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—Tal vez deberías hablar de eso con alguien, cazadora —dijo para incitarla—.
Haz que cambien las reglas, que suban la edad de la concesión y, de ese modo, los segadores tendrán más opciones a la hora de extraer élixen.
Si lo que te preocupan son los niños, entonces deberías tener un buen argumento preparado.
Viri no se molestó en ocultar su desagrado ante la propuesta que acababa de hacerle Reeve.
La concesión era una ceremonia en la que los niños de catorce años o menos entregaban su magia a los obeliscos que tutelaban la ciudad y la protegían de la nebruma; esa ceremonia era prácticamente lo único que los protegía de los segadores.
El cuerpo humano solo necesitaba una simple gota de élixen para sobrevivir, así que esa era la cantidad que conservaban tras el sacrificio.
Al tener tan poco poder, las personas dejaban de ser una tentación para los segadores y, por lo tanto, no corrían el riesgo de que los atacaran.
De hecho, les servía también para mantener la población de segadores bajo control, ya que esas personas tenían que estar dispuestas a atacar a niños, y a matarlos , para dar comienzo a esa vida oscura, perversa y llena de adicción.
Solo unos pocos tenían agallas para convertirse en segadores, pero los que lo hacían. ..
Los segadores eran unos monstruos.
Todos y cada uno de ellos.
Y, por mucho que Viri estuviera deseando mirar a Reeve y volver a ver al chico inocente de su infancia, era imposible. Porque ese chico ya no existía.
Se había ido para siempre.
—Déjate ya de historias —exclamó acercándose al cristal—. Yo he respondido a tu pregunta, así que ahora te toca a ti. ¿Dónde está el Padre Segador?
Reeve la miró con la cabeza ladeada.
—En realidad, no has respondido a mi pregunta. Creo que los dos sabemos que has respondido a otra cosa, así que sigue siendo mi turno.
Viri golpeó el cristal con las manos e ignoró la punzada de la magia que sintió bajo sus manos, una magia que suprimía el élixen y con la que contaban todas las celdas de la Críptula.
—No pienso caer en tus jueguecitos, Reeve. O me respondes ya o me voy. Para mí esto no es tan importante como te crees.
—Siempre se te ha dado fatal mentir. —El segador sonrió—. Me alegra ver que hay cosas que no han cambiado después de tanto tiempo.
Viri, que estaba impaciente por bajarle los humos, se dio la vuelta y empezó a alejarse; en su interior, deseó con todas sus fuerzas que Reeve picara el anzuelo y casi se desplomó del alivio cuando lo escuchó decir:
—Espera.
Se detuvo y lo miró por encima del hombro.
—¿Vas a colaborar de una vez? —preguntó—. ¿O vas a seguir haciéndome perder el tiempo?
—El tiempo es un constructo, así que eso de «perder» está sujeto a interpretación. —Entonces Viri reanudó el paso y, al segundo, Reeve añadió—: Sí, la respuesta a tu primera pregunta es sí. La de colaborar. Tienes suerte, porque esa es justo mi palabra del día.
Aunque sabía que podía acabar arrepintiéndose, volvió a la celda hasta detenerse de nuevo frente al segador y se quedó mirándolo mientras esperaba a que hablara.
—¿Y bien?
Reeve se metió las manos en los bolsillos y retrocedió sobre sus pasos, como si quisiera mostrarse cómodo e indiferente, a pesar de las circunstancias.
—Así que quieres saber dónde está el Padre Segador, ¿no?
— Sí —dijo Viri entre dientes—. Te lo he dicho como unas mil veces.
—Qué exagerada... Echaba de menos eso de ti —murmuró con una sonrisa.
La cazadora sintió una punzada de dolor, pero, al instante, quedó eclipsada por una de rabia.
—Si no me respondes en tres segundos, me voy. Y esta vez de verdad. Uno. Dos...
—Antes no eras tan impaciente, ¿eh? —exclamó, como si la que estuviera complicándolo todo fuera ella —.
Está bien. ¿Quieres respuestas? Te diré todo lo que sé sobre el Padre Segador.
Ni siquiera hace falta que terminemos el juego.
Tú pide por esa boquita, que yo te contaré todo lo que sepa. ¿No es eso lo que querías?
Viri no quería hacerse ilusiones, mucho menos después de percatarse de la mirada calculadora del irritantemente atractivo rostro de Reeve.
—Bueno, tengo una pequeña condición —agregó sacando una mano del bolsillo y mirándose las uñas.
Al hacerlo, el anillo que llevaba en su dedo corazón emitió un destello bajo la tenue luz; la banda era negra como el ónix y tenía unas runas plateadas grabadas.
Cuando eran pequeños, nunca lo había visto llevar anillos; otro detalle que se sumaba a la interminable lista de cosas que habían cambiado desde entonces.
—Mira a tu alrededor —respondió Viri, que tuvo que contenerse para no meterse en la celda y hacerlo entrar en razón—. No creo que estés en condición de ponerte exigente.
—Pues entonces, será un juego nuevo —propuso conforme bajaba la mano y levantaba la mirada para observarla con unos ojos que parecían albergar tormentas diminutas—. Si me sacas de aquí, te contaré todo lo que quieras. Esa es mi oferta, Viri. Tus respuestas a cambio de mi libertad.
Durante unos minutos, se limitó a mirarlo, pero, después, empezó a reírse a carcajadas. Unas carcajadas amargas y sin gracia.
—Será mejor que te pongas cómodo en esa celda, Reeve —dijo Viri dándose la vuelta—. O no. Me da exactamente igual.
Y, sin darle la oportunidad de responder, se encaminó hacia el túnel, pero esta vez no se detuvo. Aun así, no pudo dejar de escuchar las palabras que le dijo Reeve y que retumbaron, primero por las paredes rocosas y, después, en sus oídos:
—Ambos sabemos que soy tu única esperanza si quieres encontrarlo. Estaré aquí esperándote hasta que cambies de opinión.
Viri apretó la mandíbula y se obligó a seguir avanzando.
No pensaba darle el gusto de saber cuánto la había afectado ese encuentro ni lo tentadora que le había resultado su propuesta.
Sin embargo, sabía que no era lo correcto.
Al fin y al cabo, Reeve era un segador, y todos los segadores eran unos mentirosos.
Dijera lo que dijera, Viri jamás lo creería.
Estaba enfadada consigo misma por pensar que su encuentro podría haber sido diferente, por la espinita de esperanza que había sido incapaz de quitarse y que ahora se había arrancado a la fuerza.
Iba perdida en sus propios pensamientos cuando se montó en el ascensor y empezó a subir.
No sabía en qué momento había llegado a pensar que Reeve querría colaborar.
Sin embargo, desde que lo arrestaron, el chico había estado trazando un plan para escapar, y ese plan consistía en aprovecharse de Viri.
La cazadora lo maldijo una y otra vez por lo bajo; estaba de muy mal humor cuando el ascensor empezó a perder velocidad a la altura de la administración de la Nox.
De hecho, estaba tan enfadada que decidió que iría a decirle a Soren que estaba bien y, después, saldría a la superficie para desahogarse haciendo lo que mejor se le daba: cazar segadores.
En cambio, nada más abrirse las puertas del ascensor, se vio obligada a cancelar sus planes.
Porque justo delante de ella apareció Meera. Estaba con los brazos en jarra y las manos apoyadas en las caderas, y tenía el oscuro ceño fruncido cuando le habló mentalmente para ordenarle:
— A mi oficina. Ya.