Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 8
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S iempre había un silencio sepulcral en el cuartel general de la Custodia Nox a altas horas de la noche, algo que ya había tenido en cuenta Viri cuando decidió ir hasta allí, aunque cuestionaba su propia decisión con cada paso que daba.

En cierto modo, deseaba que hubiera guardias por la zona, alguien que le preguntara qué estaba haciendo, que le dijera lo ridícula que era, que le frenara los pies.

Pero, como era de esperar, la mayoría de los guardias de la Nox estaban patrullando las calles de la ciudad, por lo que solo había el personal mínimo para emergencias.

Los guardias que se encontraban en la recepción estaban acostumbrados a que Viri entrara y saliera a horas intempestivas, así que se limitaron a saludarla con desgana cuando pasó por delante de ellos con su vestimenta de cazadora justo antes de desaparecer en el ascensor.

Tenía el corazón a mil; su plan, si es que podía llamarlo así, tenía tantas lagunas que llegó a pensar que se había vuelto loca.

Una parte de ella se moría de ganas de volver a casa y actuar como si la conversación que había tenido con Sarielle solo hubiera sido una pesadilla de lo más realista, una de esas de las que se reiría al despertarse por la mañana.

Sin embargo, era incapaz de ignorar todo lo que sabía ahora y quedarse de brazos cruzados esperando a que el problema se resolviera solo.

Había cincuenta niños desaparecidos que contaban con ella, que esperaban que los encontraran, y toda la ciudad corría el riesgo de sufrir las consecuencias pertinentes si el Padre Segador se hacía con el poder del cometa Aurora.

Viri tenía que impedir que eso pasara, aunque, para conseguirlo, tuviera que saltarse la regla más importante de los cazadores.

Estaba a punto de hacer un trato con un segador.

Algo que iba en contra de todo en lo que ella creía, en contra de lo que ella misma era , y, aun así, Sarielle le aseguró que estaba dispuesta a pagar cualquier precio con tal de obtener las respuestas que necesitaban.

Mientras el ascensor bajaba a lo más profundo de la montaña, esperaba que las palabras de su mentora fueran ciertas, porque ya no había marcha atrás.

El élixen que movía el ascensor, al igual que otras veces, hizo que un escalofrío la recorriera de pies a cabeza, aunque también podía deberse a la intranquilidad que la agitaba por dentro.

Sin embargo, esa sensación se intensificó cuando se detuvo y, con la mano temblándole, se sacó un frasco de polvo negro de la capa.

Era otro de los experimentos de Wynter: un inhibidor de élixen que podía interrumpir el flujo de magia durante unos segundos; su amiga lo creó para que Viri pudiera usarlo contra segadores que portaran objetos o armas encantadas.

Pero, en realidad, ese no era el motivo por el que había decidido llevárselo esa noche.

Al no tener la autorización de la Nox de Soren para acceder al ascensor, porque Viri no podía volver a pedirle el favor, el polvo era su única esperanza de llegar hasta Reeve.

—Por favor, que funcione —susurró echándose la mitad del frasco en la mano y soplando el polvo sobre el panel de mandos.

La espera se le hizo eterna hasta que, por fin, el polvo hizo efecto y las puertas del ascensor se abrieron. Respiró aliviada y le dio las gracias a Wynter mentalmente.

Fue entonces cuando empezó a medir el tiempo, ya que, cuanto más se entretuviera, más se arriesgaba a que la descubrieran.

Aunque estuvieran cansados, los dos guardias de la Nox que estaban en recepción sospecharían de ella si tardaba mucho en aparecer.

Tanto Reeve como ella tenían que irse antes de que alguien empezara a hacer preguntas.

Viri corrió por el túnel, apenas iluminado por una luz tenue, y no se permitió seguir dudando sobre lo que estaba a punto de hacer.

Además, esta vez no iba tan a ciegas; sabía que a Reeve le gustaba jugar, pero ella también tenía sus propios juegos.

La propuesta del segador consistía en darle respuestas a cambio de quedar en libertad, de modo que Viri le ayudaría a escapar, le haría las preguntas necesarias, obtendría la información que necesitaba. ..

Y, después, volvería a encerrarlo en lo más profundo de la Críptula.

Reeve se creía muy listo, pero Viri era más inteligente que él. No pensaba quitarle el ojo de encima en ningún momento porque sabía que aprovecharía para volver con su maestro. Necesitaba tener varios planes alternativos para poder ganarle a un segador.

Armada de confianza, atravesó la última curva del túnel y se acercó a la celda que había al final; lo más probable era que Reeve estuviera dormido y que tuviera que despertarlo.

Sin embargo, cuando se detuvo delante del cristal de la celda, se lo encontró despierto, tumbado sobre el fino colchón y lanzando una piedra al aire.

Arriba y abajo. Arriba y abajo. Los músculos de su antebrazo bronceado se contraían cada vez que lanzaba la piedra, y el anillo de ónix que llevaba en el dedo brillaba bajo la escasa luz.

Reeve apenas se giró cuando Viri se aclaró la garganta para hacerse notar; parecía como si el segador la estuviera esperando.

—Tengo que hablar contigo.

—Estoy ocupado. Vuelve luego.

Cuatro palabras. Solo había dicho cuatro palabras y Viri ya notaba cómo le ardía la sangre por todo el cuerpo.

—He venido por el trato que me ofreciste.

Los ojos mercurio de Reeve se clavaron en ella, pero no se movió ni un milímetro, sino que siguió jugueteando con la piedra. Arriba y abajo. Arriba y abajo.

—¿Qué trato, sombrita?

—Sabes de sobra a qué me refiero —gruñó—. Levanta el maldito culo. Si quieres ser libre, tenemos que irnos ya.

Reeve dejó escapar una sonrisilla, pero no se movió.

—Vaya, qué educada. ¿Esos modales te los han enseñado en la escuela de cazadores?

Viri deseaba con todas sus fuerzas devolvérsela, pero, al haber tanto en juego, tuvo que tragarse el orgullo, además de morderse la lengua.

—Por favor, Reeve. No tenemos mucho tiempo.

No supo si fue su súplica, el tono de desesperación con el que le habló o la posibilidad de escapar, pero, de pronto, el segador decidió soltar la piedra y ponerse de pie.

Aunque pareciera increíble, no tenía mucho peor aspecto tras una semana en prisión.

De hecho, se le notaba más descansado , lo cual era de lo más injusto.

Tenía la ropa un poco arrugada y el pelo negro más alborotado de lo normal, pero, aun así, estaba. .. estaba...

Deja de pensar en eso , se regañó a sí misma. Odiaba que alguien tan malvado estuviera de tan buen ver. Reeve era como uno de los venenos experimentales de Wynter: atractivo pero letal.

—Las manos —dijo cuando Reeve se acercó hacia ella. Entonces le señaló con la cabeza un pequeño cuadrado que había en el cristal reforzado que era lo bastante grande como para pasar cosas por él, como comida o... las muñecas.

Siguió sus órdenes y ni siquiera se inmutó cuando le calaron las tutelas de supresión de élixen; probablemente lo habría hecho en los últimos días, y muchas veces, además.

Sus anteriores visitantes le habrían puesto unas encancelas, unas esposas para cancelar la magia, pero Viri decidió usar su propio material.

—¿Te acuerdas de esto? —preguntó Viri conforme se desenrollaba el látigo dorado del antebrazo.

—El fílux de tus padres —respondió mirándolo con atención. Viri se percató de las distintas emociones que invadieron su rostro justo antes de que Reeve volviera a controlar su expresión—. ¿Cómo iba a olvidarlo?

—¿Y recuerdas para qué sirve?

—¿A qué te refieres? ¿A que anula la magia o a que te obliga a decir la verdad?

—A ambas —dijo, satisfecha por su buena memoria.

Si no hubiera estado tan trastornada durante su última visita, podría haberlo usado con él entonces, aunque fuera para comprobar qué era verdad y en qué mintió de todo lo que le dijo.

El fílux no podía obligarlo a que respondiera a sus preguntas, así que nada le garantizaba que fuera a obtener respuestas, pero sí que podía darle la seguridad que necesitaba para arriesgarse a seguir adelante con su plan esa noche.

Viri ató un extremo del látigo dorado a la muñeca de Reeve haciendo un ocho y, entonces, contempló sus ojos plateados y le preguntó:

—¿Vas a cumplir con tu parte del trato? Si te libero, ¿vas a responder a mis preguntas? ¿A todas?

Reeve no dudó ni un segundo.

—Primera pregunta: sí. Segunda pregunta: sí. Tercera pregunta: sí, dentro de lo razonable.

—¿Cómo que dentro de lo razonable? —exclamó la cazadora con el ceño fruncido.

—Responderé a tus preguntas sobre el Padre Segador, tal y como te prometí —contestó justo antes de que se le dibujara una sonrisa en la cara—. Pero si quieres saber algo sobre otro tema, incluida mi vida privada, tendrás que ganártelo.

—Qué suerte entonces que tu vida no me importe lo más mínimo —espetó.

—Vaya, vaya, veo que sigues mintiendo —dijo Reeve ensanchando la sonrisa.

Viri señaló su mano, que estaba agarrando el fílux.

—Esto demuestra que no estoy mintiendo.

—Esto no demuestra nada —respondió el chico dejando escapar una risa sombría.