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E l ascensor bajó con rapidez hasta la parte más enterrada del monte Verta y dejó atrás distintos niveles de celdas de seguridad de la Críptula; conforme más descendía el ascensor, más nerviosa estaba Viri.

—Piensa en él como si fuera un segador cualquiera —le recomendó Soren al darse cuenta de lo inquieta y ansiosa que estaba su amiga—. No te dejes intimidar por él. Lo único que tiene de especial Ashton es que es uno de los servidores más cercanos del Padre Segador.

Viri deseó que eso fuera cierto.

—No me intimida —respondió—. Es solo que estoy impaciente por escuchar lo que tiene que decir.

—Pues yo que tú no tendría muchas esperanzas, a no ser que hayas aprendido a leer la mente —le advirtió.

A Viri, sin embargo, no le preocupaba que Reeve no le hablara; sabía que, en cuanto la viera, sus labios dejarían de estar sellados. Era lo mínimo que le debía después de... todo.

—Nunca se sabe —dijo Viri conforme seguían bajando—. Quizás las horas que ha pasado a oscuras le hayan servido para reconsiderar su silencio.

El Reeve que Viri recordaba era terco hasta decir basta, pero necesitaba que Soren percibiera la seguridad que tenía en sí misma, sobre todo teniendo en cuenta el favor que estaba a punto de pedirle.

Cuando el ascensor empezó a ir más lento, la cazadora sintió que necesitaba una distracción, de modo que preguntó:

—¿Qué son esos brillos?

El rostro de Soren se crispó, como si no entendiera la pregunta, y Viri le señaló el polvo brillante que cubría sus manos.

Soren hizo una mueca e intentó, sin éxito, limpiarse las manos en la ropa.

—Es la última manualidad de Jessy —se quejó. Al segundo, añadió—: Las hermanas pequeñas son lo peor.

Viri dejó escapar una sonrisilla al pensar en Jessalyn Archer, la única hermana de Soren. Tenía trece años y era un auténtico peligro, pero, aun así, se las arreglaba para ser tan adorable que conseguía meterse a todo el mundo en el bolsillo, y su hermano no era una excepción.

Antes de que pudiera preguntarle cómo había acabado con las manos manchadas de pequeños brillitos, el ascensor llegó al final del recorrido, pero las puertas no se abrieron, algo completamente nuevo para ella.

—Me debes una por esto —murmuró Soren mientras colocaba la mano sobre una especie de panel de mandos y esperaba a que la compleja magia, obra de los magos ancestrales, reconociera su identidad y su autorización.

De pronto, las puertas se abrieron y dejaron a la vista un largo y oscuro túnel. El aspecto era similar al de cualquier otra planta de la Críptula, con las asfixiantes paredes de roca negra y la luz tenue de las lumiternas que alumbraban lo justo para que Viri no tuviera que avanzar a ciegas.

—Ashton es el único prisionero que tenemos encerrado en esta planta, pero no sé cuál es su celda —dijo Soren al salir del ascensor y encontrarse con el aire húmedo del subsuelo.

La filtración no era demasiado eficaz en una zona tan profunda de la montaña, por lo que el olor terroso era tan denso y mohoso que Viri casi podía masticarlo—.

Puede que esté a un buen paseo, dependiendo de lo aislado que quieran que se sienta.

Muy aislado , supuso Viri. Sin embargo, eso era algo bueno, ya que así no habría nadie más cuando se encontrara con Reeve. Solo tenía un problema que solucionar antes de encaminarse hacia la celda.

Resopló con fuerza y detuvo a Soren agarrándolo de la manga para pedirle lo que necesitaba:

—Tienes que esperarme aquí.

—¿Estás de broma? —exclamó Soren tras soltar una escandalosa risa nerviosa.

—No —respondió Viri poniéndose firme—. Quiero hablar con él a solas. Hay más probabilidades de que hable conmigo si consigo que no me vea como una amenaza.

—Eres una cazadora, V —dijo señalando su capa carmesí—. Para alguien como él, pocas cosas hay más amenazantes que una cazadora.

Para alguien como él... Porque Reeve era un segador.

Viri no se había permitido pararse a pensarlo ni una sola vez en los siete años que habían pasado desde la última vez que lo vio. No obstante, ya había asimilado la clase de monstruo en la que se había convertido: en un asesino, al igual que su maestro.

—Tengo una corazonada —dijo a sabiendas de que ese argumento era el único que conseguiría convencer a su amigo.

Todos los cazadores y los miembros de la Nox estaban al tanto de la aguda intuición de Viri y, de hecho, Soren había sido testigo en muchas ocasiones de que los instintos de su amiga jamás se equivocaban.

—Me da igual que tengas una corazonada. No me gusta la idea de dejarte a solas con él —espetó Soren con la frente arrugada por la indecisión.

Viri percibió un hilo de esperanza y decidió tirar de él.

—Está encerrado en una celda. No podrá hacerme nada.

—Pero sí puede decirte cosas para sacarte de tus casillas —rebatió—. Hay palabras que hacen más daño que las armas.

—Bueno, al menos así podríamos asegurarnos de que rompe su voto de silencio.

—Hablo en serio, Viri. —Apoyó una mano en el hombro de su amiga y sus ojos marrones llenos de preocupación la miraron—.

Eres bastante conocida entre los segadores —murmuró señalando sus inconfundibles rasgos: el pelo y los ojos—, y que hayan tardado tanto en capturar a Ashton significa que no es idiota precisamente. Te reconocerá en cuanto te vea.

Eso era cierto, aunque no tenía nada que ver con su reputación. Pero Soren no podía saberlo.

—También es el confidente del Padre Segador —continuó—, así que lo más seguro es que sepa lo que les pasó a tus padres. Y no creo que dude en usar esa información para provocarte. O para hacerte daño .

Viri tragó saliva y dijo:

—Solo puede hacerme daño si se lo permito.

—Viri apartó la mano de Soren y le dio unas palmaditas para tranquilizarlo.

Su amigo siempre se había mostrado muy protector con ella, demasiado protector de hecho, y así era con todas las personas que le importaban.

Sin embargo, no podía proteger a Viri siempre ni ella quería ni necesitaba que lo hiciera—.

Además, no es el primer segador con el que me enfrento cara a cara, Sor.

Me han provocado cientos de veces y muchos lo han hecho con el tema de mis padres.

Te quiero, y agradezco lo mucho que te preocupas por mí, pero soy dura de pelar. Te lo aseguro.

Todo lo que había dicho era cierto, pero, aun así, si Reeve se atrevía a mencionar lo que pasó aquel día siete años atrás, entonces Soren sí que tendría motivos para preocuparse. Sin embargo, decidió no pararse a pensarlo porque, de lo contrario, jamás se dirigiría a esa celda.

—Te lo suplico —insistió en voz baja—. Hazme el favor.

Al oír la desesperada petición de su amiga, Soren acabó cediendo, aunque su rostro sombrío dejaba claro que lo hacía en contra de su voluntad.

—Date prisa —advirtió Soren, dándose la vuelta para volver al ascensor—. Seguro que alguien se ha dado cuenta de que he bajado aquí contigo y, siguiendo el protocolo, habrán informado al capitán Farrow.

—Entendido —asintió Viri. Aunque, técnicamente, no estuviera haciendo nada malo, era innegable que se estaba saltando algunas reglas no escritas.

—Yo te cubriré —se ofreció señalando el panel de mandos con la barbilla—.

No hará falta que esté contigo cuando quieras volver a subir, así que bastará con que pulses el botón como de costumbre.

— Entonces su mirada se endureció—. Sé que ya lo sabes, pero tengo que decírtelo: Ashton es un tipo peligroso.

No le cuentes nada personal ni le des información confidencial.

Y tampoco le prometas nada. Nosotros no negociamos con asesinos.

Si se presta a hablar, averigua todo lo que puedas y, después, déjalo que se pudra en esa celda.

—No te preocupes, Sor —murmuró Viri con el estómago encogido a pesar de estar mostrándose segura ante su amigo—. Sé lo que hago.

Le estaba mintiendo en toda su cara, pero Soren se limitó a asentir.

—Ven a buscarme cuando termines para saber que estás bien.

Sin tan siquiera responderle, las puertas del ascensor se cerraron y Soren desapareció de su vista.

Viri se tomó un segundo para mentalizarse y, después, miró hacia el túnel rocoso; fue entonces cuando se preguntó si podría hacerlo, a pesar de que, en el fondo, sabía que tenía que hacerlo.

Incluso si Reeve se negaba a hablar, sentía la necesidad de mirarlo a los ojos y comprobar si quedaba rastro alguno de la persona que conocía.

Como era lógico, contaba con que ya no sería ese chico de once años con el que compartió su infancia y que, ahora, se habría convertido en un asesino de dieciocho años.

Sin embargo, hasta que no lo viera con sus propios ojos, no se lo creería por completo.

Era consciente de que cuanto más se retrasara, más se arriesgaba a que la descubrieran, así que se puso en marcha y siguió el camino apenas iluminado mientras levantaba un muro mental de protección con cada paso que daba.

Pasara lo que pasara durante su encuentro, no pensaba permitir que ver a Reeve la afectara.

Era una persona muy distinta a la despreocupada chica de diez años a la que vio Reeve por última vez, y lo mismo aplicaba para él.

De hecho, eran como extraños, al menos para Viri.

Él era un segador y ella, una cazadora. Eran enemigos a muerte, ahora y siempre. Nada más.

Aun así, sentía cómo los latidos de su corazón se aceleraban conforme seguía avanzando por el túnel y dejaba atrás las celdas vacías; cada vez que llegaba a una, el corazón le daba un vuelco.

No sabía a qué distancia estaba del ascensor, pero, por ahora, no había ni rastro de vida.

Así que siguió caminando y adentrándose más y más en las p rofundidades de la montaña mientras los nervios la comían por dentro.

Justo cuando empezaba a pensar que, tal vez, Soren se había equivocado con que tenían encerrado a Reeve en esa planta, se fijó en unas lumiternas que brillaban un poco más adelante y que llevaban hasta la última celda, dado que ahí acababa el túnel.