargo, lo abandonó cuando era un bebé para irse con otro hombre, por lo que, cuando el padre de Reeve murió, tuvo que pasar por varios hogares de acogida y orfanatos hasta que por fin lo adoptaron una pareja de ancianos: los vecinos de la infancia de Viri.
Así fue como lo conoció hacía ya muchísimos años.
Reeve y ella no solo habían sido amigos, sino que habían vivido puerta con puerta, literalmente.
—Lo siento —murmuró Viri, agitando una mano entre Reeve y Betty—, pero ¿de qué os conocéis?
—Esta es la mejor pastelería de Aravell —respondió Reeve repitiendo las palabras que había dicho Viri unos minutos antes—. Llevo años viviendo aquí.
—Por un momento, pensé que me estaba persiguiendo el fantasma de su padre —dijo Betty, mirando a Reeve con ternura—. Jude Ashton siempre fue encantador; no me extraña que su hijo haya salido a él.
¿Encantador? ¿ Reeve ? Viri estaba segura de que las palabras de Betty eran consecuencia de los achaques de la edad.
—Por todos los Sabios, miradme, aquí parloteando... —Betty dio una palmada y se formó una pequeña nube de harina—. Pasad, pasad. Acabo de sacar del horno una bandeja de tartaletas de crema —dijo sonriéndole a Reeve—. Tus favoritas.
—Eres un cielo —exclamó el chico devolviéndole la sonrisa—. No sabes lo asquerosa que está la comida de la cárcel. Llevo una semana muerto de hambre.
Viri miró a Reeve con los ojos como platos por lo que acababa de contarle a Betty, pero esta ni se inmutó.
—Eso no lo puedo consentir. —La anciana chasqueó la lengua al darse la vuelta y se adentró en su tienda cojeando mientras les hacía un gesto para que la siguieran—. Este niño está en edad de crecimiento.
«Niño» no era la palabra que Viri hubiera utilizado para describirlo. Aunque Reeve solo tenía dieciocho años, de niño no tenía absolutamente nada, ni el aspecto ni la forma de actuar. Y, desde luego, tampoco era muy de niño eso de matar a inocentes para lucrarse de ello.
Al recordarlo, Viri sintió un golpe de realidad que le puso los vellos de punta, por lo que entró en la pastelería con grandes zancadas y tirando de su fílux para arrastrar a Reeve tras ella.
Había muchas mesas de madera en las que podían sentarse y todas estaban decoradas con flores, velas y tapetes, lo que le daban al interior del lugar un toque tan dulce como el aroma que envolvía la estancia.
Sin embargo, Viri no fue capaz de apreciarlo tanto como otras veces, ya que estaba centrada en obtener la información que necesitaba, después de lo cual enviaría a Reeve de vuelta a la Críptula.
—Podéis sentaros donde queráis, pastelitos —los invitó Betty mientras atravesaba el mostrador en dirección a la cocina—. Ahora os traigo algo rico.
Viri condujo a Reeve a la esquina más escondida de la sala y se sentó delante de él. Apartó todo lo que había sobre la mesa y colocó el fílux encima.
—Ha llegado el momento de que respondas a mis preguntas —dijo sin preámbulos—. Yo ya he cumplido con mi parte del trato. Ahora te toca a ti.