3 #2
Viri supo entonces que había llegado a su destino.
Respiró hondo para tranquilizarse, se enderezó y recorrió la poca distancia que había hasta quedar delante de una celda con el frente acristalado.
Al igual que las otras celdas que había en esa planta, era bastante grande y había espacio suficiente para un fino colchón colocado sobre un bloque de piedra, así como una pequeña zona de aseo.
En general, el diseño era igual que el de las celdas que no estaban a tanta profundidad, incluyendo la ausencia de barrotes metálicos, ya que el metal podía corroerse al estar en una zona con tanta humedad.
En su lugar, había un cristal grande y transparente que lo separaba de Reeve Ashton y que le permitió clavar sus ojos en él por primera vez en siete largos años en los que sus vidas habían cambiado de forma notable.
Reeve, que iba vestido como la noche, se apoyó contra el muro de piedra con aire despreocupado, como si no le importara nada en el mundo.
Su pelo negro seguía estando igual de alborotado, como si lo hubiera despeinado el aire, y sus ojos aún podían confundirse con estrellas, o con tormentas si no estaba de humor.
Esas eran las únicas similitudes que guardaba con el chico que conocía.
La ropa se ceñía a su cuerpo como si fuera una segunda piel y bastó una breve y reveladora mirada para que Viri se diera cuenta de cuánto había cambiado; sus inocentes y sencillos rasgos ahora eran afilados y marcados, como si alguien hubiera esculpido una obra de arte.
No era guapo como tal; desprendía una energía demasiado oscura y amenazante como para serlo. Sin embargo, tenía una belleza particular, de las que hipnotizaban. Siete años antes, era un niño adorable, pero ahora...
Ahora era arrollador.
Fue incapaz de contenerse y volvió a observarlo con detenimiento; la figura alta, los hombros anchos y la cintura estrecha.
Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, por lo que los bíceps se le marcaban bajo l a tela oscura de su camisa y las mangas enrolladas dejaban a la vista unos antebrazos musculados y una piel bronceada como la miel.
Sus largas y esbeltas piernas acababan en unas botas muy desgastadas; esa era la única parte que observó tranquila justo antes de reunir todas sus fuerzas para mirarlo a la cara.
En cuanto lo hizo, la ira la invadió ante la arrogante diversión que reflejaban los ojos de Reeve, esos ojos de un plateado casi imposible.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó él con una sonrisa burlona.
Viri no daba crédito ante el descaro de sus palabras. No podía creérselo.
—Lo que me gusta es verte en esta celda —respondió con frialdad—. Justo donde tienes que estar, segador.
—¿Segador? —Su sonrisa se volvió maliciosa—. No hace falta que seas tan formal, sombrita.
Viri sintió una repentina punzada de dolor ante el apodo que, en su día, escuchaba a diario; solo él la llamaba así. Aun así, se las arregló para no dejar entrever el vuelco que le acababa de dar el corazón. Apretó los labios y respondió:
—No me llames así.
Reeve bajó la mirada hasta los pies de Viri mientras avanzaba con pasos lentos y pausados hacia ella. Cuando volvió a mirarla a los ojos, Viri se percató del brillo jocoso de su mirada, además de otras muchas cosas que se negó a descifrar.
—Bueno, veo que has crecido bastante —reconoció Reeve.
Su voz era más grave de lo que recordaba; íntima y cercana, con un encanto embriagador—.
Y es cierto que ya hace mucho que no vas por ahí persiguiéndome como si fueras mi sombra.
Pero no puedo evitarlo, Viri. Ese apodo te sigue definiendo a la perfección.
Al escucharlo pronunciar su nombre, sintió un escalofrío que le atravesó todo el cuerpo. Era asco, nada más. O, al menos, decidió que eso iba a ser, porque necesitaba deshacerse de cualquier otra emoción que amenazara con salir a la luz.
Contó hasta cinco para recuperar el control, decidida a abordar el interrogatorio como lo hacía con cualquier otro.
—Vas a estar aquí encerrado una buena temporada, pero eso no significa que tengas que ser un cretino.
De hecho, puede que incluso te ganes algunos privilegios si te prestas a colaborar: libros, entrenamiento, derecho a visitas.
.. Me ha dicho un pajarito que solo estabas dispuesto a hablar con una persona, pero ya veo que no era más que una patraña, así que. ..
—Pues no, no era ninguna patraña.
—Claro que sí —insistió Viri señalándose.
Reeve se limitó a mirarla y, de pronto, Viri arqueó las cejas al darse cuenta de lo que quería decir.
Ella era la persona con la que quería hablar Reeve.
No era tonta; se había dado cuenta de que se trataba de una trampa, un juego del gato y el ratón donde él jugaba con sus emociones para su propio y enfermizo entretenimiento.
Reeve conocía su pasado lo bastante como para hacerle más daño que cualquier otra persona.
Viri maldijo para sus adentros al percatarse de que él lo había vivido con ella.
Había presenciado cada terrorífico segundo y, después, la había abandonado, justo cuando más lo necesitaba.
Si Reeve había decidido jugar esa carta, ella estaba dispuesta a lidiar con las consecuencias, pero aprovecharía la situación para obtener algo a cambio.
—Genial, pues vayamos al grano, entonces. ¿Cómo puedo encontrar a tu maestro?
—¿Mi maestro ? —Reeve dejó escapar una sonrisa sombría que Viri sintió como una caricia y tuvo que esforzarse por reprimir un escalofrío—. Yo no me postro ante nadie, sombrita. Nunca lo he hecho y nunca lo haré.
Viri apretó la mandíbula al volver a escuchar su antiguo apodo, pero dio esa batalla por perdida y se centró en la que le importaba de verdad.
—¿Dónde está el Padre Segador? ¿Cómo lo...?
Reeve la interrumpió emitiendo un sonoro bostezo justo antes de apartarse de la pared.
—Llevo horas esperándote, ¿sabes? —Estiró los brazos por encima de la cabeza y la camisa se le levantó lo justo para que, en mitad de la penumbra, se entrevieran unos abdominales marcados—.
No sé quién se enfadó más cuando expuse mis condiciones: el respetado capitán de la Custodia Nox o tu igualmente intimidante jefa cazadora.
Por cierto, ¿cómo te refieres a ella? ¿Jefa?
¿General? ¿Señora jefa suprema? —Volvió a sonreírle con superioridad—.
Ay, espera, se me había olvidado que ese último te lo guardas para tu adorada magistrada.
Viri ignoró la indirecta que había lanzado refiriéndose a Sarielle.
—La que para mí es mi «jefa», para ti es la comandante Roth —dijo cortante, aunque se le hizo raro decir ese nombre en voz alta.
Mientras que Darik prefería que los miembros de la Nox se dirigieran a él por su cargo, Meera se mostraba más informal con el resto de los cazadores—. Ahora responde a mis preguntas.
Reeve dejó escapar un bufido con aire divertido.
—¿Y qué gracia tiene eso?
La paciencia de Viri estaba llegando a su límite.
—Ninguna, Reeve, nada de esto tiene gracia —respondió apretando los dientes.
Los ojos de Reeve emitieron un destello cuando Viri pronunció su nombre por primera vez en años, pero, al segundo, volvió a adoptar su actitud confiada y animada.
—Te ofrezco un trato —dijo el segador con tranquilidad conforme avanzaba hacia el cristal de la celda y se detenía justo delante de Viri.
—No acepto tratos —espetó con decisión.
—Vamos a jugar a un juego —continuó diciendo Reeve, ignorándola—. Yo te doy una respuesta y tú me das a mí otra.
—He dicho que no...
—Empiezo yo: ¿quién te ha hecho daño?
—Nadie me ha... —Viri se calló de forma repentina y parpadeó mientras procesaba sus palabras—. ¿Qué?
Reeve le señaló la mejilla y repitió las palabras deteniéndose en cada una de ellas.
—¿Quién. Te. Ha. Hecho. Daño?
Viri sintió una oleada de emociones que inundó todo su cuerpo, tan abrumadora y desconcertante que no pudo controlarla, por lo que se aferró al sentimiento que más predominaba en su interior: la ira .
—Tú, Reeve. Tú me has hecho daño —gruñó. Por suerte, la rabia que sentía impidió que se le quebrara la voz.
El segador tensó la mandíbula al entender a qué se refería, pero siguió hablando en el mismo tono suave:
—Creo que, de ser así, me acordaría. Tengo una regla bastante estricta que me impide pegarle a las chicas. Llámame anticuado si quieres, pero no soy partidario de la violencia gratuita.
—No, tú eres más de matar a niños para robarles la magia —espetó—. Así que de gratuito no tiene nada .
Reeve no dijo nada, pero su silencio habló por él.
Cabía la posibilidad de que sus venas no estuvieran teñidas de negro en ese momento, al igual que la marca de cazadora de Viri no le quemaba la mano a pesar de lo cerca que estaba de un segador, pero eso solo significaba que la cantidad de élixen que quedaría en su cuerpo desde la última vez que se alimentó sería mínima.
Pero nada de eso cambiaba lo que era en realidad.
Ni lo que había hecho. Los segadores eran todos unos adictos: en cuanto probaban el poder, su sed se volvía insaciable.
Y Reeve no era distinto al resto de los segadores.
—¿Te has quedado sin respuestas ingeniosas? —le provocó—. ¿No vas a defender tu decisión de atacar a niños?
Reeve desdobló y volvió a doblar las mangas de su camisa y se tomó unos minutos para responder:
—Los segadores también pueden alimentarse de adultos —murmuró clavando la mirada en los ojos de Viri—. Tú lo sabes mejor que nadie.
Viri notaba el dolor que la consumía, como si fuera fuego, pero lo sofocó todo lo rápido que pudo. Entonces añadió más ladrillos al muro mental que estaba construyendo y se esforzó porque los recuerdos no salieran a la luz.
—No se trata de si puedes o no, sino de si estás dispuesto a hacerlo —replicó Viri—. Cualquiera con menos de catorce años no tiene bastante élixen como para despertar tu interés.