Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 5 #2
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Cuando empezaron a lanzar el dado, a mover a sus personajes por el tablero y a completar misiones para hacerse con los tesoros, la mente de Viri se perdió en las historias de los magos antiguos y el mundo que habían habitado, un mundo que incluso podría seguir existiendo más allá de Isla Elverdine.

Al estar tan aislados por la nebruma, nadie sabía si la magia se extendía por otros lugares o si seguía existiendo algún mago.

Antiguamente, el número de magos había sido escaso, ya que la mayor parte de la población estaba formada por someros, personas que, cuando alcanzaban la pubertad, mantenían niveles de élixen tan bajos que la magia que podían usar era mínima.

Solo aquellos cuyo élixen seguía creciendo tras cumplir los catorce años tenían bastante poder como para formarse en las artes mágicas y, por lo tanto, acababan convirtiéndose en magos.

Habían pasado ya muchas generaciones desde el último mago que vivió en Isla Elverdine. De hecho, era imposible que ninguno de los magos siguiera habitando la isla, ya que entregaban todo su élixen, salvo una gota, para reforzar la protección de los obeliscos.

A Viri no le importaba. De hecho, le parecía un trato justo porque, al hacerlo, se protegían tanto de los segadores como de la nebruma, y evitaban consumirse.

Cuando alguien se consumía, sufría una muerte dolorosa o, peor, estaba condenado a una vida vacía e irracional como consecuencia de una acumulación de élixen inestable; eso era lo que le pasaba a cualquiera que no renunciara a su magia antes de los catorce años.

Muchos años antes, a los someros y a los magos les enseñaron a controlar su élixen, sin importar lo poderoso que fuera, de modo que no corrían el riesgo de consumirse.

Sin embargo, esos conocimientos se habían perdido con el paso del tiempo, así que los que se quedaron en la isla no tuvieron más remedio que depender de los obeliscos para que absorbieran la magia y los mantuvieran a salvo.

Por eso Viri pensaba que era un trato justo. No le apetecía morir a manos de un segador, ni por la nebruma ni consumida. Prefería ni pensarlo.

—Hoy estás muy callada —dijo Jessalyn, lo que sacó a Viri de sus pensamientos—. Ni siquiera te has dado cuenta de que te he robado tu dragón para derrotar a la Reina Maligna.

Viri observó el tablero con el ceño fruncido y vio que lo que decía era verdad.

—Lo siento. Ha sido un día muy largo.

—Te entiendo. —Jessy soltó un suspiro dramático—. Hemos estudiado los segadores en la escuela. Qué aburrimiento.

—¿Te parece aburrido? —exclamó Soren alzando las cejas—. Creo que lo que quieres decir es «importante» y «un posible salvavidas».

—Pues no, a mí me parece aburrido —repitió Jessy poniendo los ojos en blanco—. Ya lo sé todo sobre los segadores.

—Ah, ¿sí? —Soren la miró desafiante—. ¿Dónde viven los segadores?

—¿En serio? —se quejó su hermana.

—A mí me gustaría oír la respuesta —interrumpió Sarielle con aire divertido cuando le dio un sorbo a su té de hierbas, aunque no tenía ni idea de que era uno de los inventos de Wynter para relajar y aliviar el estrés—.

Para mí es importante comprobar si el Gremio de Académicos mantiene su buen nivel educativo.

Jessalyn supo enseguida cuáles eran las intenciones de Sarielle, pero, aun así, suspiró y dijo de memoria:

—Al igual que cualquier persona, los segadores pueden vivir donde quieran: en la alterra, en la subterra o en el interior de las montañas.

—¿Y cómo se ocultan? —se sumó Wynter mordiendo un trozo de queso.

—No les hace falta ocultarse porque tienen el mismo aspecto que nosotros —respondió Jessy.

Justo cuando Soren abrió la boca para corregir a su hermana, esta añadió—: Sus venas se tiñen de negro después de extraer élixen y se mantienen así hasta que la magia desaparece, pero solo pueden verlas los segadores y los cazadores. Nadie más.

—¿Y por qué ocurre eso? —preguntó Sarielle.

—No se sabe por qué, pero lo más probable es que sea porque el élixen que roban potencia los sentidos de los segadores.

En el caso de los cazadores —dijo la chica, señalando la mano de Viri—, es por sus marcas.

La tinta que utilizan es mágica y sale de una aguja que los magos ancestrales les regalaron a los primeros cazadores.

Gracias a esta tinta, pueden reconocer a los segadores e incluso los sienten cuando están cerca.

—¿Por qué solo los cazadores? —preguntó Soren—. ¿Por qué no hacen lo mismo con la Nox —se señaló a sí mismo— o con la población en general? ¿Por qué limitan el número de personas que pueden verlos?

—Porque se desconoce cuánta tinta queda en la aguja —contestó Jessy—, y no podemos arriesgarnos a quedarnos sin ella. Sin los cazadores, sería mucho más difícil atrapar a los segadores y morirían muchos más niños.

Aunque la conversación era sobre un tema bastante aterrador, a Viri le impresionó todo lo que sabía Jessalyn.

—¿Cómo se convierte alguien en segador? —exclamó Soren moviendo su mago de la naturaleza hasta un bosquecillo para proteger sus tesoros, que no dejaban de disminuir.

—Les roban el élixen a niños que todavía no han celebrado la ceremonia de concesión y que siguen teniendo suficiente...

—Pero ¿cómo? —insistió Soren—. ¿Y por qué?

Jessalyn mordió una galletita salada y llenó toda la mesa de miguitas.

—El motivo es muy simple: porque quieren poder.

Velocidad, fuerza, sanación, vivir más tiempo.

.. Algunos lo único que quieren es sentir el subidón una y otra vez porque extraer élixen es como una especie de droga para ellos.

Por eso a algunos les crea adicción. —Jessy agarró otra galletita—.

En cuanto al cómo, si te refieres al proceso como tal, tienen que estar en contacto con alguien, piel con piel, y…

—Jessy dio una especie de sorbo sonoro que hizo que a Viri se le revolviera el estómago—.

Entonces les chupan el élixen, literalmente.

Como si les estuvieran sacando una astilla.

—¿Así de fácil? —preguntó Wynter, que parecía sentirse como Viri.

El rostro alegre de Jessy se ensombreció.

—No, con eso no basta. No pueden extraer solo un poco de élixen, sino que tienen que estar dispuestos a matar a los niños para robarles toda la magia. Es una decisión que toman antes incluso de extraer élixen por primera vez, la de convertirse en asesinos. No creo que sea nada fácil.

Jessalyn era una chica jovial y llena de vida, por lo que Viri, a veces, se olvidaba de lo rápido que estaba pasando de niña a adulta. Al escuchar la madurez que escondían sus palabras, sintió una punzada de orgullo.

Y no era la única. Soren también estaba sonriendo mientras escuchaba a su hermana. Pero, de pronto, su gesto cambió y usó a su personaje para invocar un río como barrera defensiva. Entonces preguntó:

—¿De dónde vino el primer segador?

—Nadie lo sabe —respondió Jessy encogiéndose de hombros—.

La teoría más extendida es que hubo un somero con apenas magia que estaba enfadado con los magos ancestrales por tener todo el poder y por tontear con magia que no debían tener y que los corrompía.

—Jessalyn volvió a encogerse de hombros y movió su mago elemental para hacerse con el río de Soren—.

Lo más probable es que utilizaran algún tipo de alquimia, aunque todos hemos escuchado lo peligrosa que es.

Y también sabemos que sirve para hacer transformaciones.

Así que a mí me cuadra que un somero se transformara en un segador.

Viri estaba pendiente de no quitarle ojo a la partida. Wynter, que estaba a su lado, hizo lo mismo, aunque se movió inquieta en su asiento.

—Es una pena que no tengamos forma de averiguar qué ocurrió en el pasado —dijo Sarielle dándole otro sorbo al té—. Pero, a día de hoy, ¿qué sucede? Ahora que los segadores existen, ¿quién los controla?

—La pregunta no es quién, sino qué —respondió la chica—.

Antes he dicho que son adictos al élixen, así que lo que los controla es su sed de élixen.

—Jessy se calló un segundo—. Aunque, si es una pregunta trampa y, en realidad, me estás preguntando por una persona, su líder a lo largo de los años siempre ha sido alguien conocido como el Padre Segador.

Viri notó que el cuerpo se le tensó de repente.

—Lo siguen, o la siguen, como seguirían a cualquier otro —explicó Jessy—. El Padre Segador actual es un hombre y lleva en el cargo unos siete años.

—Es mucho tiempo —murmuró Sarielle—. ¿Por qué los cazadores no lo han atrapado todavía?

Estamos en ello , pensó Viri con desgana, aunque sabía que su tutora estaba al tanto de todo.

Jessalyn negó con la cabeza.

—Han estado buscándolo, pero nadie sabe cómo se llama, qué aspecto tiene ni dónde encontrarle. Además, los segadores a los que han atrapado no dicen nada que pueda serles útil a los cazadores. Protegen a capa y espada a su líder, algo muy honorable si no fuera porque son... Ya sabéis...

—¿Unos psicópatas desalmados que asesinan niños? —exclamó Wynter a la ligera.

—Sí, eso mismo —respondió Jessalyn haciendo una mueca.

Se hizo un silencio ensordecedor hasta que Soren le dio un mordisco a una zanahoria y dijo:

—Última pregunta: ¿cuántos segadores hay? ¿Docenas? ¿Cientos? ¿Más? ¿Menos?

Jessalyn parpadeó.

—Yo... Esto... El profesor no... —titubeó mirando a Viri—. No habrá muchos, ¿no? Porque no hay tanta gente que esté dispuesta a matar a niños solo por conseguir algo de poder. No merece la pena el precio que hay que pagar. —Jessy, que se estaba poniendo un poco nerviosa, repitió—: ¿No?

A Viri le hubiera gustado tranquilizarla, pero no podía mentirle sobre ese tema.

—Los segadores son como ratas. No importa a cuántos de ellos atrapemos y encerremos en las celdas de la Críptula, siguen apareciendo.

Le fastidiaba que fuera así y deseaba que hubiera un final a la vista, algo que acabara con los segadores por completo. Sin embargo, mientras las personas tuvieran ese anhelo de poder, en algún momento acabarían pagando el precio necesario por conseguirlo.