Sombra carmesí (Sombra carmesí 1) 5
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C uando Viri por fin volvió a su apartamento después de todo el día ordenando papeles, sentía como si hubieran pasado trescientos años.

Por suerte, en las últimas horas de trabajo solo había visto unos cuantos informes más sobre niños desaparecidos y todos eran de hacía más de seis meses, por lo que llegó a preguntarse incluso si se lo habría imaginado todo con tal de tener la mente ocupada.

Su constante preocupación se desvaneció al salir de ese despacho tutelado con élixen, aunque tampoco se había quedado tranquila del todo.

Seguía teniendo tantas dudas como para seguir pendiente de esos documentos durante los próximos días.

Sin embargo, lo último que quería en ese momento era pensar en los archivos, sobre todo esa noche, que tenía planes mucho más entretenidos. Era viernes, y eso significaba que tocaba...

—¡Noche familiar! —gritó Wynter, que ya llevaba puesto un mullido pijama de color morado y se abalanzó sobre Viri en cuanto entró por la puerta—. ¡Casi llegas tarde!

—Tú lo has dicho: «casi» —respondió quitándose la capa carmesí y sacudiéndose la tensión del cuello y los hombros.

—Corre, ve a cambiarte —exclamó empujando a Viri hacia su habitación—. Soren y Jessy ya están aquí. Mamá está sacando los juegos y yo estoy preparando un aperitivo.

Viri se detuvo a mitad de camino y se giró para lanzarle una mirada de advertencia a su amiga.

—Espero que no trames nada, Wyn.

—¿Tramar algo? —respondió su amiga haciéndose la inocente—. ¿Yo?

—Hablo en serio —insistió—. Nada de experimentos y nada de lo que haces con... —Wynter abrió los ojos de par en par, alarmada. Viri puso los suyos en blanco y terminó diciendo—. El café.

No era la primera vez que utilizaban la palabra «café» para referirse a la «alquimia», sobre todo cuando Sarielle andaba cerca.

Aun así, casi nunca estaba lo bastante cerca como para escucharlas, ya que sus labores como magistrada solían mantenerla fuera de casa.

No obstante, los viernes por la noche eran una excepción y siempre sacaba tiempo para ese momento tan especial, a pesar de su apretada agenda; esa era su forma de hacer saber que la familia era lo primero, siempre.

—He tenido un día bastante duro —siguió diciendo Viri—, así que necesito comida que me siente bien, no que me provoque una indigestión. Prométemelo.

—Te prometo que nada de indigestiones —afirmó Wynter de inmediato.

—Y nada de experimentos —la corrigió en tono firme—. Fruta. Nueces. Queso. Galletitas saladas. Lo básico, ya está.

Wynter suspiró con pesadez al ver el rostro serio de Viri y dijo:

—Está bien, lo que tú digas. —Entonces se acercó más a su amiga y añadió—: Pero lo haré solo porque tengo una novedad que quiero probar contigo luego. ¿Trato hecho?

—De acuerdo —dijo Viri, que confiaba bastante más en los arriesgados experimentos de alquimia de Wynter que en los que hacía con la comida.

La chica se contentó con su respuesta y se fue dando saltitos hacia la cocina.

Viri, por su parte, se dirigió a su habitación y se puso su pijama azul favorito.

La comodidad era un requisito indispensable para la noche familiar de la semana y así había sido desde que empezaron con la tradición, que fue cuando Sarielle le abrió las puertas de su hogar a Viri tras la muerte de sus padres.

Al principio, la idea era que ella se quedara solo unos días mientras el Consejo Supremo investigaba la tragedia, pero a Sarielle le partía el alma ver a una Viri t an desolada, ya que, por aquel entonces, era una niña casi un año mayor que su propia hija.

Por eso, cuando terminó la investigación, Sarielle se negó a enviar a Viri al orfanato y se convirtió en su tutora legal.

Al principio, Viri estuvo tan bloqueada que se pasó semanas casi sin hablar, ni siquiera con Wynter, a la que no conoció hasta que se instaló en la habitación contigua a la suya.

Pero ni Sarielle ni Wynter se dieron por vencidas y, con el tiempo, su incesante amor fue curando la herida que tenía Viri en su interior.

Aunque Sarielle nunca reemplazaría a sus padres, y Wynter, a veces, pareciera más su hermana pequeña que su mejor amiga, tanto ellas como Soren, al que Viri conoció unos meses más tarde, eran el motivo por el que había sobrevivido a la etapa más oscura de su vida.

Y, por esa razón, siempre estaría en deuda con ellos.

Con todos esos recuerdos nostálgicos danzando por su mente, salió de la habitación y se fue en busca de la familia que había ganado tras perder a la suya; estaban todos esperándola en el espacioso salón, sentados en torno a una mesa redonda con pilas de comida.

Una lámpara con lumiternas alumbraba la estancia de color crema y el brillo aumentaba a medida que el cielo del atardecer se teñía de púrpura tras las ventanas selladas y la luna se iba alzando poco a poco sobre el lejano lago.

— Por fin —exclamó Wynter cuando Viri se acercó a la mesa.

—Solo he tardado cinco minutos —se excusó.

—Hay guerras que se han ganado en menos tiempo.

—Dime dos.

Wynter abrió la boca y la cerró con la misma rapidez.

Una risa ahogada hizo que Viri se diera la vuelta para fijarse en las demás personas que había en la mesa; había sido Jessalyn, aunque tanto Soren como Sarielle se estaban aguantando la risa.

Solo con verlos a los cuatro, se sabía quién era familiar de quién.

No había duda de que Sarielle era la madre de Wynter, ya que ambas compartían una melena oscura y los ojos azules.

Viri no conocía al padre de Wynter, al igual que ella misma; aun así, casi no había heredado sus rasgos.

Aunque esa tendencia a saltarse las reglas.

.. Viri a veces se preguntaba si lo llevaba en los genes por su padre, ya que era más que evidente que no era algo que hubiera sacado de su madre.

En cuanto a Jessalyn, parecía la versión joven y femenina de Soren, también con una melena larga y rubia como la arena, ligeramente rizada, y unos ojos marrones, aunque eran un poco más claros que los de su hermano.

Su pijama amarillo encajaba a la perfección con su personalidad; era como un rayo de sol.

Sin embargo, lo que le acabó arrancando una sonrisa a Viri fue el pijama rosa pastel que llevaba puesto Soren, consecuencia del castigo que le había impuesto su hermana después de perder la partida la semana anterior.

—Bonito pijama, Sor —se burló Viri dándole con el hombro al pasar a su lado—. Realza el color de tus ojos.

El gesto grosero que le dedicó, por supuesto a espaldas de Sarielle, hizo que la sonrisa de Viri se ensanchara.

Si alguien que no fuera Jessy le hubiera dicho lo que tenía que ponerse, Soren le habría mandado a paseo, pero movía cielo y tierra por su hermana y accedía a todo lo que ella le pidiera.

Era una de las consecuencias de que se hubiera convertido en su cuidador tres años antes, cuando los egoístas de sus padres los abandonaron a su suerte.

Ambos hermanos se querían y adoraban con locura, y Soren siempre se dejaba la piel con tal de que su hermana fuera feliz.

Ella, por su parte, sabía todo el esfuerzo que hacía su hermano y se esforzaba todo lo posible por devolverle el favor, siempre y cuando no estuviera causando problemas, lo cual solía ocurrir la mayor parte del tiempo.

—Ahora que ya ha llegado Viri, ¿podemos comer? —preguntó Jessy, que no dejaba de moverse en la silla.

—Adelante —dijo Sarielle. Entonces dio unas palmadas en el asiento que tenía a su lado para que Viri se sentara. Su pijama de seda de color melocotón brilló cuando se inclinó para preguntarle—: ¿Todo bien, querida?

Viri observó la reconfortante mirada azul de Sarielle y supo a qué se refería en realidad.

Había una regla muy estricta para la noche familiar sobre no hablar de trabajo, pero Sarielle debía haber escuchado algo sobre la visita sin autorización que le hizo Viri a Reeve y sobre las tareas administrativas que le habían encomendado como sanción.

—He tenido días mejores —respondió—. Pero me lo he buscado yo solita.

Aunque, en parte, también había sido culpa de Reeve.

Por muchos motivos.

—Seguro que la semana se te pasa volando. —Sarielle le dio un apretón a Viri en el brazo para consolarla—. Y, después, podrás olvidarte del día de hoy, como si no hubiera pasado.

Viri pensaba que era muy poco probable que lo olvidara, pero le dedicó una ligera sonrisa a Sarielle para zanjar el tema. No quería que Reeve siguiera invadiendo sus pensamientos esa noche. Entonces agarró un puñado de palomitas y preguntó:

—¿A qué vamos a jugar hoy?

—No nos hemos puesto de acuerdo, así que tendrás que decidir tú —contestó Soren conforme deslizaba por la mesa un cuenco con chocolate derretido, ya que sabía que a Viri le encantaba mojar las palomitas en chocolate.

Ella se negó a pensar en el chico de ojos plateados que fue el que le descubrió esa mezcla de dulce y salado y que, en ese preciso momento, estaba pudriéndose en una celda.

—Nos debatimos entre «La búsqueda del mago» y «La fuga de la mazmorra» —exclamó Jessy con la boca llena de arándanos.

Después del día que había tenido, lo último que le apetecía era jugar a «La fuga de la mazmorra», un juego que consistía en liberar a su compañero de equipo de una prisión, por eso respondió:

—Pues «La búsqueda del mago». Hoy me apetece más algo de magia y tesoros.

Tardaron solo unos minutos en despejar toda la mesa y montar el tablero de juego.

Habían jugado tantas veces que ya cada uno conocía de sobra sus personajes favoritos: Jessy, un mago elemental; Soren, un mago de la naturaleza; Sarielle, un mago ilusionista; Viri, un mago guerrero; y Wynter, un mago alquimista.