8 #2
Se quedó quieta un instante y se obligó a tranquilizarse.
No había forma de que Reeve supiera que el arma dorada nunca había tenido efecto sobre ella porque, de ser así, no habría podido usarla durante tanto tiempo.
Aunque había entregado la mayor parte de su élixen durante su ceremonia de concesión cuando era niña, jamás había logrado reprimir la pequeña fracción que permanecía en su interior, por lo que siempre estaba en un estado constante de agotamiento.
De hecho, Reeve acabaría dándose cuenta más pronto que tarde, a pesar de que los efectos del fílux no serían tan potentes ni tan rápidos en él como lo sería con otro segador que hubiera extraído élixen recientemente.
Aun así, en breve empezaría a sentir que el látigo le estaba drenando el poder.
Viri, sin embargo... Que fuera inmune a su propia arma era todo un misterio.
Aunque el fílux fuera una reliquia familiar, sus padres no eran inmunes a su magia, así que no podían estar mucho tiempo en contacto con el látigo y, de hecho, hacían turnos para usarlo cuando salían a cazar.
En cambio, Viri nunca había tenido ese problema y, en realidad, se sentía muy agradecida.
—No hay tiempo para tonterías —dijo Viri mientras se ponían en camino—. Una pregunta más antes de decidir si todo esto merece la pena o no.
—¿Si te merece la pena a ti o a mí?
—A mí, obviamente —respondió alzando una ceja—. Aparte del alma, ¿también entregas tu cerebro cuando te conviertes en segador?
—¿Esa es tu pregunta? Porque, si te digo la verdad, lo cierto es que nunca...
—No... Era una... Buf... Cállate —le interrumpió. Estaba más enfadada consigo misma que con él por perder esos valiosos segundos—. Mi pregunta es la siguiente: ¿sabes de verdad dónde está el Padre Segador y cuáles son sus planes? ¿O solo te estás aprovechando de mí para escapar?
—Sé más que tú —respondió. Antes de que le exigiera una respuesta más elaborada, añadió—: Y te interesa escuchar lo que sé.
Pero no pienso decirte nada más hasta que me saques de aquí.
—Viri atisbó una escueta sonrisa—. Así que ha llegado el momento de tomar una decisión, sombrita. ¿Vas a hacer tratos con un segador?
Había una parte de Viri que estaba casi segura de que estaba cometiendo el mayor error de su vida, pero también era consciente de que no podía permitirse pararse a darle más vueltas, de modo que colocó una mano sobre el panel de mandos incrustado en la pared del túnel junto al cristal protector.
Por lo general, no necesitaba nada más para abrir las celdas de la Críptula, ya que las tutelas reconocían las marcas de los cazadores y podían liberar a cualquier prisionero; sin embargo, al parecer, la celda de Reeve era distinta.
Por suerte, seguía teniendo la mitad del frasco del polvo que le había dado Wynter, así que usó todo lo que quedaba para anular la magia, tal y como había hecho en el ascensor.
El cristal tardó apenas unos segundos en desaparecer junto con la magia que hacía que la tutela de élixen protegiera el lugar.
Fue entonces cuando, de pronto, lo único que separaba a Viri de Reeve era el aire.
El segador dio un paso adelante y ella, por puro instinto, dio otro hacia atrás, aunque se maldijo a sí misma por su reacción.
El chico sonrió y, en voz baja, le preguntó:
—¿Tienes miedo?
Viri tiró del fílux, que envolvió las muñecas de Reeve.
—El único que debería tener miedo eres tú.
—Tú eres la persona que más miedo me ha dado en mi vida, Viri —dijo tras soltar una carcajada.
Estaba a punto de burlarse de él cuando se dio cuenta de que Reeve no podía mentir mientras el fílux lo tocara.
—¿Cuándo te he...?
—Ah, no, no —la interrumpió—. He dicho que nada de preguntas personales.
—Pero podía ganármelas, ¿no?
—Sí, pero se supone que no te interesaba mi vida privada.
—Yo... —Viri cerró la boca de golpe, aunque fuera para no meter la pata. Le enervaba el destello divertido que vio en los ojos de Reeve, que era incluso más cegador ahora que lo tenía tan cerca. Entonces se dio la vuelta y tiró de él—. Venga, vamos. Hay que darse prisa.
Las largas piernas de Reeve siguieron el ritmo de Viri sin problema cuando se dirigieron al ascensor.
—Imagino que tendrás un plan, ¿no?
Viri intentó no darle demasiadas vueltas al hecho de que iba andando junto a un segador, uno al que acababa de sacar de su celda por voluntad propia, al igual que trató de no pensar más de la cuenta en que ese segador era Reeve. Y no sabía qué era peor.
—Pues claro que tengo un plan —mintió conforme avanzaban con rapidez por los túneles. En ese momento, dio gracias porque el fílux no funcionara con ella—. Lo único que necesito de ti es que me digas a dónde vamos cuando salgamos de aquí.
—¿Me dejas elegir? —preguntó sorprendido.
—El trato es a cambio de tu libertad, ¿no?
—Viri no tenía intención alguna de dejarle ir de verdad, pero una mentira piadosa tampoco podía hacerle daño.
Mientras siguiera teniéndolo atado con su fílux, no iría a ninguna parte sin ella ni podría usar la magia para ayudarse a huir.
Al final de la noche, Reeve volvería a estar justo donde debía: encerrado en una celda.
—En ese caso, tenemos muchas opciones —sopesó.
—Pues dímelo antes de que lleguemos al sendal —exclamó Viri.
En realidad, no le importaba a donde fueran siempre y cuando Reeve cumpliera su promesa y respondiera a lo que quería saber—.
Si quieres acortar la lista de preguntas, puedes llevarme directa hasta el Padre Segador o donde estén los niños desaparecidos. O ambos, mejor.
Viri sabía casi con total seguridad que Reeve no iba a hacerlo, pero, aun así, merecía la pena intentarlo, aunque fuera por lo que le dijo después.
—Así que sabes lo de los niños... —Viri fue incapaz de descifrar el rostro de Reeve—. Parece que has estado ocupada.
La cazadora apretó la mandíbula. Una pequeña parte de ella tenía la esperanza de que Reeve no supiera nada sobre los secuestros, pero esa parte era demasiado ingenua.
Él era el seguidor más leal del Padre Segador.
Por mucho que le disgustara el papel que debió desempeñar en el secuestro, tenía que reconocer que le vendría bien para que respondiera a sus preguntas sobre el inminente sacrificio.
—¿Cuánto tiempo les queda a los niños? —preguntó tras pensar que lo mejor era empezar el interrogatorio sacándole ventaja.
Reeve, sin embargo, no se lo puso fácil.
—No hagas trampas, sombrita. Aún no soy un hombre libre.
—Ya no estás encerrado en una celda.
—Pero no he salido de la prisión.
—Hay personas que sienten que la vida lo es —respondió Viri—. De esa sí que no puedo librarte.
—Eres muy lista, seguro que se te ocurre alguna forma. —La miró de reojo cuando tomaron la última curva del túnel y vieron el ascensor, que se encontraba un poco más adelante—. No me digas que no se te ha pasado por la cabeza.
Viri se puso de los nervios al escuchar su insinuación.
—Yo no fantaseo con matar a personas, no como tú. Y, aunque así fuera, no perdería mi preciado tiempo pensando en ti.
—Entonces, ¿solo te interesa el Padre Segador?
Un hilo de tensión la recorrió de pies a cabeza, pero se obligó a seguir caminando como si nada; estaban a solo unos pasos de llegar al ascensor.
—Se merece todo lo que va a pasarle.
—¿Tan segura estás? —exclamó Reeve volviendo a mirarla de reojo.
Antes de que pudiera responderle, el ascensor llegó y emitió un leve pitido, a pesar de que ella no lo había llamado.
Viri, presa del pánico, miró a su alrededor para buscar un lugar en el que esconderse, algún rincón en el que no los vieran, lo que fuera , pero no encontró nada. El túnel estaba poco iluminado, pero, aun así, no era lo bastante oscuro como para poder esconderse con Reeve.
La cazadora maldijo por lo bajo.
—Prepárate. Estamos a punto de que nos pillen.
—Todo esto forma parte de tu plan, ¿verdad? —exclamó Reeve en un tono cortante.
—Retiro lo que he dicho sobre que no he fantaseado con tu muerte —dijo dedicándole una mirada asesina.
El chico le guiñó un ojo.
—Puedes añadir eso a la lista de fantasías que tienes conmigo.
Por un momento, Viri se planteó la posibilidad de volver a encerrar a Reeve y olvidarse del maldito trato. Sin embargo, entró en razón y recordó por qué había accedido a liberarlo.
—Cierra la boca y apártate —le ordenó cuando empezaron a abrirse las puertas del ascensor.
Reeve levantó las manos atadas.
—Si me sueltas, puedo ayudarte a luchar.
—¿Te crees que soy idiota? No pienso dejar que...
No había terminado la frase cuando las puertas se abrieron lo bastante como para que un guardia vestido de negro las atravesara a toda prisa ni le dio tiempo a frenar a Reeve cuando saltó entre ella y el guardia; se movió tan rápido que Viri solo vio un borrón cuando se colocó detrás del miembro de la Nox y rodeó el cuello del joven con las manos atadas.
Un joven al que conocía más que de sobra.
—No... Reeve... ¡Para! —gritó Viri al ver a Soren tosiendo y forcejeando contra el cuerpo del segador, que lo tenía bien sujeto—. ¡Suéltale!
Viri tiró del fílux para intentar apartarlo, pero Reeve ya se había echado hacia atrás.
—Por todos los Sabios, ¿estás bien? —preguntó Viri tras correr hacia su amigo, que estaba dando bocanadas de aire—. ¿Qué haces aquí?
—¿Qué demonios te crees que hago? —respondió Soren con la voz ronca. Entonces se frotó el cuello, que se le había puesto rojo, y observó a Reeve y a su amiga.
—No deberías estar aquí —dijo la chica de inmediato—. No quería que...